Chapter 1
El olor del libro nuevo abrumaba mis fosas nasales; el olor era exquisito y la serotonina en mi cerebro me enloquecía. Entre mis manos tenía el nuevo libro de Isadora Montague y eso era el puro cielo para mí. Por años había seguido la escritura de esta mujer y su nuevo libro, que hablaba de un amor vainilla, me parecía fascinante a pesar de que era de una princesa enamorada del villano y un príncipe maltratador.
Abrí el libro con delicadeza; podía ser un monstruo como jefe de la mafia, pero no con los libros; para mí eran sagrados. Miré mi reloj; tenía dos horas libres antes de mi próxima junta, así que opté por sentarme en mi sillón que tenía la oficina para leer.
Los libros de Isadora Montague me hacían pensar en cómo las personas cambian a raíz de situaciones, ya sea para bien o para mal. En mi caso, llegué a este mundo por falta de dinero y cuando me ofrecieron el trabajo lo tomé; necesitaba el dinero de inmediato. Empecé desde abajo, siendo un asociado, el rango aún más bajo después de los soldados . Al principio fue difícil porque carecía de fuerza y eso me ponía en desventaja, pero tenía la ventaja también de que era más calculador que todos y tenía conocimientos en química, así que fácilmente subí de puesto a soldado.
Cierto día el capo anunció su retiro, pues se había cansado de este estilo de vida y la única persona que lo apoyaba se había alejado al descubrir su verdadera naturaleza. Explicó en una junta que, recuerdo vagamente, para aquel que deseara el mando, tendría que derrotarlo en una pelea a puño limpio, la cual se llevaría a cabo en una semana; todos teníamos tiempo de pensarlo.
Recuerdo estar en el escritorio de mi habitación pensando mientras veía mis e-mails del trabajo en mi computadora. La idea de tomar el mando era tentadora, pero el pensamiento de qué haría después me carcomía la cabeza; no simplemente era llegar y tomar el poder por fuerza, era tomar la responsabilidad absoluta y algunos de los empleados eran mayores que yo. Eso también sería un problema, ya que no sería bien recibido que un niñato les diera órdenes a su edad. Después de mucho pensarlo, me dije a mí mismo que sería una oportunidad increíble y que el rechazarla sería muy estúpido de mi parte.
Observé mi ambiente en busca de algo que me ayudara a tomar decisiones y entre mis apuntes, hallé mi antigua navaja de mariposa que mi padre me regaló, declarando que quien tiene inteligencia, vence con su estrategia.
Tocaron a mi puerta, sacándome de aquellos pensamientos que sucedieron hace 10 años y ocasionando que cerrara el libro de manera brusca, aunque no había leído ni una sola página; la persona que tocaba era Paulina, mi secretaria, una joven de 29 años que, en cualquier oportunidad, intentaba coquetearme. Me tenía harto, pero buscar un reemplazo para ella sería muy difícil; su experiencia laboral era fascinante: había trabajado en muchas empresas de prestigio.
—Necesitas que firme algunos papeles, ¿verdad? —dije, intentando mantener la compostura.
La figura de Paula en la puerta no parecía entender mi tono. En lugar de dejar los documentos y marcharse, avanzó un paso más, deteniéndose cerca de mi escritorio.
—Señor, ¿qué le parece si hacemos algo esta noche después del trabajo? —Su voz suave, casi de susurro, me hizo apretar los dientes.
Respiré hondo, forzándome a mantener la calma. “Solo por un rato más”, pensé. Ya tendría tiempo para solucionar el problema cuando llegue el momento adecuado. No quería pensar en lo difícil que sería encontrar a alguien que cubriera el mismo nivel de experiencia.
—No me interesa —respondí con firmeza, sin levantar la vista de los papeles que tenía sobre la mesa.
Silencio. Ella no se movió, y mi paciencia se agotaba. Me tomé un momento para controlar mis impulsos antes de decir lo que realmente pensaba.
—Deja esos papeles y vete. No tengo tiempo para tus juegos.
Paula permaneció inmóvil por un instante, como si evaluara mis palabras. Al final, soltó un suspiro y colocó los papeles sobre la mesa con una sonrisa que me hizo querer apartarme aún más.
—Sabes, nunca me has dado una oportunidad de... conocernos mejor. —Su tono era tan lleno de insinuación que casi me hizo perder la compostura. Tomé un instante, tensando mis dedos. en el borde de la mesa, antes de reaccionar, manteniendo mi mirada centrada en los documentos que estaban delante de mí.
—Conocernos mejor no es algo que me interese, y no es porque no puedas hacerlo. Es simplemente que no tienes nada que ofrecerme.
Su sonrisa vaciló, pero no se dio por vencida. Movió un mechón de su cabello hacia atrás, como si creyera que eso de alguna manera cambiaría mi actitud.
—No tienes por qué ser tan frío, ¿sabes? No todo en la vida es trabajo.
Ahora, no pude evitar soltar una risa amarga, casi sin sonido, pero suficiente para mostrar que ya no soportaba más sus intentos.
—Todo en mi vida es trabajo, Paula. Y tú, por mucho que lo intentes, no formas parte de eso. Así que, por favor, hazme un favor y déjame en paz.
Había algo en mi tono que parecía finalmente convencerla de que no ganaría nada. Dio un paso atrás, recogió su bolso y, sin decir más, salió por la puerta.El silencio volvió a llenar la habitación, pero la sensación de incomodidad que dejó en el aire permaneció mucho después de que se fue. Ya no podía ignorarlo, pero tampoco podía hacer mucho al respecto... no todavía.
Examiné mi reloj; aún me quedan veinte minutos para la junta. La tentación de leer el libro que estaba en mi escritorio era intensa, pero la junta era más importante. Había estado enfrentando dificultades con ciertos camiones de proveedores y necesitaba solucionarlas. Con un suspiro, recogí mis documentos de la junta y salí. Lucas, mi subjefe, estaba junto a la puerta, quien, a pesar de su juventud de 34 años, acogía mis órdenes sin ninguna protesta y trataba de no perturbarme en circunstancias que se resolvían de manera sencilla.
—Aún no han llegado los proveedores, señor, pero los socios están a la espera- me aclaró mientras avanzaba hacia la sala de juntas, un lugar espacioso y minimalista, con una mesa de cristal enmarcada por sillas de cuero negro.
—¿Noticias sobre el camión desaparecido?
—No , aún no, señor. Descubrimos que las cámaras y el chip del camión fueron desactivados; lo más probable es que los hayan destruido.
—Maldita sea.
Cada vehículo de la compañía estaba asegurado; sin embargo, por razones de seguridad, contaban con una cámara y un chip para documentar cada trayecto. Hace unos días, mientras estaba en mi día de descanso, recibí la inesperada noticia de que uno de los camiones no había llegado a su lugar de entrega. Al verificar la ruta por la que debía conducir, descubrí que no condujo la ruta asignada. Tomé un respiro tratando de controlarme. Los últimos días había pasado demasiado estrés y en mi persona se transformaba en una bomba de tiempo; en cualquier segundo explotaba y comenzaba a gritarles a todos. Llegamos a la sala de juntas y maldije para mí mismo. Eran más de 3 horas hablando con personas que solo por tener dinero se creen las mejores personas y las más inteligentes, pero la realidad no era así: el problema, muchos de ellos ni siquiera se esforzaban en pensar tantito y me ponía de malas. Normalmente terminaba con jaquecas después de las juntas por lo imbéciles que eran.
Poseer alianzas con estos socios resultaba un arduo desafío; el asunto de hoy se centraba en una potencial expansión, dado que necesitábamos ampliar nuestro territorio para gestionar y enviar más productos, que incluían armas de pequeño y gran calibre, así como químicos para la fabricación de bombas como nitrato de amonio, acetona y ácido nítrico.
Tras dos horas, no pudimos encontrar una solución. Existía el peligro de expandirse al norte, que podría interpretarse como una amenaza para la mafia del norte “La serpiente negra”. Ya había lidiado con múltiples obstáculos solo porque a su cappo no le agradaba que yo tomara las riendas y porque gestionaba mejor mi sector de la mafia que él. Entre tanto, se enriquecía con lujo; yo, con los fondos que recaudaba, optimizaba las máquinas y el almacén.
Salí de la sala de juntas y me encaminé hacia el exterior; necesitaba un respiro para fumar, sabía que mi salud estaba en peligro. El doctor que tenía a mi disposición me lo hacía notar en cada revisión, subrayando cada vez más una bala que me había impactado cerca del estómago hace mucho, causando una embolia pulmonar. Pero el tabaco era lo único que mantenía a raya mi estrés, aunque mis manos no decían lo mismo, ya que cuando paso períodos largos de estrés, se ponen rojas como si hubiera estado golpeando a alguien. Cosa que físicamente es posible, pero ya estaba acostumbrado.
Al pensar que nada podía tornarse más complicado, el ruido ensordecedor de una alarma limitó el silencio como un cuchillo agudo. Mi mandíbula se tensó al identificar su procedencia: el equipo de empaquetado de sustancias químicas. Aunque pequeña, esa maldita máquina requería precisión absoluta para evitar errores catastróficos. Si ocurriera algo incorrecto ahí, las repercusiones podrían ser devastadoras, tanto para mi intervención quirúrgica como para las vidas implicadas.
Apagué el cigarro contra la barandilla, dejando un rastro de ceniza, y me apresuré hacia el interior. Mi mente corría más rápido que mis pasos, repasando posibilidades. ¿Un fallo técnico? ¿Sabotaje? Cada opción era peor que la anterior. Al llegar, un operario ya estaba de pie junto a la máquina; su rostro pálido reflejaba una mezcla de miedo y pánico controlado.
—¿Qué carajos ocurre ?
Mi trabajador me observó con tristeza al descubrir que era el nuevo empleado del día y que estaba justo en el periodo de prueba, mientras temblaba al señalar un indicador rojo intermitente. Leí en el panel, ‘Presión inestable’, y mi corazón se aplastó. Estos compuestos químicos no se embalaban de manera autónoma; constituían una fórmula para el desorden si alguien desconocía lo que estaba realizando.
—Cierra la válvula—mandaté, a pesar de tener claro que eso solo era una solución momentánea. La interrogante que me inundaba era: ¿fue un accidente o alguien más lo había causado?
Una vez controlada la situación, tras una revisión minuciosa, se determinó que simplemente había sido un sobrecalentamiento en la máquina. En ocasiones podría ser un superior demasiado riguroso por su perfección, pero cuando se presentan tales circunstancias, prefiero investigar antes de desatar mi ira con alguien.
Llegué a mi oficina y me senté en la sofá cama, que nunca usaba, ya que sufría de insomnio familiar fatal, una condición médica extremadamente rara y hereditaria que limita mi capacidad para dormir de forma óptima. Lo que realizo en intervalos cortos se conoce como microsueños.
Me levanté y me acerqué a mi escritorio, sacando una pequeña caja de madera del cajón. En su interior se encontraba el recipiente con las cápsulas de color verde. Mi médico me había alertado acerca de ellas, pero los microsueños no bastaban. Requería algo más. Tomé una de las pastillas y la expulsé con un vaso de agua, consciente de que estaba manipulando un fuego en potencia. No disponía de otra opción.
Inicialmente, no sucedió nada. Solo la tranquilidad, interrumpida por el ruido lejano de las máquinas en el almacén. Me recosté en la sofá cama, cerrando los ojos, tratando de ignorar el hormigueo que comenzaba a recorrer mi cuerpo.
Horas después, estaba en casa. La percepción de extrañeza todavía no me dejaba. La cápsula había producido algo, pero no tenía certeza sobre cuál precisamente. Mis sentidos parecían intensificarse, como si el mundo estuviera excesivamente activo, pero mi cuerpo se encontraba inmerso en un estado de agotamiento ineludible.
De pie frente al espejo del baño, me observé detenidamente. Las sombras bajo mis ojos parecían más profundas, y un leve temblor todavía recorría mis dedos. Necesitaba ropa limpia y algo de tiempo para organizar mis pensamientos. Aunque en mi oficina tenía más de un cambio, el ambiente de ese lugar era tóxico, literalmente y metafóricamente. Aquí, en la soledad de mi hogar, podía pretender que todo estaba bajo control.
Abrí el armario buscando algo cómodo. Mientras rebuscaba entre las camisas, noté un viejo abrigo negro colgado en la esquina, casi olvidado. Lo tomé con cuidado, sintiendo el peso de los recuerdos que cargaba. Ese abrigo me había acompañado en mis peores días y, de algún modo, verlo ahí me hizo sentir que mi situación actual no era tan distinta.
Me lo puse, no por el frío, sino porque necesitaba sentirme protegido, aunque fuera por algo tan simple como una tela pesada. Cuando metí las manos en los bolsillos, mis dedos rozaron algo. Saqué un pedazo de papel doblado en cuatro. Al ver un dibujo mío de más joven en una época más alegre, mi ceño se frunció, pensando que lo había olvidado hace mucho tiempo.
Era algo que no se ajustaba. Este dibujo había sido guardado en una caja durante mucho tiempo. ¿De qué manera llegó mi abrigo? Examiné el papel en busca de respuestas y descubrí algo inédito: una mínima marca en una esquina que no tenía memoria de haber realizado. Parecía un signo, algo que desconocía, pero que se alineaba con la impresión de que alguien estaba jugando conmigo.
El día siguiente tenía la obligación de inspeccionar los camiones, algunos de ellos eran una rutina de mantenimiento anual. El día transcurrió bastante sereno para ser miércoles. Luego de eso, finalmente pude tener un momento para mi pendiente lectura del nuevo libro de Isadora Montague. Examine la descripción del libro para adquirir un conocimiento preliminar sobre él.
En un reino atrapado en un invierno eterno, una princesa, maldita por el amor y prisionera de un príncipe manipulador, logra escapar de años de opresión emocional. Huye al valle secreto de Verona, donde encuentra refugio y comienza a sanar. Allí conoce a un dragón herido por su propio pasado de desamor. A través de su amistad, ambos enfrentan sus cicatrices emocionales y descubren el poder del amor verdadero. Unidos, edifican un nuevo hogar, dejando atrás el sufrimiento del pasado y acogiendo un futuro repleto de esperanza y valentía común.
Después de leer las primeras páginas, me pregunto cómo puede que las personas que afirman amarte sean las que más causan dolor en tu vida. Sin embargo, aunque dejes de creer en el amor, necesitas de ella para curar las heridas. Además, comenzaba a preguntarme cómo podría haber ignorado las señales la princesa, pero también había la contradicción de que el príncipe la haya manipulado desde el inicio, quizás proporcionandole algún tipo de seguridad emocional que la princesa no había conseguido antes.
Me levanté hacia la ventana, mirando el libro y reflexionando sobre cómo es Isadora Montague. Usualmente, sus libros se centran en relaciones sanas o enigmáticas, pero esto era distinto a lo que normalmente redactaba. La curiosidad en cuerpo se trasladó a las redes sociales para ver las reseñas y la mayoría afirmaban que era una historia magnífica. Me pregunto qué ha vivido Isadora Montague para escribir algo tan sombrío. Las narrativas amorosas que crea generalmente funcionan como un santuario, pero este libro parece más una alerta.
En sus palabras, algo no se percibe como el consuelo habitual que solía hallar en sus cuentos; en esta ocasión, existe una tensión evidente, una especie de pesadez que se adentra en cada párrafo. ¿Qué la impulsó a realizar un cambio tan radical en su estilo? Tal vez, en algún rincón de su existencia, existió una verdad que transformó su percepción del amor, una verdad que, de algún modo, ahora se manifiesta en este relato. No estoy seguro de si me asusta o me fascina más la autora al reflexionar sobre ello.
Quizás todo esto sea resultado de que, de algún modo, las narrativas más sombrías de Isadora Montague se asemejan más a la realidad que las que habitualmente escribía. ¿Podría ser que, al igual que sus personajes, esté en la búsqueda de un medio para armonizar lo que ha vivido con lo que ha anhelado? La atracción por el amor ideal, puro y sin imperfecciones, siempre ha sido su señal de identidad. Sin embargo, ahora me cuestiono si ha llegado a la conclusión de que tales relatos no son más que espejismos, ilusiones que no soportan el peso de la realidad.
Después de horas, termino el libro y me quedo en silencio; me veo enredado en las elecciones de los personajes, en sus conflictos y sus errores. Existen elementos crudos y realistas en cada página, algo que impacta en mi interior. Tal vez, más que nunca, Montague ha optado por escribir sobre los amores deshechos, sobre las pasiones que inflaman pero también incendian, sobre las relaciones que no siempre se convierten en un santuario, sino en un campo de guerra. En sus escritos, existe una verdad incómoda que no puedo evitar observar, como si estuviera observando algo que ya he experimentado, aunque de manera distinta.
Este progreso profundiza en la noción de que la variación en el estilo de la autora evidencia una evolución personal, y cómo esto se vincula con una reflexión más intensa sobre las relaciones y su significado en la vida cotidiana. Tocan a mi puerta y sin siquiera preguntar entra Luca
— Al final, jefe, nos dieron la respuesta los proveedores del camión perdido —dice, mirándome precavido.
—Qué bueno, ¿qué novedades me traes? —Pregunto mientras acomodo el libro de Isadora a mi biblioteca privada.
—Nos informaron que el camión no estaba registrado... pero no se trataba de un accidente habitual’, añade, reflexionando sobre cada palabra como si fuera una tarea constante— Parece que alguien tiene la culpa de todo esto, jefe. Una persona que no desea que hallemos el producto
—¡Mierda! —grite y suspiré
Justo en ese momento el celular de Luca sonó.
—Señor, lo han descubierto —artículo inquietante de mi respuesta.
—¿En qué lugar? — inquiri.
—En una carreta que nadie emplea— expresó con prudencia.
—Vamos —dije saliendo de la oficina.
Al llegar, el camión no tenía ni la cámara y el chip parecía destrozado; había sangre en el asiento del conductor y, al revisar la parte trasera, la mitad de la carga no estaba. Tras explorar más indicios, no hallamos ninguno y recordé que tenía que realizar algunas obligaciones con el cappo del sur, quien me había brindado gran apoyo al inicio. Teníamos un acuerdo de cero disputa entre nosotros y nos apoyábamos en ciertas entregas si alguno de ellos lo necesitaba. Comprendía que, en este negocio, las alianzas se desmantelaban con facilidad. No obstante, hasta ahora, el cappo del sur siempre había representado una figura de confianza. Me contacté con él. No podía ponerme en peligro a suponer que esta era una estrategia de su parte sin más evidencias. No obstante, un pequeño brote de incertidumbre empezó an emerger en mi mente, y si el acuerdo se desvanecería, ¿quién saldría beneficiado?
—Vittorio, me alegra que hayas llamado, tenía la intención de hacer lo mismo —declaro con felicidad.
— ¿Cómo te encuentras Giovanni?—pregunte con tranquilidad.
—No tan bien; he estado sufriendo pérdidas de cargas.
—Es curioso, yo también. —¿Cuánto estamos hablando? —interrogue
—Medio millón— detalló Giovanni.
—Alguien nos está poniendo en un juego riesgoso—exprese reflexivo.
—Pienso lo mismo, Vittorio—declaro con total sinceridad.
Concluí la conversación con Giovanni y continué explorando los alrededores del camión con el objetivo de descubrir quién fue el causante. Sin ninguna posibilidad de éxito, volví a mi oficina, pero Paula, que me estaba esperando frente al edificio donde trabajamos, me comunicó que alguien me estaba esperando. El café sobre mi escritorio estaba frío, igual que el ambiente de la habitación. Mis pensamientos giraban en torno al camión, Giovanni y la posibilidad de que esto fuera algo mucho más grande de lo que aparentaba.
Al sentarme en mi silla, mis ojos se posaron en algo fuera de lugar. Había un sobre cerrado sobre la mesa. La textura rugosa del papel y la ausencia de cualquier marca o remitente me provocaron un mal presentimiento.
Lo tomé con cuidado, inspeccionándolo bajo la luz. Estaba sellado, sin ninguna pista visible. Lo abrirá lentamente, dejando caer su contenido sobre el escritorio. Dentro había tres cosas: una fotografía, un pequeño trozo de tela negra y una bala con mis iniciales grabadas.
La fotografía mostraba el camión que había inspeccionado hace unas horas. La imagen estaba tomada desde una posición alta, como si el autor hubiera observado todo desde lejos. En la parte trasera del camión, una figura borrosa se distingue entre las sombras. El trozo de tela negra parecía ser de un guante, o tal vez de una prenda más grande. Pero fue la bala la que me dejó en silencio. Nadie grababa iniciales en una bala si no tenía un mensaje claro.
—¿Qué demonios...? —murmuró, dejando caer la bala sobre el escritorio. El ruido metálico resonó en el silencio de la habitación.
Un momento cerré los ojos, tratando de aclarar mis pensamientos. Esto no era una simple advertencia. Era un mensaje directo: alguien estaba jugando conmigo. Podía ser un enemigo buscando desestabilizarme, o peor, alguien cercano que había decidido traicionar mi confianza.
No podía llevar a cabo una investigación sin generar sospechas en mis empleados, consciente de que muchos de ellos podían perjudicarme en la medida de lo posible, no únicamente por razones financieras, sino por el deseo de revancha por alguna vez que los haya maltratado de forma más severa, pero la verdad es que muchos de ellos se habían enriquecido con ello. En su primer día de trabajo, muchos de ellos actuaban como adolescentes, persistían en cometer errores de manera constante a pesar de haber aprendido el protocolo.
Decidí que lo mejor sería mantener la calma y no dar señales de que algo estaba ocurriendo. La paranoia me carcomía por dentro, pero debía seguir funcionando como siempre. Sin embargo, esa tarde, la puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso, y una sombra conocida se presentó en el umbral.
—Vittorio —dijo la voz grave, con un tono que había dejado atrás hace años.