Donde cuelga el padre
La luz cae despacio, casi perezosa, sobre ese cuerpo colgado. El cuello doblado, la cuerda tirante, la lengua apenas asomada. La cara no se borra. Ni aunque los pájaros le picoteen la frente, ni aunque le arranquen pedacitos de piel y se los lleven lejos. La cara sigue ahí. Los ojos abiertos, uno hundido, el otro ya nublado. Debajo, la tierra revuelta guarda huellas, pisadas que se mezclan, se cruzan, se pisan entre sí. Gente que vino a ver. Gente que se fue. Gente que tal vez vuelva.
El niño se queda quieto. No parpadea. El cuello del muerto se mece cuando sopla el viento. Un golpe leve, un crujido. Algo que hace eco en el pecho.
Las manos del niño tiemblan, bajan, se aprietan contra el muslo. Vuelve a mirar arriba. La cuerda roza la rama, chirría, casi canta. Los pájaros vuelven. Uno se posa en el hombro, otro en el pecho. Clavan el pico en la piel café, más oscura que la suya. La piel cede. Sale un hilo. No hay grito. Solo el aire.
A los pies del cuerpo, conchas quebradas, dispersas como dientes caídos. Keno baja la vista. Busca una entera. No hay. No entiende por qué están ahí. No entiende nada. Solo sabe que el cuerpo cuelga. Y cuelga. Y cuelga.
El sol se esconde detrás de una nube y vuelve a salir. El cuerpo sigue. La rama aguanta. El nudo no cede. Los cuervos se turnan. Uno arranca un ojo. El otro salta, picotea el labio. Un hilo de baba vieja se estira. El niño traga. No puede llorar. Si llora, el muerto se parte otra vez.
No hay voces. El pueblo se tragó los gritos, las risas, todo. Se llevaron sus ojos, pero dejaron el cuello colgando como advertencia. Como promesa.
El niño respira hondo, una vez, dos. El olor a carne podrida se mete en la lengua. El estómago da vueltas. No vomita. Se queda. Mira. El cuerpo se balancea.
Hasta que alguien ríe. Un sonido roto, tal piedra que rueda —¡Bú! —.
Keno parpadea. La voz viene de su costado. Se gira. Un niño flaco, trenzas desordenadas, una sonrisa agujereada. Tayeko. El cuál se agacha, clava los ojos en el muerto, silba. —Feo, ¿no? — Keno no contesta. Tayeko se arrastra más cerca. Le toca el codo. —No mires tanto. Se te va a quedar esa cara. Mira la mía mejor. Mira —. Le enseña la lengua. Se ríe. Keno lo mira. No sabe por qué no se aparta.
Tayeko le mete un brazo por la espalda. Lo huele. Frunce la nariz. —Apestas a miedo. Ven. Si te quedas, se te mete dentro. Y luego ya no sale—. Lo jala. Keno no entiende. El cuerpo sigue ahí, balanceándose, infinito. Tayeko lo cubre. Lo aprieta. Le habla al oído. —No lo mires más. Mírame a mí. Yo no me cuelgo. Bueno, todavía no.
Se ríe otra vez. Algo se rompe en el aire. El cuerpo atrás deja de moverse. O tal vez Keno ya no lo ve. Tayeko lo envuelve. Lo arrastra. Lo lleva lejos del muerto.
Tayeko lo arrastra. No camina, salta, medio baila. Los pies descalzos levantan polvo. Keno se deja llevar, las piernas flacas, la cabeza hueca. Atrás queda el cuerpo, colgado como un mal recuerdo que se pudre solo.
Adelante hay risas. Voces que chocan con la brisa. Tayeko gira de pronto y camina de espaldas. Lo apunta con un dedo, dice cosas que él no entiende y duda entender en algún momento.
Keno nunca supo cómo Tayeko llegó hasta él ese día. Cómo supo dónde hallarlo, por qué lo buscó justo entonces, con medio pueblo mirando para otro lado. Nunca entendió por qué fue Tayeko el que apareció cuando nadie más quiso.
Un murmullo. Keno escucha pasos más pesados. Mira por encima de Tayeko. Ve botas hundiéndose en la tierra, un borde de tela roja, una sombra alta. El guardián, lo reconoce, lo ha visto tantas veces, Velka. No dice nada. Ni siquiera mira a Keno, solo a Tayeko.
—¿Qué haces? —La voz es suave, diferente a cualquiera que haya escuchado.
Tayeko se encoge de hombros —Recojo cosas.
Velka mira a Keno. No hay juicio, no hay calor. Solo orden—. Suelta al niño.
—No. — Tayeko se ríe. Se cuelga más fuerte del cuello de Keno. —Es mío ahora. Lo llevo con papá.
Velka cierra los ojos un segundo. Suspira. Camina. Tayeko lo imita, salta de raíz en raíz. Keno tropieza, su cara se llena de polvo, escupe. Tayeko se gira, lo levanta del brazo, dándole golpecitos en la cara, para después seguir caminando.
De pronto hay sombra. Árboles que dan una pausa al sol. Más adelante, una casa baja, de barro y cañas, tejado abierto al viento. Huele a sopa, a leña, a sudor de caballo. Sabe dónde está, ha venido bastantes veces, aunque no sabría decir el nombre. Hay risas adentro. Gente sentada en el suelo, hablando bajo, pelando verduras, haciendo fuego. Comedor comunitario, ese era el nombre que buscaba.
Un hombre parado en la puerta, túnica sencilla, pies descalzos, sonrisa lenta. El rey.
Keno lo reconoce. Lo había visto montado en camello, saludando a las viejas como si fueran su sangre. Su padre lo llamaba hermano, aunque todo el pueblo lo reconocía de esa manera. Ahora ese hombre lo mira, lo escanea como si pudiera verle hasta los huesos.
Tayeko suelta a Keno solo para empujarlo hacia él. —Mira lo que encontré. ¿Me lo puedo quedar?
El rey suelta una carcajada. Le pasa la mano por el pelo a Tayeko, luego se agacha frente a Keno. Huele a humo y a campo. —Tú debes estar cansado, ¿no? — Keno asiente. La voz del rey suena como agua corriendo. Lo toma, lo alza sin esfuerzo, lo sienta sobre sus hombros. —Pues no podemos permitir eso—. Tayeko brinca alrededor, hace círculos como perro. Velka detrás vigila, brazos cruzados. No dice nada, pero sigue ahí.
Keno se agarra a la cabeza del rey. Siente el calor que sube de su espalda. Atrás, en el polvo, el cuerpo colgado ya no existe. O tal vez sí, pero ahora es solo un punto negro que se disuelve entre ramas.
Los días que siguieron tampoco los entendió. No entendió por qué esa casa lo dejó quedarse. Por qué esa gente —tantos, tan ruidosos— lo miraban como si siempre hubiera estado ahí. No entendió por qué Tayeko le traía pan, por qué Velka lo cubría con una manta cuando se dormía sentado en la puerta.
No entendía nada.
Era él.
El hijo del traidor.
El hijo del hombre que colgaron en la plaza por abrirle la puerta al enemigo. El hijo del que soltó la soga y dejó entrar cuchillos. Y aun así. . . ahí estaba. Descalzo, medio limpio, respirando calor que no era suyo.
Y dudaba que lo dejaran irse.
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Maar toe het Lumaya—die eerste van alle siele—
daardie chaos gesien en gehuil.
Espero de todo corazón que les haya gustado.
Si tienen preguntas, quejas, sugerencias o demas, por favoor, háganmelas saber, me encantaría saber lo que ustedes opinan de todo esto.
Sin nada mas que decir, que Lumaya los acompañe.
Dato curioso:
El rey se la pasa ayudando en los comedores comunitarios. Aunque es muy malo pelando verduras y demas cosas, asi que, las mujeres lo suelen sacar de la cocina.