Becoming a princess

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Summary

Hay inicios que se dan desde una muerte, o desde un nacimiento. Existencias. Existencias que mueven, que alientan; que provocan cambios. Ella fue un parteaguas para todos.

Genre
Fantasy
Author
Keo
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

1

Sentía la cabeza nublada, como si algo le apretara todo el cráneo; pero claro, así era, tenía la venda que le cubría los ojos bien apretada. Servía para ocultar su identidad, pero seguramente algún día le partiría el cerebro en dos.

Tan poco le importaba el por qué había bajado al pueblo que el motivo ya se había perdido entre sus pasos, los cuales contaba con toda la atención del mundo.

—¿Cuándo te aprenderás el camino? —escuchó, dentro de su cabeza. Era la voz más fastidiosa que podía escuchar, no porqué fuera molesta por si sola, sino porque la escuchaba todo el maldito día, no había posición del sol o de la luna en la que ese niño dentro de su mente se quedara callado.

Se detuvo un momento para analizar en qué lugar se encontraba, pues el diálogo del pequeño la había sacado de su concentración. Pasó los cuatro dedos de su mano izquierda por las rocas del puente, bueno, ella estaba segura de que había subido un poco y escuchaba correr el agua bajo sus pies, así que seguro estaba sobre el puente.

Su amigo de la resistencia le había dejado marcas en las superficies por todo el camino por si se desorientaba. Si no encontraba nada, estaba en el puente equivocado.

La marca más común era la cabeza de una cabra tallada en las piedras, o en la madera; una calavera de una cabra con plumas y una runa para viaje seguro. Esperaba que fueran lo suficientemente discretas como para que no cualquiera pudiera verlas, porque de ser así, podían emboscarla en el camino.

Quizá había ignorado la voz del niño demasiado tiempo y no escuchó sus advertencias sobre la criatura que sentía tener enfrente.

—¿Cómo se ve? —preguntó, pero él, indignado, se negó a responder. Pensó en intentar hablar con la criatura desconocida, pero supuso que no se entenderían así que mejor se quedó inmóvil, esperando que actuara.

—Quieta, princesa —atacó, era la voz de una mujer, pero era demasiado grave, tosca y fuerte. Una emoción que creía perdida se apoderó de su cuerpo; miedo.

—¿Princesa? —preguntó, en una esperanza de que hacerse la desentendida funcionara con aquella situación.

—Pareces una —siguió— y terminarás muerta igual que ella si no cooperas. —Cuando terminó de escuchar eso, su pecho volvió a estar en calma. Morir no le importaba tanto como ser descubierta, y bueno, si moría como se supone que ya lo había hecho una vez, no tenía problemas.

—Casi me infarto —dijo el niño, volviendo de su drama—, parece que quiere monedas —ayudó.

—No puedo hacer mucho al respecto —respondió, no a la mujer, sino a él. Era completamente honesta en general, había salido de casa con apenas el libro de Overhood.

—¿Qué? —intervino la criatura.

—No tengo monedas —replicó.

—¿No? Si pareces una princesa, deberías tener dinero —atacó, con el mismo argumento del inicio.

Ni cuando vivía en el castillo tenía plata. Se quejó para sí.

Pensó en aclarar su situación, en decirle que no tenía ni había tenido nunca monedas, pero mientras pensaba en cómo hacerlo, su mente se fue a como pese a que habían pasado dos inviernos de su supuesta muerte y renacimiento, seguía sin tener independencia o vaya, monedas.

Ladeó un poco la cabeza durante el tiempo que estuvo en silencio, impacientando a su acompañante ladrón.

De cierta manera no entendía porque de tener dinero, debía dárselo. Bueno, quizá ella particularmente si debía darle monedas y ayudar a la economía de la nación, pero, ¿por qué cualquier otra criatura le daría dinero sólo por qué sí?

—¿Estás intentando robarme? —preguntó, cayendo en cuenta de lo que pasaba.

—Brillante —respondió, casi podía jurar que sarcástica. Sentía la hostilidad de la criatura, que tal vez, pronto la atacaría por haber colmado su paciencia. Era una agresividad mezclada con humedad, calidez y un aroma boscoso.

—¿Cómo se ve, Over? —se dirigió al niño que figuraba sus ojos y su única forma de defensa.

—Es una hembra —confirmó—, de cabellos rubios y la piel manchada de tierra y flores, media cabeza más alta que tú y con ropa suelta, oh y trae una venda como tú, rodeándole la frente —añadió, triunfante, orgulloso de su precisión. Escuchó el filo de un arma raspar las rocas—. Oh, y trae una espada de hoja ancha que parece un colmillo o una pluma, no sé.

La tranquilidad con la que dio su descripción y la clara prisa de su acompañante no coincidieron; sintió su espada, su pierna o algo pasarle por enseguida de la cabeza y esquivó la agresión por los pelos.

Los ataques de la criatura seguramente hibrida, no eran muy difíciles de evitar, pero tenía una resistencia aterradora. Daba dos golpes arriba y uno por abajo, quizá con la espada o a puñetazos y patadas, sin detenerse.

En algún punto, se descuidó y la ladrona le acertó un golpe con el filo en el abdomen. La sensación pegajosa de la sangre cubrió su mano y le dio un poco de asco; ya no sentía mucho dolor por todo el entrenamiento, pero eso no quitaba lo mucho que le molestaba que la hirieran.

Se sentía fastidiada y frustrada casi siempre sin notarlo, pero este tipo de cosas resaltaban esas emociones.

—¿Podemos detener esto aquí? —pidió, siendo completamente ignorada—. Tienes un estilo de vida muy bárbaro —recalcó, o reclamó, sintiéndose mareada por la pérdida de sangre.

—Dos pasos más y caerás al lago —advirtió el pequeño flotante. Ella se detuvo en seco y recibió otro ataque de la hibrida, cortándole esta vez la parte alta del brazo.

Resignada a que su agresora no iba a detenerse, invocó el libro de Overhood, con toda la intención de defenderse; pero aún no era muy hábil con ello y perdió el objeto apenas empezó a flotar a su lado. Es decir, ¿cómo usaría algo que apenas encenderlo se alejaba flotando de ella? Por el mismo Raariel, era ciega.

Ya exasperada por la situación, en el siguiente ataque pateó la espada y guiada por el sonido que hacia esta al cortar el aire, la tomó con las dos manos; falló en su acto pues tomó la espada desde el filo, cortándose también la palma izquierda, como si no tuviese suficientes heridas ahí.

Solo con la idea de asustar a la hibrida, brincó sobre su atacante y dio un tajo según ella al aire; pero el arma se atoró antes de abrirse paso. Escuchó algo hueco golpear las rocas del suelo, no sabía si una rama del gran árbol o…

—Le volaste un cuerno —aclaró el niño.

—¡Pudiste decirme antes que tenía cuernos, niño idiota! —gritó, pero no muy alto. Aún le faltaba mucha practica en sus descripciones a Overhood como para ser de suficiente ayuda —. Perdón, mala mía.

La hibrida estaba quejándose fuerte por su perdida, quizá hecha bolita en el suelo por el dolor, si es que dolía; no tenía muy en claro eso porque, vaya, ella no tenía cuernos.

Igual, a fin de cuentas, no terminaba de importarle mucho, pero tenía prohibido lastimar a cualquier criatura. Cuando pensó aquello, sintió un fastidio y una responsabilidad enormes, si no lo arreglaba, Amy la castigaría al llegar a casa.

—Iris, la sangre —recordó el pequeño.

—¿Cuántos dedos ves? —se dirigió a la hibrida, rezando por no estar dándole la espalda, sentía su energía así que quizá estaba frente a ella. Cuando preguntó eso, tenía la espada sostenida con el meñique y pulgar derechos, e intentaba levantar los tres dedos sobrantes de esa mano; y en la mano izquierda dejó abajo el pulgar, levantando los tres dedos que tenía, así que en total la respuesta debía ser seis.

—Los veo todos, pero tienes algunos doblados —rezongó.

—Ya, pero ¿cuántos son? —insistió.

—No sé contar —se quejó, golpeando su mano libre con lo que sintió como un antebrazo, es decir, el antebrazo de la hibrida.

—Iris… La sangre —repitió.

—¿Ves un libro blanco flotante? —preguntó, si la criatura asintió o respondió de alguna manera no verbal, se quedaría como un misterio a menos que Overhood entendiera la seña, lo cual, no pasó— ¿Lo ves?

—¿Y qué si lo veo? —atacó, quizá completamente inmóvil, observando la exasperación en la cara de Iris.

Pensó en todos los argumentos que podía darle para que le pasara el maldito libro, pero desde un “Agos caería en el caos y destrucción con mi muerte” hasta un “no puedo tomarlo por mi cuenta”, eran o muy personales, o muy humillantes.

—Si me das el libro y vienes conmigo, te daré monedas. —Persuasión, esperaba que funcionara eso. Gracias a los dioses, la hibrida no era muy brillante al parecer, así que aceptó la oferta.

Mientras caminaba contando sus pasos, tocando las paredes y esquivando criaturas con ayuda de Overhood, la invadió un atisbo pequeñito de culpa; si la hibrida tenía que robar para sobrevivir, para comer siquiera, sin duda alguna era culpa suya.

Qué bueno, si podía hacer algo al respecto o no, era otra cosa.

—¿Quién eres? —preguntó la hibrida. Ansiosa de que aquello fuera un intento de conversación o interrogatorio, prefirió lo segundo porque era pésima para entablar charlas.

—Eivon —mintió.