El Eco de tu Nombre en mi Alma I

All Rights Reserved ©

Summary

Nunca imaginó que alguien a miles de kilómetros de distancia le enseñaría el verdadero significado del amor. Prish y Ken son dos almas jóvenes marcadas por el frío de la soledad, pero con demasiado amor guardado para quien de verdad lo merezca. A través de las pantallas, silencios, peleas y reconciliaciones, descubren que lo suyo no es casualidad. Es esa clase de amor que duele si no es compartido, que no sabe soltarse, que sobrevive a los kilómetros y a las dudas. Un amor que, aunque no tenga abrazos diarios ni caminatas de la mano, se siente más real que cualquier otro. Uno que arde en lo más profundo del alma, que crece incluso en la distancia, y que se vuelve casa en medio del caos. No es perfecto, pero es verdadero. No es fácil, pero es imposible de abandonar. Porque hay lazos que no entienden de tiempo ni espacio. Solo de corazones que, aun separados, laten en la misma frecuencia. ¿Puede un amor a distancia ser más fuerte que uno de está todos los días? ¿Puede una promesa silenciosa sostener lo que el mundo entero pondría a prueba? Esta es una historia de tropiezos, miedos, orgullo… Pero también de valentía, de fe, y del tipo de amor que no todos encuentran. El tipo de amor que, si lo dejas ir… no vuelve jamás. O tal vez sí, si el destino se empeña en unir lo que nació para encontrarse.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo



-¿Nunca te conté cómo lo conocí, no?

Hablo en voz baja, casi como un secreto, mientras dibujo círculos distraídos sobre el vidrio empañado de mi ventana. La lluvia suena suave allá afuera, como si quisiera acompañarme.

Tengo el celular pegado a la oreja, la luz apagada, solo el reflejo cálido del velador encendido y mi voz temblando apenas por lo que estoy a punto de decir.

—¿A Ken? —dice del otro lado mi amiga— No. Siempre hablás de él como si fuera parte de vos, pero jamás contaste el principio.

Sonrío, aunque no me vea. Me acomodo entre las sábanas, abrazando una almohada. Miro al techo como si allí pudiera proyectarse el recuerdo.

—Fue Agustín —empiezo, y noto cómo la voz se me ablanda—. Me lo presentó una noche, mientras jugábamos Roblox con su grupo de amigos. No tenía nada planeado, ni ganas de conocer a nadie. Pero ahí estaba él. Callado. Irónico. Con una risa rara que no se notaba mucho... pero que me hizo quedarme.

—¿Y hablaban mucho?

—Casi nada. Al principio, era más silencio que otra cosa. Solo jugábamos. A veces me respondía con sarcasmo, a veces con una palabra suelta. Pero tenía algo. Una forma de aparecer justo cuando yo estaba por cerrar todo. Me hacía sentir vista, sin necesidad de hablarme todo el tiempo.

Me levanto para cerrar la ventana, la lluvia empieza a pegar con más fuerza. Me vuelvo a tirar en la cama, acurrucada con el celular en mano.

—¿Y cuándo supiste que te gustaba?

—No fue un momento exacto. Fue... progresivo. Como cuando empezás a tararear una canción sin darte cuenta. Un día me reía más con él. Otro día me quedaba esperando que entre. Y después... ya era parte de mis días. Me escribía distinto. Me trataba distinto. Era frío, pero no conmigo. Conmigo era… suave.

—Ay, amiga... te enamoraste —dice ella, medio suspirando.

—Sí —respondo bajito—. Me enamoré sin buscarlo. Sin tocarlo. Solo con lo que me hacía sentir. Yo, que siempre fui cerrada, me sentí segura con él. Como si él tuviera las respuestas que yo ni sabía que buscaba.

La escucho suspirar al otro lado.

—Y con la distancia... ¿no pensaste en rendirte?

—Mil veces. Porque todo en contra. Porque estábamos a kilómetros, porque no nos conocíamos en persona, porque ni siquiera sabíamos si esto tenía sentido. Pero a veces el corazón no pide permiso. Y lo que sentía por él... era más fuerte que cualquier duda.

Me encojo de hombros, aunque no me vea.

—A pesar de las peleas, de los días sin hablarnos, de las veces que dijimos “hasta acá”… siempre terminábamos volviendo. Porque lo que tenemos no se explica fácil. Es algo que ni yo entiendo del todo. Pero lo siento. En el pecho. En la voz cuando me habla. En cómo pienso en él incluso cuando no quiero.

Se hace un silencio largo, de esos que duelen un poco. Y después escuchó su voz:

—Me alegra que lo cuentes. Es tan vos… tan real.

—No sé si tenga un final feliz —respondo, bajito, casi temblando—. Pero si esta historia merece ser contada, es porque, aunque pocos lo entiendan, fue la primera vez que me sentí amada. Sin medidas, sin promesas. Solo… amada.