¿Por qué nosotros?
«Desde que vine al mundo, no recuerdo ni un solo momento en el que mi padre me haya tomado en sus brazos, acariciado con ese cariño paternal que quería de él o siquiera darme una palmadita de felicitación. ¿Qué hice tan mal?»
—Memorias de Cassia.
Había una columna de humo levantándose desde la explanada de la Torre de Athanor, y unos diez o veinte soldados que tiraban libros a la hoguera. Y la multitud gritando como si aquello fuera un deporte de fin de semana mientras los alapolvos caminaban en fila, encadenados del cuello.
Yarimas. O alapolvos, como ahí los conocían.
Eso debía haberlo inventado un racista sin escrúpulos ni humanidad solo para denigrar a alguien por ser diferente.
—¡Esperen! Ese libro es mío… —uno de ellos intentó luchar por zafarse de las esposas y las cadenas—. No pueden hacer esto.
Recibió varios golpes, uno de ellos le abrió el labio inferior. «Rutas del Tratado de Teresponto» ahora alimentaba las llamas.
—¡Miserables! Eso era una copia invaluable que iba a ayudar al Imperio.
—Pfft, ja, ja. El Imperio no necesita a la basura Yarima.
Se liberó de las esposas y se acercó a la hoguera tratando de sacar lo que quedaba del libro. El soldado que se había burlado se puso detrás y lo pateó por la espalda.
Y solo quedó su alarido llenando la explanada.
—¡Puaj! Huelen aún peor cuando se queman. ¿Quién iba a decir que serían tan malolientes —dijo un hombre vestido de blanco desde lo alto de la torre cubriéndose con su pañuelo. Debía ser importante para burlarse así de un Yarima desafortunado.
La chica rubia a su lado tenía un saco colgado del respaldo de su silla, con su mano metida en uno de los bolsillos mientras acariciaba un objeto rectangular con botones.
—Ya, den comienzo a esto. Ya no soporto estar aquí —el hombre dio la orden.
Desde lo alto, observaban sonrientes la familia real de Athanor; el emperador Lucius Flavius Athanor, la emperatriz Ariana Tracia y la princesa Cassia Athanor. El emperador Lucius estaba por dar la orden de comenzar con la siguiente ejecución, pero Cassia se levantó de su lugar y lo interrumpió.
—Espera, padre, tengo una mejor idea. ¿Me permites?
Lucius bajó despacio su brazo mientras miraba a Cassia con los ojos entrecerrados. Ella se dirigió hacia el centro de la explanada sobre la plataforma donde se encontraban los presos. Sus tacones caminando con firmeza claqueando sobre la madera de la plataforma daban esa sensación de perdición mientras contemplaba a la gente gritando, pidiendo la ejecución de una vez por todas. Levantó la mano para silenciar a los presentes.
—¿Me permite? —extendió la mano y tomó el veredicto.
—Claro, Alteza.
—Gracias —Carraspeó—. Por órdenes de Su Majestad Imperial, Lucius Flavius Athanor Primero, se condena a estos Yarimas por delitos que incluyen pero no se limitan a, sedición, alta traición, vandalismo y terrorismo. Por lo tanto, tras ser hallados culpables por la Real Corte Imperial, su sentencia será ser ahorcados hasta la muerte. ¡Que los dioses se apiaden de sus almas! —finalizó arrugando la hoja de papel y arrojándola sobre su hombro —¡Ja, cómo no! Como si los dioses quisieran apiadarse de ustedes, escorias alapolvo.
Mientras ella leía, un par de verdugos le colocaban la cuerda alrededor de sus cuellos a los Yarima. Una mujer intentó razonar con ella.
—¡Princesa, por favor, tenga piedad de nosotros! Piense en nuestras familias.
—¿Para qué suplican? En lo que consta a todos aquí, ustedes son culpables, dulzura.
—P-pero… ni siquiera nos dejaron defendernos. Eso no es justo.
—Quizás, pero con la leyenda de aquella Yarima propagándose que provocó que el imperio sea lo que es hoy… bueno, ustedes perdonarán, pero no quiero arriesgarme. Ni yo ni el señor que está allá arriba —señaló el balcón.
Y al instante siguiente, pateó la palanca que abría el suelo para que cayeran de inmediato.
—Ups, creo que mi pie se resbaló.
Los primeros seis… ¡Crac! Muertos. Las vértebras se separaron del resto de su cuerpo. Y los demás infelices, tuvieron que esperar entre gritos de la gente hasta que el aire se les acabara. ¡Un espectáculo digno de verse!
—¡Los que siguen! —El emperador Lucius ordenó desde su balcón cuando los cadáveres fueron retirados de la horca.
La gente volvió a estallar en gritos y aplausos de aclamación hacia la princesa. Casi como una actriz, hizo una reverencia a la gente que le gritaba y aclamaba su nombre. El suelo bajo los Yarima se abrió, sumiéndolos hacia el infierno. Ella tan solo se retiró con una sonrisa, algo que hizo que muchos de los presentes se pusieran de pie de inmediato ante el impacto de la acción de la princesa. Lucius, sin embargo, se fue sin decir nada. La emperatriz Ariana lo detuvo.
—Espera, ¿a dónde vas? ¿No te quedarás a ver el resto de la ejecución?
—Cassia se encargará de eso.
—Sí, pero… creí que estabas orgulloso de tu hija.
Bufó.
—Ha hecho lo mínimo necesario para ser la princesa —murmuró encendiendo un puro—. ¡Él habría hecho más que eso!
—Ya, querido. No tienes que seguir diciendo esto. No es tu culpa que haya…
Lucius azotó su puro contra el suelo y se marchó.
Cassia volteó a saludar a sus padres mientras se regodeaba en la alegría de la multitud, pero desde abajo pudo ver que Lucius le daba la espalda mientras se iba. Su sonrisa se apagó.
¿Por qué no aplaudió? ¿Acaso lo hice tan mal?
Gruñó.
Pues que se joda, no voy a rogarle.
El claqueo de sus tacones resonó de nuevo bajando de la plataforma. Pero esta vez, un par de lágrimas asomaron por sus ojos, mientras la nariz le ardía por dentro.
Para esos momentos, solo restaba una única cura.
El Nivux.
Con el clic del botón de reproducción, el cilindro del tamaño de una batería comenzó a girar y una guitarra pesada y con distorsión inundó sus pensamientos, el resto del mundo ya no importaba.
Ya no importaba Lucius, ya no importaban las víctimas. Ni siquiera sus lágrimas que se derramaban contra su voluntad.
Tomó una de sus almohadas y soltó un grito de furia contra ella.