Prólogo
El Reino de Dravemir había dejado de creer en la paz mucho antes de que su joven rey asumiera el trono. Por siglos, la guerra con Lysentha —su vecino inmediato— había marcado la historia de ambos pueblos como un río de sangre inquebrantable. Lo que comenzó como una disputa por la independencia de Dravemir —por tierras fértiles, rutas comerciales de metales preciosos y un orgullo herido— se transformó, con el paso de los años, en una enemistad sembrada en cada corazón. Una maldición heredada. Un veneno secreto.
Sin embargo, hubo un tiempo en que todo pudo haber cambiado.
Hace doce años, los monarcas de Dravemir, Leontius y Eria Thorne, intentaron quebrar el ciclo. En un último esfuerzo por romper la espiral de violencia, se reunieron en secreto con los soberanos de Lysentha para firmar un tratado, un acuerdo que pondría fin a los siglos de odio, las fronteras bañadas en sangre, y la miseria que se arrastraba por las aldeas fronterizas de ambos reinos. Fue un acto noble, audaz. O tal vez muy ingenuo.
Creyeron que bastaba con un par de palabras. Que la historia podía borrarse y reescribirse con tinta y pergamino.
Pero ese día nunca regresaron.
La emboscada fue implacable, y lo peor de todo, silenciosa. El estandarte de Lysentha —una rosa decadente— yacía arrugada sobre la de Dravemir —un cuervo alado sobre una corona rota— ambos estandartes, hundidos y enredados en un denso charco de sangre en el mármol del suelo.
Sus cuerpos fueron hallados en el mismo pabellón donde debía firmarse la paz, atravesados sin misericordia por filosas espadas, rodeados por los mismos soldados que antes habían jurado su lealtad, ahora traidores con las insignias de Lysentha. Su hijo, entonces un niño de apenas trece años, presenció todo, oculto tras un pasillo del palacio. Los gritos de su madre, la última mirada de su padre, quedaron grabados en su memoria, sin que nadie los escuchara.
Recordaría para siempre lo que ocurrió.
Los pasos de los guardias resonaban como un tambor dentro de una cueva. Su madre lo miró a los ojos, mientras sus manos intentaban detener el sangrado de su abdomen. "No hagas ruido", le susurró con voz temblorosa, tratando de tranquilizarlo, como si eso pudiera borrar la horrible imagen frente a él.
Su padre, con lo poco que le quedaba de fuerza, lo empujó detrás de una enorme estatua que ocultaba su figura. "Espera a que vengan por ti. No salgas, Kael. Mantente a salvo", murmuró antes de desaparecer de su vista... no solo de ese momento, sino para toda su vida.
Ese niño se convirtió en el Rey de Dravemir.
Horas después, la Guardia Áurea lo encontró. Entre ellos estaba Vareth, buscándolo entre las sombras del pabellón. Kael salió de su escondite con cautela y, al hacerlo, se enfrentó a los cuerpos inertes de sus padres. Sintió un nudo en el estómago que parecía no querer deshacerse jamás. Pasó horas contemplando la mano ensangrentada de su madre, inmóvil, asomándose por el umbral. La corona de su padre yacía envuelta en el líquido rojo que antes corría por sus venas. Era una imagen que hablaba de traición, de ultraje a su nación, a su linaje.
Vareth lo halló en medio de la sala, con la mirada perdida en el estandarte de Dravemir. Deshonrado. Profanado.
Ahora, a sus veinticinco años, Kael Thorne es conocido como el Rey de Mármol. Silencioso, inflexible, temido por sus enemigos y por sus propios consejeros. No conoce la compasión ni el arrepentimiento, y gobierna con una calma aterradora. Da órdenes como quien dicta una sentencia, no por crueldad, sino por pura lógica. Ha vencido todas las batallas que ha comandado, pero sus victorias son frías, calculadas, despojadas de todo orgullo. Sus castigos son ejemplares, sus leyes implacables pero justas. No asesina inocentes. No tolera la corrupción dentro de sus filas. No soporta las mentiras. Pero su corazón, dicen los murmullos, es de piedra. Como su mirada. Como las murallas que rodean Dravemir. Frías, altas, inquebrantables. Como él.