Donde Caen los Mundos _El Comienzo

All Rights Reserved ©

Summary

En un principio no lo podía creer. Esos recuerdos que de pronto llegaron a mi mente… fragmentos de una vida pasada. Una vida que solo mostraba caos, soledad y traición. Memorias de un final trágico que nadie desearía recordar. Nací y crecí en un orfanato. A los dieciocho me obligaron a irme… sin un lugar a donde ir. Mi mejor amigo me ayudó, me acogió en su casa mientras encontraba estabilidad, mientras intentaba ser un adulto funcional en un mundo indiferente. Un planeta que no se detiene por nada ni por nadie. Y entonces llegó ese día. El cielo se quebró y surgieron portales. El mundo cambio después de eso. Pasaron meses llenos de preguntas y cuando logre tener respuestas. Les advertí, algunos me creyeron. Otros no. Y después de tantos intentos de ser escuchado por aquellos con la autoridad de cambiar las cosas, morí. Espero que estén bien. Espero que, allá en mi anterior hogar, sean felices con el destino que eligieron. Yo… seguiré aquí. Aprovechando esta oportunidad. Para hacer las cosas que siempre quise, pero por el rumbo de aquella vida, no logre hacer.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1.- Un pasado recordado

Desperté empapado, con la respiración agitada. Sin poder decir una sola palabra. Lo recordé todo, todo lo que viví en mi otra vida, en otro mundo al que llamaba mi hogar.

Recuerdo claramente como era antes, en ese lugar que ahora no se si existe. Mi infancia olía a sopa rancia que nos daban cada día en ese lugar, el frío de las mantas húmedas con un olor nauseabundo, el sonido de los pasos de los cuidadores en la noche que resonaba a cada minuto como un tic-tac de reloj.

Mi nombre era Leonardo. Ese nombre me gustaba. Crecí en un lugar donde ser niño era casi un castigo, donde eras ignorado por el mundo como si no existieras o más bien como algo que no debería existir.

Crecí en un orfanato de una gran ciudad. Según me dijeron, mi padre era un asesino que fue a prisión y al no poder soportar la presión social, las miradas de odio hacia ella como si tuviera la culpa, mi madre se suicidó, sin pensar en su hijo recién nacido en la otra habitación. Al no tener otros familiares las autoridades me dejaron en ese orfanato, esperando que crezca bien.

Se preguntarán como supe mi historia, tal vez el hecho que me lo repetían desde que tengo memoria.

Una y otra vez me lo repetían hasta el cansancio…… que tengo sangre de asesino. Aunque la verdad es un hecho que no me importaba, en ese lugar …no importaba nada.

En público, el orfanato salvaba a los infantes, los más débiles de la sociedad. Aquellos que no tenían a donde ir, sin familia y sin amor. Decían que era un refugio, una segunda oportunidad, que nos daban la calidez como si creciéramos en un verdadero hogar con una familia, pero en realidad era un almacén de niños olvidados, almacenados en filas, mantenidos con la mínima dignidad posible, para no ser juzgados ante los ojos externos.

Éramos solo números. Había reglas que seguir, castigos que caían por simple costumbre y eran recibidos como el pan de cada día. Dormíamos en literas viejas, seis por habitación. Las ventanas tenían tablas de madera en lugar de cristales.

En invierno, el aliento se congelaba en las frías noches. En verano, el calor llegaba a ser insoportable.

Era pequeño, flaco y callado. Un poco introvertido. Y en un lugar así, eso te volvía presa fácil ante los demás. Aquellos niños que crecieron rodeados de violencia y maltrato solo seguían el ejemplo que les dieron. Me golpeaban. Me escupían. Me robaban la comida.

Una vez me amarraron desnudo a la asta de la bandera en pleno invierno, solo para divertirse. Otra vez me rompieron la nariz con una tabla por no prestar mis zapatos.

Me acostumbré al sabor del polvo mezclado con mi sangre, al zumbido en los oídos después de un golpe. Me volví bueno sangrando en silencio, sin derramar una lágrima… eso ya no les iba a dar de mí. Entendí que el silencio era mi mejor aliado, si protestaba me humillaban peor.

Los adultos eran peores. Los cuidadores se robaban el dinero del estado, vendían la ropa donada, ocultaban los alimentos que no podían revender. Decían que no había presupuesto para mantas, pero uno de ellos llegaba cada semana con ropa nueva presumiéndola a niños. Como si eso fuera un gran logro, algo para estar orgulloso de sí mismo.

Una vez vi a una cuidadora encerrar en un cuarto oscuro a una niña de tres años sin comida y sin agua como castigo por haberse orinado en su cama. Otra vez, a uno de los más fuertes del orfanato le exigieron golpear a su mejor amigo. O lo hacía, o pasaba el día sin comida. Él obedeció. Llorando, pero obedeció. Siendo observado por todos, algunos apostaban por cuantos golpes resistiría hasta la inconciencia.

Lo mejor que podías hacer era no ser notado, ser invisible. Mi escondite favorito era la biblioteca o algo similar a una, a pesar que los adultos vendían lo que nos donaban. Los libros siempre pasaron desapercibidos ante ellos. Amontonándose en un cuarto polvoriento, lleno de arañas y de un sentimiento nostálgico.

Y yo leía solo para pasar unos días de paz, adquiriendo conocimiento y las clases de la escuela pública se hicieron fáciles. Mis compañeros me tacharon de cerebrito, me empezaron a molestar ahí también. Aunque logré conseguir una beca para un colegio privado, eso me trajo más golpes de los chicos del orfanato, al tener “un trato especial” sin saber que eso me lo gané, pero me abrió un mundo donde, por primera vez me sentí alguien, allí no me molestaron.

Por primera vez me elogiaron no solo maestros, estudiantes, aunque tenía un rechazo hacia ellos. Tal vez sus miradas no eran de fiar.

Y conocí al único que no me miraba extraño al conocer mi procedencia. Él no era como yo, era más audaz, más suelto. Como un líder innato. Se sentaba a mi lado, observando los moretones en mi piel. Me hablaba. Y me decía, como si conociera a la perfección mi situación: “Leo, a pesar de todo tu sigues siendo tu. Eso nadie te lo quitara”

Nos hicimos amigos. En silencio. Sin muchas palabras, pero con una lealtad que no se explica, solo se siente. Sabía que a pesar de lo que pasara ya no estaba solo, ahora tenía un amigo, un hermano.

Así paso el tiempo, los años. Nunca me llegaron adoptar, después de todo quien elegiría a un chico débil y con sangre de un asesino corriendo por sus venas.

Entonces cumplí dieciocho años y me obligaron a marcharme del orfanato, solamente con una bolsa de ropa sucia y una hoja firmada con indiferencia, lo vi ahí. Estaba en la puerta, esperándome.

Me miró, sonriendo, con las manos en los bolsillos y los ojos llenos de luz. Y me dijo:

—Ahora eres libre, señor adulto pequeño. Ven conmigo.

No lloré en ese momento. Ya no sabía cómo hacerlo. Pero si alguna vez creí en los milagros, fue ese día. Y si alguna vez quise proteger a alguien más que a mí mismo… también fue ese día.

Él me dio un lugar donde dormir. Me compartió sus cosas sin que se lo pidiera. Me enseñó a confiar en alguien, el me eligió. Y por un tiempo, la vida fue… estable. No fue perfecta, pero fue suficiente para mí. Lo suficiente para comenzar a creer que tal vez podía rehacerme.

¿Qué tal les pareció? :)

Estos son recuerdos de Leo, los pensaba hacer rapidos para pasar a otra parte de la historia, pero no se si les parece. :)

Next Chapter