Capítulo I: Cartas viejas, y viudas que jamás fuer
Capítulo I: Cartas viejas, y viudas que jamás fueron esposas.
Junio, 1817.
Estoy de rodillas.
Al principio me dolían, se herían, magullaban, y moreteaban. No es que haya dejado de doler, es que la hermana Dolores me enseñó a hacerme almohadillas con retazos, mientras sus dedos me acariciaban los muslos, y su lengua las paredes del interior de mi boca.
Así que. He pedido por el perdón de mis pecados, por los que he cometido y los que cometí, y en especial por aquellos a los que no soy capaz de negarme.
Así que rezo.
Y oro.
Y recito en silencio mis oraciones, porque mierda, dios sabe que nací pecadora.
— Bendito seas dios mío enséñame a obedecer tus mandatos. Que estos labios den a conocer tus dones. Con amor, como quien encuentra posesiones, obedezco tus designios. Trata con bondad a esta sierva tuya; así viviré y obedeceré tu palabra.
— Hermana Rhiannon — La voz de la priora susurra por mi derecha.
— Priora Alessandra — Susurro yo girándome hacia ella.
— Su padre está aquí hermana.
Solo eso.
No veía a mi padre desde que él y mi madre me dejaron aquí hace dos años, como castigo. Y ahora que he crecido y madurado, me doy cuenta de que exageraron, definitivamente.
O quizás no.
O si.
¿Lo es?
¿O si?
Si, si lo es, el padre León me hizo darme cuenta de ello cuando me confesé con él.
Bassil.
Bassil O'Readdly.
Conocemos a Bassil desde nuestra infancia. Mi hermana Elizabeth y yo jugábamos con él en los jardines de la casona.
Y hace dos años...
— Hija — Su voz media rasposa me despierta un poco de ese recuerdo que he dejado enterrado, pero no olvidado.
— No lo entiendo.
— Querida no hay nada que debas entender — Me interrumpe porque está acostumbrado a que su voz sea la única que suena en cualquier parte.
No comprendo, no comprendo porque me cuenta que ha decidido que regrese con ellos a la ciudad como si yo no tuviera elección en ello, ¿Por qué me lo cuentas entonces? ¿Por qué no solo me haces empacar mis cosas padre?
— Sí padre – Asiento despacio — iré por mis cosas.
Una jamás debe decir lo que realmente piensa, en especial a un hombre. Aunque ese hombre sea mi padre.
No llevar el hábito se siente ligero. Irónicamente me siento desnuda. Usar el cabello largo y suelto también es extraño, los mechones negros caen en ondas, y el resto está tomado en una cinta blanca que la hermana Fernanda me colocó con cuidado.
Creí que no volvería jamás a ver este vestido, muselina de marfil, mangas largas, me queda suelto en la cintura. No me recuperé jamás de los ayunos, los voluntarios, y los involuntarios.
El camino a casa es largo. Dicen que las guerras terminaron, que aún hay soldados regresando a casa, y que la sangre se seca en los campos de batalla.
En mi maleta de mano llevo todas las cartas que pensé las hermanas habían enviado. Son cientos. La priora me las entregan en la mano, todas amarradas con una cinta roja. Todas a nombre de Bassil O' Readdly.
¿Estará vivo? Y si lo está, ¿piensa en mí?
Elizabeth dice que el amor verdadero es para siempre. Dos años de rosarios, oraciones, y consuelos de las hermanas no me sacaron a Bassil del corazón.
El carruaje se mueve mientras avanzamos. Reconozco los árboles de la avenida, los laberintos que se enredan a los costados de camino una vez pasada las rejas de fierros con formas de enredaderas y las letras de nuestro apellido.
Y al final. En las puertas de la casona, Ellie, en un vestido de color lavanda, las ondas castañas caen de su peinado en la nuca. El carruaje se detiene, y antes de que abran la puerta yo salgo disparada hacia ella.
— ¡Ellie!
Las suelas de mis zapatos suenan en la gradilla, y cuando llego hasta ella, recibo su abrazo y su risa, me toma las manos.
— Ese no és el comportamiento de una señorita, Rhiannon — La voz de mi madre aparece desde atrás — lleven las cosas de Riri a su habitación.
— Madre — Mi saludo viene acompañado de una reverencia, y cuando estoy levantándome ella me toma con suavidad las manos para saludarme.
— Que alegría tenerte de regreso, Riri. Ellie ¿Por qué no llevas a tu hermana a qué se refresque un poco antes de la comida?
Ellie y yo nos estuvimos escribiendo en secreto, porque parte de mi castigo era no comunicarme con nadie, pero el dinero mueve montañas. E incluso las monjas que llevan cartas lo necesitan. Así que al menos una vez a la semana, mi Ellie salía a caminar acompañada de nuestra doncella, porque una señorita no puede salir a caminar sola, y entregaba la carta en la oficina.
Cuando yo respondía, nuestra doncella traía la respuesta escondida entre sus vestidos, se la entregaba, y Ellie la escondía debajo de la tabla suelta atrás de su cama en la habitación.
Me toma la mano y nos tendemos en su cama, entre risas y lágrimas. Mi pobre Ellie, santa Virgen Elizabeth, sufriendo año tras año.
Mi querida hermana fue comprometida tres años después de su presentación en sociedad. Conocimos a Jonathan Avery en un baile, el hijo del vizconde tenía muchos ojos encima, pero fue mi Ellie quien capturó el corazón del heredero.
Yo estaba feliz por ella, siempre lo estoy, como cuando aprendió al fin a tocar el piano, el compromiso no fue largo, pero cuando ellos se tomaban de la mano yo miraba hacia otro lado. Porque a veces el cuerpo necesita sentir calor.
El hijo del vizconde tuvo un problema en su corazón, y falleció faltando un mes para el matrimonio. Recuerdo cuando uno de los sirvientes de la casona de los Avery vino a traer las malas noticias.
Ellie se desmayó. El funeral fue lo peor, y, al ver el sufrimiento de mi hermana, su casi suegra, le permitió conservar el anillo de compromiso, y le regaló el reloj de bolsillo que mi cuñado llevaba siempre.
Desde entonces, Ellie ha rechazado pretendientes a manos llenas, aún siguen llegando a pesar de que la mayoría sabe que ella no acepta a nadie. A sus veintitrés años y sin desposarse, la única esperanza es la hija que desterraron.
— Una de las hermanas me entrego todas las cartas que le escribí a Bassil desde el convento — Le cuento girándome hacia ella — al parecer mi soborno solo cubría la entrega de tus cartas.
— No me contaste que le enviabas cartas.
— Por más de un año. Dejé de escribir porque pensé que no quería responderme. Ahora sé que nunca recibió nada.
— Yo tengo una de sus cartas — se levanta de golpe, y la veo moverse para meterse entre la mesita de noche y la cabecera de la cama.
— ¿Qué?
— Bassil te escribió aquí — Es un susurro, lo dice en un susurro — Ofelia alcanzó a tomarla antes que nuestra madre — Siguió explicándome mientras buscaba — la guardé para ti – Aquí está.
— Elizabeth.
— No vayas a llorar — Me advierte estirando la carta entre sus dedos. Está cerrada. En dos años, ella jamás la abrió, el sello de cera está intacto.
Ravenshollow, es un pueblo cercano a Winchester, la socialité pasea por los parques, en botes por las lagunas, en salones de té para echar el chisme.
Ellie se la pasa entre la biblioteca, su habitación, y el salón de estar. Hoy viene uno de sus numerosos pretendientes, ¿Y como no tendría numerosos pretendientes? Si mi hermana es la reencarnación de alguna faraona egipcia en la tierra.
Yo digo que a Nefertari, ella me mira, rueda los ojos y se abanica mientras vuelve a leer alguno de sus libros.
No se parece a mi madre, pero si a mi abuela materna Georgina Murphy, se fue a vivir a Winchester con nuestro tío Gustav cuando su negocio de exportación naval comenzó a ir muy bien.
Ellie tiene el cabello de mi padre, castaño, con destellos dorados, ojos de avellana, entre verdes alrededor del iris, y café miel hacia las orillas, la piel dorada, tersa. Completamente comprensible que los pretendientes chocaran unos contra otros para tener quince minutos de su atención.
Pero lady Elizabeth Rosedale aún está de luto. Después de tres años, es una viuda que jamás estuvo casada.
Esta tarde tenemos a Lord Thomas Black de Winchester, es apuesto, bastante. Abandoné mi bordado de señorita para hacer de chaperona con ellos mientras caminan por los jardines.
Lord Thomas es lindo, alto, rubio, de ojos azules. Sus hijos serían preciosos, acaudalado, incluso juraría que tiene un decorado de diamantes en los colmillos.
Voy detrás de ellos, junto a Ofelia, nuestra doncella, Ofelia también es joven, vive en casa desde que nosotras somos niñas, su madre, María Asunción, es nuestra ama de llaves, y su padre el señor Winston Doyle, asistente personal de la casa y mayordomo.
— Hace una tarde preciosa ¿no cree mi señorita? — Me pregunta sosteniendo el parasol en su mano derecha.
— Si, si lo hace – Asiento girándome hacia ella.
— ¿Le permitían salir a tomar el sol en el convento? — Me pregunta mientras yo miro a Elizabeth caminar adelante con sus manos girando su parasol.
— Ah sí, había un patio interior donde las hermanas y yo bordábamos mientras tomábamos el sol — Le cuento recordando el calor que se sentía atravesando mi hábito.
— Nos alegra mucho que haya regresado — Dice con una sonrisa — ¿Acaso sus padres pretenden comprometerla?
Yo la miro.
— Disculpe mi intromisión, señorita — Se apresura a decir con una reverencia y la mirada abajo, yo me río, y el sonido estrepitoso hace que mi hermana se gire hacia nosotras.
— No te disculpes Ofelia — Seguimos caminando — ¿Acaso has escuchado algo?
— Si, pero si su madre o el señor saben algo, estaré en problemas — susurra bajando la mirada — como sabrá cómo no usted o su hermana han dado herederos a la casa de sus padres, ellos están un poco — piensa — presionados.
– Si, debe ser terrible — Respondo con un poco de sarcasmo mientras caminamos hacia una de las bancas en el muelle de la laguna.
— Sus padres comprenden que la señorita Elizabeth tristemente aún está en duelo, y aunque ella no quería, si madre ha estado manteniendo correspondencia con la vizcondesa Avery — Me cuenta mientras nos sentamos a la orilla — y ella le ha dado su bendición a la señorita Elizabeth para que vuelva a recibir pretendientes.
— ¿No fue idea de Ellie?
— Por supuesto que no, señorita — Niega como si fuera una verdad evidente. Y si, sinceramente no sé cómo es que se me ocurrió que ella podía acceder a algo así.
La miro, Thomas le estira la mano para ayudarla a subir al bote, y cuando ella se acomoda con su libro en el regazo, él comienza a remar, el sol cae en la laguna, con destellos brillantes, y las hojas de algunos sauces lamen las aguas haciendo ondas suaves.
Es romántico, y mucho, pero sé que ella está imaginándoselo a él.
Mi pobre Ellie.
Vi a Jonathan Avery varias veces. Ojos azules, piel blanca como vampiro, cabello azabache, habrían hecho niños aún más preciosos, que tocaran el piano y el violín.
Ella lo adoraba.
— ¿Qué hay de ti Ofelia? — Me giro hacia ella para mirarla de frente.
Pelirroja, ojos castaños, sonrisa bonita.
— ¿De mi, señorita?
— ¿No quieres casarte?
— Yo — Ella baja la mirada con suavidad para no verme.
— No tienes que hablar de eso si no quieres.
— Si quiero, lo que no quiero es agobiarla con los problemas de la servidumbre — Me dice como si ella no hubiera ayudado a bordar a última hora uno de mis pañuelos.
— ¿Qué me dices Ofelia?
— La verdad.
— Puedes contarme si quieres, sé guardar secretos, no le diré nada a nadie — Ella sonríe cuando yo le guiño un ojo.
— Es el profesor de mi hermano menor — Suspira casi aliviada de decirlo — es un hombre respetable, amable, y jamás me ha dicho algo inapropiado — yo le contengo, porque me emociona.
— ¿Y?
— Yo no tengo dote, señorita — Me dice — y usted sabe que sin ello aunque sea con un humilde profesor, sería un despropósito social, nuestra unión quedaría marcada.
— ¿Él lo sabe?
— Él sabe que yo soy pobre, señorita — Me dice, y algo dentro de mi se rompe.
Veo a Elizabeth, lee en voz alta en el bote mientras Lord no me acuerdo de su apellido, la escucha como si mi hermana estuviera canalizando de su boca la voz de dios.
Y Ofelia a mi lado. Mi madre dice que los pobres se casan por amor, ¿por qué ella no puede entonces?
— ¿Quién es él? ¿Cómo se llama?
— Stephan Packett — Susurra alzándose el delantal nerviosamente — enseña en la escuela parroquial.
— Y... No quiero sonar grosera pero ¿Él está interesado en ti?
— No sabría decírselo, señorita Riri, a veces una mirada puede significar mucho más — Susurra avergonzada.
— Quiero ayudarte.
— No tiene porqué señorita — Me dice negando rápido — Usted tiene asuntos más importantes de los que ocuparse...
— No, la verdad no — Le sonrío — Bordar y leer no son obligaciones impostergables — Le digo viendola girar la sombrilla — si me permites.
— Se lo agradezco, mi señorita Rhiannon — Me sonríe volviendo la mirada al bote — Quizás ya sea hora de rescatar a su hermana.
Ellie no se ve incómoda, pero tampoco ansiosa por la atención de Lord Black, así que, me levanto, y Ofelia y yo caminamos al muelle.
— ¡Ellie! — La llamó moviendo mi mano desde la orilla — ¡Ya casi es la hora del té, querida!
— ¡Regresaremos de inmediato, señorita Rhiannon! — Me responde Black. Es lindo. Pobre, le va a romper el corazón cuando Ellie no dé su consentimiento para que la corteje.