Capitulo1: la fiesta vacía
Nunca entendió por qué esa casa era tan grande. O tan vacía.
La música retumbaba suave entre las paredes decoradas con cintas metálicas
y globos hinchados sin mucho esfuerzo. Era el cumpleaños de su hermano,
pero casi nadie había venido.
“Demasiado espacio para tan pocos cuerpos”, pensó mientras sonreía por
compromiso.
Bailaban. Reían. Y por un momento, todo parecía normal. Hasta que
desapareció. No todos. Solo él.
Su papá, con la calma de quien no nota que algo falta, la llevó a la cocina. Allí,
sobre una mesa de cemento sin terminar, comenzaron a pintar un mural
extraño. No sabía por qué ni qué representaba, pero pintar le daba paz.
Entonces entró su madre. Sonreía, pero sus ojos… sus ojos estaban rotos.
—Lo encontraron así —dijo, sin rodeos—. Es el gato de tu amigo. El que tanto
quería. Me pidió que tú se lo digas. Y si quiere, que lo guarde como recuerdo… o
se lo tome.
Le entregó un vaso. Batido blanco, espeso. Algo flotaba en la superficie. Al
principio pensó que eran burbujas… hasta que sobresalieron dos pequeñas
orejas, peludas, apenas visibles entre la espuma.
Y luego, un ojo.
Negro. Abierto. Quieto.
Mirándola desde adentro.
No dijo nada. No pudo. Su estómago se revolvió, pero su cuerpo no reaccionaba.
Detrás apareció su amigo. Sonriendo. Como si no pasara nada.
—¿Tú se lo dijiste, no? —preguntó con voz ligera.
—Sí… —susurró ella, todavía con el vaso en las manos.
—Gracias.
Él tomó el vaso. Bebió.
Un sorbo largo.
Luego otro.
Y el ojo seguía allí. Flotando.
—Sabe raro —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Antes tenía
más sabor… cuando estaba vivo.
Ella lo miró, horrorizada. Él solo rió. Como si estuviera contando un chiste
privado que ella jamás entendería.