Capítulo 1-Accidente
El sonido de las sirenas hacía eco entre las montañas, cada vez más cerca, mezclándose con el golpeteo constante de la lluvia contra el metal retorcido. La escena era un cuadro de tragedia: un vehículo, volcado cerca de un barranco, humeando bajo la tormenta.
Los paramédicos descendieron rápidamente, guiados por las luces intermitentes. Al asomarse al interior del automóvil, vieron los cuerpos sin vida de cuatro personas: dos hombres, una mujer... y un niño.
A unos metros, entre los arbustos mojados, el susurro de una delicada voz llamo la atención de uno de ellos. Se acercó rápidamente, con la esperanza de encontrar un sobreviviente de tal tragedia, es ahí cuando lo vio.
—¡Un niño! ¡Está respirando! —gritó el rescatista.
El pequeño murmuraba, con los ojos cerrados como si estuviera soñando, al parecer se encontraba en medio de la inconsciencia.
Sus ropas estaban empapadas de sangre y lodo. Tenía ligeros cortes en el rostro, un hematoma profundo en el pecho, y colgando de su cuello, un medallón de oro ennegrecido por el fuego. Grabado en él, un símbolo antiguo que reconoció enseguida.
—¿Takeda? —murmuró con asombro.
Fue escuchado por su compañero, otro paramédico que se acercaba para confirma el estado del niño. Al escuchar tal apellido se congelo, sabiendo su significado.
—Ese apellido... es de uno de los clanes que sirven a los líderes de la mafia—esas palabras llamaron la atención de todos en el lugar.
Se creo un silencio difícil de romper. Conocían el significado de ese apellido, tenía una gran influencia en el bajo mundo. Su fama se esparcía en susurros alrededor del país. Se habían involucrado con personas peligrosas por atender un llamado de emergencia. Entendieron que debían tratar al único sobreviviente y salvar su vida cueste lo que cueste.
En ese momento uno de ellos murmuro débilmente, un murmuro casi imposible de escuchar pero que todos lograron oír.
—No parece un accidente.
Nadie se atrevió a decir más. Era mejor no conocer nada del accidente.
El niño fue llevado en silencio, envuelto en mantas térmicas. En el hospital, los médicos no tardaron en estabilizarlo. Aún no despertaba. No reaccionaba. Solo apretaba los puños de manera inconsciente como si tuviera una pesadilla.
Con el pasar de los minutos Takeda Renjiro abrió los ojos lentamente. El techo era desconocido, igual que el olor de medicamentos del lugar. Parpadeó. Sentía la garganta seca, el cuerpo adolorido pero no habló. No lograba pronunciar alguna palabra.
Entonces escuchó voces que llamaron su atención. Detrás de la puerta entreabierta, un hombre hablaba por teléfono con voz baja pero firme.
—Sí... fue una emboscada.....No hubo tiempo de reacción...... El vehículo salió de la ruta, no hay huellas de freno..... Murieron en el acto, solo el niño sobrevivió......Está inconsciente, dijeron que aparte del hematoma en el pecho no tiene nada grave....Si, al parecer fue un milagro que no resultara tan herido .... El medallón fue recuperado, él niño lo tiene.....lo llevaré al Hogar en cuanto despierte, seguiré su orden.
Renjiro intentó moverse, pero el cuerpo no le respondía. Se obligó a mantener la respiración tranquila, como si aún durmiera.
Una segunda voz, más cercana, interrumpió:
—Señor... el niño acaba de despertar— una enfermera habló con temor.
El hombre de traje no cortó la llamada. Giró lentamente hacia la habitación.
—Al parecer, ya despertó —dijo al teléfono.
Silencio.
Renjiro alcanzó a ver su silueta en el umbral. Alta. Firme. El rostro cubierto parcialmente por la sombra.
—Lo enviaré esta misma noche.
Colgó.
Dentro de la habitación, una enfermera se acercó para revisarlo. Al ver el medallón ennegrecido que aún colgaba de su cuello, palideció.
—¿Takeda?
—No lo digas —le ordenó el doctor en voz baja.
Renjiro apretó los labios. En su mente, la escena del auto repitiéndose una y otra vez. El chirrido metálico. La sangre. Los ojos sin vida de su madre. El arrastrándose por el lodo, tratando de buscar una persona que los ayude, el chirrido de un auto alejándose.
No lloró. No habló.
Solo sintió que algo se perdía dentro de él, algo que ya no volvería.
—Takeda Renjiro. Nos tenemos que ir, vamos al hogar. ¿Sabes lo que significa verdad? — La voz de aquel hombre alto lo saco de sus pensamientos.
Renjiro a pesar de su edad lo sabía, conocía sobre su clan, su familia y el hogar, esa palabra que parecía inofensiva, significaba ir a la sede principal.
Donde entrenan a los más jóvenes.
Donde vivían los más viejos.
Donde los cinco lideres se reunían con su líder.
Aquel lugar significaba el futuro, el presente y el pasado de la mafia.
Es donde iría él, sabía que solo era el principio de su entrada, el inicio de llegar a la cima, de sobrevivir en un grupo de personas despiadadas, en conflictos internos por el poder.
Su padre había hablado de eso para prevenirlo acerca del mundo en el que estaban metidos. Un mundo donde sin importar que hiciera no podría salir. Su padre a pesar de su edad lo obligó a pensar, razonar y a madurar.
Para ..... sobrevivir.
Renjiro simplemente asintió, aceptando su destino y el peso del apellido Takeda.