Elizabeth

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Summary

Amelia, una mujer mulata de las colonias, sabe que el mundo está en su contra y dispuesta a hacer, queda envuelta en un escabroso crimen. Poco sabía que sus pecados serían lo que atraería al monstruo. (Es un relato corto;))

Status
Complete
Chapters
2
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n/a
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16+

Capitulo 1

En la vida de Amelia eran contadas las cosas de las que se arrepentía, pero el asesinato de su marido no era una de ellas. En todo caso lamentaba haber sido tan débil como para dejar que este hecho tan fortuito trajera aquel monstruo a su hogar.

Con los años Amelia aprendería a maldecir el día de su concepción; Un evento que aborrecía en las noches posteriores al fuego que consumió a su hogar. Y es que la mera existencia de la chica era una mancha imborrable para Don Julian, quien al ver como su mujer se encerraba en una de las habitaciones como una penitencia autoinfligida por no poder concebir, terminó por entregarse en múltiples ocasiones a las esclavas de la finca. Siendo la madre de Amelia quien cargaría con la mala suerte de gestar un bastardo de aquella familia.

Tristemente la esclava fallecería durante el parto, y muy en contra de las plegarias de Don Julian, el bebé nació con una salud envidiable. Tea, otra de las esclavas encargadas de la cocina, se hizo cargo de la crianza de la criatura enseñándole los detalles del trabajo dentro de la casa, desde cómo pelar las legumbres sin desperdiciar el mínimo de la pulpa, a cómo lavar la ropa de Don Julián y el punto perfecto para recoger el tabaco de las plantaciones.

La suerte de ambas cambiaría cuando al verse sin herederos ni parientes directos a quienes pasar su hogar, y enfrentado ante la cada vez más cercana muerte, Don Julian no tuvo más opción que reconocer a Amelia, ya convertida en una hermosa señorita, y darle el apellido de su familia.

Noticia que recorrió las habitaciones de los esclavos y cada rincón de la ciudad, para los primeros fue una pequeña victoria en sus amargas vidas, para los segundos esto no era más que la decisión de un viejo con delirios, una falta de respeto y amenaza a una posición que sólo podía ser ganada por la pureza de la sangre. Pero Amelia, quien sabía que ningún regalo llegaba por casualidad, no podía más que desconfiar de la buena fe de su padre y el tiempo le daría la razón, pues Don Julian tenía arreglado un matrimonio fortuito con el hijo de uno de sus amigos más cercanos un tal señor Rodriguez, quien según rumores, huyó de su casa natal después de meterse en la cama de una mujer casada y el esposo de esta prometiera venganza.

Pero a los ojos de la joven no era más que otra oportunidad en la que el mundo le recordaba que aunque ahora tuviera un apellido, para aquellos sobre ella seguía siendo poco más que una herramienta. Aun así estaba dispuesta a aceptar tan mañoso regalo si esto le aseguraba la libertad que se le había negado por nacimiento, pero el deseo y la realidad a veces no se entremezclan. Era cuestión de tiempo para que aquella idea macabra se anclara en su mente lo suficiente como para no pudiera ignorarla.

—Ese vestido se le ve hermoso señorita— Tea dijo mientras Amelia cubría su rostro con una mantilla negra—. Si me lo permite.

—Habla con soltura Tea, que no tiene sentido tanta formalidad.

La mujer la miró con aprensión antes de asentir.

—¿To’ esto no es demasiado?

—Ya hemos hablado sobre esto, Te-Te— La joven tomó a Tea del brazo y juntas fueron a la salida—. Ser viuda es horrible, pero ser viuda y mulata es aún peor, y aún más en nuestra situación.

Amelia había guardado discreción después de la muerte de su marido pero necesitaba una forma de evitar las sospechas, por lo que cuando una carta llegó de parte de Maria Monsalve, prima segunda de la difunta esposa de Don Julian y a quien conoció en el funeral, invitando a la joven a una velada en celebración del primer cumpleaños del bebé de la familia, no pudo más que aceptar la oportunidad que se le presentaba.

Tea rogó todas las noches a Amelia que no asistiera, habría luna llena lo que la hacía ideal para que los espíritus anden en las calles engañando a quienes no fueran lo suficientemente despiertos para darse cuenta, un mal augurio según ella. A esto se unirían unos sueños extraños de Amelia en los que una figura totalmente pálida la perseguía alrededor de la casa hasta arrinconarla en una esquina de su habitación, pero una vez que la tenía a su merced el sueño terminaba dejándola cubierta de una capa de sudor y con los pelos de punta.

A pesar del mal presentimiento la chica se preparó para la velada, no sin antes esconder una botella pequeña de vino en su vestido sin que Tea se diera cuenta, la mujer odiaba la bebida pues en sus palabras solo convertía a los hombres en animales y a las mujeres en blancos fáciles. Pero desde el asesinato esta era la forma mas sencilla para Amelia de calmar los nervios.

Ambas mujeres se miraron una vez llegaron ante el carruaje, Amelia estaba segura de que Tea volvería a pedirle por millonésima vez que no asistiera por lo que decidió cortar con una sonrisa encantadora.

—Cuidese mucho mi niña

Tea le hizo la señal de la cruz antes de darle un leve apretón a las manos enguantadas de Amelia quien asintió. La joven subió al carruaje y miró por la ventana hasta que la casa se perdió en el horizonte, entonces volvió a centrar los ojos en sus manos, mientras tragaba saliva en un intento de apaciguar el nudo en su estómago.

Amelia, aunque no muy creyente ni del Dios Catolico ni de aquellos a los que rezan los esclavos, creía que la preocupación de Tea estaba fundada perfectamente en ese calor tan abrasivo apresar de ser entrada la noche, en las ranas y grillos que guardaban silencio y en el crujir de las ramas de los árboles que sonaban como plegarias por una brisa fresca. No es que no fuera considerado las advertencias de Tea pero conocía su posición en esta sociedad, y la muerte de su marido no es algo que pasa desapercibido y mucho menos teniendo en cuenta su origen.

No le importaba los rumores sobre ella, al final es algo a lo que se podría acostumbrar al título de trepadora y viuda negra que se le había dado, pero temía por los otros en su hogar. La gente perdería la cabeza si se descubre lo ocurrido y quería asegurarse de que nadie sospechara de ellos.

Pronto llegaron a casa de los Monsalve y el conductor la ayudó a bajar del carruaje, la música salía por entre las ventanas y la puerta delantera que permanecía abierta para los invitados. Los vellos de la nuca se le erizaron y no pudo evitar buscar confort tocando la pulsera de cuentas negras y rojas que llevaba consigo, regalo de bodas que una esclava le había hecho.

La casa de los Monsalve siempre se había vanagloriado de ser una de las más modernas y de mejor gusto en la ciudad, Maria Monsalve se contactó con decoradores franceses al momento de la construcción y cada rincón de la casa era como una mini exposición de museo. La mitad de las cosas que Amelia veía allí dentro no las comprendía pero la belleza del lugar era indiscutible, incluso para alguien tan ignorante de las artes como ella.

Apenas puso un pie dentro del salón muchas miradas siguieron su camino y murmullos flotaron por debajo de la música, sabía que eso sucedería por lo que hizo acopio de toda la entereza dentro de su ser e interpretó su papel de viuda lo mejor que pudo. Al final todos estamos aquí disfrazados, pensó la joven mientras veía a Maria Monsalve caminar hacia ella con una de sus tan ensayadas sonrisas.

—¡Dios bendito Amelia! — Por reflejo casi toma las manos de la chica pero luego se arrepintió y dejó caer sus brazos a los lados—. Pensé que no vendrías.

—Buenas noches, fue difícil la decisión pero estoy segura que mi padre habría odiado verme sufrir de por vida.

Era evidente que mentía, Don Julian apenas si le dirigió la palabra estando en vida, ¿Y el señor Rodriguez? Este habría querido que Amelia no saliera nunca de la casa ni fuera vista siquiera por las ventanas, pero Maria Monsalve seguro ya lo sabía.

—Por supuesto— miró a los ojos a Amelia como si buscase algo en ellos que no encontraría—. Eres una mujer joven y con mucha fortaleza, no se que seria de mí si hubiera sufrido dos pérdidas tan grandes así de seguidas. Estoy segura de que habría enloquecido del dolor.

— No hay fortaleza en mis acciones sino la inevitable costumbre, Maria — La cara de la mujer se contorsionó levemente ante el uso de su nombre de pila, cosa que hinchó de orgullo el pecho de Amelia—. Cuando uno atraviesa por infortunios como el mío el deber es un fuego tan poderoso como el odio mismo.

Una de las pocas cosas que había aprendido al observar a ese tipo de mujeres es que la gran mayoría de las cosas que se dicen son ensayadas, así que Amelia se convenció de que no sería difícil adaptarse, tenía buena memoria y una habilidad para decir lo que se esperaba de ella. En fin, mentir no era una preocupación real ahora mantener la compostura era el verdadero reto, ya había demostrado en múltiples ocasiones que a veces el cuerpo la traicionaba revelando lo que realmente pensaba. Solo tenía que hacer las preguntas correctas sobre el nuevo bebé Monsalve, sonreír y excusarse un segundo para respirar. Un baile tosco pero necesario para mantener la cordialidad por muy falsa que fuera.

Para alegría de Amelia, y muy a pesar de sus temores, aquella noche en su mayor parte transcurrió con una tranquilidad tal que se convenció de que los augurios que tanto la habían aterrorizado solo era su mente jugando una mala broma, y aunque ningún invitado hizo ademán de acercarse a darle el pésame, no pudo más que estar a gusto por la discreción involuntaria, hasta ese momento su único gran problema era el calor que ya pegaba partes de las enaguas a su piel, y los arrebatos de nerviosismo cuando se cruzaba con alguna mirada inquisitoria; Solo entonces sacaba la botellita discretamente y daba un sorbo al licor.

Pudo haberse ido antes y ahorrarse todo lo que vino después, pero estaba ebria de ego y pensó que podría aguantar hasta pasada la medianoche y llegar triunfante a la casa, con anécdotas de la fiesta y la libertad de saber que las sospechas no llegaron más que a chismes. Pero las campanas de la iglesia, por encima de la música, marcaron las doce y Amelia la vió. Era una mujer hermosa, con piel tan blanca como la porcelana y cabellos castaños casi rubios, dos tirabuzones enmarcaban su rostro de gran delicadeza. Como si una pintura dentro de esa casa hubiera cobrado vida y estuviera allí mismo conversando con los invitados. Las miradas de ambas se cruzaron y Amelia creyó ver el destello de algo pasar por los ojos de aquella mujer quien la observaba de vuelta.

Un olor dulzón mezclado con flores invadió a la chica para quien la habitación comenzaba a dar vueltas. El ambiente cargado de calor no hizo más que contribuir a la sensación de mareo, así que fue hasta una habitación contigua la cual estaba pobremente iluminada con una vela. Se sentó en uno de los sofás, sacó un abanico de su manga y allí se quedó esperando a que el malestar desapareciera.

— El ambiente es un poco incómodo allá.

Amelia casi dio un salto del susto, allí a un lado de la puerta estaba la mujer extraña que había visto hace rato. No recordaba haber escuchado que entrasen pero pensó que seguro fue el mareo el que la hacía menos aguda, o al menos intentó convencerse de ello.

— Lo siento, no fue mi intención asustarte así.

La voz que salía de sus labios carnosos y rosados era tan suave y fina como el terciopelo, como una brisa fresca que tanto se extrañaban en aquellos tiempos.

—No se preocupe, ciertamente el clima no ha sido benevolente estos últimos días— Finalmente dijo Amelia masajeandose las sienes.

—Luce usted pálida ¿Quiere que le traiga algo de beber?¿Tal vez un poco de agua?

Amelia negó con la cabeza y agradeció la mujer quien se sentó en uno de los sillones frente a ella. El olor a flores parecía incrustado en sus fosas nasales, aroma que pronto Amelia asociaría con pesadillas y muerte.

—¿Puedo preguntar cuál es su nombre señorita? No recuerdo haberla visto nunca alrededor.

Nuevamente mintió, Amelia no era invitada grata a ninguna fiesta o reunión que organizaran las personas de aquel círculo, esa había sido la primera fiesta a la que asistió en su vida que no fueran las de los esclavos durante la celebraciones de San Juan. Aún así la chica decidió que la extraña no necesitaba saber eso.


—Tiene usted toda la razón, puede llamarme Elizabeth como verá mi apellido importa poco. Y en cuanto a mi hogar, la verdad es un lugar tan remoto y aburrido que mencionarlo no cambiaría mucho.

Amelia enarcó una ceja.

—Dudo mucho que sea menos interesante que este.

A veces la vista nos juega bromas y nos hace creer que hay cosas donde no están, como cuando creemos ver sombras por el rabillo del ojo y resulta que solo fue el movimiento de las ramas. Cuando Elizabeth sonrió Amelia creyó ver el atisbo de lo que parecían pequeños colmillos, pero seguía estando lo suficientemente mareada, y algo ebria, como para no pensarlo demasiado.

—Le sorprendería Señora Rodríguez, considero que no valora lo suficiente la belleza de esta ciudad.

—No es necesaria la formalidad. Aunque me pregunto cómo sabe quién soy.

— Debo agradecerle a la señora Monsalve, somos viejas amigas y ella me comentó un poco sobre su situación a través de cartas.

—Nada bueno puedo imaginar que habrá dicho María sobre mi.

Elizabeth rió.

— Su marido y usted de verdad que dejaron una marca imborrable en la familia, estoy segura que se hablará de su relación durante generaciones.

Amelia se limitó a sonreír. Ya comenzaba a sentirse mejor pero decidió tomarse un trago del vino que había guardado en un intento de frenar el dolor de cabeza que el olor de las flores le provocaba.

— He de decir que me sorprende, es una situación que pocas veces se ve en las colonias, mucho menos en mi tierra— sonrió con una de sus sonrisas angelicales—. Que noble de su familia.

Amelia se quitó los guantes para poder limpiar el sudor en sus manos.

— No hay nada noble en ser la última opción de alguien, en especial de personas como ellos.

— Aunque ser la última opción no es tan espantoso si le beneficia de la forma en como lo hizo.

Aquello no pasó desapercibido para Amelia quien instintivamente apretó las faldas de su vestido mientras comenzó a oír los latidos de su corazón a causa del miedo, había algo en la forma de hablar de Elizabeth que la fascinaba y aterraba al mismo tiempo.

—Lo lamento, creo que hablé demasiado. Escuché lo de su marido pero no crea usted que pongo en duda su inocencia Amelia. Confieso que los chismes que corren en la ciudad no son amables con usted, debe saber que se dicen muchas cosas y ninguna es muy agradable.

—Al diablo los rumores, pueden hacer todas las conjeturas que quieran pero si de algo hay seguridad en esta tierra olvidada por su dios es que yo soy inocente de aquello por lo que me juzga.

Elizabeth rió siguiendo el movimiento de la botella mientras Amelia bebía.

— Me agrada Amelia, y aprecio en demasía cuando una persona no tiene miedo a expresarse de la forma en que lo hace. Además si me permite decirlo, debe saber que tengo debilidad por las cosas hermosas y usted, mi amiga, no carece de belleza.

Amelia agradeció la pobre iluminación pues su cara en ese momento ardía como cuando pasaba horas trabajando en la plantación, tampoco ayudaba la media botella de vino que se había tomado.

—¿Cuánto tiempo estará en la ciudad?

—No lo suficiente, debo seguir mi camino en dos días así que tengo poco o nada de tiempo para explorar. Aunque admito que me agrada lo poco que he logrado ver

Aquello ocasionó una punzada en el pecho de Amelia. Tenía la esperanza de que se quedara más tiempo, hacía mucho que no hablaba con nadie más que las personas de la casa y si bien eran como su familia, la verdad es que comenzaba a sentirse encerrada y algo claustrofóbica.

—Que el señor la acompañe en todo momento— finalmente contestó.

—Ya le dije que no debe mantener formalidades conmigo, ambas sabemos que para usted esas palabras significan poco o nada y Dios no acompaña mi camino Amelia, de eso estoy segura— miró la pulsera de cuentas con interés—. Curiosa pieza de joyería que llevas allí.

Intentó ocultar la pulsera pero fue en vano así que no le quedó más opción que asentir y agradecer.

— Es un obsequio, espanta a los malos espíritus.

— suerte que no soy uno

Las dos mujeres siguieron hablando por un buen rato, Amelia ofreció vino a Elizabeth quien aceptó solo tres tragos ya que en sus propias palabras, tenía una condición de salud que la había intolerante al alcohol, Amelia por otro lado veía borroso y estiraba las palabras. Estaba consciente de que su embriaguez no pasaría desapercibida por Tea pero hacía muchísimo que no se divertía tanto conversando con alguien.

Elizabeth la había deslumbrado con cuentos sobre castillos y sobre su tierra natal, era una mujer valiente quien amasaba una fortuna generacional tan grande que no se vio en la necesidad de desposar a un hombre, en cambio decidió viajar. Cada vez que abría la boca para hablar su corazón latía con tal fuerza que pensó, se desmayaría de dicha. Tiempo después dió por sentado que la mujer la había hipnotizado de una forma y otra.

Pero en ese momento Elizabeth representaba todo lo que Amelia soñaba para sí, conocía cada rincón del mundo incluso lugares desérticos que no podía más que imaginar. Una ninfa con olor a flores que venía a cantarle sobre las bellezas del mundo, y de las maravillas que solo podía tratar de imaginar.

— Deberías ir algún día.

— Sería un sueño pero no creo que sea posible.

— Lo imposible es lo que no se intenta Amelia.

La chica quien ya no llevaba la mantilla sobre el rostro sonrió.

— Aún tengo cosas que resolver aquí. Pero he de admitir que a veces solo quisiera quemar todo y huir.

Algo en la mirada de Elizabeth era hipnótico, como los segundos antes de un accidente y hacía casi imposible apartar la mirada de ella, cuando sus ojos se posaban en alguien convertía a esa persona en el centro del universo, como si el resto del mundo desapareciera. Aquello fascinó a una Amelia que había pasado la mitad de su vida siendo una esclava más, y meses siendo una desgracia necesaria.

—¿Por qué no hacerlo?

Aquello hizo reír a Amelia.

—No digas tonterías.

—Hablo en serio, una vela que quedó encendida por accidente podría arreglarlo. Imagína, sin hogar, sin nombre, sin arrepentimientos. Una vida nueva por empezar.

— Trabajé mucho por lo que tengo Elizabeth. Y aunque quisiera irme hay personas que dependen de que yo me mantenga fuerte.

— ¿Los esclavos?

—Mi familia.

— Son tus trabajadores ahora, espera antes de que digas algo. Entiendo que los quieres, es más considerado que es algo sumamente noble, pero la nobleza no te hará llegar a dónde quieres. Si de verdad deseas ser libre y lograr aquello que sueñas debes hacer sacrificios.

Amelia comenzó a rascarse las manos, un hábito que Tea había tratado durante años de corregir sin éxito alguno. Entonces vino aquello que de haber estado sobria no habría hecho bajo ninguna circunstancia, pero es que las palabras de Elizabeth removieron algo dentro de ella que quedó en segundo plano durante los últimos meses de intriga y paranoia, y como si de un trance se tratase hablo sin pensar, cometiendo el segundo mayor error de su vida después de aceptar el apellido Jiménez como suyo.

—Mi marido no murió de un infarto