The Worst Fate (El Peor Destino)
El pasillo de la residencia universitaria estaba repleto de cajas, valijas y estudiantes corriendo de un lado a otro. El aire olía a desinfectante barato y a expectativas nuevas. Yo cargaba mi mochila, convencido de que todo sería perfecto: nueva etapa, nueva habitación, tal vez incluso un compañero decente.
Hasta que vi su nombre en la puerta.
—No… no, no, no. —Me quedé helado, leyendo la hoja pegada con cinta: Habitación 203 — Kim Minjae & Lee Taehyun.
El mismo nombre que llevaba odiando desde el primer día de clases.
—¿Qué pasa? ¿Se te olvidó leer? —preguntó una voz familiar detrás de mí. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Giré lentamente, y ahí estaba él, con esa sonrisa arrogante que me daba ganas de golpear una pared.
—¿Vos? —solté incrédulo—. Decime que es una broma.
—Ojalá. Pero parece que el destino tiene sentido del humor. —Taehyun dejó caer su valija justo contra mi pie, a propósito.
—¡Idiota! —le gruñí, apartándome de golpe.
Entramos a la habitación casi al mismo tiempo, empujándonos apenas con los hombros. El espacio era reducido: dos camas separadas por una mesita, un pequeño escritorio compartido y un armario que parecía tener menos espacio que una caja de zapatos.
—Perfecto, justo como me gusta. —Taehyun se tiró en la cama de la derecha, extendiéndose como si le perteneciera todo el lugar.
—Ni lo sueñes, esa cama es mía.
—Llegué primero. —Se acomodó las manos detrás de la cabeza, mirándome con descaro.
—Entramos juntos.
—Entonces yo elegí más rápido. —Su sonrisa era venenosa.
Bufé, arrastrando mi valija hasta la otra cama. Tenía que soportarlo, al menos hasta que pudiera pedir un cambio. Aunque, conociendo mi suerte, seguro esa petición se perdería entre papeles y excusas administrativas.
Mientras acomodaba mis cosas, él no paraba de hablar:
—Sabés que esto es casi poético, ¿no? Dos enemigos jurados, atrapados bajo el mismo techo. Podría ser una película de comedia romántica barata.
—No me tientes, porque en esa película serías el primero en morir. —Le lancé una mirada asesina.
Se rió, y ese sonido, en lugar de fastidiarme del todo, me provocó una punzada extraña en el pecho. La ignoré.
Pasaron unos minutos en silencio, hasta que me di cuenta de que me observaba. Sus ojos se clavaban en mí mientras doblaba mi ropa.
—¿Qué mirás? —le solté, molesto.
—Nada. Solo trato de entender cómo alguien tan ordenado puede ser tan insoportable.
—Y yo trato de entender cómo alguien tan insoportable puede seguir respirando.
—Tocá madera, capaz te cumplan el deseo. —Se echó a reír otra vez.
La noche cayó más rápido de lo que esperaba. Nos encontramos, inevitablemente, acostados cada uno en su cama, con apenas un metro de distancia. El silencio era incómodo, y aunque odiaba admitirlo, podía sentir su respiración tranquila en la oscuridad.
—No ronqués —dije, sin verlo.
—No pienso roncar. Pero si lo hago, siempre podés taparme la boca.
—¡Asqueroso! —me giré de espaldas, ardiendo de rabia y… algo más que no quería nombrar.
Él soltó una carcajada baja, y por alguna razón, en lugar de molestarme del todo, me mantuvo despierto más de lo que debería.
El reloj marcaba las dos de la mañana cuando aún estaba con los ojos abiertos, escuchando cómo se movía en la cama.
—¿Seguís despierto? —susurró, en voz baja.
—No —contesté seco, dándome vuelta para no mirarlo.
—Claro. Entonces hablás dormido. —Podía sentir su sonrisa en la oscuridad.
—Si no te callás, te juro que te saco de la cama y dormís en el pasillo.
—Uf, qué romántico. —Se rió, provocándome otra vez.
Me cubrí con la manta hasta la cabeza, intentando ignorarlo, pero lo último que escuché antes de quedarme dormido fue su voz murmurando algo ininteligible, como si hablara consigo mismo. Y lo peor es que, en medio de todo mi enojo, me descubrí con una sonrisa escondida bajo las sábanas.
Esa fue la primera noche bajo el mismo techo. La primera de muchas que, sin saberlo aún, iban a cambiarlo todo.
El sol entraba a través de las cortinas finas, molestando directo en mis ojos. Refunfuñé, tapándome con la manta, hasta que un ruido insoportable me obligó a abrirlos.
Taehyun estaba parado frente al espejo, peinándose como si estuviera en un comercial de champú. Tarareaba una canción pegajosa, demasiado fuerte para alguien que todavía no había tomado café.
—¿Podés hacer silencio? —gruñí, con la voz ronca de recién levantado.
—Buenos días para vos también, Minjae. —Me sonrió desde el espejo, con esa sonrisa arrogante que me taladraba la paciencia.
Me incorporé con desgano, observando la escena. Su cama parecía un campo de batalla, con las sábanas enredadas, y su ropa estaba tirada en el suelo. Lo odiaba aún más por eso: el contraste con mi mitad del cuarto, perfectamente ordenada.
—¿Sabés lo que es el orden? —pregunté, señalando su desastre.
—¿Sabés lo que es divertirse? —respondió, encogiéndose de hombros.
Bufé, levantándome para ponerme una remera limpia. Sentí sus ojos en mí, y al girar, confirmé que me estaba mirando descaradamente.
—¿Qué? —dije seco.
—Nada. Solo estaba pensando que para alguien tan amargado… no estás tan mal. —Se acomodó el cuello de la camisa, como si no acabara de soltar una bomba.
Me quedé quieto unos segundos, procesando. El calor me subió a las mejillas, pero lo oculté girando hacia mi armario.
—No digas estupideces tan temprano, me da alergia.
Él rió, disfrutando de provocarme.
Bajamos juntos al comedor, aunque lo intenté evitar. No había escapatoria: íbamos al mismo lugar, y terminé caminando a su lado entre estudiantes que charlaban animados.
En la fila para el desayuno, él siguió molestando:
—¿Sabías que ahora vamos a desayunar, almorzar y cenar juntos? Básicamente, soy tu nueva sombra.
—Prefiero morirme.
—Uy, qué dramático. —Tomó una bandeja y me alcanzó otra, como si realmente fuéramos pareja.
Ya sentados, yo intenté ignorarlo, concentrándome en mi café. Pero él no paraba de hablar de cosas sin sentido: profesores, deportes, rumores de la residencia. Cada tanto, hacía algún comentario sarcástico hacia mí, solo para ver mi reacción.
—¿Y? ¿Qué tal dormiste anoche? —preguntó, mordiéndole la tostada.
—Mal, gracias a vos. Te movías como si pelearas con fantasmas.
—Qué lindo que me estabas escuchando. —Me guiñó un ojo.
—¡No! —casi escupí el café—. ¡Era imposible no escucharte!
Se rió tan fuerte que varias personas nos miraron. Yo quise hundirme en la bandeja de vergüenza.
De regreso a la habitación, la tensión siguió creciendo. Intentamos estudiar en el escritorio compartido, pero fue imposible: sus apuntes estaban desparramados por todos lados, ocupando la mitad de mi espacio.
—¿Te cuesta tanto respetar los límites? —le dije, empujando sus hojas hacia su lado.
—¿Límites? Pensé que era un escritorio compartido. —Sonrió con inocencia falsa.
—Compartido, no invadido.
—Dale, no seas tan amargo. —Me lanzó un bolígrafo que rebotó contra mi libro—. Sonreí un poco, capaz hasta te queda bien.
Le devolví el bolígrafo, más fuerte de lo necesario, y él casi lo esquiva a carcajadas.
La tarde pasó entre peleas pequeñas y silencios incómodos. Y, aunque lo odiaba admitir, cada vez que se reía, algo en mí se removía. Algo que no quería aceptar.
Esa noche, mientras nos preparábamos para dormir, ocurrió algo inesperado.
—Che —dijo, ya acostado—. Si sigo molestándote así… ¿vas a sobrevivir?
—Con suerte. —Apagué la lámpara de mi mesa de noche.
—Mmm. Bueno… —hubo una pausa—. Al menos no estoy tan mal de compañero, ¿no?
Me giré para mirarlo. Estaba de espaldas, con el cabello desordenado cayendo sobre la almohada. Por primera vez, no parecía tan arrogante. Parecía… humano.
Tragué saliva, desviando la mirada al techo.
—Sos insoportable —murmuré.
—Pero… ¿te caigo tan mal como decís? —preguntó en voz baja, casi con un deje de curiosidad real.
No supe qué contestar. El silencio se estiró, solo roto por su respiración tranquila.
Y ahí lo entendí: tal vez, bajo el mismo techo, las cosas no iban a ser solo peleas. Tal vez había algo más escondido, algo que todavía no estaba listo para aceptar.
AYUDA, HACE AÑOS NO ACTUALIZABA 💔 💔, espero q les guste y lo aprecien
Si hay una falta de ortografía o algo así, díganme y lo corrijo 🙏🫶








