Persuasion J.A
La ciudad no había cambiado mucho, pero ella sí.
Las calles seguían siendo las mismas: adoquinadas, con faroles antiguos que se encendían al caer la tarde, y vitrinas que mostraban libros, flores o ropa de segunda mano. El aire tenía ese aroma a café tostado y hojas secas que anunciaba el inicio del otoño. Para muchos, era solo otro día más. Para ella, era el primero de una nueva etapa.
La protagonista —una joven de estilo victoriano moderno, con una falda larga de terciopelo gris, blusa de encaje y botas de cuero gastadas— caminaba por la avenida principal con paso tranquilo. Su cabello recogido en un moño bajo dejaba ver unos pendientes pequeños en forma de reloj antiguo. No buscaba llamar la atención, pero su presencia tenía algo que hacía que la gente se girara a mirarla. Tal vez era la forma en que parecía sacada de otra época, o la serenidad con la que se movía entre el ruido del mundo.
Había vuelto a la ciudad después de terminar la universidad. No por nostalgia, sino por una necesidad de reconectar con algo que no sabía nombrar. Había conseguido trabajo en una pequeña librería-cafetería llamada El Rincón de las Letras, un lugar cálido, con estanterías de madera, sillones mullidos y una vitrina de pasteles que parecía sacada de una novela inglesa. Allí pasaba sus días entre libros antiguos, conversaciones con clientes y tazas de té de jazmín.
Esa tarde, mientras organizaba una exposición de poesía romántica para el mes siguiente, la campanilla de la puerta sonó. No le prestó atención al principio. Estaba concentrada en colocar una edición ilustrada de Jane Eyre en el centro de la mesa. Pero algo en el silencio que siguió al sonido la hizo levantar la vista.
Y entonces lo vio.
Lysandro.
Estaba de pie junto a la puerta, con el abrigo oscuro aún abrochado, como si el frío del exterior se negara a abandonarlo. Su cabello plateado caía sobre sus hombros, y sus ojos —Bicolor, profundos, como si guardaran secretos de siglos pasados— la observaban con una mezcla de sorpresa y calma.
—Hola —dijo él, con esa voz grave y pausada que parecía acariciar las palabras.
Ella tardó un segundo en reaccionar. No porque no lo reconociera, sino porque no esperaba verlo allí, en ese momento, en ese lugar.
—Hola... Lysandro. —Su voz salió suave, como si no quisiera romper el encanto del instante.
Él dio un paso hacia el interior, cerrando la puerta tras de sí. El sonido del viento quedó afuera, y dentro solo quedó el murmullo de una canción instrumental que sonaba en el fondo.
—No esperaba encontrarte aquí —comentó él, mirando alrededor con curiosidad.
—Yo tampoco esperaba verte... aunque Castiel me dijo que quizás volverías.
Lysandro asintió lentamente, como si cada movimiento tuviera un peso propio.
—Sí. Volví hace unos días. Estuve en la granja de mis abuelos. Necesitaba... desconectar.
Ella sonrió con suavidad. No era difícil imaginarlo entre campos verdes, cuidando animales, escribiendo versos en una libreta de cuero. Lysandro siempre había tenido ese aire de alguien que no pertenecía del todo a la ciudad.
—¿Y cómo está la granja? —preguntó, apoyando las manos sobre la mesa de madera.
—Tranquila. Silenciosa. Como siempre. —Hizo una pausa—. Pero el silencio puede volverse demasiado cómodo si uno se queda mucho tiempo.
Ella entendió lo que no dijo. A veces, el silencio no es paz, sino refugio. Y los refugios, por más seguros que sean, también pueden volverse cárceles.
—¿Vienes por los libros o por el café? —bromeó, intentando aligerar el ambiente.
Lysandro sonrió apenas, una curva leve en sus labios.
—Por ambos. Y quizás por algo más.
Ella no preguntó qué era ese “algo más”. No aún. Había algo en su mirada que pedía espacio, tiempo. Y ella sabía respetar eso.
Le indicó una mesa junto a la ventana, donde la luz dorada del atardecer caía sobre los cojines bordados. Lysandro se sentó con elegancia, como si cada gesto fuera parte de una coreografía antigua. Ella le llevó una taza de té negro con canela, sin que él lo pidiera. Recordaba que era su favorito.
—Gracias —dijo él, tomando la taza entre sus manos enguantadas.
—¿Te quedarás en la ciudad por un tiempo?
—No lo sé. Vine para reencontrarme con algunas personas. Castiel, por supuesto. Y... contigo, parece.
Ella se sorprendió. No por las palabras, sino por la forma en que las dijo. Con sinceridad, sin adornos, pero con una intención clara.
—En el instituto no hablábamos mucho —comentó ella, sentándose frente a él—. Éramos de salones distintos. Pero recuerdo que una vez hablamos sobre Baudelaire. En la biblioteca.
Lysandro asintió, como si ese recuerdo también estuviera guardado en su memoria.
—Sí. Me sorprendió que conocieras Las flores del mal. No muchos lo leen por gusto.
—Me gustaba su forma de ver la belleza en lo oscuro. —Hizo una pausa—. Aunque tú parecías entenderlo mejor que nadie.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue como una pausa entre dos notas musicales, necesaria para que la melodía fluya.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué has hecho además de cuidar la granja?
—Escribí. Compuse. Toqué en algunos lugares pequeños. Nada grande. Pero suficiente para sentir que aún soy yo.
Ella lo miró con atención. Había algo distinto en él. No solo en su apariencia, sino en su energía. Más maduro, más contenido. Como si el tiempo le hubiera enseñado a guardar sus emociones en cajas ordenadas, pero no cerradas.
—¿Te gustaría participar en la exposición de poesía que estoy organizando? —preguntó, casi sin pensarlo.
Lysandro levantó la vista, sorprendido.
—¿Yo?
—Sí. Será algo íntimo. Lecturas, música suave, velas. Creo que tu estilo encajaría perfectamente.
Él no respondió de inmediato. Miró por la ventana, donde las hojas caían lentamente, como si el mundo también se moviera a su ritmo.
—Está bien. Acepto.
Ella sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo se había desbloqueado dentro de ella. No era amor aún. Era algo más sutil. Una posibilidad.