Cuando el espejo se rompe

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Summary

Cuando el Espejo se Rompe es una novela que explora las grietas del alma humana cuando la confianza se desmorona. La historia sigue a Elaine, una mujer que sobrevive a una tragedia que la deja marcada no solo en el cuerpo, sino en la mirada de quienes la rodean. Mikkel e Irina, atrapados entre la sospecha y la misericordia, creen que Elaine no pudo haber salido viva sin ser cómplice de Chris, el hombre cuya sombra oscura arrastra a todos hacia un destino irreversible. El “espejo” del título simboliza tanto la identidad como la percepción de la verdad. A medida que los vínculos se tensan y las máscaras caen, los personajes se enfrentan a la fractura de lo que creían indestructible: la amistad, el amor, la inocencia y la fe en los otros. Cada capítulo muestra cómo las piezas rotas reflejan versiones distorsionadas de la realidad, obligando a los protagonistas a elegir entre condenar o perdonar, entre aferrarse al pasado o reinventarse en medio de la ruina. La obra se distingue por su tono poético y visceral: una mezcla de suspenso psicológico y drama emocional, donde la fragilidad se convierte en fuerza, y las heridas, en espejos que revelan la verdad más incómoda.

Genre
Mystery
Author
ALAROSA10
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

PRÓLOGO

A veces, cuando pienso en el pasado, lo que encuentro no son recuerdos, sino fragmentos difusos. Espacios vacíos, como habitaciones abandonadas en las que el polvo lo cubre todo. No hay risas, ni abrazos, ni esa nostalgia de la que tanto hablan los demás. He escuchado a muchas personas decir que les gustaría retroceder el tiempo a un instante que añoran, a una memoria cálida que todavía los sostiene. Yo, por más que lo intento, no puedo señalar un lugar específico en mi pasado que me ate. Es como si mi historia comenzara recién ahora, con él… y con la ausencia de él.

El aroma de la cena me rescata de mi ensimismamiento. El aceite crepita en la sartén, la cebolla se dora, y el olor tibio se mezcla con el del pan recién horneado. De pronto la risa de mi hijo corta el aire como una campanada cristalina. Lo miro. Sentado en el suelo, rodeado de hojas en blanco y lápices de colores, dibuja sin descanso. Sus manitas se mueven veloces, creando criaturas imposibles, mundos donde todo brilla.

Es un niño imaginativo, luminoso, tan distinto de mí… y tan parecido a su padre.

Cris.

Su nombre me golpea por dentro. Al pensarlo, siento un hueco abrirse en mi pecho, un corte fresco que no deja de sangrar. A veces me pregunto si esta vida es real, o si todo no es más que un sueño persistente del que aún no despierto y sé que nada se compara a un luto interminable.

A mi derecha, sobre la pared, está el cuadro. Una fotografía que él jamás quiso que existiera. Cris odiaba las cámaras, decía que las imágenes lo robaban de sí mismo. Pero yo insistí, me aferré a la idea, y lo obligué con mi terquedad. Ahora, esa insistencia es mi salvación: sin ella, no tendría nada para recordarlo, ni que mostrarle a mi hijo cuando quiero que su padre este presente en su vida, aunque sea como un héroe de cuento.

Me acerco. Tomo el marco. Lo descuelgo de la pared. Y ahí está. Cris, con su altura imposible de ignorar, sus ojos verdes como lagunas profundas, su cabello rubio ondeando con rebeldía. Brazos fuertes, protectores que alguna vez fueron mi hogar. Rasgos distintos a los míos en todo, casi como si viniera de otro mundo. Su mirada se clava en mí a través del cristal, inmortalizada. Mi suerte, mi destino, mi condena.

Las lágrimas me nublan la vista. Respiro hondo, dejo el retrato en su lugar, regreso a la cocina y sirvo la cena.

—Dejemos los dibujos un rato, hijo —le digo con suavidad—. Después de comer seguirás pintando un poco más, y luego ya sabes, será hora del baño y de dormir.

Él levanta los ojos. Esos mismos ojos verdes, idénticos a los de Cris. En ellos no hay dolor, solo inocencia. Asiente sin protestar. Qué buen niño es. Noble, obediente, compañero y la única luz en esta vida oscura en la que suelo existir desde hace 6 años.

Más tarde, después de la cena y de dejar que la carga del día se disuelva entre agua tibia y espuma, lo arropo en su cama. El cuarto huele a talco y a crayones, una mezcla infantil y tierna. Dejo encendida la lámpara de noche, como siempre. Me inclino, beso su frente. Tan pequeño, tan indefenso. Siempre pienso que es tan diferente a mí, físicamente, por lo que muchos dudan que sea mío. Pero yo lo sé, indudablemente es mi sangre, mi raíz, mi milagro.

Cierro la puerta con cuidado y me voy a mi habitación. Me dejo caer en la cama, exhausta. El día ha sido largo. Las rutinas, el trabajo, las obligaciones… todo pesa. Y, sin embargo, sonrío en la penumbra: estoy feliz, porque lo tengo a él.

El sueño me toma rápido, como una corriente oscura que me arrastra sin permiso.

---

—¡Corre! ¡Corre y no mires atrás! —

La voz es un cuchillo en la oscuridad.

Abro los ojos en un pasillo interminable. El suelo resuena bajo mis pies, pero no veo nada más allá de las sombras. Corro sin saber hacia dónde, con la respiración ardiendo en mis pulmones. A lo lejos, una luz débil palpita, como una llama a punto de extinguirse. Me aferro a ella.

Al llegar, me encuentro en un salón. Neblina espesa cubre todo, me quema la garganta al respirar. En el centro, una mesa descomunal de madera oscura, rodeada de sillas vacías. El aire vibra con un murmullo bajo, como si hubiera alguien susurrando bajo tierra.

Miro a mi alrededor. Puertas. Docenas de puertas cerradas alineadas en las paredes. A la derecha, a la izquierda, todas iguales. El silencio dura apenas un segundo. De pronto, los golpes comienzan. Ferozmente, como puños desesperados desde el otro lado. Las puertas tiemblan. De ellas brotan gritos desgarradores. Voces de mujeres, de hombres, de niños. Un coro de sufrimiento.

“¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡No me dejes aquí!”, grita una voz femenina. La reconozco. Es cercana. Es… imposible.

Mis pies se enraízan. El miedo me eriza la piel, me corta la respiración. No sé qué puerta abrir, a cuál correr. Todas suplican, todas sangran.

Un golpe seco detrás de mí. El suelo vibra. El aire se hiela. Escucho pisadas arrastrándose y se que algo viene hacia mí.

—¡Corre! —la voz vuelve, más urgente, casi aullando—. ¡Corre y no mires atrás!

Mis piernas quieren moverse, pero no responden. La madera bajo mis pies se agrieta, se abre en fisuras que se expanden como venas negras. El suelo se desmorona. Y caigo.

Caigo a un abismo sin fin. El viento me corta el rostro, las voces me siguen, ahora más claras, más cercanas.

“¡No me abandones! ¡No me dejes aquí!”.

El eco me desgarra.

Un golpe brutal. El impacto me arranca el aire de los pulmones. No puedo moverme. Estoy tendida, inmóvil, llena de un dolor incomparable, con la garganta ardiendo. Abro la boca para gritar, pero de mi voz solo nace un silencio helado.

Intento levantarme. Mis brazos no responden. Mis piernas son plomo. Mi cuerpo es una tumba.

Y entonces, la voz otra vez.

Más fuerte.

Más clara.

Más imposible.

—¡Vete ahora! ¡No mires atrás!

Y sé de quién es esa voz.

Abro la boca para gritar su nombre, pero lo único que brota son lágrimas ardientes que corren por mis mejillas. Intento, lucho, me retuerzo en un esfuerzo inútil; mis manos empiezan a sentir calor y humedad, una sensación asquerosa que me trae malos recuerdos… sangre. Aunque no puedo verla la siento, y su olor nauseabundo me envuelve. Se que debo moverme, pararme, correr, huir porque viene a por mí. Y, de pronto, me siento de golpe en la cama.

El sol entra por la ventana. Mi pecho sube y baja frenético. Las sábanas están empapadas de sudor. Mis manos tiemblan.

Corro al baño a vomitar violentamente…y todos mis sentidos están alerta ante lo que acabo de vivir.

¿Ha sido solo un sueño, o el espejo de mi vida se ha vuelto a quebrar, dejándome atrapada entre sus fragmentos afilados?

El llanto me arrastra, me envuelve porque sé que despertar nunca será suficiente…nunca, para escapar de mí misma.