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El sonido de los tacones de Ciara Salvatore resonaba por los pasillos del Instituto Hatman como una melodía antigua que nadie había escuchado antes. No era el ruido lo que llamaba la atención, sino el ritmo: firme, pausado, como si cada paso estuviera coreografiado por siglos de elegancia contenida.
Su atuendo, una mezcla de lo victoriano y lo moderno, parecía sacado de un cuadro prerrafaelita. Pantalones de encaje negro, camisa de mangas anchas ceñida por un corset de terciopelo burdeos, y una gargantilla con rosas secas que colgaba como un relicario de secretos. Su cabello castaño, recogido con precisión artística, dejaba caer mechones desordenados que enmarcaban su rostro como pinceladas barrocas. No era una belleza común. Era una presencia. Una declaración.
Ciara no estaba acostumbrada a compartir espacios con desconocidos. Su antiguo instituto, elitista y frío, había sido un lugar donde su apellido abría puertas, pero donde su alma se sentía encerrada. El cambio al Hatman había sido abrupto, producto de una serie de conflictos administrativos que ni siquiera la influencia ni el dinero de su familia habían logrado resolver. Su hermana Katherine, ya estudiante del instituto, había recibido la noticia con una mezcla de sorpresa y resignación.
—No es un lugar para ti —le dijo la noche anterior, con su tono habitual, sereno y cortante—. Pero quizás eso sea lo que necesitas.
Katherine era todo lo que Ciara no mostraba: introspectiva, silenciosa, amante de los libros y las palabras escritas. Su mundo era el de los poemas, los silencios cómodos y las miradas que decían más que cualquier discurso. Su estilo, igualmente victoriano, se expresaba en vestidos de telas suaves, colores apagados y un cabello anaranjado que caía en ondas relajadas. Si Ciara era fuego contenido, Katherine era bruma poética.
Aunque compartían sangre, eran dos universos distintos.
La asignación de clases fue el primer golpe de realidad. Ciara quedó en la clase A, rodeada de estudiantes tranquilos, académicos, casi invisibles. Katherine, en cambio, pertenecía a la clase C, conocida por su mezcla de talentos artísticos, personalidades intensas y conflictos constantes. Allí se encontraban dos figuras inevitables: Castiel Veilmont y Lysandro Ainsworth.
Castiel parecía tallado en rebeldía. Chaqueta de cuero, mirada desafiante, y una actitud que gritaba no me importa. Su guitarra era su escudo, y el sarcasmo, su espada. Lysandro, por el contrario, era un contraste elegante: cabello largo, vestimenta de época, voz suave y una mirada que parecía leer almas.
En el receso, Ciara salió en busca de su hermana. El bullicio de los pasillos era un mar ruidoso del que se apartó con pasos decididos. No tardó en encontrarla en el patio trasero, sentada en un banco de piedra junto a Lysandro. Ambos parecían envueltos en un silencio cómplice, como si compartieran un idioma que nadie más entendía.
—Así que este es tu refugio —comentó Ciara, cruzándose de brazos.
Lysandro levantó la vista y asintió a modo de saludo. Katherine cerró con calma el libro de poemas que tenía en las manos.
—Sabía que vendrías —dijo, sin sorpresa.
Antes de que Ciara pudiera responder, una voz cargada de sarcasmo se impuso en el aire.
—Vaya, vaya… la familia crece.
Era Castiel, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa insolente. Sus grises rojizos se clavaron en Ciara con descaro, analizándola como quien contempla una pintura extraña, sin decidir aún si le gusta o no.
—¿Y tú eres…? —preguntó, dejando la frase flotando.
—Ciara Salvatore —contestó ella, sin titubear—. Hermana de Katherine.
Castiel soltó una carcajada breve, ladeando la cabeza.
—Otra Salvatore… interesante.
La tensión se palpaba. Ciara sostuvo su mirada con firmeza, y con una sonrisa helada replicó:
—Espero que no seas tan insoportable como pareces.
Katherine ladeó apenas los labios, como si aquella escena estuviera escrita de antemano. Lysandro guardó silencio, atento a cada detalle. Castiel, en cambio, dejó escapar otra carcajada.
—Tiene carácter. Eso me gusta.
Y se alejó, dejando tras de sí la estela de su risa burlona.
Ciara lo siguió con la mirada, el ceño levemente fruncido. Había algo en él que la irritaba… y que, al mismo tiempo, despertaba su atención.
Katherine volvió a abrir su libro y, sin levantar la vista, murmuró:
—Te advertí que aquí sería diferente.
Ese día terminó con más preguntas que respuestas. El Hatman era un mundo nuevo, y Ciara apenas estaba dando su primer paso en él. Pero sabía, con la certeza de quien presiente un destino inevitable, que su historia en aquel lugar no pasaría inadvertida.