Capitulo 1 LA UNIVERSIDAD
Manual de Supervivencia para el Primer Día de Uni, Capítulo Uno: No parezcas un puto pringado.
Fácil, ¿no? Pues una mierda. Llevaba exactamente siete minutos en el patio principal y ya sentía que llevaba un cartel de neón en la frente que parpadeaba en tres colores: «PRINGADO NOVATO AQUÍ».
Joder, es que esto no era como en las pelis. Era mil veces más intenso. El sol de septiembre te pegaba en la nuca, el ruido era para reventarte la cabeza y había más gente por metro cuadrado que en un concierto de C. Tangana. Peñita reencontrándose después del verano, dándose abrazos de esos que suenan, risas, gritos... Y luego estaba yo, Álex. De pie, anclado en medio del caos con mi mochila cargada como si me fuera al Everest y unas gafas que amenazaban con resbalarse por mi nariz sudada.
Mi plan era sencillo: pasar desapercibido, encontrar la Facultad de Informática, encerrarme en la primera clase y no salir hasta Navidad. Pero el plan se fue al carajo en el momento en que empecé a fijarme en la fauna local.
Estaban por todas partes. Los pijos, con sus polos de marca y ese bronceado de pasar agosto en un barco en Ibiza. Las chicas de ese grupo eran de otro planeta, en plan, ¿son reales o un filtro de Instagram con patas? Luego estaban los deportistas, que parecían todos cortados por el mismo patrón: altos, anchos y con la camiseta del equipo de la uni, como si temieran que los confundieras con un estudiante de filosofía. Y, claro, los alternativos, con sus pelos de colores, sus piercings y esa cara de estar juzgando tus gustos musicales desde el otro lado del patio.
Y en medio de todo, yo. Un chaval normal, flacucho, con una camiseta de Star Wars que de repente me parecía una idea malísima y el pelo hecho un desastre. La única diferencia entre el instituto y esto es que aquí el campo de batalla era cien veces más grande y yo no tenía ni idea de dónde estaba el baño.
Mientras intentaba que no me diera un ataque de ansiedad social, mis ojos hacían lo que querían, escaneando el percal. Y, tronco, es que era imposible no mirar. Chicas guapísimas riéndose a carcajadas, tíos que parecían modelos de Pull&Bear, gente con un estilazo brutal... Me sentía como si me hubieran colado en una fiesta para la que no tenía invitación.
Fue entonces cuando la vi.
Estaba sentada en el borde de una fuente con un grupo de gente que parecía demasiado guay para ser real. Pero ella era... distinta. Llevaba unos vaqueros rotos y una camiseta ancha de un grupo de rock que no conocía. Tenía el pelo castaño, largo y un poco revuelto, y en lugar de estar gritando o haciéndose selfies como los demás, tenía un cuaderno en las rodillas y dibujaba. Estaba tan concentrada que parecía que el resto del mundo no existía. De vez en cuando levantaba la vista, sonreía por algo que decía su amiga -una chica con el pelo rosa y mucha energía- y volvía a su dibujo.
Me quedé frito. Clavado. Mi cerebro, ese superordenador que sacaba matrículas en física, se había quedado colgado. Pantallazo azul.
Tan colgado estaba que no vi al pavo que venía de frente.
El choque fue épico. Un tanque contra un mosquito. Yo, obviamente, era el mosquito. Salí rebotado y mis cosas se fueron a la mierda. La carpeta, el móvil y, lo peor de todo, mi Nintendo Switch, que saqué de la mochila porque me aburría en el bus. Todo por el suelo.
-¡Joder, tío, mira por dónde vas! -me ladró un armario empotrado con cara de pocos amigos.
-Perdón, yo... lo siento, no te he visto -balbuceé, intentando recoger mi dignidad del suelo junto con mis cosas.
Y entonces, oí una voz.
-Laia, déjale en paz, ha sido sin querer. Anda, vamos a ayudarle.
Levanté la vista. Eran ellas. La del pelo rosa -Laia, por lo visto- y la chica del cuaderno. Mi cerebro dejó de funcionar por segunda vez en menos de un minuto. Récord personal.
La chica del cuaderno, la que dibujaba, se agachó a mi lado. Olía a vainilla y a algo fresco, como a verano. Me pasó mi Switch. Nuestros dedos se rozaron. Y juro por todos los dioses de la programación que sentí una puta descarga eléctrica.
-¿Estás bien? -me preguntó. Sus ojos eran verdes. Verdes con motitas marrones. Brutal.
Yo abrí la boca, pero de ahí no salió nada. Solo un sonido patético, a medio camino entre una tos y una llamada de apareamiento de una foca moribunda.
-Sí, sí, guay. Gracias -conseguí decir al final, sintiendo cómo me ardía la cara.
-Venga, Sofía, vamos que no llegamos -le metió prisa la de pelo rosa, que ya estaba a diez metros.
Ella, Sofía, me sonrió. Una sonrisa rápida, pero que me reinició el sistema operativo.
-Ten más cuidado, ¿vale? -me dijo, y se fue corriendo para alcanzar a su amiga.
Me quedé allí, de rodillas, con mi Switch en la mano y cara de idiota total. Sofía. Se llamaba Sofía.
Vale, nuevo plan. A la mierda la Facultad de Informática. A la mierda pasar desapercibido.
Misión principal: encontrar a la chica de los ojos verdes. Las misiones secundarias ya las veríamos luego.