Código en la red

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Summary

La perfección tiene un nombre, Samuel, un capitán con un plan para todo pero un novato con un talento caótico, Benjamín, llega para romperlo. Ahora en este juego de rivalidad y pasión, la línea entre el odio y la atracción se vuelve peligrosamente delgada.

Genre
Lgbtq
Author
fran
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El sol de la mañana se pasaba por los ventanales altos del gimnasio, dejando unas líneas de luz dorada sobre la cancha. Benjamín se quedó en la entrada. Olía a balón de cuero y a desinfectante. Era un olor conocido, el olor de su vida. Pero este gimnasio era distinto y él se sentía como un intruso.

Llevaba una camiseta de entrenamiento que le habían dado, impecable y nueva, y se sentía extraña. Era su primer día en el Instituto Nacional de Deportes, un lugar para atletas de élite la beca que se había ganado a base de esfuerzo era la única razón por la que estaba pisando ese suelo. Benjamín era alto y delgado, con un físico que parecía más para los libros que para el deporte, pero sorprendía con la agilidad de sus movimientos.

Del otro lado de la cancha, un chico estaba sobre la red, ajustándola con una precisión casi obsesiva. Era Samuel, el capitán del equipo, el chico del que todos hablaban es alto, fuerte, con un cuerpo que parecía esculpido en piedra. Benjamín ya lo había visto en videos sus movimientos eran perfectos, su salto, una obra de arte.

El entrenador, un hombre llamado Damián, los recibió a los novatos con una mirada que no prometía piedad.

―El equipo tiene un código ―dijo, y su voz rebotó en el gimnasio vacío―. Hay una forma de jugar. Hay una forma de ganar. Y aquí, esa forma es la nuestra.

A Benjamín se le oprimió el pecho.

La primera práctica fue un huracán. Benjamín intentó encajar. Siguió las instrucciones, se paró donde le dijeron, pero su cuerpo se sentía ajeno. Era un robot, torpe y lento. En un momento, en medio de unos ejercicios, el balón le cayó de repente y sus instintos tomaron el control. Vio un hueco en la defensa, un espacio invisible que nadie más parecía ver. Se olvidó de la táctica y de su posición, y se lanzó. Su salto no fue muy alto, pero le pegó a la pelota con tanta precisión que pasó por el hueco y cayó sin que nadie pudiera reaccionar. El entrenador asintió, pero Samuel frunció el ceño.

El resto de la práctica fue una batalla. Benjamín sentía que caminaba en el filo de una navaja. Cada vez que obedecía las instrucciones, se sentía inútil. Cada vez que se dejaba llevar por sus instintos, metía un punto, pero se ganaba la desaprobación de Samuel. La tensión entre ellos era tan gruesa que podías cortarla con un cuchillo.

Llegó el partido de práctica. Era una jugada decisiva, estaban 24-24. La cancha estaba en silencio, la presión era palpable. Benjamín estaba en defensa. Samuel, en la posición de armador, gritó la jugada.

―¡A la red, derecha, vamos!

Era un ataque predecible, bien ensayado. Benjamín sabía exactamente dónde debía estar. Pero algo no estaba bien. Vio al bloqueador contrario moverse un instante antes, anticipando el ataque. Si seguían el plan, perderían el punto.

La pelota venía por el aire, girando despacio. El grito de Samuel resonaba en su cabeza. Benjamín se detuvo. En un milisegundo, rompió el código. En lugar de ir a la derecha, se impulsó a la izquierda, girando en el aire. La pelota salió de su mano con una fuerza que no sabía que tenía, un golpe que no buscaba la potencia, sino el engaño. El balón pasó por encima de la cabeza del bloqueador, rozando el techo y cayendo en el punto ciego de la defensa. Un punto. El partido se había acabado.

El silencio fue total. Nadie celebró. El equipo se quedó quieto, mirándolo. La victoria se sentía como una traición. La cara de Samuel se puso roja, una vena pulsándole en el cuello. Se acercó a Benjamín con un paso firme y amenazador.

―¿Qué diablos fue eso? ―Su voz era peligrosa―. ¡Grité la jugada! ¡Tú me desobedeciste! No puedes hacer lo que se te ocurra aquí. ¡Tenemos un sistema!

Benjamín retrocedió, sintiéndose acorralado. La adrenalina se le fue, y lo que quedó fue el miedo. Tragó saliva, su voz un murmullo apenas audible.

―La jugada... no iba a funcionar. Lo sabía.

Samuel se echó a reír, una risa vacía y llena de desprecio.

―No sabías nada. No sabes nada de este equipo.

A Benjamín le subió la rabia por la garganta, pero no le salieron las palabras. Se limitó a mirar fijamente a Samuel, sus ojos llenos de frustración.

Los otros jugadores se habían ido, dejándolos solos. El eco de sus palabras resonó en el gimnasio. Samuel, con la mandíbula tensa, dio un paso hacia Benjamín.

―Escúchame bien, novato. Este equipo es mi responsabilidad y no voy a dejar que un salvaje con suerte lo arruine todo.

El aire se puso tan denso que era difícil respirar. La tensión era casi un tercer jugador. Benjamín sintió miedo, pero no retrocedió.

En ese momento, el entrenador Damián se acercó, sin expresión.

―Suficiente ―dijo. Miró a Samuel, luego a Benjamín, y de nuevo a Samuel―. Sé lo que están pensando.

Samuel se puso erguido, esperando que lo defendiera. Benjamín se tensó, listo para ser expulsado.

Pero el entrenador tenía otra idea.

―Samuel ―empezó Damián―, tu liderazgo y tu conocimiento táctico son el ancla de este equipo. Y Benjamín, tu talento, tu instinto, son la chispa que nos falta. ―Hizo una pausa―. Pero son incompatibles. Como el agua y el aceite. Y eso no es una opción.

Los chicos se miraron, sin entender.

―Por eso ―continuó el entrenador, su voz bajando su tono―. a partir de mañana, van a trabajar juntos, solos. El equipo es fuerte pero tiene sus límites, ustedes son los únicos que pueden hacer que mejoremos.

Benjamín ―dijo―. a partir de hoy, no harás nada sin la aprobación de Samuel. Te guste o no, él es tu mentor. Benjamín sintió que el suelo se le movía.

El entrenador se giró hacia Samuel.

―Y tú, Samuel ―dijo con la misma firmeza―. Tu trabajo no es solo ser el capitán. Es entrenar a Benjamín. No a la manera del equipo, sino a la suya. Debes entender su código. Y si no lo logran, si no funcionan juntos, ninguno de los dos será titular esta temporada.