Prólogo
Las despedidas siempre serán dolorosas, aun si las ves venir, aun si llevas tiempo sabiendo que en algún momento deberás soltar a esas personas, cuyo “adiós” que parece inevitable, te llena de tristeza e impotencia el corazón, y no lo puedes evitar porque está ante ti. Es doloroso, pero mantienes la esperanza.
¿Lo harás en serio?
Porque al menos lo que las personas dicen es que: “el dolor es temporal, solo tienes que seguir”. Pero es un pensamiento tan errado, puesto que, ¿no somos seres humanos libres y dignos de sentir dolor y sufrir para enfrentar nuestras dolencias si es necesario?
Sí, porque al igual que el amor, la tristeza es una elección cuando decides llorar y no jugar a ser fuerte, cuando sabes que no puedes serlo o simplemente no quieres, el dolor es más fuerte.
Sarah alguna vez leyó en algún libro que cuando “el dolor demanda a sentirse” no hay poder sobrehumano que lo detenga.
Es quizás la razón por la cual, cuando el corazón es dañado directamente, no podemos evitar soltar lágrimas que restauran el alma. Esas noches en vela en las que en ocasiones rogamos porque todo sea una maldita broma y al despertar las cosas hayan cambiado y que el cielo brille con más intensidad que el día anterior.
Pero eso no va a suceder y deberías comenzar a aceptar tu realidad.
Tal como ella aceptó la suya, aunque doliera. Así son las despedidas, dejan un vacío allí donde antes hubo una bienvenida. Porque claro, todos esperamos un cambio dramático. Algo que le dé sazón, así nos haga mierda.