01
El timbre del instituto apenas había sonado cuando Jimin corrió hacia el auto de su chofer, los libros cayendo a su paso y sus zapatos resonando sobre el asfalto. Detrás de él, su guardaespaldas recogía con rapidez los objetos caídos, sonriendo al ver al pequeño emocionado por llegar a casa.
Pero la sonrisa desapareció de golpe. Un disparo atravesó el aire y alcanzó al guardaespaldas en la cabeza. Su cuerpo se desplomó sobre los libros, inmóvil.
Jimin gritó, paralizado por el terror. Antes de que pudiera reaccionar, un golpe seco sacudió la parte trasera del auto, lanzándolo hacia adelante. Se aferró al respaldo del asiento con todas sus fuerzas, sintiendo cómo su corazón latía desbocado.
El conductor pisó a fondo, el motor rugiendo mientras el auto se lanzaba por la carretera. Jimin se encogió en su asiento, temblando de miedo, sintiendo que el pecho le latía con fuerza descontrolada.
—¡Tranquilo, Jimin! —gritó el conductor—. ¡Ya casi estamos fuera de aquí!
Pero las luces de otro coche negro aparecieron de inmediato en el retrovisor, acelerando para alcanzarlos. Balas comenzaron a romper el aire a su alrededor, estallando contra el metal del vehículo y haciendo que Jimin soltara un grito de pánico.
—¡Papá! ¡Papá! —sollozó, abrazándose al respaldo del asiento. — ¡No quiero morir!
El conductor maniobró bruscamente, intentando perder al perseguidor mientras esquivaba otros coches.
—¡Agárrate, Jimin! —gritó. — ¡No mires atrás!
Un nuevo golpe sacudió el auto desde atrás. El corazón de Jimin latía desbocado. Su respiración era rápida y entrecortada, y cada fibra de su cuerpo estaba tensa. Cada ráfaga de balas, cada impacto, lo hacía sentir que la muerte estaba al alcance de la mano.
El auto derrapó en una curva.
—¡Cuidado! —gritó Jimin, mientras el conductor giraba bruscamente el volante.
Otro impacto los lanzó fuera de control. El auto comenzó a volcarse y girar, rodando barranco abajo entre crujidos de metal y cristal que se quebraba por todas partes. Jimin gritaba, su voz rota por el pánico y el dolor:
—¡No! ¡Papá! ¡Sálvame!
Finalmente, el auto se detuvo, suspendido entre árboles y piedras. Todo quedó en un silencio ensordecedor. Cuando abrió los ojos, el mundo seguía girando a su alrededor. Temblaba, cubierto de polvo y con rasguños en la piel. El auto estaba humeando por todos lados. El conductor yacía inmóvil, sin vida, frente a él.
Poco después, todo se volvió oscuro y perdió la conciencia.
El enemigo creyó que había cumplido su misión al ver el auto destruido. Nadie podría haber sobrevivido a eso.
— Ve a verificar, el jefe no quiere errores. — dijo uno de los hombres.
Cuando se disponían a bajar, se escucharon las sirenas de una patrulla acercándose rápidamente. Los atacantes, al ver las luces azules, entraron en pánico y huyeron del lugar, desapareciendo de la zona.
La patrulla llegó al instante. Al ver los separadores retorcidos y las marcas de llantas en el asfalto, uno de los oficiales dio la alarma por radio:
—¡Necesitamos una ambulancia aquí de inmediato!
Los oficiales se asomaron al barranco y lo que encontraron les heló la sangre: el auto volcado, humeante, suspendido entre los árboles y piedras, con restos de vidrio y metal por todas partes. Descendieron con cuidado al barranco, las manos firmes pero rápidas. Entre humo y metal retorcido, encontraron al pequeño Jimin, inconsciente, cubierto de polvo y sangre superficial.
—¡Hay un niño! —gritó uno mientras bajaba cuidadosamente. — ¡Tómale el pulso, rápido!
— ¡Esta vivo!
—¡Rápido, sáquenlo de ahí! —gritó uno de ellos mientras lo tomaban entre varios. — ¡El auto está empezando a incendiarse!
Con delicadeza, lo colocaron en una manta y lo levantaron hacia la patrulla, cuidando cada movimiento para no agravar sus heridas. Jimin no se movía, solo respiraba débilmente, su rostro pálido y húmedo de lágrimas y suciedad.
— ¡Llévenlo al hospital ahora! Informaré a la operadora que van para allá.
Con delicadeza, colocaron a Jimin en la patrulla. El niño seguía inconsciente, respirando débilmente mientras la sirena rugía camino al hospital.
Afuera, el auto destruido comenzaba a arder con fuerza, enviando lenguas de fuego hacia el cielo. Los oficiales apenas podían mirar, conscientes de lo cerca que habían estado todos de una tragedia aún mayor.
La patrulla llegó al hospital con sirena aullando, mientras los médicos y enfermeros corrían hacia la entrada. Jimin fue trasladado rápidamente a urgencias. Uno de los médicos lo reconoció al instante. Su rostro se tornó pálido y, por un instante, quedó paralizado. Casi en pánico, pidió que se le hiciera un análisis completo de inmediato. Con la mano temblorosa, tomó su móvil y marcó rápidamente el número de su jefe: el señor Park Jihoon.
—Señor... señor Park. —balbuceó, conteniendo la alarma. — Su hijo... Jimin, ha sido atacado. Estoy atendiéndolo ahora mismo... es urgente su presencia aquí.
La sangre se le heló a Jihoon al escuchar la noticia y salió deprisa de la casa, sin decir nada, solo sus hombres de confianza le acompañaban intrigados por la prisa y sobre todo por lo pálido que se veía su jefe.
— Al hospital General... emboscaron a Jimin.
No hizo falta decir mas, el conductor emprendió la marcha a toda velocidad, ahora entendía la gravedad de la situación. La noticia del atentado lo había alcanzado en medio de una reunión con sus capos y había dejado todo atrás. Minutos después estaban en el hospital, con los pasillos blancos que olían a desinfectante y miedo.
—Señor Park... —la voz del médico temblaba al enfrentarse a sus ojos. — Su hijo Jimin sobrevivió, pero hay algo más que debo decirle.
Al escuchar el diagnóstico, Jihoon sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. Un doncel... su hijo menor, el más frágil, había nacido con una condición que en su mundo era vista como debilidad, casi como una condena. En el universo kkangpae (gánster), donde la fuerza, la virilidad y la crueldad eran moneda de respeto, aquello no solo ponía en peligro a Jimin, sino a toda la organización.
Por un instante, el jefe mafioso se llenó de rabia, de prejuicios, de miedo. Imaginó las miradas de burla, las traiciones, la vulnerabilidad de su clan. “¿Por qué mi sangre? ¿Por qué mi hijo?”
Pero cuando abrió la puerta de la habitación y vio a Jimin llorando, con la piel pálida, la mirada suplicante y los brazos extendidos hacia él, todo se quebró.
Jihoon dejó de ser mafioso. Dejó de ser jefe. Fue solo padre. Se acercó y lo cargó entre sus brazos.
—Papá... —sollozó Jimin, enterrando el rostro en su pecho.
Jihoon cerró los ojos. Todos los prejuicios, todo el repudio, se disolvieron en ese instante. Apretó a su hijo contra él con una decisión que helaría la sangre de sus enemigos: nadie, absolutamente nadie, tocaría a su niño. Aunque tuviera que enfrentar a su propia gente, aunque tuviera que quemar su mundo entero.
En silencio juró: “Te haré fuerte, Jiminie. Más fuerte que todos nosotros. Nadie volverá a quebrarte.”
Pero el jefe sabía bien que la belleza de su hijo sería tanto un escudo como una espada: donde pasaba, atraía las miradas y en su medio, esas miradas podían significar poder... o muerte.
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Hola, esta vez es de mafiosos 😁 me tarde un poquito en publicar por que tenia tantas ideas para el primer capítulo que no me decidía por cual. espero le den amor a este primer capítulo.