Prólogo
Decir que no sabía lo que estaba haciendo sería una mentira. Claro que lo sabía. Lo supe cuando entré sin permiso en la sección prohibida de la biblioteca familiar, lo supe cuando trazaba el círculo de invocación en el suelo de mi cuarto, y lo sabía en ese momento con el cuchillo apoyado contra la palma de mi mano.
Intenté recordar la serie de eventos que me llevaron hasta ahí, en un intento inútil de distraer mi mente. No iba a intentar invocar un espíritu cualquiera, iba a invocar un demonio. "Un puto demonio" me recordé. Solo hacía falta que una cosa saliera mal: un sello que no funcionara, un patrón mal escrito, que mi fuerza de voluntad no fuera suficiente, o que el universo simplemente decidiera joderme... y entonces moriría.
Una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro. No, no solo moriría yo. Un demonio de clase alta suelto era básicamente una catástrofe viviente. Pero hey, ¿y eso qué? Me reí de mis propios pensamientos. ¿Por qué habría de importarme lo que sea que pase después de que me mate? Mejor aún, ¿por qué debería importarme siquiera si lo hace? Mi vida ya era una mierda.
Mis hermanos, los genios aclamados por todos. Los talentos mágicos más prodigiosos del reino. Era "natural" que viniendo de una familia de magos que han servido a la corona durante generaciones nacieran con ese tipo de talentos. Yo debía ser como ellos, era lo mínimo que se esperaba de mí. Pero no era más que un invocador estúpido que ni siquiera era capaz de pactar con un espíritu de tercera. Era un inútil en una familia de genios. La desgracia de la familia. La oveja negra.
Una carcajada se me escapó de la ironía. Mis padres hacían como si yo no existiera y mis hermanos me trataban como un parásito que nunca debió nacer.
Por eso necesitaba poder.
Cerré los ojos y hundí el filo del cuchillo en la palma de mi mano. Un ardor agudo me recorrió el brazo y me hizo apretar la mandíbula. Un líquido cálido se deslizó por mi mano y las gotas carmesí cayeron pesadamente sobre el círculo de invocación. Apreté el puño, ignorando el dolor para que cayera más sangre.
—Más....
Una voz que salió de la nada hizo que me estremeciera y quité la mano instintivamente. Había ensayado ese momento en mi cabeza miles de veces, pero nada me preparó para aquello. La voz me dio un golpe de realidad. Creía que me había mentalizado para ese instante, que entendía las consecuencias, pero fue solo en ese momento en el que realmente sentí el peso de lo que estaba a punto de hacer.
Y ya era muy tarde para arrepentirme.
Intenté retroceder pero una fuerza invisible no me dejó mover. Los fuegos de las velas parpadearon violentamente y más sangre empezó a brotar de la herida.
—¡Espera! —grité sin saber muy bien a quién le hablaba.
Pero la voz no respondió y mi sangre que cada vez salía en mayor cantidad estaba siendo succionada por el círculo. Intenté alejarme con todas mis fuerzas pero estaba clavado en el lugar.
Las velas titilaban y el mundo temblaba a mi alrededor. El aire me aplastaba el pecho y la sangre no dejaba de salir de mi mano. Un ácido amargo me subió por la garganta y la vista se me empezó a nublar.
Y entonces, silencio.
La llamas de las velas se calmaron y la presión que me oprimía los pulmones se disipó. El corte de mi mano apenas sangraba y solo un fino hilo de sangre bajaba por mi antebrazo. Pude moverme e inmediatamente me alejé del círculo casi tropezando en el proceso. Con la respiración agitada observé la habitación, iluminada apenas por las tenues llamas de las velas, en busca de alguna señal. Una sensación de inquietud me crecía en el pecho. "¿Había funcionado?" Me pregunté. Y entonces, un escalofrío me recorrió el cuerpo haciendo que se me erizara la nuca.
Fue el aliento detrás de mí quién respondió.
—Parece que sí.
Había invocado un demonio.