Capítulo 1 - El primer golpe
No fue mi intención que todo se descontrolara tan rápido. Sí, mi codo fue el primero en darle en la cara, pero su puñetazo encendió la chispa que hizo estallar la situación. Y cuando alguien se pone insolente conmigo… no me tiembla la mano.
El fastidio me nubló la mente por unos segundos. Cuando volví en mí, ya estaba encima de él, golpeándolo una y otra vez en la cara, mientras a nuestro alrededor los gritos de los compañeros llenaban el aire y varios intentaban separarnos.
Me sujetaron por los brazos y me arrastraron hacia atrás. Él seguía en el suelo, mirándome con esos ojos furiosos, como si quisiera atravesarme con la mirada. La sangre le corría por varias heridas abiertas en el rostro, y sin embargo no apartaba sus ojos de mí.
Llevé la mano a mi mejilla y sentí un hilo cálido resbalar por mi piel.
—Hijo de puta… me sacó sangre —murmuré, aunque claramente él había salido peor parado.
Pero para entender cómo llegamos a ese momento, hay que retroceder un poco.
Faltaban solo dos semanas para que acabara el semestre y, con él, iniciaran las vacaciones de medio año. El ambiente en el campus se sentía más relajado, casi festivo, pero para muchos de mis compañeros la sensación era completamente distinta.
Yo podía ver la desesperación en sus caras: trabajos atrasados, informes a medio terminar y proyectos que parecían destinados al fracaso.
Para mí, en cambio, todo era calma. Me senté en mi pupitre, esperando la siguiente clase, y me puse a mirar cómo los demás trataban de rescatar lo que podían. Yo, en cambio, deslizaba el dedo por la pantalla de Instagram, poniéndome al día con los últimos memes.
“¿Cómo es que no pueden hacer algo tan sencillo como entregar un pendiente a tiempo? Realmente no es tan difícil”. - pensé - cuando veo a Matías, un bastardo al que desafortunadamente llamo amigo, que se acercaba sigilosamente con su maqueta incompleta, que debía de haber entregado ayer, entre las manos.
—Te veo muy tranquilo, bro —dijo con una sonrisita maliciosa.
—No te voy a ayudar —solté de inmediato, sabiendo exactamente lo que pretendía.
—No te he dicho nada aún —replicó mientras se sentaba a mi lado—. Pero mira… un Toasted Twister Americano con doble bacon será tuyo si agarras el maldito pincel y empiezas a darle color a estas vaquitas.
Me miró directo a los ojos, como si me estuviera dando una orden. Yo suspiré y, sin pensarlo demasiado, tomé el pincel.
—Mierda, soy una perra fácil —murmuré mientras lo hundía en el bote de témpera — Todo sea por un Twister.
Su maqueta era un desastre. Se suponía que debía ser una granja tranquila, con su casita y un par de animalitos pastando felices, pero lo que vi parecía sacado de una pesadilla infantil.
—Manito, tu maqueta es una mierda —dije, sin contener la risa—. Pegaste los animales y la casita antes de pintarlos, así que ahora toda la superficie está manchada. Además, esas vacas parecen zombies, con los ojos saltones como si las hubieras aplastado desde el estómago.
—¿Te pedí tu opinión acaso, basura? —me contestó con fastidio, mientras trataba de pegar por quinta vez la última pieza de la casita.
— ¿Qué carajo es esto bro? — pregunte señalando lo que parecía ser una vaca deformada
— Ah, es un perro
En ese momento fruncí el seño
— ¿¡Por qué lo pintaste como una vaca!?
— Que te importa
— ¡Encima que te ayudo me contestas así!
— ¡Me quede sin vacas pues!
En serio me preocupo por un momento su falta de creatividad. Solo tenia que decir que era un perro que guiaba al rebaño para que encajará.
— bueno, es tu trabajo al fin y al cabo — le dije resignado en seguir viendo las fallas.
— Tu maqueta tampoco fue la gran cosa — me contesto el envidioso.
— Al menos yo la entregue a tiempo, eso era más importante .
— Il minis yi li intrigui i tiempi
— Conchetumadre, ¡ya no te voy a ayudar mierda! - lo amenace apuntándolo con el pincel que traía en la mano. No me gustaba que me remedaran.
— ya, ya, ya
Por muy despreocupado que pudiera parecer, siempre he tenido en claro que mi único talento académico es mi puntualidad con las entregas.
No soy el mejor, ni el mas aplicado, pero siempre cumplo. Elabore un lema que lo define a la perfección.
“Tienes que hacer el mínimo esfuerzo suficiente para obtener la mínima nota aprobatoria en los trabajos” — pronto debería de reservar los derechos de esa frase.
Me deje de preocupar de hacer todo “perfecto”, no tenia que hacer los mejores trabajos, pero eso sí, debían estar el día y a la hora en que lo pidan. Con esa idea en mente he construido mi método de organización académico. Y hasta ahora todo ha ido viento en popa.
Estabamos en esos ratos muertos entre clases, la maestra aún no había llegado, y como siempre, había alguien que sacaba el celular y ponía música para animar el ambiente.
♪ Salí con tu mujer
¿Qué?
Salí con tu mujer ♪.
♪ Que te perdone Dios, yo no lo voy a hacer… ♪
Apenas escuché los primeros acordes de esa canción iconica, mis hombros empezaron a moverse por si solos.
—¡Uy! Esa es mi canción - exclamé
♪ Los perdí a los dos a la misma vez… ♪ canté al unísono mientras seguía pintando esta horrorosa maqueta
♪Ya veo que todo era mentira cuando ella me decía…♪
Justo cuando ya estaba vibrando con la canción y ya Matias me iba a mandar a callar, la puerta del aula se abrió de golpe. Un compañero entró jadeando, como si hubiera corrido un maratón, y todo el salón quedó en silencio.
—¡Gente! —exclamó con voz ahogada, azotando la puerta contra la pared.
Todos volteamos a mirarlo.
—¡Partido de fútbol! ¡En el patio! ¡Ahora! —gritó, señalando hacia afuera con emoción.
No hizo falta repetirlo. En cuestión de segundos, los chicos saltaron de sus asientos y salieron disparados y claro, yo no me quedé atrás.
Mientras que las chicas, mucho más tranquilas, se arreglaban el cabello y recogían sus cosas con calma antes de salir.
Así que corrimos hasta allí, nos pusimos la ropa de deporte lo más rápido que pudimos y volvimos a salir disparados hacia el patio exterior.
Ese día el clima estaba perfecto. En esa época del año, el sol solía ocultarse tras un manto espeso de nubes, lo justo para evitar que el ambiente se volviera insoportablemente caluroso. Y la brisa fría que venía del mar, tan típica de la costa, hacía que el aire se sintiera fresco.
Respiré profundo, sonreí y alcé la mirada hacia el cielo.
—¡Maldito cielo gris, cómo te amo! — exclamé para mis adentros mientras nos dirigamos al patio.
Para esto los chicos del salón A-3 ya se encontraban en el patio junto al profesor a cargo de las practicas deportivas, el profe Dan, su nombre era Daniel pero para sus autoplocamados alumnos favoritos, solo Dan.
Un profesor muy relajado, con un aspecto muy común enrealidad. Lentes, corte militar, usaba un conjunto deportivo de Nike barato como uniforme. Pero eso si, tenia la voz mas grave que he escucho en mi corta vida.
— Muy bien, muchachos — comenzó. Para esto ya todos estabamos frente a frente con el equipo del otro salón.— Me informaron que el salón A-2 tiene la hora libre, asi que los he llamado para que ayuden en la practica deportiva del salón A-3 en lo que resta del horario, ya que su maestra no se presentó.
Mientras Dan explicaba las reglas del partido, las cuales ya todos conociamos, empeze a echar un vistazo a los chicos del otro salón.
Mmmm, nop, no conozo a ninguno — eso era en el caso de los chicos, desvie la mirada hacia las chicas, eso me interesaba un poco más. Reconocí a unas cuantas con la que me habría topado en alguna fiesta, pero nada más allá de eso, para mi mala suerte.
— ¡EMPECEMOS DE UNA VEZ! —gritó el profesor de pronto, haciéndome volver en sí. Apenas escuché la orden, el partido dio inicio.
El partido seguía como siempre: algunas faltas, camisetas empapadas en sudor y gritos de aliento. Yo me sentía ligero, rápido, llevando el balón con destreza, esquivando rivales como si nada. Mi condición estaba en su punto, gracias a los partidos que casi siempre jugábamos después de clases.
—¡DIEZ MINUTOS! —avisó el profe.
La adrenalina me recorrió el cuerpo.
“Tengo que anotar un último gol”, pensé, y avancé directo hacia la portería con el balón en los pies.
Un compañero, corriendo por el otro extremo, me hizo una señal clara para que le pasara la pelota. Dudé solo un instante. ¿Se la paso o no? No vi a nadie venir de frente, así que decidí arriesgarme. Giré el cuerpo para dar el pase, pero en ese mismo movimiento levanté el brazo sin querer. No tuve tiempo de ver si había alguien atrás hasta que sentí el impacto seco de mi codo contra la cara de un rival que venía a quitarme la pelota.
—¡EEEH, ESO ES FALTA! —gritaron sus compañeros, mientras las chicas de la grada soltaron murmullos nerviosos.
Lo vi inclinado, de espaldas, llevándose la mano a la cara. No se quejaba, no decía nada. Yo me quedé paralizado unos segundos, procesando lo que acababa de pasar.
—Mierda… —murmuré—. Perdón, no fue intencional —le dije, levantando las manos en señal de paz mientras me acercaba.
Pero antes de que pudiera hacer más, sentí el primer golpe estrellarse contra mi cara. Un silencio denso cayó sobre la cancha; todos se quedaron congelados. Me quedé mirando hacia un lado, descolocado, con el rostro ardiendo y un calor empezo a surbir desde el estómago hasta mi cabeza. Mi cuerpo se tensó, apreté los dientes y mis puños empezaban a cerrándose por sí solos.
Volteé. Ahí estaba el imbécil, firme, el ceño fruncido, un hilo de sangre bajándole por la mejilla. Ni una palabra, solo esa mirada que me quemaba por dentro.
—¿Qué mierda te pasa? — escupí, acercándome de golpe, dispuesto a tirarlo al piso.
Lo empujé con fuerza hasta que cayó sentado sobre el pasto sintético. En un segundo estaba encima suyo, descargando puñetazo tras puñetazo contra su rostro. Él intentaba golpearme, pero apenas lograba jalarme la camiseta, desesperado por apartarme.
Éramos casi del mismo tamaño, pero yo lo sentía débil, frágil bajo mi peso. Mi cuerpo se movía solo, guiado por esa rabia ciega que me encendió con su golpe.
Los gritos alrededor se multiplicaron, los pasos se acercaban rápido. Matías fue el primero en sujetarme por detrás.
—¡Ey, ey, ey, Dereck, ya basta! —gritaba, tirando de mis brazos. Otros dos se unieron y lograron arrancarme de encima.
El idiota quedó tendido en el suelo, jadeando, mientras sus compañeros lo levantaban. Ni una palabra, ni un quejido, ni una lágrima. Cuando levanto la cabeza clavos esos ojos oscuros en mi.
– ¿QUE MIERDA ESTÁN HACIENDO?! —la voz del profe Dan tronó sobre todos. Avanzó con pasos pesados, el rostro encendido—. ¡Esto no es un circo, es una cancha!
Su mirada saltaba de él a mí como látigos.
—Los dos a la enfermería. Y después, directo a la dirección.
Tragué saliva, todavía respirando agitado.
—Pero profe, ¡él empezó! —reproché, la voz más cargada de rabia que de defensa.
Dan me fulminó con la mirada.
—¿Y eso te da derecho a querer desfigurarlo? —bufó—. ¡Debería expulsarlos a los dos de inmediato!
Me callé, pero no bajé la vista. Todavía sentía la sangre corriendo por mi mejilla, el ardor en los nudillos. Al mirar a mi rival, descubrí que él tampoco apartaba los ojos de mí. Como si no existiera nadie más en esa cancha.
No apartamos la mirada. Ni él, ni yo.
Y en mi cabeza solo retumbaba un pensamiento:
“Hijo de puta, No quiero volver a verlo jamás.”
Claro que el destino no estaba de acuerdo conmigo.