Capítulo 1
El mundo es peligroso, o al menos eso siempre he escuchado. Pero yo quiero conocer ese peligro. Mi vida es aburrida, monótona. No quiero sonar desagradecida, pero anhelo un poco de aventura, algo emocionante.
Dios… o lo que sea que esté allá arriba, escúchame.
Tal vez hablé demasiado fuerte, porque alguien me oyó: licántropos, vampiros, ángeles, dragones —¿en serio, dragones? — diablos… creo que no debí decir nada.
Presente
Mi trabajo es genial: laboro desde casa, así que rara vez salgo. Pero hoy tuve que hacerlo. Me arreglé con unos pantalones negros, camiseta oversize del mismo color y mis zapatillas deportivas. Sí, me gusta el negro; siento que me favorece. Preparé mi bolso desde ayer: una libreta, una pluma y la cartera. Estoy convencida de que hoy firmaré un nuevo contrato. Lo que no sabía era que no iba a regresar.
Bajo del autobús y me dirijo a la oficina. Maldita ciudad: ya he perdido más de tres horas solo en transporte. Camino, fastidiada, cuando un sonido extraño —entre grito y aullido— me paraliza.
«Diablos, ¿por qué a mí?».
Acelero el paso, deseando correr, pero el miedo me lo impide. El ruido de pasos apresurados detrás de mí me hiela. Me giro apenas y alcanzo a ver a alguien justo antes de que se lance contra mí. Su cuerpo me golpea con fuerza; caigo en la acera. El dolor me atraviesa y, en un instante, pierdo la conciencia.
Despierto. Estoy recostada en una cama, encadenada. Los recuerdos regresan de golpe. El miedo se instala en mi pecho. Aullidos y gritos retumban en algún lugar cercano; no sé si grito o pienso que lo hago.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que escucho voces, incomprensibles, acercándose. Unos pasos resuenan cada vez más cerca. Una puerta que no había notado en la esquina se abre lentamente.
Un hombre aparece. Su mirada es pesada, fría, casi cruel.
—Hola… —digo torpemente—. ¿Dónde estoy?
No responde. Me observa como si yo no importara en lo absoluto. Cierro los ojos, incapaz de sostener su mirada. Cuando los abro, su rostro está a milímetros del mío. Mis labios apenas rozan los suyos al respirar. Sus ojos, negros, sin pupila, me atrapan. Es extraño. Es guapo… demasiado. Y yo, tan común, no sé cómo reaccionar. Avergonzada, aparto la vista. Entonces un gruñido, bajo y feroz, me congela.
Demian
Es ella. Mi compañera. Maldita sea… humana. Su olor me enloquece. No me resisto: rozo su cuello con mi lengua. Ella grita, pero no me importa. La saboreo, hasta que el fuego me consume y la muerdo. Su sangre me invade, su sabor me condena.
Una voz me arranca del trance.
—Demian, basta. La estás lastimando.
Abro los ojos. Ella llora, gime, pide que la suelte. Maldición. Si no fuera por culpa de Alec… Lo mataré cuando lo tenga enfrente. Si no hubiera cruzado la grieta, nada de esto estaría ocurriendo.
Horas antes…
Demian
Despierto de un sueño, aunque no recuerdo cuál. Me levanto y voy hacia el balcón, perdiéndome en la maravilla de la ciudad: Mergón, la segunda ciudad más grande de Moane, el reino Lunar. Entonces recuerdo por qué estoy aquí: me enviaron por Alec, un licántropo que se ha perdido demasiado en su lobo y ahora está completamente controlado por él. Alec es fuerte. Será difícil regresarlo a sí mismo, especialmente porque no tiene compañera. Solo espero no tener que matarlo.
Mientras me ducho, alguien irrumpe en el cuarto:
—¡Demian, apresúrate! Encontramos a Alec y está a punto de cruzar la grieta.
—Mierda, maldito Alec. —Me apronto— Lorei, diles a los demás que se preparen. Nos vemos en la entrada de la ciudad.
—Enseguida. —Y Lorei… digo su nombre en un tono de advertencia y dominio total. No contesta, pero sé que me está escuchando.
—No vuelvas a entrar a mi habitación así, y no vuelvas a llamarme por mi nombre. ¿Quedó claro?
Pasan largos segundos antes de que, incómoda, conteste:
—Sí, capitán.
Maldita sea… no debí acostarme con ella. Ahora se está tomando privilegios que no le he dado. Somos licántropos: puedo escuchar perfectamente desde la puerta todo lo que diga. Debió tocar antes de entrar. Maldita temporada de celo, nos vuelve locos a todos… y justo me tuvo que tocar mientras estaba en misión con mi equipo: Nasir, Edmon, Jule y Lorei. Para variar, Lorei y yo somos los únicos sin compañeros.
Salgo de la ducha y me pongo el uniforme de caza. Bajo al almacén, recojo mis armas y me dirijo a la entrada de la ciudad, donde mi equipo me espera. Mientras corro hacia ellos, veo de lejos que están todos… incluso Beni. ¿Qué demonios hace aquí? Mi expresión lo delata, y en cuanto estoy frente a ellos, dice:
—Voy con ustedes. Él es mi subordinado.
Su determinación me deja claro que no cambiará de opinión. Suspiro:
—Está bien. Pero si no hay forma de regresarlo, yo lo mataré.
Se estremece al escucharme; veo indecisión en sus ojos, pero rápidamente la oculta y asiente. Bien.
—Vámonos —digo al equipo—. Voy al frente.
Nos dirigimos al bosque de los duendes, a la grieta —como la llamamos por su forma irregular—. Se abrió en el suelo hace mucho tiempo; nadie sabe cuándo exactamente apareció. Siempre ha estado allí.
Mientras nos acercamos, vemos sangre por todas partes. Diablos. Al llegar, uno de los oficiales que custodia la entrada se acerca, incrédulo:
—Alec atacó a todos. Fue justo mientras hacíamos el cambio de guardia; nos tomó desprevenidos.
—¿Cuántas bajas? —pregunto.
Me mira con enojo y responde:
—Solo una…
Duda, y luego añade:
—Era un aprendiz… carajo.
El ambiente se llena de pena. Los aprendices son adolescentes, de entre 14 y 16 años.
Me dirijo a la entrada, observando a mi equipo: todos muestran determinación, incluso Beni. Asiento y salto hacia el fondo de la grieta. Oprimo un botón en mi hombro izquierdo: activa un camuflaje en el mundo humano. La oscuridad nos envuelve por completo: no puedo ver mi mano ni escuchar nada, ni siquiera la respiración de los demás. Si no los hubiera visto saltar, pensaría que estoy solo.
Mientras caigo, una luz aparece. Siento cómo la pesadez se desvanece. Veo a mi equipo a los lados; nos preparamos para improvisar la caída. La grieta es impredecible: aunque en mi mundo el portal esté en el suelo, en el mundo humano puede aparecer en cualquier lugar. Podemos caer desde el cielo, aparecer a un lado o incluso salir volando desde abajo hacia arriba. Esto último no me gusta: la gravedad y el impulso nos hacen caer con más fuerza.
Al cruzar la luz, el impulso nos deja suspendidos por un instante. Salimos de lado, y la gravedad nos arrastra a una caída de seis metros. Maniobro para aterrizar correctamente… en una calle. Reviso alrededor: hay algunas personas a lo lejos. Veo al equipo; todos están bien. Escuchamos el rugido de Alec y corremos hacia él.
Llegamos a un pequeño callejón, con salida al frente. Allí está, en medio del pasaje, atacando a una criatura enorme. No es humana… ¿un perro?