QUIEN
No consigo terminar de abrir los párpados. Algo arenoso y podrido surge debajo de mi lengua. Me muerdo los labios, trago saliva y me arrepiento, es horrible. Un susurro helado se extiende por debajo de mi cintura como una sábana.
—¡Cuidado con la vía! —dice una voz de mujer.
Cuando escucho la palabra «vía» descubro la molestia del catéter en mi antebrazo y la presencia de la mujer a mi lado. Busco entre las figuras oscuras y los brillos. Me pregunto si realmente estoy despierto.
—¡Alguien que me ayude! —esta vez la mujer grita y sus palabras se alejan más allá de mis pies—. ¡Por favor!
Hay una pausa. Un golpeteo que llega y me hace pensar en el viento empujando el vidrio de la ventana. Unos segundos después la mujer me sorprende, sus palabras caen sobre mis ojos como una ráfaga de canela e incienso barato
—No te muevas —exige.
Me sujetan de la frente. Reconozco dedos y uñas sobre mi cuero cabelludo. Una de mis cejas queda atrapada bajo una palma húmeda que ejerce una presión implacable en mi cuello y mandíbula. Hago fuerza, empujo con la frente, con toda la cara. Tiemblo, pienso que tiemblo, descubro que hace tiempo estoy temblando, y que soy yo quien ejerce la fuerza necesaria para que el movimiento se ramifique por todo el cuerpo. No puedo detenerlo. Tengo pánico y a la vez vergüenza de tener pánico. No puedo esconderme. Una luz fría se abre como un corte a través de mi sien. Es una luz pura, afilada. Luego surgen los colores, la textura de su piel, y un par de ojos árabes que desconozco.
Su boca rosada dice «soy yo». Lo repite una y otra vez.
—Soy yo.
—¿Quién? —digo. Y siento que no puedo respirar. Le exijo a mi cuerpo bocanadas profundas. ¿Dónde estoy?
Ella da un paso atrás, tiene la nariz chata y de aletas grandes; su piel demasiado pálida y curtida; su pelo negro y espeso hasta los hombros. El contraste es melancólico, irreal. Me mira con ojos de milagros y se aferra a una correa marrón, que cruza sobre su campera de jean mientras retrocede otro paso. No sé qué decirle. En realidad, hay un tercero con la mano en su hombro que la obliga a retroceder. Es un hombre de guardapolvo blanco, que aprovecha el silencio para preguntarme cómo me siento, y mientras espera alguna respuesta, ilumina mis ojos con una linterna de bolsillo. No entiendo qué quiere ver. Esfuerzo la vista, y cuando por fin apaga la luz alcanzo a ver sobre su bolsillo un parche bordado a mano con hilo azul. Leo: «Dr. R. Muñoz». Mis ojos todavía se nublan fácilmente. Ni ella ni él me resultan conocidos. Trato de estudiarlos rápidamente para sortear la incomodidad, y no puedo dejar de calcular el tamaño de su cintura. Diría que el culo de esa mujer es hasta cuatro veces más grande que su cabeza. El doctor continúa con sus chequeos, mientras que ella suelta un nombre que no termino de entender si lo dirige a mí o si está hablando de otra persona.
—Siga el dedo sin mover la cabeza —dice el doctor.
Una enfermera saca a la mujer de la habitación (mi cerebro completa las circunstancias, suponiendo que se le explicó que no es momento para visitas, que debo descansar y todas esas cosas que siempre se dicen en los hospitales).
Una nueva enfermera entra de repente y se suma a la tarea. Las dos visten ambos y cofias celestes, gafas plásticas, barbijos y guantes. No podría diferenciarlas. El doctor da unas cuantas indicaciones y se pierde en un rincón con una pantalla plana que parece indicarle una cantidad de datos coloridos. Estoy algo mareado. No son dos, sino tres las enfermeras. La cama se levanta acompañada por un sonido robótico hasta dejarme sentado. Vuelvo a encontrarme con la figura del doctor junto a la ventana y lo noto más flaco y alto de lo que pensé hace treinta segundos. No me dejan pensar. Una de las enfermeras me mueve de los hombros, otra se lleva las almohadas y una tercera revisa el catéter. Dicen algo de la sonda, de cambiar las vendas; clavan una aguja en el suero; me pinchan el dedo índice; meten un hisopo en mi garganta; miden la presión; la fiebre; se llevan el juego de sábanas y traen nuevas. Una de ellas se demora en salir, para antes informarle al doctor que estoy listo para la higienización. Tal vez estoy inventando más de lo que escucho. Sigo confundido y al mismo tiempo asombrado por la eficacia de esas enfermeras que parecen entrenadas en boxes de Fórmula 1.
El doctor sigue alejado en un rincón de la habitación. Respiro profundo, me desinflo, y una puntada me obliga a descubrir la venda que rodea mi cabeza como una vincha. El dolor es extraño, comienza en lo profundo del ojo izquierdo, y me cruza la cabeza como un rayo hasta la nuca. Es un dolor vivo. Un dolor que sube y cae alrededor de mi cabeza como si fuera una montaña rusa. Me cuesta mover el cuello. Si levanto la vista de golpe, el dolor aletarga el paso, pero intensifica su pisada. Tengo que pensar antes de mirar, anticiparme a la puntada.
—¿Se acuerda de mí? —pregunta el doctor.
—Muñoz —respondo y la costumbre de mirar a quien se le habla me hace mover el cuello sin pensar en la precaución que hace instantes me había dispuesto a tener. Para entender el dolor de la puntada, alcanza con imaginar un cuchillo dentado ingresando por el ojo, no de forma recta sino a cuarenta y cinco grados, dirección norte y sin escalas.
—Intente no mover el cuello, la idea es recuperar la movilidad de a poco —señala Muñoz y se sonríe como quien desea mostrar todos los dientes.
«Tarde» pienso y cierro los ojos. Resisto la puntada.
—Vamos a estar incorporando líquidos y evaluando la posibilidad de sólidos.
Este tipo no me trasmite ninguna tranquilidad, ni siquiera se dio cuenta del cartel que lleva puesto con su apellido. ¿Cuántos años tiene?
Muñoz vuelve la mirada a su dispositivo. No creo que se haya dado cuenta de que no tengo la más pálida idea de cómo llegué hasta esta cama. «Los médicos ya no son como antes» pienso y, por la forma en que su dedo índice da una serie interminable de toques a la pantalla plana, puedo imaginar que sigue instrucciones. No importa qué suceda frente a él, es un operario, un principiante aferrado al procedimiento.
Finalmente, Muñoz levanta la mirada, le sonrío y me devuelve la sonrisa, estira los labios como si viviera dentro de una publicidad de pasta dental.
2
¿Habré tenido un accidente? ¿Un derrame cerebral? ¿Un paro cardíaco?
Hago memoria y solo tengo suposiciones. Un accidente resulta bastante cotidiano. La venda en la cabeza y el recuerdo de la chatarra que compré hace unos meses reafirman esa posibilidad. «Tiene muy pocos kilómetros, no vas a conseguir otra oportunidad como esta» dijo el agenciero y me convenció. ¡Qué boludo! Sí yo me di cuenta en el mismo momento en que lo vi, con ese bronceado artificial, los jeans apretados como calzas y la cadenita de oro por encima de la remera. Sabía que me estaba cagando. Tendría que haberme comprado la lata de sardinas cero kilómetros que salía en los diarios. Pero no, siempre el mismo inocente, el mismo estúpido queriendo cagar más alto de lo que le daba el culo. Seguramente explotó el motor, o se cortó la cadena de distribución, o rompí el eje, o cualquier otra cosa, y terminé poniéndome el auto de sombrero.
¿Habrá sido yendo a buscar a mi hija? Mil veces, volviendo a cualquier hora por la Panamericana, me imaginé despertando en los últimos segundos antes de impactar el paragolpes contra un auto en el carril lento o esquivándolo para terminar estrellado contra el guardarraíl. ¿Y si ella estaba en el auto? Siempre tomé los recaudos de llevarla en la parte de atrás, bien atada en su sillita como corresponde. Pero… ¿Y si el accidente fue muy fuerte? ¿Resiste esa sillita un choque a cien kilómetros por hora? Imagino el pecho de mi hija aplastado por el cinturón, el tirón de su cuello contra el vacío, y no puedo preguntar, no sé si quiero saberlo.
Abro y cierro las palmas. Siento algo de frío y dolor en las articulaciones de los dedos. Observo las arrugas sobre las venas del antebrazo. No hay rastro de golpes ni moretones. Creo que hasta podría ponerme de pie si me lo propusiera.
¿Y sí la sillita no estaba bien agarrada? ¿Y sí los modelos chinos eran todos una mierda como decía mi exmujer?
Respiro profundo.
—Dígame, por favor, que el accidente no fue grave.
Muñoz encorva sus cejas, mueve la cabeza hacia un lado como si no entendiera de lo que hablo.
—Tranquilo, todo está bien —dice y apoya su mano en mi hombro.
—¿Seguro? —pregunto. Pienso que tal vez tiene un protocolo para dar las malas noticias, y esta sería una muy mala noticia.
—No se preocupe, la confusión es normal, todo está perfecto.
Me aflojo, sus palabras me dan el alivio necesario, para confesarle que no recuerdo el nombre de la mujer que me espera fuera de la habitación. Siempre tuve problemas con los nombres. Me cuesta retenerlos, asociarlos con las caras de sus portadores. El doctor Muñoz podría llamarse Juan o Pedro y de todas formas seguiría recordándolo por esa sonrisa artificial que se le desdibuja cuando piensa que no lo estoy viendo. El nombre solo es significativo para quien lo carga, y es una estupidez ofenderse ante una simple equivocación. Lo chistoso es que con el tiempo la mayoría de la gente se apropia de esas cuantas letras como si tuvieran un valor significativo. Hacen de una denominación ordinaria su identidad. Proyectan una imagen, se sueñan auténticos, y no son más que el mismo humo que sale de cualquier fábrica de la ciudad.
¿Pero cómo le explicás eso a tu pareja cuando la llamás por otro nombre? Por eso mismo espero que alguien me ayude a recordar el nombre de la mujer que me espera impaciente afuera de la habitación. No sería el mejor momento para que me rompiera la cabeza de un carterazo. Muñoz, y lo sigo recordando gracias a que lo lleva escrito en su guardapolvo, habla y habla de cualquier cosa menos de lo que quiero saber. No sé por qué da tantas vueltas. Dice que mi semblante es una buena señal, que pronto el dolor de cabeza irá mermando gracias a los calmantes que pusieron en el suero y que resulta este un buen momento para corroborar todos mis datos personales.
—¿Le parece? —me quejo.
—Son solo cinco minutos.
—Ok. Mi nombre es Oscar Rodríguez, nací el 14 de agosto del 82, soy alérgico a los pelotudos y creo que hay una enorme confusión esperándome en el pasillo.
El doctor se sonríe mientras escribe con un palito plástico en un nuevo dispositivo que parece una tablet de uso profesional.
Intento recordar mi número de documento, pero me es imposible.
—Si me dieran mi billetera todo sería más fácil —digo.
El doctor vuelve a sonreír, pero esta vez también me dedica una mirada de desgano.
Pienso en lo que me dijo, en que no hubo ningún accidente, en que estoy en buen estado de salud, y aunque eso me tranquiliza no puedo terminar de entender qué carajo hago en un hospital. Ni siquiera sé qué clase de hospital es este. Ni mucho menos por qué pierde el tiempo preguntándome información básica que debe de tener en mi historial clínico. ¿Qué es lo que está chequeando? Tengo muy claro que no hace falta estar loco para terminar en un loquero. Cualquiera puede tener una crisis, una o las que sean. Durante mi juventud coqueteé varias veces con la idea de la muerte. Siempre imaginé algo que me durmiera rápido. Irme en un sueño me parecía bastante poético y sobre todo digno. Jamás podría lastimarme con un cuchillo. Las venas me siguen dando muchísima impresión, casi ni puedo tocármelas. No sé cómo hacen esas personas que se tatúan nombres o símbolos en la parte interna de la muñeca. Además, la idea de desangrarse en la bañadera me resulta bastante tétrica. No puedo ni siquiera especular, lo lento y penoso que debe ser morirse de esa forma, la crueldad con la que se agotan esos últimos suspiros. Otra cosa muy diferente sería pararse en las vías del tren. Hay que tener mucho valor para enfrentar tanta furia y velocidad de igual a igual. Yo no podría, estoy seguro de que en el último segundo saltaría a un costado. Soy un cagón, siempre lo fui. Por eso mi mejor opción siempre fue unas cuantas pastillas. Pero repito, soy cagón, tan cagón que me conseguí una mujer, una hija y me abandoné a la costumbre de abrir los ojos cada uno de todos mis posibles días. En fin, el personal y las instalaciones coinciden más con un sanatorio privado de alta complejidad, que con un loquero. ¿Pero por qué caería en un lugar así?
«Usted está sano» dijo el Doctor. «¿Podría definir la palabra sano?» debería haber repreguntado. ¿Quién no tiene un poco de mugre bajo la alfombra? En mi caso, los últimos años no fueron fáciles. Tal vez no tanto por el divorcio, o por la muerte de mi madre, sino por esa preciosa demora, que en el caso de desmayarme o incluso morir, se produciría durante semanas, hasta que algún vecino finalmente se preguntara de dónde viene tanto olor a podrido. No puedo quejarme, siempre me incliné por el silencio. Tampoco hay de que preocuparse. El asunto es que la soledad requiere de uno cierta juventud para ser aún más necesaria que la familia. Luego lo mínimo que uno puede pedir para seguir respirando dignamente es una simple compañía. Cualquier cosa, en pocas palabras.
¿Será mi «cualquier cosa» la caderona que desconozco? ¿Será que no me quedó otra opción? Ella podría ser como cuando se encendían las luces del boliche a las seis de la mañana y Tuna, mi amigo del secundario, se desesperaba por agarrar lo que pudiera antes de que nos echaran. Solo Dios sabía, si saldría victorioso del brazo de una señorita o empujado por los patovicas.
¿Y yo? ¿Cómo voy a salir yo de este hospital? Para ser justos, por lo poco que pude ver, de cintura para arriba la caderona no parecía estar tan mal. Sus ojos de milagros eran enormes e indescifrables. Me imagino dejándome caer, siendo absorbido por esa oscuridad sin fondo. ¿Amor? No, yo no pienso en eso. Ni siquiera lo recuerdo. No sabría decir cómo se siente, ni a qué sabe. «Nunca lo conocí en realidad» pienso y Muñoz me interrumpe.
—Déjeme hacerle unas últimas preguntas —dice y hace una pausa interminable mientras busca en su tablet—. ¿Podría decirme qué día es hoy?
Trago saliva, acaricio el plástico que cubre el colchón con los dedos de la mano derecha, y respiro con todo el pecho para largar un suspiro.
—No, la verdad que no. No sé si es martes…, miércoles…, jueves, tampoco recuerdo qué comí ayer ni cómo carajo llegué hasta este hospital. Porque calculo que es un hospital, ¿no?
—Por supuesto —responde el doctor con una sonrisa sobradora—. ¿Pero podría decirme en qué mes estamos?
—Sí, claro —digo y no me sale. Trato, pero lo que debería ser automático no funciona. Cada cajón de mi memoria está repleto de imágenes y nombres, pero ninguno responde a esa pregunta, ni mucho menos qué carajo pasó las últimas semanas de mi vida.
—Piense tranquilo…
Me desespera el espacio en blanco en el que me coloca una simple pregunta tal como en qué mes estamos. No puedo manejarlo. Miro al doctor, no veo ropa pesada que abulte su guardapolvo. «Tengo que saberlo» me digo. Y si no me equivoco los ambos de las enfermeras eran de mangas cortas. En una de las paredes hay un reloj circular que marca las once de la mañana. Por lo menos tengo que adivinar el mes. Una de las ventanas de la habitación da al frente del edificio, el grueso vidrio no deja entrar los ruidos de la calle. El calor no es para nada sofocante teniendo en cuenta que casi es el mediodía. No parece verano. Tengo que elegir. Mis mejores opciones van de septiembre a diciembre. Pienso en el calor, en la humedad. Tiene que ser septiembre, aunque recuerdo que para la llegada de la primavera siempre termina lloviendo y, desde donde estoy, el pedazo de cielo se ve bastante limpio. Dudo, vuelvo a mirar al doctor que me apura con su mirada.
—Noviembre —digo, y en cuanto termino de responder encuentro montado en una esquina un terrible aire acondicionado que destruye todas mis conjeturas.
—Muy bien —dice Muñoz, anota y sigue—. Voy a ayudarlo un poco, estamos a mitad de marzo, a dieciséis para ser exactos, pero no se preocupe, es normal. ¿Podría decirme el año?
—Por supuesto, estamos en el 2033.
Muñoz vuelve a anotar, no me mira. Repito que nací en el ochenta y dos, que fui papá a los treinta y cinco, y además agrego que soy separado. Aclaro, aunque nadie me pregunta, que un año atrás me separé de la madre de Emilia. Ese es el nombre de mi hija, Emilia, ahora estoy seguro. En realidad, lo que estoy haciendo es un repaso mental para pisar terreno firme y agarrarme de donde pueda.
—Muy bien… ¿Así que tiene una hija llamada Emilia?
— Sí, ¿no tiene mis datos?
Muñoz afirma en silencio.
—¿Podría llamarla? —Intento que el tono de mi voz sea todo lo firme que una pregunta puede ser.
—Por supuesto.
—Es que necesito verla, explicarle que estoy bien. Si usted tiene hijos me va a entender. Imagínese que no debe de entender adónde está su papá.
Muñoz se me acerca, toma asiento en el borde de la cama.
—¿Cuántos años tiene? —pregunta.
—Cuatro.
—Ella no, usted.
—Ah, perdón, tengo cincuenta, digo, cincuenta y uno.
—Está bien, relájese y respire pausadamente —dice el doctor, y cruza las manos sobre su muslo.
—Estoy preocupado, yo solía ir a buscarla todos los días al jardín para llevarla hasta la casa de la madre. Es muy chica para estar tanto tiempo sin verme, además…
—¿Y cómo se siente ahora? —me interrumpe.
—¿Quién?
—Usted, ¿cómo se siente usted de ánimo?
—Bien, creo que bien, no sé, un poco cansado y algo intranquilo, como con ansiedad. —Perfecto, el sedante lo va a ayudar a descansar. Usted goza de un perfecto estado de salud. Así que ahora voy a hacer pasar a su hermana unos cinco minutos para que pueda verlo, pero eso sí, prométame que después va a intentar dormir un rato.
Muñoz se levanta y no me da tiempo a procesar lo que dice. ¿Hermana? ¿Qué hermana? Yo no tengo hermana. ¿La mujer de ojos de milagros, esa caderona, es mi hermana?
—¡Doctor! —grito y logro detenerlo bajo el marco de la puerta—. ¿En qué año estamos?
Me mira como quien sabe que en algunos segundos va a tener que aplicar otra dosis de calmante.
—¡Por favor, doctor!
—2041 —dice.
Si mi memoria tenía algunas hojas en blanco, su voz hizo con esas hojas un cubo hueco y asfixiante que se derrumbaba dentro y sobre mí.
3
Creo que es una de las pocas veces que abro los ojos y siento placer. No hay contractura en mi cuello, ni en los hombros. El refuerzo de drogas que apuraron en la sonda debió ser importante, porque no solo calmó mi ataque de pánico, sino que además me dejó fuera de servicio. No soñé nada, me desperezo, y me descubro por primera vez en mucho tiempo con los brazos abiertos y la sonrisa a lo ancho de la cara. Es la típica escena de una película en donde todos quisiéramos despertar. Me estiro y contengo la respiración. La sonrisa no me sale naturalmente. Las sábanas son suaves, huelen a nuevas. Me pregunto si existe gente que despierte todos los días así. Presiono el botón e inclino la cama hasta quedar a noventa grados. Un rayo débil entra por la ventana y me entibia la cara. Cierro los ojos. Por unos segundos me lo creo. ¿Será esta la dicha de muchos? «Puedo conseguir la misma sensación de tibieza con un turno de cama solar» pienso. Además, creería que influyen también los resabios de las drogas que utilizaron para neutralizarme. Soy un hombre pacífico. Lo que sucedió ayer fue una situación especial. Me recuerdo mareado y con un nudo en la garganta. De solo pensarlo se me acelera el pulso. Respiro profundo, reconozco el cuarto para encontrar seguridad. «Estoy sano» me digo. La puerta entreabierta deja ver una sombra en el pasillo. Hay alguien. ¿Será ella? ¿Tengo una hermana? ¿Por qué no la recuerdo?
Todavía no logro darme cuenta, pero el ataque de pánico empieza nuevamente a crecer desde mi memoria como el goteo de una canilla mal cerrada. Necesito no pensar. Necesito urgente una distracción. Lo que en realidad necesito es que venga la enfermera y me clave otro calmante. Tengo que tranquilizarme. Si estuviera en la calle tendría granitos de sal en mi bolsillo. Eso siempre me ayudaba cuando me sentía mareado o con la presión baja. Miro a los costados y no veo ningún botón de emergencia para llamar a la enfermera, solo una cantidad de cables y enchufes ocupados. ¿Qué clase de hospital no tiene un botón para llamar a la enfermera? Diez o veinte cables negros cuelgan del respaldo y desaparecen bajo la cama. Vuelvo a respirar con todo el pecho. Me desinflo. No quiero hiperventilarme. Trato de fijar la mirada, y un borde de la gasa que llevo como vincha se interpone entre mis ojos y el techo. «No pasa nada» me digo. «Todo está bien. No hubo ningún accidente. Estoy bien, estoy completamente sano según el doctor». Respiro. Me rasco la nuca. ¿Cómo carajo va a estar todo bien si estamos en el puto año 2041? ¿Cuántos años tiene Emilia? Me agarro la cabeza. ¡Mierda! ¿Qué es esto? La ausencia de pelo hace que mis dedos se resbalen por el cuero limpio del cráneo hasta la parte posterior. ¡Dios! Una puntada me atraviesa las cejas. Me duele demasiado mirar. Presiono con la yema de los pulgares dentro del cuenco de los ojos. Respiro profundo y lo largo por la boca. Necesito un milagro. La puntada no cede. La tensión en los hombros me trepa por el cuello. ¿Por qué me pasa esto? Cuantas más bocanadas de aire tomo, más necesito. Me pellizco el filo de las cejas, estiro la piel y la retuerzo. No lo soporto.
—¡Dios! —grito.
Y el milagro sucede. Una mujer delgada, como la escoba que trae en su mano, entra en la habitación. Pide permiso y perdón al mismo tiempo. Evita por algún motivo mirarme directo a los ojos.
—Necesito que me ayudes —digo. Pero ella sigue barriendo, finge no escucharme. Lleva puesto un barbijo celeste y cofia haciendo juego, lo que me imposibilita una visión clara de su cara. «Podría estar riéndose cínicamente y no me daría cuenta» pienso—. Por favor, necesito que llames a la enfermera, es urgente.
Ella se detiene, gira su cuerpo y me mira unos segundos. Sus ojos son achinados y desabridos. No dice nada. Se da vuelta con un gesto de desgano y sale de la habitación. Me convenzo de que todo está bien. Sigo respirando por la boca. Espero que haya ido a buscar a la enfermera de turno o a un doctor, pero unos minutos después vuelve a entrar con un trapo de piso y un balde.
—¡Por favor! —grito y me doy cuenta de que estoy afónico y de que no hay ninguna potencia en mi garganta. Una sequedad intensa se me cruza detrás de la lengua, comienzo a toser, trago un poco de saliva y sigo tosiendo. Necesito un poco de agua. Intento levantarme y no puedo. El ruido de metal contra metal me obliga reconocer la amable presión (parecida a la del elástico de una media de tela) alrededor de mis tobillos. Levanto las sábanas y las correas de cuero y piel con sus grandes hebillas de metal me atrapan a los fierros de la cama.
—¡Sáquenme esta mierda! —grito.
La mujer delgada como el palo del secador que usa para trapear la habitación se me acerca, me mira con sus ojos achinados y en ellos no hay ningún tipo de expresión.
—No sea maricón —dice detrás del barbijo. Luego me da la espalda, y se dobla para juntar la basura de los tachos.
Observo la forma en que el pantalón del uniforme se le mete en la chatura de su cola. Es un palo vestido de celeste. No tiene edad, ni cintura, ni carne suficiente para nada. «¿Maricón yo?» pienso y me muerdo los labios. Gracias a Dios tienen mujeres como vos para limpiar esta habitación de mierda.
—¡Maricón esta! —digo, y con la mano derecha me aprieto el miembro contra los testículos. «Dale, apurate, andá hasta el inodoro y refregá hasta la última gota de meo, que para eso te pagan» pienso y la sigo con la mirada. Deberías incluso agradecerme por lograr una erección con tan poca cosa. Ella termina de sacar la basura del baño contiguo y de repente otra persona entra en la habitación. Me sorprende. Esta vez es un hombre de piel trigueña que debe de medir unos dos metros y pesar más de cien kilos.
—¿Cómo estás hoy? ¿Te acordás de mí?
Niego con la cabeza e intento tapar mi principio de erección.
—¡Cómo que no!
—¡Necesito agua!
—Está bien, no hay problema. Mi nombre es Román y estoy acá para higienizarte.
—No, gracias, estoy cansado —digo y bebo del vaso de plástico que me alcanza.
Román habla de sí mismo como si fuera una celebridad del hospital. Dice que lo llaman la mula, que trabaja hace dos años moviendo pacientes, o, como le gusta llamarlos a él, a todo peso muerto que respire. Me aclara que no trasporta fiambres y se ríe a carcajadas. No tengo dudas, su risa no es normal, lo tienen en negro y a la mitad de lo que ganan los otros empleados. Se sienta al borde de la cama y, feliz como un niño con problemas mentales, me cuenta que este año le han confiado también la limpieza de gente que no se puede bañar por sus propios medios.
—No es mi caso, yo me siento bien. El tema es que me tienen atado como a un perro —digo. Y por ningún motivo voy a dejar que este energúmeno se meta en el baño conmigo. No tengo las manos atadas y por consiguiente no voy a dudar en apuntarle directo a la mandíbula.
Román no entiende la negativa, me explica que no tiene permitido desatarme debido al escándalo que hice ayer y que piensa sacarme toda la mugre como lo viene haciendo en la última semana. No tengo idea a que se refiere. Puedo ver como gira su inmenso torso y comienza a sacar trapitos de un bolso. Me los muestra. Tiene uno en cada mano, hace círculos con ellos.
—Pulir y encerar —dice y se ríe. Su carcajada es tan sonora que no me deja pensar en otra cosa más que en un retraso madurativo severo.
—No me digas que no viste «Karate Kid», todo el mundo la vip.
Estoy decidido, cierro el puño y lo espero.
—Éste es para enjabonar, ¿ves? Y éste otro para secar. En cinco minutos te puedo asegurar que te vas a sentir como nuevo —dice mientras se levanta.
Giro el cuello para seguirlo y una puntada me sacude nuevamente, su intensidad surge desde el ojo izquierdo y me atraviesa hasta la nuca. Aprieto la mandíbula, cierro los ojos, sostengo toda mi vida hasta que el dolor disminuye. Y cuando quiero darme cuenta, el hijo de puta me tiene atado también de las muñecas. Su fuerza bruta es inquebrantable. Le grito que es un hijo de puta y no parece importarle, sigue riéndose. Saca la sábana, acomoda la cama de forma horizontal. Su enorme mano comienza a pasar el trapito con jabón en mis piernas. Vuelvo a gritarle que es un hijo de puta, que me saque las manos de encima, y se gira, dándome la espalda para buscar en su bolso unos auriculares. Luego retoma el trabajo refregándome ese paño húmedo hasta las rodillas. Silba y la espuma blanca se mezcla con los pelos de mis tibias. Intento moverme. Sé lo que me espera. No puede tocarme sin mi consentimiento. Estoy completamente afónico. Unos segundos después la mano pesada de Román ingresa debajo del camisolín, gira en círculos hasta toparse con mi miembro blando y recostado. Lo corre con dos dedos hasta el otro lado y continúa. Su silbido es repugnante. No puedo sacar la vista del techo. Me dejo hacer. No me queda ni lo poco que conservaba de dignidad. El sol entra por la ventana dibujando sombras y soy mucho menos que eso, ni siquiera la cara oscura de algo.
4
A pesar de haber recuperado la libertad en mis manos, no volví a emitir palabra alguna. Tampoco tenía con quien hacerlo. Varias horas después fui visitado por una enfermera, tal vez la misma de la mañana o una diferente bajo la misma cofia y el mismo barbijo celeste. Me acomodé a un costado, a la defensiva. Pensé que se iniciaba una nueva ronda de chequeos generales, pero ella pasó de largo, apenas revisó los enchufes del respaldo de la cama y se dirigió a la salida.
—¡Enfermera!
—¿Sí?
—Necesito un calmante.
—¿Siente dolores?
—Bueno, ahora un poco, pero por momentos es terrible.
—Quédese tranquilo. Si le duele de nuevo me avisa. Le tengo buenas noticias. Ya tiene permitido los líquidos, así que en un ratito le van a traer una sopa. ¿Necesita algo más?
—Sí, ayer había una mujer esperando para verme…
—No sabría decirle, mi turno arrancó hoy temprano y las visitas no son hasta las cuatro.
—¿Y el doctor Méndez?
—No conozco ningún doctor con ese apellido.
—Perdón, quise decir Martínez o…
—Su doctor es Muñoz y debe estar haciendo la ronda, ya va a pasar, quédese tranquilo.
—¿Me podría desatar los pies?
—Lo lamento.
Esta clase de sanatorios tienen una particularidad muy especial, están hechos en primer lugar para ganar dinero, y en segundo para salvar vidas. No siempre uno es consecuencia del otro. Todos sabemos muy bien cómo funciona la rueda. Primero pague y después pregunte. No hablo del material humano (tal vez aún exista algo de vocación en ellos). El asunto está en la administración, dirigida normalmente por una gerencia despiadada. En realidad, son dos o tres garcas internacionales que tiene un regimiento de pobres tipos adiestrados para succionar hasta la última moneda del paciente. No importa el sanatorio ni la obra social que tengas, a la hora de cubrir consultas, vacunas, prótesis, tratamientos, camas, materiales, operaciones, o lo que fuera necesario, siempre hay un gasto no cubierto, una suma que desembolsar, un extra a pesar de todo lo que pagamos mes a mes.
En lo que a mí respecta, soy un negocio redondo. Toda mi vida traté de evitar los hospitales. No me gustan cómo se ven, ni cómo huelen, ni cómo te tratan apenas ponés un pie dentro del edificio. Recuerdo lo que tardaron en atenderme cuando mi mamá me obligó a consultar por los constantes dolores de cabeza que tenía. No había una silla libre en toda la sala de espera. El calor era agobiante. Un ventilador de pie enchufado en un rincón revolvía el caldo de unas cuarenta o cincuenta personas que esperaban a ser llamadas por su apellido. Las horas pasaban, los que tenían el privilegio de estar sentados tenían sus propios libros o revistas, hacían crucigramas o intentaban una siesta con los brazos cruzados y el cuello torcido a un lado.
Mientras que los otros sosteníamos columnas o caminábamos en círculos contando baldosas. Recuerdo también los tres minutos y medio que tardó el médico en despacharme. Le dijo a mi mamá algo así como que no se preocupara. Y que, en esos casos, lo mejor sería hacer una consulta con el oftalmólogo. Rapidito y que pase el siguiente. Lo que significaba que había que hacer otra cola de trámites, pedir autorizaciones, rezar para que haya algún turno la semana siguiente y otra vez tomarse dos colectivos de ida y vuelta. Todo para que después de otras dos horas de espera, el oftalmólogo con su clásica prueba de lectura a un solo ojo, la cual resultaba normal según él, nos recomendara visitar un gastroenterólogo. Y así seguía la historia. Nadie parecía tener la más puta idea de por qué me dolía la cabeza. Me di por vencido. Ese día lo entendí, debía tener no más de trece y me quedó claro que una vez dentro del circuito no hay salida. Pero mi mamá era demasiado terca y necesitaba una respuesta, algo que le explique por qué su hijo tenía dolor de cabeza día por medio. Así que otra vez todo de nuevo, desde el principio. Trámites y más trámites, que ocupaban el tiempo en que ella debía estar ocupándose del funcionamiento de la casa. No había manera de hacerle entender a mi hermano que no había quien lo lleve a la práctica de fútbol o, a mi papá, que debería ser él quien fuera al banco para pagar la cuota de la hipoteca. Todo era un caos por mi culpa, y otra vez, otro médico repitiendo que no veía nada raro, que si me dolía mucho la panza me tomara una pastilla de esas que venden incluso en los kioscos. Pero a mí no me dolía la panza, me dolía la cabeza. Y todo el sacrificio de mi mamá fue en vano. No hubo explicación, no quisieron buscarla, no era urgente y claramente no estaba dentro de sus parámetros de interés.
Ahora bien, si ese dolor hubiese generado con los meses un aneurisma o cualquier cosa grave que terminara con mi vida, muchos idiotas se hubieran pasado horas hablando de la importancia de consultar ante cualquier síntoma con un médico de confianza. «Mejor agarrarlo a tiempo» dirían. Y calculo que todos ellos deben referirse al billete, porque salvo que te estés desangrando sobre los enfermeros, las guardias son el principal centro de mal diagnóstico y rebote de enfermos. Y no hablemos de caer en una guardia pública. Hace varios años atrás, en mi época de soltería, llevé a mi departamento a una chica que, para ser sincero, no recuerdo quién era. El asunto es que ella me esperaba desnuda en la cama. Yo estaba en el baño completamente borracho, trataba de no soltar el vaso de whisky y al mismo tiempo de embocar el meo en el inodoro. Creo que el problema empezó porque me oriné un poco el pantalón y traté de sacármelo mientras terminaba el último sorbo de whisky, o primero bebí y por eso lo dejé junto a la canilla para sacarme el pantalón. En realidad, no recuerdo bien cómo ocurrió, me estaba mojando la cara y sentí como el vaso se partía contra mi codo. Había sangre por todo el piso del baño. Ella (de quien o recuerdo ni el nombre) corrió desnuda para alcanzarme el trapo de cocina. Estaba asustada, eso sí lo recuerdo, otra en su lugar no me hubiera acompañado al hospital, pero se ve que en el fondo me tenía cierto aprecio. Estoy casi seguro de que no había pagado por su compañía.
Llegamos al hospital pasadas las dos de la mañana. En la guardia había una o dos personas recostadas a lo largo de una fila de sillas. Y junto al mostrador un timbre con un cartelito escrito a mano, que decía: «Toque y espere». Así que seguí las instrucciones al pie de la letra y unos minutos más tarde apareció una señora con cara de dormida detrás de un vidrio roñoso. Nos tomó los datos. Vio mi codo envuelto en un trapo de cocina y nos dijo que seríamos llamados por el apellido.
Tomamos asiento, revisé el tajo que debía de ser de unos cuatro centímetros y apreté más fuerte. Ella me preguntó cómo me sentía, le respondí que bien y, de paso, también le confesé que me sentía un terrible boludo.
Pasaron diez, quince, veinticinco minutos. Lo raro era que nadie parecía estar atendiendo. Ella volvió a llamar a la recepcionista para consultar, y le respondieron que los doctores estaban ocupados. Así que apoyó la cabeza en mi hombro, y no sé en qué momento nos quedamos completamente dormidos uno contra el otro. (Si pudiera por lo menos recordar el color de su pelo). Cuando abrí un ojo eran las seis de la mañana, entonces vi pasar a la recepcionista con una taza de té y la crucé en medio de la sala con el temor de que me hubieran llamado y no haberlo escuchado. Pero no era así, había que seguir esperando. Los doctores seguían ocupados. En este caso específico no era personal, las excusas fueron que no tenían recursos, que eran un hospital público, lo que en pocas palabras significaba que otra vez no era urgente y no estaba dentro de sus parámetros de interés. Así que fui hasta la chica que me acompañó (de quien sigo sin tener la más puta idea quién era) y nos fuimos a otro lugar cercano, donde tarjeta de crédito de por medio me solucionaron el problema. Así es mi experiencia con los hospitales. Por eso siempre trato de evitarlos, por el simple hecho de que ellos hacen lo mismo conmigo.
Y otra vez volvemos a caer en los mismos idiotas de antes, que gesticulan, ríen, y afirman en reuniones familiares que mejor así, mejor que nunca necesitaste de ellos. También son los que cuando sufrís un robo intentan consolarte diciendo: «Por lo menos no te hicieron nada». O cuando chocás el auto, adoran llenarse la boca con la típica frase: «Fue una desgracia con suerte». ¿Qué carajo significa eso? Cuando se sufre, cuando te roban, cuando hacés mierda tu auto por estar con el celular, o simplemente perdés algo querido, no existe nada más satisfactorio que levantar los brazos, abrir toda la boca, y mandar a Dios y a María Santísima a la puta madre que los parió. De lo contrario, si optás por tragarte el veneno, si aparentás ser positivo y cambiás el grito por un bálsamo para idiotas basándote en que siempre pudo haber resultado peor, entonces no estas viviendo tu vida, no respirás nada que te pertenezca. ¡No! Sos otro número más en la fila de calladitos que esperan para que se les asigne un destino. Toda mi vida evité esa clase de idiotas. Los que aceptan en silencio cada una de las normas que le son impuestas. ¡No! Nunca lo fui, ni voy a empezar a serlo ahora. No puedo dejar que me traten así, que decidan por mí. Tengo que ser consecuente con mis palabras. No puedo seguir encadenado a la cama de un hospital, así, calladito, como un idiota que tienen medio drogado, con una venda en la cabeza y una bolsa de suero para alimentar. ¡No, no puede ser! Tengo que hacer algo. Tengo que hacer algo urgente. ¿En qué año estábamos? ¿2041? ¿Dónde está Muñoz? No me siento de sesenta, no tan viejo. ¿Dónde está mi hija? ¿Y mi exmujer? ¿Cómo se llamaba? Recuerdo que tenía nombre de flor. Yo sé que ya formó otra familia, pero soy el padre de su hija. ¿Eso no significa nada? ¿Qué hice para merecer tanto desprecio? No me pudo haber abandonado en estas condiciones. Nuestra separación fue en buenos términos, no hubo engaños ni problemas con la división de bienes. Ella misma me ayudó a embalar las cajas y a cargarlas en el flete. Me despidió con la mano en el aire, y un «buena suerte» en los ojos. En realidad, no sé por qué rompí tan rápido esa relación. Tendría que haber puesto más de mí. Sé que no podía respirar. Tengo la sensación de que en ese entonces no podía respirar. Me recuerdo diciéndoselo. Ella con su remerón gris corriendo al baño para buscar la crema de quemaduras. Emi llorando con toda la garganta. Y yo diciendo: «¡No puedo respirar! ¡Estoy harto! ¡No puedo respirar!». Toda una escena de caos. Un minuto después de haberle agarrado la mano a Emilia para hundírsela en el pedazo de pizza caliente que estaba en mi plato, el cual ella quería tocar a pesar de las mil quinientas veces que le había advertido que no lo hiciera porque estaba muy caliente. No pude manejarlo. No me reconocía. Me despertaba cada día gritándole que no agarrara el vaso de vidrio, que se bajara de la silla, que no saltara en el sillón, que no desprogramara la televisión, que soltara el cuchillo, que no comiera la tierra de las plantas, que no corriera debajo de la mesa. Y ella no hacía caso, salía corriendo, patinaba y se rompía la frente. Tuvo una época en la que todo lo pedía llorando a los gritos y, cuando lo obtenía, lloraba porque no lo quería más. La casa era una trinchera. Peleaba con mi mujer cuando me decía: «Es chiquita, no entiende, todos los chicos lo hacen…» ¡Mentira! Entiende todo, entiende mucho más que nosotros. Incluso se da cuenta de las mentiras que nos decimos para sobrevivir a la infancia de nuestros hijos. Todo se va de las manos sin darnos cuenta. El niño es todo pasión, ama y odia sin respiro. Un día cualquiera se agotan los medios de escape y nos vemos sentados en la cocina agarrándonos la cabeza mientras nos preguntamos qué hicimos mal. ¡Tarde! Un padre que nunca fue odiado por su hijo nunca fue padre. No tengo ningún problema en reconocer el MIEDO. Yo tuve miedo de mi padre, por eso me portaba bien. Luego con el tiempo entendí que debía tenerle respeto, y no por que sí, no porque se mereciera un respeto señorial, sino porque ese hombre y esa mujer intentaban sobrevivir y educarme al mismo tiempo.
Tal vez yo no nací para ser padre, quizás no esté en mi ADN. Hice lo que pude. Traté de evitar el mayor daño y todo me trajo hasta esta habitación. Si no fuera porque me tienen atado ya me hubiera ido. Hubiese saltado por la ventana. No tengo idea en qué piso estamos, pero hubiese saltado de todas formas. Mi único escape es esa ventana por la cual ahora ni siquiera entra el sol. Las sombras se aguaron en el amarillo viejo de la luz del tubo que se encendió a mitad del techo por motu proprio. Me muero de sed. El catéter me hace arder las venas del antebrazo. Tengo el pie derecho dormido a causa de la posición obligada por la correa. Hace horas que nadie entra. La sopa que me prometieron nunca llegó. El botón para enderezar la cama ya no funciona. Este hospital es una porquería, no tiene pinta de público, pero debe serlo. No soy paciente, soy su esclavo. Mis axilas apestan y mi frente está empapada de sudor.
¿Quién carajo tomaría una sopa con este calor? La habitación parece un horno. El display de donde se controla la temperatura está a unos cinco pasos imposibles para mí. No alcanzo a ver el número. No entiendo a quién se le ocurre poner la calefacción a esta temperatura. No puede ser un error. Tiene que haber sido a propósito. Una guachada digna de una mujer resentida. De otra esclava. Otra miserable sanguijuela encadenada a su palo de escoba. La imagino riendo dentro del barbijo, con sus ojos achinados, haciendo de su padecimiento diario, una interrupción liberadora y unos cuantos minutos de loca felicidad. Me pregunto cuánto de venganza hay en la felicidad. Reivindicarse, si tu religión no te deja pensar en venganza, es más o menos lo mismo. Tal vez esté confundido, o el estómago me esté jugando una mala pasada, no lo sé. Lo cierto es que no puedo dejar de entender la felicidad como un bocado extravagante.
Bien por vos, compañera de calabozo. Esta noche procuraré imaginarte de nuevo en algún lugar que esté a la altura de los avances en nuestra relación. Esta noche haré todo lo posible para soñarte, compañera. Pensaré en tu figura desgarbada hasta matar el vacío de esta habitación.
5
Calor. Nada. Más calor. Más de nada.
La soledad de hospital es muy diferente a lo que cualquiera conoce por soledad. Se parece al abandono, tiene mucho de humillación y huele a caldo de carne chamuscada. Primero, necesito que alguien me visite, y segundo, es increíble que lo diga, pero necesito parlotear como una vieja chismosa. No importa si es el precio del huevo, los ruidos del vecino o el mal clima que pronostican para la semana que viene. ¿Dónde está esa mujer caderona que dice ser mi hermana? ¿Por qué no entró a la habitación todavía? ¿Dónde está Martinez, o Muñoz, o cómo carajo sea que se llame? Necesito ver a Emi. Grito con lo poco de voz que tengo. Nadie viene. Es imposible que alguien escuche el soplo desarticulado que sale de mi garganta. Estoy solo, no me acompaña ningún otro enfermo (debo de destilar demasiada enfermedad) ¿Pero qué clase de hospital ofrece ese lujo a un muerto de hambre como yo? Mucha hotelería, pésima atención, pienso. Mucho artefacto, tablet, cama multifunción y cablerío junto al respaldo. ¿Y el personal? Imagino que alguien debe de seguir el funcionamiento de todos estos artefactos. Alguien debe estar monitoreando los síntomas de cada habitación o incluso estar viéndome detrás de una pantalla. ¿Acaso no se dan cuenta que me estoy muriendo de calor? Levanto mi dedo índice de un rincón del cuarto al otro. Después me estiro y empujo el palo de hierro de donde cuelga el suero. El tirón me arranca la vía. Debería habérmela quitado primero, pienso. Soy un inútil. Me retuerzo a un costado y arranco todo lo que alcanzo que esté enchufado al respaldo de la cama. Cinco minutos después aparece Román y detrás de él una enfermera. Me exigen que me tranquilice, que respire. Ella me amenaza con una jeringa en el aire.
En cuanto los veo comienzo a aplaudir.
—¡Al fin se despertaron, hijos de puta!
Ellos hacen su trabajo, no me resisto.
6
Creo que es una de las pocas veces que abro los ojos y siento placer. No hay contractura en mi cuello, ni en los hombros. No tuve pesadillas, ni sueños, ni nada. Absolutamente nada. El refuerzo de drogas que apuraron en la sonda me proporcionó una noche en paz. Me desperezo, estiro el cuerpo y largo el aire por la nariz. Me pregunto si podré despertar de esta manera cada día. Presiono el botón e inclino la cama hasta quedar a noventa grados. Un rayo débil me entibia la cara. Cierro los ojos. Lo disfruto. Podría acostumbrarme. ¿Será esto lo que llaman el sol de cada día? ¿Por qué se siente tan raro? Es como si pudiera regresar unas cuantas hojas atrás y revivir mis pensamientos. Es mentira que no me duele la cabeza, así como también es mentira que no soñé nada. Tuve una pesadilla espantosa y bastante insólita. Estaba en casa con ella. Era de noche. Nos veíamos diferentes, pero era ella, Jazmín, estoy seguro. Era algo así como un cumpleaños o a lo mejor un aniversario. Ella caminaba por el living con una copa de vino. Yo trataba de esmerarme. Ponía todo mi esfuerzo en que la comida no se me quemara como solía ocurrirme cada vez que intentaba una cena, por lo menos esa era mi sensación dentro del sueño, que todo siempre se me quemaba. Cuando de un momento a otro, dentro del horno surgió un grito agudo, seguido de colmillos y puños peludos que golpeaban la puerta metálica. No me explico por qué grité algo así como que la comida estaba por salir, mientras sostenía con todo el peso de mi cuerpo la puerta caliente de ese horno, que en realidad no quemaba tanto por fuera como parecía hacerlo por dentro.
Después desperté otra vez en esta habitación. Recordé cómo era sentirse bien, quería sentirme bien y así lo hice mientras pude. ¿Para qué voy a mentir? Tal vez me esté acostumbrando a las drogas. Dicen que el cuerpo se acostumbra a todo. Y todo, con el tiempo, pierde su efecto. Tengo que acostumbrarme a recordar. Si llegara a entrar mi compañera de calabozo con su inseparable escoba, debería recordar pedirle disculpas. Soy un hombre de palabra y esta vez no pude cumplirla. No me importa si es china, peruana o misionera, cuando salga de esta habitación voy a invitarla a tomar algo. Aunque pensándolo bien primero debería invitarla a tomar una ducha para sacarle ese olor rancio a lavandina y muerte de hospital. Me pregunto cuántos habrán muerto en esta cama. ¿En qué año estábamos…? Voy a tener que empezar a anotar algunas cosas.
—Permiso, Sr. Di Tommaso, buen día —dice un anciano de traje oscuro y corbata verde a rayas que entra a la habitación seguido de dos hombres y una mujer, todos vestidos de guardapolvo blanco.
«¿Di cuánto?» pienso mientras rodean la cama. El anciano se para junto a mí y habla del hospital, de los años de experiencia y la capacidad de sus médicos. Se nota que tiene un discurso masticado durante años que le sirve para cualquiera sea el caso. Nada de lo que dice me importa. Me distraigo con el colgajo de piel de gallina que se le extiende a lo largo de la garganta. El anciano no tiene una voz muy masculina, pero cada vez que enfatiza en las vocales el colgajo tiembla. No es piel de gallina, es seca, resquebrajada, sin vida. Debe tener más de noventa años. El saco cruzado con botones dorados y el reloj metálico que se asoma por debajo de su manga dan cuenta de que, aun con su edad, es el que da las órdenes. Pienso en un director general, en un médico jubilado con honores o, a lo mejor, en el mismísimo dueño de todo el circo. Un empresario forrado en billetes que no sabe qué carajo hacer con los últimos años de su vida.
—¡Señor Di Tommaso! ¿Me está escuchando?
—Claro, pero… ¿A qué va toda esta mierda? —pregunto, corro la sábana y hago sonar las esposas contra el metal de la cama—. ¡Quiero que me las saquen ya mismo!
—Tranquilo, tiene que tomarlo con cal…
El celular del viejo lo interrumpe. El que intenta tranquilizarme creo que es Martínez, no lleva el cartelito que lo identifica en el bolsillo, pero reconocí su voz pausada y estoy cada vez más seguro de que es el mismo médico que me estuvo atendiendo anteriormente.
—Mil disculpas —dice por lo bajo el viejo mientras sale de la habitación.
—Muy bien, vamos por partes —toma la palabra Martínez y se sienta en el extremo de la cama. Los otros dos médicos parecen no poder sacar los ojos de sus tablets.
—Primero, tu hermana está esperando para verte. Segundo, si me prometés que no vas a hacer ninguno de tus escándalos, cuando terminamos de hablar llamo a Román para que te saque las esposas. ¿Estamos de acuerdo?
—Está bien.
—Confió en vos —dice Martínez, y gira hasta los otros dos médicos que siguen trabajando con las tabletas—. ¿Alguna anomalía o todo igual?
—Los resultados obtenidos se condicen con los alcanzados la última semana, doctor —responde la mujer, mientras el otro confirma la respuesta afirmando con la cabeza.
—¿Por qué tengo esta venda en la cabeza? —digo y me muerdo los labios—. Me duele.
—Muy bien, vamos al grano —dice Martínez y hace una pausa para acomodar la totalidad de su culo en el colchón—. Estamos en condiciones de afirmar que la operación fue un éxito.
—Doctor —interrumpe la doctora y le acerca la tableta para que revise unos gráficos.
—Ajá —murmura Martínez y deja la tableta sobre la cama para continuar—. No hay ningún registro en la última semana de convulsiones…
«Convulsiones de qué» pienso. ¿Qué puede generar convulsiones? ¿Acaso habrá querido decir contusiones? ¿Sera que sufrí una contusión que generó convulsiones? No entiendo de qué habla.
—Lo importante es que, como puede ver en los gráficos, todos los niveles están dentro de los rangos normales, bueno podría decirse que tiene un poquito el colesterol alto, pero nada de que preocuparse. Además…
El doctor sigue hablando, la pantalla es demasiado brillosa, pero puedo distinguir un título escrito en rojo en la esquina superior izquierda que parece decir epilepsia.
—¿De qué mierda de epilepsia estás hablando?
—Tranquilo, estamos seguros, como le dije la operación fue un éxito y ya está listo para volver a su casa.
—No, no puede ser. Ustedes están confundidos, seguramente se equivocaron de habitación.
Martínez se sorprende, busca en sus asistentes la seguridad con la que hablaba hasta hace un minuto atrás. Tanto la mujer como el hombre de blanco se desesperan con sus dedos sobre las pantallas. Parecen estar buscando algo que les falta, que no está o, no puede ser alcanzado. No importa cuán avanzada esté la tecnología, los errores son el motor de nuestra existencia. Los veo y me sonrío nervioso Es aterrador estar en manos de unos tipos que no saben ni siquiera en que habitación están parados. Si hubieran dicho virus, cáncer, infarto, sida, yo qué sé…, derrame cerebral. ¿Pero epilepsia? No, eso es imposible. La palabra epilepsia era un error garrafal. En cuanto la leí, lo primero que se me vino a la cabeza fue el hermano menor de una noviecita llamada Paula que tuve en el secundario. Él fue la única persona en mi vida que conocí con esa enfermedad. Incluso recuerdo una de las crisis que tuvo a mi lado una noche mientras mirábamos una película en el living de la casa. Yo debía tener diecisiete años, él nueve, y de repente sin ningún aviso todo su cuerpo se estiró como una tabla a lo largo del sillón. Paula, que estaba acostumbrada a los episodios del hermano, actuó de inmediato metiéndole la mano en la boca para que no se mordiera la lengua. Yo quedé inmóvil, me tomó por sorpresa. Su mano se cerró sobre mi muñeca unos segundos antes de que la rigidez invadiera todo su cuerpo. Creí que me iba a terminar rompiendo la mano, pero por suerte duró a lo sumo un minuto. No tengo idea cómo trascurre el tiempo dentro de esa clase de crisis, pero no creo que hayan sido solo sesenta segundos para él. En cuanto pasó la crisis no solo me soltó, todo su cuerpo se rindió ante un cansancio brutal que lo adormeció sobre nosotros. Paula le acariciaba el pelo, decía que con suerte el nuevo cóctel de drogas reduciría las crisis a una sola por día y tal vez, con mucha suerte, algún día podría andar solo en bicicleta, o quien dice, soñar con manejar un coche. No recuerdo cómo se llamaba el chico, ni porqué me peleé con ella unos meses después, pero las palabras de Paula hablándole a su hermano dormido se me quedaron para siempre.
—No hay ninguna equivocación, Sr. Di Tommaso.
—¡No me llamo Di Tommaso!
—Tranquilícese y baje la voz.
—¡Pero cómo querés que me tranquilice si no me escuchás!
—El que no escucha es usted. Hágame caso. Tranquilícese y baje la voz. Respire.
—Es que…
—Escúcheme bien, está a punto de volver a su casa. Está en perfecto estado de salud y no le conviene tirar todo por la borda. ¿Me entiende?
Martínez me habla muy de cerca. Lo miro. No sé qué carajo entender. No puedo mantenerle la mirada. Mis labios están secos y pegados.
—Yo estoy completamente seguro de que regresar a sus costumbres, y mucho más acompañado por su hermana, va a ir disipando todas sus dudas y confusiones. Que además, son más que entendibles y hasta normales después de la intervención que sorteó.
—¿Qué me hicieron?
—Respire…
—¿Qué carajo me hicieron?
—Mire, la intervención a la que usted fue sometido es muy normal y con el tiempo se ha perfeccionado hasta casi no tener riesgo alguno. Por eso mismo usted hizo los trámites pertinentes y aceptó las condiciones del instituto. Si bien, generalmente, el tratamiento farmacológico tiene algunos resultados positivos, la opción de la cirugía otorga una calidad de vida completamente diferente.
—Escúcheme, Martínez…
—Muñoz.
—¿Qué?
—Mi apellido es Muñoz, doctor Muñoz.
—Como sea. Quiero que me entiendas. No soy epiléptico, no me llamo Di Tommaso, no tengo una hermana y no sé de qué cirugía de mierda me estás hablando.
Muñoz me mira, respira profundo, le hace señas a sus asistentes para que le dejen una de las tabletas y se vayan.
—Hágame caso —dice Muñoz y lee —. Sr. Di Tommaso, Luis. 64 años. Soltero. Alta lista y en espera de firma. Contacto familiar de retiro: hermana… Nada de qué preocuparse. Ahora mismo llamo a Román. ¿Estamos de acuerdo?
No puedo responder nada, afirmo con la cabeza, dejo que todo siga su curso. Una cosa es no recordar, sufrir amnesia, y otra muy diferente que se me vista con otra vida. ¿Qué puedo hacer? Tengo que aceptar todo lo que se me ofrece y liberarme del loquero en el que he permanecido estos últimos días. Yo sé muy bien quien soy. El tiempo ha pasado demasiado rápido, puedo sentir su peso en mis articulaciones, pero sé muy bien quién soy. No hay otro. ¿Cómo podría haberlo? ¿De dónde habría salido?
El tiempo sigue sucediendo demasiado rápido. Román levanta uno de mis brazos como si fuera el de un muñeco desarticulado. No tengo ánimos para discutir. Refriega mis axilas con sus paños húmedos, dice algo así como que va a extrañarme. Deja una pila de ropa nueva sobre mis manos y me quita la esposa que me ataba a la cama. Miro la ventana, la puerta, el silloncito vacío junto a la cama. Daría lo que fuera por saborear esa costumbre de abrir los ojos y descubrir que todo fue una pesadilla, despertar en mi cama y salir corriendo a la calle para no llegar tarde al trabajo. Daría todo y más por recuperar el apuro, los ruidos del tráfico, la multitud y ese instante de la vida que se repite hasta definirnos. «Somos rutina caminando» decía mi abuelo y cuánta razón tenía.
Todo cambia cuando se entrega la facultad de ser veloz al tiempo. Doctores y enfermeros entran y salen de la habitación. No reconozco a nadie. Estoy fuera de tiempo. Permanentemente obligado a pensar en el ardor que dejó la esposa sobre mi tobillo, en la fragilidad de mis rodillas, en la contractura de mis hombros, en el dolor de cintura y en las puntadas leves pero constantes que se inician en el párpado izquierdo y me cruzan la cabeza. Soy consciente más que nunca de mí mismo y de toda mi vida. Estoy viejo, tengo miedo, ganas de llorar. Es esa clase de tristeza en la que no te podés sentir peor.
Estoy listo dicen. Las piernas me cuelgan. Visto ropa nueva. Cuerpo marchito nuevo. Alpargatas de lona. Huelo a detergente barato. Firmo todo papel que ponen frente a mí. ¿Soy libre? Muñoz busca mi mano para despedirse. Dice que no me toque la venda, que mi hermana tiene todas las indicaciones y que fue un gusto tenerme en las instalaciones. Se da media vuelta y sin más me entrega a la sonrisa payasesca de la caderona y su abrazo de sobrepeso.
—Hola, mi amor… ¿Te gustó la sorpresa? —dice la caderona y no me suelta. Lleva una cartera marrón al hombro, musculosa negra y una falda floreada hasta el piso que se ve a dos cuadras.
—Sí, claro —digo y le sigo la corriente. No puedo hacer otra cosa más que dejarme llevar.
—No sabes lo que te extrañé, papi —dice y me encaja un beso cargado de rouge en la comisura de los labios—. Ay papi, esperá que te limpio antes que te vean estos malparidos.
La caderona parece salida de una telenovela caribeña. Escupe un pañuelo y me lo pasa por la mejilla. No para de hablar. Dice que no pueden con ella, que no la conocen, que a estas alturas nadie le va a decir qué puede o no puede hacer, y mucho menos cuando se trata de cuidarme. Se ríe con toda la boca. Tiene los dientes más grandes y blancos que vi en mi vida. No se toma respiro, sigue hablando, pero ahora cambia su tonada. Dice «che», dice «boludo», dice «dejame pasar, flaco». Y no tengo dudas, no es mi hermana. La caderona no puede tener más de treinta años. Es mi «cualquier cosa» de último momento, y yo soy su «cualquier cosa con plata» (aunque para ella «con plata» es con muy poca plata).
—¿Y tus ojos de milagro? —pregunto.
—¿Qué cosa dices, mi amorcito?
La caderona me mira confundida. Yo la miro aún más confundido que ella. Pienso que ya no hay milagro en sus ojos ahora que me tiene listo para llevar.
¿Eran los mismos ojos, la misma mujer? ¿Qué soy, un paquete? ¿Por qué se mueve tan exagerada?
—Tú no te sientes bien, mi vida, déjame que te lleve y ya verás cómo te recuperas.
«¿Por qué mierda habla así?» pienso. No sé si es neutro, venezolano o qué mierda. Me agarro la cabeza y cierro los ojos. Ruego para que se calle.
—Vamos que te ayudo, amorcito.
Me lleva del brazo mientras sigue parloteando. No tiene fin, no puedo soportarlo más. Freno de golpe antes de salir de la habitación y busco con la mirada en todas las direcciones posibles.
—¿Mis cosas…?
—¿Qué, mi vida?
—¿Podrías pedir mis cosas?
—Por supuesto —responde la caderona y primero revisa el placar de la habitación, luego sale en búsqueda de las enfermeras.
Dudo. ¿Y si salgo corriendo en la otra dirección? Bueno, correr es una forma de decir. ¿A dónde? ¿Con qué plata? La caderona no solo es mi cualquier cosa, también es mi única guía.
Salgo de la habitación. A la izquierda el pasillo termina en una ventana con cortinas de tela color crema oxidado. A la derecha la cantidad de puertas se multiplica. Cada una de las puertas tiene una ventanita que deja ver la siguiente. No parece existir un final. Me duele dentro de los ojos. Respiro profundo y me refriego las cejas con las yemas de los dedos. Ella regresa lento entre las paredes manchadas de humedad y el parpadeo de los viejos plafones de techo. La figura es enorme de caderas para abajo. Trae una silla de ruedas para mí, por si no alcanzaba a sentirme del todo disminuido. Dice que me suba. Su boca está cargada de rouge, de ese barato que se hace pelotitas y huele a mierda china que mancha todo de rojo. Me ayuda a subir y luego me lleva rápidamente por el pasillo. Se abre una puerta, luego otra y finalmente salimos a otro pasillo. Esperamos el ascensor.
—Ah, me olvidaba —dice la caderona y apoya sobre mis muslos un celular y una billetera.
El descenso se inicia con un pequeño sacudón, luego mantiene su lentitud. Muero de ganas de revisar el celular, pero por un lado me frena la mirada intrusa de la caderona, y por otro la contraseña de cuatro dígitos que desconozco. Abro la billetera. El ascensor parece no ser detenido en ninguno de los primeros pisos. No hay más de trescientos pesos en billetes chicos. Seguimos bajando. La tarjeta de crédito y sobre todo el DNI con mi foto me acreditan como Luis Di Tommaso. ¿Cuántos pisos tiene este edificio? La caderona habla de una sopa que dice me va a preparar en cuanto lleguemos. Nadie interrumpe nuestra bajada. Guardo la billetera en el bolsillo del pantalón y para mi sorpresa encuentro un papelito doblado a la mitad. Dice: «MARICÓN 1533886506». Es de ella, mi compañera de miserias. El ascensor sigue bajando. Pienso que esa extraña criatura es en este momento la única que me conoce de verdad, que me entiende. Y seguimos bajando. Resbalamos muy lentamente, como restos contra el inodoro de una mierda mucho más grande que nos espera ahogada en el fondo.
La caderona dice que alguien nos espera, que tiene todo preparado. Y seguimos bajando. Eso es lo peor.








