Pensamientos qué se pierden
Me desperté con la misma sensación de siempre: como si la vida me hubiera servido tres botellas de más y después me hubiera escupido en la cara. No tomé ayer, ni antier. No recuerdo la última vez que probé una cerveza. Pero sigo crudo. Crudo de todo. Crudo del ruido de los carros, de la gente que sonríe sin saber por qué, del olor a grasa en la ropa. Camino por la ciudad y parece que todos se han acostumbrado a vivir borrachos de rutina. Yo no. Yo sigo con la resaca."
Mientras deambulaba por mi colonia me encontré con un conocido anteriormente éramos muy cercanos hasta que se volvió adicto a estar triste,éramos muy parecidos en cuestión de intereses,a ambos nos gustaba el arte y el alcohol,pero en un punto ambos nos distanciamos al parecer tuvo un incidente amoroso que fue dificl de entender para él,no se pero despues de eso,se volvio adicto a estar triste.Fingimos no vernos,ya no somos ni la mitad de lo que jugábamos a ser;o solo tal vez estaba “Crudo de amor barato.Y nada más”
Continue mi camino hacia la tienda de la esquina al entrar me encuentro con don eustaquio,un señor que siempre trabaja en su tienda que es su casa a la vez,en muy pocas ocasiones,lo he visto que salga de ahí,siempre está detrás de su mostrador,solo con su televisión y sus loros con quienes tiene demasiada similitud al hablar demasiado rápido y ágil,siempre ahí sin salir jamás,embriagado de sedentarismo y comodidad,su tienda siempre envuelta de ese olor particular a comida aceitosa,muy condimentada,sin perturbación alguna que no sea cambiar de canal o decir algun precio,procedi a comprar mis cigarros pirata y un refresco y me marché,para tratar de apaciguar un poco la cruda social con la que extrañamente desperté hoy;Aparentemente él también se encontraba crudo;Crudo de sillón y anuncios.Como sus loros,sólo repitiendo lo que escucha
Al regresar a mi casa me encuentro con mi esposa feliz y despreocupada consumiendo videos de minuto y medio en su celular con el brillo al máximo en la oscuridad de la sala,observando el “MUNDO” maquillado en redes sociales,suspiraba por no tenerlo,suspiraba por que la realidad la frustraba,como si existiera,como si fuera mejor pretender ser algo que todo el mundo ve,a enfocarse en el entendimiento de uno mismo,en la búsqueda del sentido del ser,ella también estaba cruda de sueños que no eran suyos,cruda de sí misma
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Ese mismo día llegada la noche me dirigí a trabajar,usualmente no me molesta mi trabajo,algunas veces hasta me gusta,pero hoy era diferente siempre suelo trabajar en una zona de clase media-alta;Por las noches soy repartidor de aplicación,manejando horas y horas sin hablar con nadie,observando entre luces parpadeantes la vida de los demás,casi imperceptible en horarios donde todos pretenden vivir,disfrutar con premura fines de semana donde esperan que su vida tome un rumbo emocionante o fuera de la rutina,pero nunca pasa nada,nunca cambia nada siempre termina en algún arrepentimiento y cruda ya sea moral,económica hasta incluso anímica;Y yo seguía ahí,crudo de horas,crudo de calles y de vidas prestadas;Crudo de todo lo que nadie quería mirar de frente.Crudo y sin remedio.
La noche había caído sobre la ciudad como un mantel gris y pegajoso. Las luces de neón parpadeaban en los edificios vacíos, reflejándose en charcos que olían a aceite y a drenaje Cada calle parecía moverse a su propio ritmo, indiferente a mí, indiferente a todos. Con el motor rugiendo bajo mis manos, observaba ventanas iluminadas donde nadie sabía que yo existía, donde la vida seguía con prisas inútiles y sonrisas fingidas. Todo parecía un teatro donde cada quien interpretaba su papel sin saber por qué. Yo solo avanzaba, crudo de todo, sintiendo que cada luz y cada sombra me recordaba que la ciudad también estaba cruda, como yo.
Me tocó entregar un pedido en las últimas casas cerca del cerro. Una casa gigante, estilo rancho o hacienda. Anuncié mi llegada por la app. Nadie salió. Toqué el timbre. Un olor nauseabundo me golpeó. Quise escupir. Abrieron. Una persona en silla de ruedas, con obesidad avanzada. La casa estaba tapizada de excremento de perro y orina. No podía ver cuántos perros tenía. Todo era impresionante y triste, a pesar de estar en una de las zonas más acomodadas de la ciudad. El cliente dijo solo: buenas noches. Gracias. Me fui. Pero me quedé pensando en su historia. En la razón de su cruda. Comer, defecar, consumir y desechar. Nada más importaba.
Siguiente pedido, cerca de la misma zona. Casa gigante, más pretenciosa que la anterior, como de revista de arquitectura. Salió una señora, aparentemente ebria. Insistió en pagar en efectivo, aunque el pedido era con tarjeta. Me limité a entregarlo y retirarme. Aun así, dijo que podría pasar más tarde a cobrarle; estaría despierta toda la noche. No sé si era invitación o insinuación. No me importó. Sentí pena, solo pena. Me fui pensando en lo sola que debía estar. Entregarse a un desconocido sin sentido. Tal vez su cruda era peor que la mía. Tal vez huía de sí misma. Tenía todo y estaba vacía.
La última entrega de la noche me llevó a un edificio viejo, semiabandonado, donde el ascensor no funcionaba y olía a humedad y cigarro apagado. Subí por las escaleras con el pedido en las manos, escuchando mis propios pasos resonar en el vacío. Al llegar al departamento, abrió un hombre joven, con la mirada perdida, rodeado de cajas vacías y ropa tirada por todos lados. Apenas me vio, me pidió que dejara el paquete en la mesa y me ignoró mientras volvía a su teléfono. No habló, no agradeció, no miró nada más que la pantalla brillante frente a él. Sentí que toda su existencia se resumía en esperar y consumir sin contacto con nada real. Me fui con el eco de sus dedos golpeando la pantalla, pensando que esa también era su cruda, su forma de existir en la nada, y que tal vez la ciudad entera estaba llena de cuerpos despiertos solo para sostener sombras de vida.
Y yo seguía manejando, rodeado de luces y sombras, crudo de vidas prestadas, crudo de todo lo que no me pertenecía. Solo, y así seguía la ciudad.