¹° Nadie me escuchaba
Solo tenía quince años cuando comencé a salir de fiestas y a drogarme. Aunque nunca fui así antes, con el tiempo empecé a desarrollar un trastorno límite de la personalidad (TLP). Es algo difícil de explicar cuando me preguntan cómo me siento.
Vivo atrapada en mis emociones, como en una montaña rusa que no puedo controlar.
Un día estoy bien, me siento tan viva que parece que puedo con todo; al siguiente, solo hay vacío, como si algo dentro de mí se hubiera apagado.
Me aferro a las personas como si fueran un ancla, la única cosa que me mantiene aquí, pero siempre termino ahogándome en el miedo a que me abandonen.
El dolor físico... a veces es el único que logra silenciar el caos en mi mente.
No es solo tristeza. Es una guerra constante dentro de mí, batallas que nadie más ve.
Intenté rendirme más de cinco veces. Siempre estuve mal conmigo misma; nadie parecía entenderme realmente.
En la escuela, aunque estaba rodeada de gente, siempre me sentía sola. Tenía "amigos", pero solo me buscaban cuando había fiestas o cuando podían drogarse conmigo. No era una amistad real.
Me quedé sin amigos, sin nadie en quien confiar, sin un hombro donde llorar.
El vacío me consumía por dentro; ese ardor, esa soledad que se instaló en mi pecho y nunca se fue.
Mis padres ya no sabían qué hacer conmigo. Estaban cansados de las drogas, de los cortes en mi piel, de mis intentos por acabar con todo.
Pero no fue culpa mía. Caí en ese mundo por ella, por Marie.
Ella fue mi única amiga, la primera persona en quien confié... y también la primera que me traicionó, arrastrándome a este infierno.
Ella era linda... tan linda que dolía mirarla.
El día que la vi por primera vez, sentí que el corazón se me salía del pecho.
Solo verla me hacía sentir que volaba sin alas; era algo intenso y desconocido.
Fue ella quien se acercó primero. Hablábamos seguido, y aunque había llegado hacía poco al colegio, ya todos la conocían.
En los recreos siempre estaba rodeada de gente.
Marie no solo era alegre y extrovertida, sino también increíblemente atractiva: ojos azules como el cielo, cabello negro y largo que llamaba la atención.
Cualquiera se habría enamorado de alguien como ella.
Y a mí me pasó.
Nuestra amistad se volvió más fuerte con el tiempo, pero ambas sabíamos que había algo más.
Sentía una conexión que nunca antes había experimentado.
En ese entonces yo solo tenía quince años. Era una niña que sacaba buenas notas, aunque no tenía amigos de verdad.
Eso sí, todos me conocían porque siempre ganaba en los torneos de matemáticas. Era lo mío.
En mi casa no faltaban los trofeos y las medallas; mis padres estaban orgullosos de mí. O al menos, así era antes.
A mi madre nunca le agradó Marie. Decía que esa chica no me traería nada bueno.
Marie tenía diecisiete años entonces; estaba en esa edad en la que todos solo quieren divertirse y salir.
Un día la invité a mi casa, aunque mi madre no quería. Le rogué tanto que al final cedió.
Marie era mi única amiga, y no quería perderla.
Ese día vimos películas hasta tarde, hablamos de todo: la vida, nuestros sueños, nuestros miedos.
Pero noté que ella estaba extraña, como aburrida... como si mi compañía ya no le interesara.
Yo era solo una niña comparada con ella; ella estaba a punto de ser adulta.
Cuando se hizo tarde, estaba tan aburrida que sacó su mochila y de ahí unas pastillas. Yo no sabía qué eran.
Me dijo que las probara, que así nos divertiríamos más y la noche sería menos aburrida.
Accedí, con miedo, y me la tragué. Era éxtasis (MDMA).
En quince minutos empecé a sentirme eufórica, llena de energía, como si pudiera hacer cualquier cosa.
Marie, en cambio, solo miraba la pared.
Me acerqué, me acosté a su lado y la abracé. Ella me devolvió el abrazo, cálido pero distante.
Estaba tan drogada que todo se volvió borroso. Solo recuerdo subirme sobre ella y besarla.
Al día siguiente, desperté vomitando, con un dolor de cabeza insoportable; sentía que el corazón latía en mis sienes.
No recuerdo nada más de esa noche.
Pero después de eso, empezamos a salir. Fuimos novias por un año entero, aunque no fue fácil: peleábamos mucho.
Cada pelea me llevaba a drogarme más y más. Perdía el control: bebía, fumaba marihuana, cigarrillos, probaba todo lo que llegara a mis manos.
Incluso probé la heroína. Esa droga que te inyectas y te hace sentir en otro mundo. Casi muero por suerte; ese día mis amigos me ayudaron.
La heroína se volvió mi vicio más fuerte, el que no podía dejar.
Cuando los efectos pasaban, solo quería más. Siempre más.
Mis padres no sabían nada. Al contrario, estaban contentos de que al fin tuviera amigos.
Gracias a Marie, su grupo se volvió el mío. Salía con ellos, aunque solo para consumir.
Vivía drogada.
Hasta que todo terminó con Marie... Bueno, ella terminó conmigo.
Me dolió tanto que empecé a cortarme. No eran rasguños, sino cortes profundos, feos.
A veces pensaba en empastillarme y acabar con todo de una vez.
Mis padres notaron que algo andaba mal. Me veían lenta, distante.
Mis notas bajaron, pero no me preguntaron nada; solo me llevaron al psicólogo.
Me diagnosticaron TLP, depresión y quizá otros trastornos. Me derivaron al psiquiatra porque necesitaba medicamentos.
Aún no sabían lo de las drogas.
Hasta que un día, todo estalló.
Marie invento rumores horribles sobre mi. Fue devastador. En ese entonces nadie sabía que habiamos sido novias nadie lo hubiera aceptado. Era 1940 eso aún no estaba bien visto ver a mujeres con mujeres ni hombres con otros hombres. Así que ella uso eso en mi contra diciendo que a mí me gustaba y que la acosaba.n
La enfrenté y armamos una pelea terrible. Me gritó de todo: zorra, fácil, palabras que dolían más que cualquier corte.
No lo soporté. La agarré del pelo, la tiré al suelo y comencé a golpearla. Le fracturé la nariz.
Tuvo que intervenir gente para separarnos.
Ella se lo merecía, pensé entonces.
Llegué a casa, subí corriendo a mi cuarto sin saludar.
Buscé en mis cajones: heroína. Me inyecté una dosis alta, demasiado alta.
Ya no sentía mi cuerpo; solo el corazón acelerado y la mente nublada.
Agarré unas tijeras afiladas y las clavé en mis brazos, una y otra vez. No sentía dolor, solo el vacío haciéndose más grande.
Escuchaba golpes en la puerta, lejos, como en un sueño profundo.
Caí al suelo. Mis ojos se cerraron. No sé cuánto tiempo pasó.
Casi muero; de hecho, era lo que quería.
Desperté con mis padres mirándome, decepcionados. Mi padre llamaba al médico.
Ya lo sabían todo.
Me hicieron pruebas y salí positiva para todo tipo de drogas.
No me da orgullo; me avergüenza. Pero en ese momento, era mi única forma de escapar.
Me dieron de alta el mismo día, con los brazos vendados.
Por suerte, sobreviví. Aunque en el fondo seguía siendo esa niña asustada que no sabía qué hacer.
En casa, mis padres quitaron la puerta de mi cuarto, como si eso pudiera detenerme.
Me acosté y dormí todo el día, una y otra vez.
Pasé una semana en cama, mirando el techo, recordando el primer beso con Marie, el día que vino a casa...
Aunque las drogas nublaron esos recuerdos, el sentimiento seguía ahí.
Un día me levanté y fui al baño. Ya no quería verme al espejo.
Necesitaba un cambio. Salí con mi mamá -ya no me dejaban salir sola- y compramos tinte rubio extra claro.
Ella me tiñó el cabello. Después de tanto tiempo, me sentí niña otra vez.
Ella sabía que todo era por Marie. No quería que volviera a verme con ella.
Si tan solo la hubiera escuchado antes... todo sería diferente.
Me bañé para quitarme el exceso de tinte y vi todas las marcas en mi cuerpo: brazos, piernas, estómago...
Había cicatrices por todas partes.
Salí de la ducha, me envolví en una toalla y agarré las tijeras.
Corté mi cabello -largo, castaño, que llegaba más abajo de mis caderas- hasta los hombros.
Me hice un flequillo desparejo, pero me dio igual. Me quedó corto, arriba de las cejas, pero me sentí diferente.
Cuando por fin hablé con mis padres, me dejaron salir después de dos meses encerrada.
Volví al colegio, cambiada por fuera, pero igual por dentro: inestable, frágil, quizás peor.
Y allí estaba Marie, besando a alguien más.
Mi mundo se derrumbó otra vez.
Salí corriendo del colegio antes de que terminaran las clases y fui directo a un puente.
Iba a tirarme. Estaba drogada, pero solo había fumado marihuana; ya ni eso me hacía efecto.
Alguien me agarró desde atrás. Era la policía.
Me llevaron a la estación y llamaron a mis padres. Vinieron por mí, otra vez.
Ya no sabían cómo ayudarme.
Después de eso, intenté suicidarme tres veces más. Terminé en el hospital cada vez.
Mis padres estaban exhaustos; los doctores sugirieron internarme.
Aceptaron con el corazón roto.
Me dieron de alta tres días después. Hicieron que empacara mis cosas y viajamos ocho horas en auto.
Llegamos a un lugar aislado, tenebroso, como sacado de una película de terror: el "Sanatorio RavensCroft".
Parecía un manicomio antiguo. Era de noche, nublado y con neblina.
Entramos pasadas las nueve. Por dentro era enorme, frío y lleno de gente que parecía perdida.
Tenía miedo; no quería estar lejos de mis padres, pero sabía que era lo único que quedaba.