prólogo
Theo
Selena se reía de algo que Ruslán había dicho. Supongo que le hizo gracia. A mí no.
Su sonrisa ya era suficiente para joderme la semana, pero esto… esto era el colmo.
Ruslán era un gilipollas que se acercaba a cada chica que veía. Daba igual quién fuera: si tenía una coleta y tetas, ya estaba lanzado.
Solo se había acercado para pedirle los deberes, pero aun así, mis ganas de partirle la cara aumentaban con cada segundo que la sonrisa de Selena iba dirigida a él, y no a mí.
Descansaba la espalda contra las taquillas frías, el eco de mis propios pensamientos resonando en el estrepitoso pasillo. Las hileras interminables de taquillas negras se extendían a ambos lados, como un túnel oscuro y monótono que parecía no tener fin. La luz azulada y fluorescente del techo proyectaba un brillo blanco y crudo sobre el suelo de baldosas pulidas, reflejando mi figura distorsionada.
La odiaba. Siempre lo había hecho. Y no era el único: el sentimiento era recíproco.
No era un capricho; nuestro odio estaba arraigado desde primaria.
Yo me desahogaba burlándome de ella de mil maneras, y ella solo se dedicaba a hacerme la vida imposible.
Y aun así, verla sonreírle a otro me cabreaba. Me quemaba más que el infierno en el que estaba metido.
No era lógica.
Era algo más primitivo. Más asqueroso.
No soportaba verla con nadie más.
No me acerqué. Solo me fui a casa fingiendo que todo estaba bien. Aunque lo único que quería era golpearle la nariz chata que adornaba su rostro hasta arreglársela.
Entré al despacho de mi padre. Sin tocar. Sin pensar.
—Quiero casarme con Selena Sokolova —dije.
Él levantó la vista del papel que firmaba, con expresión neutra.
—¿Perdón?
—Lo has oído. Quiero que sea con ella.
No le di razones. No hacía falta.
Ni siquiera yo las tenía claras.
Solo sabía una cosa: si alguien iba a tenerla, ese iba a ser yo.
Aunque nos odiemos.
Aunque esto nos arruinara a los dos.
Quizá por eso lo hice.
Para jodernos. Para pertenecerle.
Para que solo quedaran cenizas en el fuego de mi infierno.