Binie y Yo

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Summary

Todos en el algún momento de nuestras vidas deseamos vivir un cliché como este!....

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El café que casi arruina todo

Hay cosas que nunca deberían mezclarse: el azúcar con la sal, los calcetines blancos con la ropa roja... y a Binie con una taza de café a las ocho de la mañana.

-No sé cómo puedes estar vivo con esa cara -le dije, dejando mi mochila sobre la mesa del café de la esquina, nuestro lugar de siempre.

-Es lunes -gruñó él, como si eso fuera una excusa médica.

Binie tenía el pelo revuelto, los ojos medio cerrados y la camiseta arrugada. No era la primera vez que lo veía así, pero había algo en ese momento que me pareció... encantador. Claro que no se lo iba a decir, porque una de nuestras reglas no escritas era "no cruzar la línea". Y yo ya vivía peligrosamente cerca del borde.

Le pasé la taza que le había pedido, grande, negra y sin azúcar. Él tomó un sorbo y puso una cara que me hizo reír tanto que casi tiré mi propio café.

-Esto sabe a demonio líquido -dijo.

-Pues es lo que pediste. No es mi culpa que no sepas lo que quieres.

-¿Estás hablando del café o de mi vida? -replicó, y por un instante nuestras miradas se encontraron más de lo habitual.

Ahí estaba otra vez esa chispa. La misma que me tenía preguntando, desde hacía meses, si lo que sentía por él era simple cariño de amiga... o algo más que no quería admitir.

Pero antes de que pudiera responder, pasó lo inevitable: su codo golpeó la mesa y mi café, que hasta ese momento reposaba tranquilo, decidió visitar mi blusa blanca.

-¡Binie! -me levanté de golpe, sintiendo el líquido caliente y pegajoso.

-¡Ay, no! Perdón, perdón, lo limpio -dijo, intentando secarme con una servilleta, aunque lo único que consiguió fue que pareciera que me estaba haciendo cosquillas en público.

La gente nos miraba. Yo me reía para no matarlo.

-Ya está, no es tan grave... -logró decir, aunque tenía la cara roja de vergüenza.

-Claro, porque la que parece mapa de manchas de café soy yo -respondí, cruzando los brazos.

Él me observó en silencio un momento, y luego, con esa sonrisa suya que siempre desarma mis enfados, dijo:

-Bueno, al menos ahora combinas con el aroma del lugar. Eres la chica latte.

No pude evitar sonreír. Era imposible estar enojada con Binie por más de un minuto. Y mientras él seguía haciendo bromas, me di cuenta de algo que no quería admitir en voz alta: ese desastre matutino me había gustado. No por el café, claro, sino porque me recordaba que, de alguna manera, él siempre estaba ahí, en los momentos ridículos y en los importantes.

Y aunque nunca lo confesaría, en ese instante pensé que si todos mis lunes empezaban con él... tal vez no serían tan terribles.