Capítulo 1: Encuentro en el roble
La tarde había comenzado con un murmullo tímido, como si el cielo no se atreviera a abrirse por completo. Sin embargo, la primera ráfaga de viento trajo consigo un presagio distinto: hojas agitadas, ramas que se sacudían como si estuvieran vivas, el aire cargado de electricidad, ese instante previo en que el corazón se acelera porque sabe que algo grande va a suceder.
Entonces, el cielo se desgarró: un trueno profundo retumbó en las entrañas de la tierra, como el rugido de un dios celoso. La lluvia cayó de golpe, no como caricia, sino como un ejército de gotas furiosas golpeando hojas y suelo.
La tormenta estalló de pronto, sin aviso, con una fuerza que helaba la piel y encendía los nervios. Era una tormenta feroz, de esas que parecen querer arrancar el alma del bosque.
El viento enloquecía, agitándolo todo. Los árboles parecían gemir, doblarse y resistir.
Ella corría.
Sus pies se hundían en el barro con cada paso, salpicando gotas oscuras que subían hasta sus muslos. El vestido claro, empapado, se adhería a su piel como si quisiera revelar cada curva, cada temblor oculto bajo la tela. Su cabello pegado al rostro, la respiración entrecortada, y el corazón latiendo con una urgencia que no nacía del miedo… sino de algo más profundo. Algo que ni siquiera ella podía nombrar.
El bosque la llamaba. No sabía por qué. Pero la guiaba como una voz interior. Perseguía en medio de esa odisea la nostalgia de un recuerdo.
Toda la espesura del claro se reducía a la trasformación de Edén en lo desconocido, no se veía más que gras cubierto de fango.
Entonces, un mal paso. El pie se le hundió de pronto en un hueco oculto entre raíces y barro que se extendían como una trampa que espera una presa. El tobillo giró con un dolor agudo.
Cayó, el barro cubrió parte de su brazo. Gimió. Intentó liberarse, pero la trampa natural la sujetaba con fuerza, y con el viento llenando sus ojos de lluvia que le nublaba hasta el pensamiento, le era imposible salir por sí misma de la desesperación que la invadía.
Estaba atrapada. Vulnerable. Solitaria.
Fue entonces que lo escuchó. Primero, el crujido de ramas. Luego, el sonido grave y pausado de cascos sobre tierra húmeda. Un sonido que no escuchaba desde hace mucho …un caballo.
Y luego, lo vio.
Emergiendo de entre la neblina de la lluvia. Alto, erguido sobre el lomo oscuro de su caballo. La capa mojada ondeaba a la espalda como una sombra con vida propia. No venía por ella. No sabía que la encontraría. Fue el destino —o una broma hermosa del azar— el que cruzó sus caminos aquel día de febrero, en un cambio de estación fenomenal.
Sus ojos, al verla en el suelo, se abrieron con una mezcla de sorpresa y asombro. No preguntó su nombre. No hablo. Bajó del caballo con decisión, sus botas chapoteando en el barro mientras se acercaba a ella.
El retumbar de lo desconocido se acercaba y el saber que nadie estaría en caso de haber peligro la hizo estremecerse.
La figura borrosa extendió una mano hacia ella,
—No me toques —dijo ella con voz firme, aún en el suelo, empapada y vulnerable. Era más un ruego confundido que una orden, pues sabía que nadie acudiría en su auxilio de ser necesario.
Aquel se detuvo en seco. Llevo ambas manos hacia arriba, mostrando que no traía amenaza alguna. Pero sus ojos… sus ojos no podían apartarse de ella. Y en ese instante, todo el bosque se silenció y aunque a tormenta continuaba se volvió un murmullo lejano.
Ella levanto la vista y lo miró. Y algo, entre ambos, sucedió.
Algo que no tenía nombre … un eco de vidas pasadas.
El viento silbó entre las ramas. El cielo rugió.
Él nunca había visto nada semejante. Los ojos de ella parecían nacidos de la tormenta misma: profundos, húmedos, infinitos. No eran solo ojos, eran espejos que le devolvían algo que no sabía que llevaba dentro. Lo miraba como si él fuera imposible, como si el bosque hubiera creado un espejismo para probar su cordura.
Entonces supo que debía hacer algo, examino la situación con precaución, e intento ayudarla a salir del hueco sin tocarla, no quería asustarla, así que solo podía conformarse con guiarla solo con su presencia y voz calmada. Pero cuando ella se tambaleó, sin pensarlo, la tomo en sus en brazos. Su cuerpo se tensó, pero no protestó. Había en él una fuerza que no era amenaza, era abrigo y tal vez en ese momento era justo lo que necesitaba.
La cargo como si fuera frágil, pero irrompible. Sentía como si la conociera de antes, como si la hubiera buscado por años, le parecía extraño como sus cuerpos se amoldaban como si estuvieran hechos para unirse. Y ella, con el corazón agitado y el alma desnuda, se dejó llevar.
Cada paso que daba la acercaba al roble. Ese árbol inmenso, antiguo, que parecía haber presenciado otros encuentros como este, quizás otras historias que también empezaron con una tormenta.
La dejo con delicadeza sobre una raíz ancha, cubierta de musgo y sombras. No se alejó. Solo la miro, sentía que su cuerpo no respondía, como si no le perteneciera, mil órdenes a sus piernas se juntaban en su mente, pero simplemente el mensaje no llegaba a ejecutarse, nunca le había pasado algo así.
Empapada, jadeante, con los labios temblando y las mejillas enrojecidas se encontraba tan confundida como él o tal vez más. Su pecho subía y bajaba con cada respiración como si el mundo se redujera a ese instante.
—¿Eres real? —pregunto él. Su voz fue apenas un suspiro, pero ella lo sintió en la piel, la cual se le estremeció en cada fibra.
No respondió, le sostuvo la mirada buscando respuestas en él. Con esos ojos llenos de luna y misterios.
Y fue entonces que algo en él se rompió. O tal vez se encendió.
Se acerco sin pensar, sin razonar, bajando hasta donde sus rostros estuvieran al mismo nivel de altura. Sus labios atraídos por los suyos temblaban en una urgencia que no podía detener, como un sediento en medio del desierto.
—¿Puedo besarte? —susurro, su voz se escuchaba lejana, ajena, como si no le perteneciera, pero tampoco esperaba respuesta. Porque ya lo sabía. Porque su silencio fue un sí oculto… o una trampa deliciosa creada solo para él. Dios lo estaba tentando…y caería.
Sus labios se unieron a los suyos como el fuego encuentra la yesca. Su boca estaba fría por la lluvia, pero ardía en el fondo como un carbón encendido, los labios le temblaron bajo los de él, resistiéndose al principio, después cediendo con una fuerza inesperada. Jadeó, rindiéndose, la sintió florecer en ese contacto prohibido. Cerró los ojos. El mundo se detuvo. La lluvia desapareció. El barro dejó de existir. No había tormenta que le impidiera sentir lo que le consumía. Solo estaban sus bocas, ese primer beso que fue una pregunta, más que una respuesta. Un deseo que no quería que terminara, que necesitaba como el aire para respirar, pero a cada inspiración se ahogaba más de necesidad.
Las manos de él rodearon su rostro, sus dedos rozaron su cuello húmedo, y cada roce era una chispa. Ella alzó las manos, primero en protesta, después en un gesto confuso, como si quisiera detenerlo y, al mismo tiempo, aferrarse a él. Su acto reflejo fue sujetarla por las muñecas; su cuerpo, a toda costa quería evitar la separación.
Se encontraba en un cielo o talvez un limbo sin retorno…
… pero cuando abrió los ojos… ella tenía el rubor en las mejillas, el pecho agitado, los ojos brillando con una mezcla de miedo y deseo.
Él quiso decir algo, cualquier cosa, pero las palabras le faltaron.
Ella, con un movimiento repentino, logró liberarse. Y entonces, como si la misma tormenta la reclamara, se apartó y se alejó velozmente. Un rayo callo estruendoso, iluminándolo todo, segándolo, obligándolo a cubrirse los ojos y cuando todo paso…
… ella ya no estaba.
Había huido como un suspiro que se escapa entre los labios. Como un sueño que no quiere volverse real todavía.
Y se quedó bajo el roble, con la boca aún caliente, el corazón latiendo como un tambor tribal, con el cuerpo temblando sin control… sabiendo que ese beso… no era un final…claro que no…
Era el inicio de algo inevitable.
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NARRADO POR ÉL:
El bosque nunca me había parecido tan vivo. Podía oír cada gota que caía de las copas altas, cada brizna de aire, cada roce de las hojas de los árboles. Sentía que respiraban conmigo, que sabían algo que yo ignoraba, pero callaban despiadadamente.
Después de aquella experiencia tan divina y maravillosa, la lluvia resbalaba por mi cuello, por mis sienes, por mis labios que aún recordaban los tuyos. Y a pesar de todo, no era agua lo que me empapaba el cuerpo, era el rastro de tu aliento; tu sabor, aún presente, se confundía con la lluvia, como si la tormenta también te llevara dentro, el aroma que emanaba de tu cabello mezclado con el oxígeno en mis pulmones.
El caballo andaba de forma tranquila, talvez dándose cuenta que la persona sobre él estaba completamente ida, y temía que cayera. Parecía ridículo que el caballo se preocupara más por mi estado emocional que yo mismo.
A decir verdad, ni siquiera sabía cómo había llegado hasta ahí. Mi mente estaba aún en ese instante, en ese beso, en la calidez de tus labios en los míos; en tu olor, el cual era tan embriagador que me tenía mareado como jamás ningún buen o mal vino lo había hecho. Si cerraba los ojos seguía ahí bajo el roble contigo.
Niebla, mi caballo, me llevaba hacia casa por un camino que conocía desde potrillo, yo yacía temblando sobre su lomo, no por el frío…sino porque aún te sentía cerca mío.
Y la pregunta sin respuesta paseaba en mis pensamientos una y otra vez:
“¿Era real o solo un hechizo del bosque?”
He oído historias de hombres que ingresan a lo profundo del bosque y pierden la cordura, se dice que ven hadas, sirenas o ninfas que los cautivan para robar sus almas…nunca se les vuelve a ver con vida.
Los más osados aseguraban que habían muerto de deseo, que se habían consumido en un abrazo imposible.
¿Y si…?
Niebla seguía en su andar lento, como si supiera que lo que yo traía en el pecho no era amor…era un incendio y temía quemarse conmigo.
El camino a casa parecía una eternidad, y se estaba volviendo una tortura, ya que, en cada avance sentía una fuerza sobrenatural que me arrastraba de regreso hacia lo profundo del bosque…hacia aquel roble.
Tenía que esforzarme por respirar con normalidad, porque sentía que si lo olvidaba me ahogaría ahí mismo. Y comencé a divagar…
¿Cómo era que se respiraba?
Comencé a tomar bocanadas de aire, hiperventilando, mi cuerpo había olvidado.
Nada a mi alrededor existía, es más, no era consciente de mi propio cuerpo, que solo respondía a deseos nunca antes conocidos, una atracción intensa que me ardía por dentro, y su lugar de origen era tan dolorosamente delicioso que me desconocía a mí mismo…
¿Qué me has hecho?
Cuando el caballo paro de golpe supe que él había llegado a su destino, pero yo ya no me encontraba en el mío.
Baje del caballo de forma mecánica y mis manos solo lo dirigieron al establo, Niebla avanzo por sí solo mirándome de pies a cabeza, definitivamente no estaba en mis sentidos.
Me dirigí a la casa que yacía frente a mí, aquella que pensaba que guardaba todos mis secretos, ahora sabia que no era así.
Abrí la puerta… o tal vez se abrió sola.
El calor de la chimenea me golpeó el rostro, pero no me calentó.
Mi padre estaba allí.
Mirándome.
Sintiendo algo distinto en mí…
algo que no era solo lluvia.
—¿Dónde estabas, Eliot?
Su voz sonó grave, pero yo estaba lejos, perdido en el bosque.
Aún tenía tus gemidos imaginarios pegados a mis oídos. Aún te veía corriendo entre árboles, con el rubor en las mejillas y la humedad entre los muslos, y más arriba de ellos…el pecado.
En mi cabeza comencé a desear ver más allá de la lluvia, más allá de tu ropa mojada…
¿Qué demonios me pasa?
—ELIOT … ¿DÓNDE ESTABAS?
—En el claro del roble…creo —dije, sin atreverme a mirarlo aún aturdido por su fuerte voz.
Se acercó. Su presencia imponía, pero yo ya había cruzado otra frontera. Me observaba fijamente…queriendo leer mi expresión.
—¿Qué viste? – pregunto.
—No fue lo que vi… fue a quien encontré.
---Pareciera que hubieras sido testigo de algún milagro… ¿A quién encontraste?
Me senté junto al fuego dejando caer todo el peso de mi cuerpo y de mis pensamientos en el sofá. La madera chisporroteaba, como si también ardiera con mis recuerdos.
—Una mujer… desconocida… hermosa … salvaje.
—¿Qué hiciste? -continuaron las interrogantes.
Lo miré por fin. Mis ojos estaban cargados, pero no de lágrimas. De deseo que no sabía a dónde ir, y de vergüenza por no saber que sentir. Por primera vez no reconocía a la persona dentro de mí.
—Tenía el pie atrapado. No dejaba que la tocara. Me miró… y el tiempo se detuvo. Le pregunté si era real…yo… le pregunté si podía besarla- balbuceaba con el escalofrió de verse indefenso.
Pare a tomar un bocado de aire, porque sentían que perdía la conciencia.
—No dijo nada. Y no esperé…yo…la besé.
Volví a cerrar los ojos. Volví a verte.
Tus labios temblando bajo los míos, tus manos alzadas, tu pecho agitado, y luego:
La sorpresa.
El rubor.
La inocencia.
Mi deseo.
El momento en que te entregaste, porque yo sé que, aunque fuera por un segundo lo hiciste.