Capítulo 1
Todos los días tomaba la misma ruta al salir del trabajo. Una calle ancha, poco transitada, enmarcada por árboles altos que parecían custodiar los pasos de los pocos transeúntes. Las fachadas de ladrillo —grisáceas unas, cobrizas otras— exhibían ventanas silenciosas y puertas victorianas que sugerían secretos, historias no contadas, ecos de una vida que alguna vez fue. El pavimento siempre húmedo reflejaba la paleta sombría del cielo, como si los cuentos de Oscar Wilde se filtraran en cada rincón de aquella calle.
Había una casa en particular que, sin saber por qué, siempre me transmitía calma. Me detenía unos segundos frente a ella, como quien contempla una pintura que aún no entiende del todo. Tenía cuatro pisos, ladrillos color ocre, una puerta verde grisácea con detalles ornamentales y, justo al lado de la ventana, un árbol robusto que saludaba con sus ramas cada vez que el viento soplaba desde el oriente. Dos farolas tenues, empotradas a ambos lados de la entrada, daban la bienvenida con una elegancia discreta. No era una casa lujosa, pero su equilibrio arquitectónico rozaba la perfección.
Aquella tarde estaba más cansado que de costumbre. Arrastraba los pies; el sonido hueco de mis pasos me molestaba, pero no tenía energía para corregirlo. Solo pensaba en llegar a casa, darme una ducha caliente, preparar una taza de té y, si el insomnio lo permitía, leer unas páginas antes de desaparecer.
Caminé durante veinte minutos bajo un cielo cenizo. Al llegar, me detuve frente a la puerta de mi casa. Aquel lugar que, hasta hacía unos meses, había llamado hogar. Ahora era solo una estructura que me rechazaba. Un espacio que me dolía. Que me hablaba en voz baja con palabras que no quería oír. La aborrecía. La culpaba.
Me quedé inmóvil un instante. La sombra que proyectaba sobre la puerta no era la mía. Era la de un hombre apagado, sin energía, desaliñado. Alguien que ya no reconocía.
Entré.
Nadie me recibió. La casa estaba en penumbra, en silencio. Encendí la lámpara del recibidor. Parpadeó tres veces antes de encenderse del todo. El olor a humedad y soledad era más intenso que nunca. Desde la entrada vi la cocina, y los recuerdos me golpearon de frente: ella preparando la cena, sentada en la sala con un libro y una taza entre las manos, cubierta por su manta favorita. Escenas como postales que se resistían a desaparecer.
La primera decoración. Su voz indicándome dónde colocar los cuadros que habíamos comprado en una tienda de caridad. Yo, con el taladro en mano, marcando los muros con cuidado. Todo eso ya no existía. Solo quedaban las paredes desnudas y el eco de lo que fuimos.
Por primera vez, entendí que ella ya no estaba. No era solo la casa la que estaba vacía. Era yo. Y en el fondo, la culpaba por haberse ido. Culpaba a la casa. Culpaba a la ciudad. Culpaba a Dios.
Esa noche no cené, no tomé té. Fui directo a la nevera y saqué la botella de vino francés que había dejado abierta la noche anterior. Subí las escaleras sin encender las luces, directo a la habitación. —No a la que solía dormir con ella—. A la de invitados.
Tomé un sorbo largo del vino seco, directo de la botella, y agarré el libro que ella leía. Lo abrí en la página marcada: 383. No sabía qué había pasado antes, pero comencé desde ahí, como si, al seguir leyendo, pudiera alcanzarla. Minutos después, el sueño me venció.
Al abrir los ojos, una luz grisácea se colaba por la ventana. La lluvia golpeaba el cristal con una cadencia monótona, como un lamento que se repetía sin pausa. No sabía si era la tercera o la cuarta semana lloviendo, daba igual. Pensé: maldita maldición celta. Me arrastré hasta el baño y, al verme en el espejo, por un momento no supe quién era. Tenía barba de días, el cabello desordenado como si llevara semanas peleando contra el viento, y tres canas que no recordaba haber visto antes. Mi cara se alargaba, más flaca, más ajena. Tal vez era el efecto de tres semanas sin hambre. O de la tristeza instalada como huésped permanente.
Entré a la cocina y por un segundo creí verla de espaldas, preparando té. Me detuve en seco. Era solo la sombra de una lámpara. Pero el corazón me dio un vuelco. Me pasa seguido. Ella ya no está, pero su silueta se niega a irse.
Preparé café en la prensa francesa. Vertí más de veinte gramos como si eso fuera a hacer el sabor más fuerte, más real, más capaz de sacarme del letargo. Al primer sorbo, me di cuenta: no quería seguir aquí. No podía. Irlanda se había convertido en una especie de cárcel húmeda, y sin ella, no tenía sentido. Así que, por primera vez en un mes, reuní voluntad y me levanté del sofá. Me metí a la regadera como si intentara arrancarme la piel. Me afeité, peiné el cabello con dedos torpes y busqué una camisa planchada. Lo hice todo mecánicamente, como quien se prepara para un funeral sin saber a quién entierra.
La cafetería de la esquina me recibió con el olor familiar a mantequilla y café tostado.
—Good morning, Mr. Emiliano. The usual? —dijo Karoline, la barista rubia de sonrisa automática. Siempre amable, siempre dulce, como si no supiera que había personas muriendo en silencio en su mostrador.
—Yes, please —respondí.
Tomé el croissant con desgano y justo entonces la vi entrar. Cecilia. Mi única amiga en Irlanda. Siempre aparecía como un faro en la niebla, aunque nuestras conversaciones terminaran en discusiones casi filosóficas. Me abrazó con más fuerza de lo habitual.
—Emiliano, ¿cómo estás? ¿Cómo sigues?
—Estoy... sobreviviendo —le respondí. Era lo único que podía decir sin romperme.
La cité esa mañana porque ya no aguantaba más el peso en el pecho.
—Ceci, me voy de Irlanda. No puedo seguir. Cada rincón me grita su nombre. Cada sombra es un eco de lo que fuimos. Creo que estoy perdiendo la cordura. A veces juro que escucho su voz en la regadera. Como si aún tarareara esa canción francesa que siempre cantaba sin saberse la letra. Me quedo quieto, conteniendo el aire, esperando que vuelva a sonar. Pero no. Solo es la lluvia.
—Ay Emiliano, solo es tu cabeza, ¿Y qué vas a hacer?
—Regresarme a México. A respirar otro aire, aunque sea envenenado por la nostalgia. A estar con mi familia. Ya no quiero vivir en un país donde ya no existo.
—¿Estás seguro de que irte lo va a arreglar? A veces los fantasmas no se quedan en las casas.
Asentí sin decir nada. Ella tenía razón. Pero necesitaba al menos sentir que huía.
Salí de esa conversación con un poco de alivio. No porque tuviera consuelo, sino porque decirlo en voz alta me lo hizo real. Como si al confesar mi fuga, pudiera comenzar a planearla.
En las semanas siguientes, todo se volvió una rutina de despedidas y trámites vacíos. Renuncié al trabajo que un día había llamado «el trabajo de mis sueños». Me despedí de la Arquitecta McGrattan y de mis compañeros como si cerrara un capítulo sin haberlo terminado. Ellos me ayudaron a vender la casa. Tenían contactos. En menos de un mes apareció una pareja joven, recién casados, ilusionados con el futuro. Me recordaron tanto a nosotros que sentí un nudo en el estómago. Me vi reflejado en sus ojos ilusionados, y por dentro supe que la ilusión es apenas una tregua que la vida da antes de destrozarte.
Desalojé lo que una vez llamé hogar. Doné las cosas de Anastasia a una tienda de caridad que solíamos visitar juntos. Me quedé solo con tres de sus libros, algunos cuadros que ella pintó, nuestro álbum de fotos, una caja café con cosas personales y diarios y el anillo de compromiso que le di en Merrion Square, justo dos años atrás.
Al cerrar la puerta, observé por última vez ese espacio que ya no era mío. No era nuestro. Era solo una carcasa. Un eco hueco de lo que alguna vez fue hogar.
—Adiós, Anastasia —susurré con la voz hecha trizas—. Te amo.
La puerta crujió al cerrarse, con un lamento seco, viejo, como si también ella —la casa, la ausencia, o quizás Anastasia— se despidiera de mí.
Y entonces lo sentí. Un leve roce en la nuca, como una caricia. Un susurro en el oído, apenas audible, que no supe si venía de adentro o de más allá: «No me olvides...»
No volteé. No debía. El aire se volvió espeso, y por un instante sentí que si miraba hacia atrás, algo dentro de mí se rompería para siempre. Así que caminé. A ciegas. Con los ojos llenos de lágrimas y los pasos partidos. Lejos. Sin mirar atrás. Como quien huye de un fantasma que aún ama. No fue una decisión repentina. Fue más bien un agotamiento acumulado, una rendición silenciosa.
Esa noche, después de cerrar la puerta de nuestra casa por última vez, dormí mal. No por pesadillas, sino por la ausencia de ellas. Soñar con nada me pareció peor. Me levanté sin hambre, sin prisa, sin ganas. Tomé el vuelo de la tarde, con una maleta que pesaba menos que mi cuerpo.
En el aeropuerto, nadie me despidió. Y eso, curiosamente, se sintió justo. Durante el vuelo, no leí. No escuché música. Solo miré por la ventanilla, esperando ver algo. Una señal, un pájaro, una sombra. Nada. Solo nubes. Frías, lejanas. Como yo.
Regresé a México después de años fuera. A un pueblo pequeño, Zacatecas, donde nací, pero que ya casi no me recordaba. Las calles polvorientas y las casas de adobe parecían guardar el aliento, como si esperaran algo que nunca llegaría. El tiempo allí se sentía detenido, oxidado en la humedad y el silencio. Al bajar del autobús, noté las miradas fugaces de algunos vecinos. Reconocían mi rostro, pero era un extraño para ellos. Un recuerdo borroso de alguien que se fue y no volvió. Yo también era un extraño para mí mismo.
Con el dinero de la venta de la casa en Irlanda, compré una casa vieja en el centro de Zacatecas, con paredes descascaradas y un olor persistente a humedad y encierro. La oscuridad se colaba pronto entre los árboles secos y las calles vacías. Pero el silencio… ese silencio era lo único que parecía estar vivo. Y en ese momento, eso fue suficiente.
Dejé la maleta en el suelo y me senté en el escalón de la entrada. El cielo se tornaba gris y pesado, cargado de una tormenta que aún no caía. Por un instante, juré escuchar su voz, distante y etérea. No entendí lo que decía, pero era ella.
Quizá el viaje no me alejó de nada. Quizá solo abrí otra puerta. Una más vieja. Más oscura.
Y esta vez, no crujió.