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Juicio del Deseo

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Summary

En una sala solemne donde la ley parece incuestionable, la jueza Emma Russo descubre que no todas las verdades caben en un expediente. Frente a ella, Kendra Lombardo, una escort de lujo y dueña de un club exclusivo, no solo ofrece un testimonio, sino una presencia magnética que amenaza con quebrar la serenidad de su toga.

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6
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18+

Capítulo 1

Emma Russo ajustó el puño de encaje de su blusa blanca bajo la toga negra mientras esperaba que la sesión comenzara. Estaba sentada en lo alto del estrado de la Corte Suprema, observando cómo la sala del tribunal se llenaba poco a poco. Afuera, los flashes de las cámaras y el murmullo de la prensa atravesaban las gruesas puertas de madera labrada. Era un caso mediático, uno de esos juicios que mantenían al país en vilo: un poderoso ministro acusado de corrupción a gran escala. Y ella, la jueza Emma Russo, presidía con mano firme y semblante sereno.

A sus cuarenta y cinco años, Emma había construido una reputación impecable. Su presencia imponía respeto: de porte elegante y sobrio, lucía un traje sastre gris oscuro bajo la toga judicial, de corte impecable y discreta sofisticación. Un broche de perlas sujetaba la solapa, único adorno visible aparte de su anillo de casada en la mano izquierda. Llevaba el cabello negro recogido en un moño pulcro en la nuca, sin un solo mechón fuera de lugar. Sus rasgos finos con pómulos marcados, labios serios y ojos oscuros e inteligentes, no revelaban ninguna emoción. Era famosa por su templanza en la sala en donde nada parecía sacudirla.La Dama de Hierro del Tribunal, así la habían apodado algunos medios del país, admirándola y temiéndole a partes iguales. Todo Zalvoria conocía su nombre, ya fuese para bien o para mal.

Desde lo alto, Emma recorrió la sala con la mirada: los abogados de la fiscalía y la defensa acomodándose, el acusado, exministro Santoro, sentado con gesto adusto junto a sus letrados, y los bancos repletos de público y periodistas acreditados. Las columnas de mármol blanco y las banderas en las esquinas le daban al ambiente un aire solemne y majestuoso, reminiscente de la arquitectura europea, mezclado con detalles locales: artesonados de madera oscura y discretos paneles de seda estampada de influencia asiática en las paredes laterales, reflejo del crisol cultural de aquel país ficticio. Todo indicaba que sería una jornada intensa.

Emma respiró hondo, permitiendo que la familiaridad del ritual jurídico la calmara. En aquel entorno controlado, ella dominaba cada matiz: la disposición de los participantes, los tiempos de la audiencia, el peso de cada palabra. Ese orden le daba seguridad. En su vida personal también reinaba el orden: casada con un cirujano de renombre, su matrimonio era considerado un ejemplo intachable de estabilidad. No tenían hijos, por elección mutua, y dedicaban sus días a sus respectivas carreras brillantes. Emma había construido su vida cuidadosamente, ladrillo a ladrillo, sin desviarse jamás por impulsos irracionales.

—Señoría, todos los convocados están presentes —anunció el ujier, sacándola de sus pensamientos.

Emma asintió ligeramente. Echó un último vistazo a sus notas sobre el caso que tenía frente a sí que incluía acusaciones de soborno, cuentas secretas, testigos clave aún por desfilar. Entre esos nombres subrayados destacó uno en particular...Kendra Lombardo. Frunció apenas el ceño al leerlo. El nombre le era conocido más allá del expediente, aunque no recordaba de dónde. Algo acerca de un club privado y rumores en círculos de élite. Sin embargo, en los documentos presentados figuraba como testigo de la fiscalía dispuesto a aportar información sobre las reuniones secretas del acusado con empresarios.

Con un leve golpe de su mazo, Emma declaró iniciada la sesión. Los murmullos se apagaron de inmediato. Tras los trámites iniciales —lectura de cargos, declaraciones de rigor— comenzó la fase de testimonios.

Varios testigos desfilaron uno tras otro, aportando datos técnicos, evidencias contables, testimonios de reuniones políticas. Emma escuchaba con atención imperturbable, tomando notas ocasionales. De vez en cuando intervenía para aclarar alguna pregunta confusa o reconducir al abogado que se extralimitaba. Su voz sonaba firme, controlada y cortés, la voz de la autoridad incuestionable.

Tras un receso breve al mediodía, se reanudó la audiencia. Fue entonces cuando la fiscalía llamó a su testigo estrella.

—La acusación llama a la señorita Kendra Lombardo al estrado.

El nombre resonó en la acústica de la sala y hubo un revuelo sordo entre el público. Varias cabezas se alzaron con curiosidad. Emma alzó la mirada de sus papeles hacia la puerta por la que ingresaban los testigos. Primero vio al ujier aparecer e indicar a alguien que pasara. Luego la figura de una mujer emergió del umbral y comenzó a avanzar con paso seguro.

Kendra Lombardo, de 32 años según el expediente, iba vestida de manera impecable para la ocasión. Llevaba un vestido de chaqueta color marfil, entallado a su figura con elegancia, la falda justo por encima de la rodilla. A pesar de la sobriedad del traje, era imposible pasarla por alto, ya que sus curvas pronunciadas se insinuaban bajo la tela de calidad, recordando a todos que allí había una mujer joven y dueña de sí misma. El cabello castaño de Kendra caía en ondas suaves sobre sus hombros; ni demasiado arreglado ni descuidado, sino con ese aire de estudiada naturalidad que solo se lograba con esmero. Sus tacones resonaban en el suelo de madera al caminar hacia el estrado, marcando un ritmo firme.

Emma sintió que algo en el ambiente cambiaba sutilmente, como si una corriente eléctrica recorriera la sala. Observó a la testigo subir al estrado y, por primera vez en toda la audiencia, notó una ligera tensión en sus propios hombros. Se obligó a mantenerse imperturbable, pero sus ojos examinaban a la otra mujer con atención. Había oído rumores acerca de ella. Se hablaba de una escort de lujo, una mujer cuya compañía valía fortunas y que dirigía un club privado exclusivo donde poderosos y celebridades satisfacían fantasías lejos de las miradas públicas. Nada de eso constaba explícitamente en el expediente, pero entre líneas se podía intuir. Sin embargo, al presentarse allí, Kendra proyectaba una imagen pulcra y profesional.

El secretario se acercó con la biblia para el juramento. Kendra posó una mano de uñas cuidadas sobre el libro sagrado y levantó la otra mano con naturalidad.

—¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, en lo que habrá de declarar ante este tribunal? —entonó Emma con voz clara, dirigiéndose a la testigo por primera vez.

Los ojos de Kendra se alzaron hacia los de la jueza. Eran de un color avellana intenso, casi dorados bajo la luz. Se encontraron con la mirada firme de Emma y la sostuvieron. Durante un segundo, pareció formarse un silencio encapsulado solo entre ambas, ajeno al bullicio apagado de la sala.

—Sí, juro —respondió Kendra con voz segura.

Emma asintió ligeramente y desvió la mirada, indicándole que tomara asiento para comenzar su declaración. Pero en ese breve cruce de miradas, algo la había inquietado. Había fuego contenido en los ojos de Kendra, una chispa de audacia que contrastaba con la deferencia de sus palabras. Algo en la leve inclinación de su barbilla, en la media sonrisa apenas insinuada en la comisura de sus labios carmín, parecía un desafío suave. Emma no estaba acostumbrada a que la miraran así en la corte. Como juez, la mayoría la miraba con temor, nerviosismo o respeto rígido. La señorita Lombardo, en cambio, la había mirado como si la conociera desde antes, o como si quisiera conocerla más de lo debido.

Sacudiéndose esa impresión —seguramente una idea suya infundada—, Emma se dispuso a escuchar la declaración. El fiscal se acercó al estrado para interrogar a su testigo.

—Señorita Lombardo, ¿podría indicar al tribunal a qué se dedica usted? —preguntó el fiscal con tono neutro, aun sabiendo que la respuesta podría causar murmuraciones.

El abogado defensor del exministro Santoro alzó la ceja con un destello malicioso en los ojos; claramente esperaba que esa pregunta socavara la credibilidad de la testigo.

Kendra cruzó ligeramente las piernas al sentarse, acomodándose con gracia en la silla de testigo. Llevaba medias de seda color perla que brillaron un instante bajo las luces. Emma notó ese detalle sin querer, antes de volver a concentrarse.

—Soy empresaria. — La testigo respondió sin titubear—. Dueña de un club privado aquí en la capital.

Su voz era rica y modulada, con un deje seductor natural que causó un efecto visible en muchos presentes: más de uno se inclinó imperceptiblemente hacia adelante para no perderse ni una sílaba. Emma mantuvo la expresión inescrutable, aunque reconoció para sí que la voz de Kendra tenía una cualidad hipnótica.

—¿Qué tipo de club privado? —insistió el fiscal.

Kendra esbozó una leve sonrisa comedida, como si esa pregunta la divirtiera en secreto.

—Un club de entretenimiento para adultos —contestó, paseando la mirada por la sala antes de fijarla de nuevo en el fiscal—. Ofrecemos eventos exclusivos, espectáculos... y compañía discreta a una clientela de alto perfil.

Un susurro recorrió al público. Era la forma decorosa de admitir que era un club donde se ofrecía escort de lujo y otras fantasías a puerta cerrada. Emma vio de reojo a algunos periodistas apuntando frenéticos en sus libretas. Sintió un leve calor subiendo por su cuello, aunque no permitió que asomara a su semblante.

—Por favor, les ruego silencio —intervino Emma golpeando levemente el mazo, devolviendo la atención al interrogatorio.

—Señorita Lombardo, — El fiscal continuó — ¿podría explicar al tribunal cuál es su relación con el acusado, el señor Santoro?

Kendra asintió y acomodó un mechón de cabello tras la oreja con delicadeza antes de responder:

—Conocí al señor Santoro hace aproximadamente un año. Acudió en varias ocasiones a mi club, siempre en privado. —Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras calaran—. Como a todos mis clientes, le ofrecí un ambiente seguro para sus reuniones. En algunas de ellas participó también un grupo de empresarios extranjeros. Mi papel fue simplemente el de anfitriona y, en ocasiones, intérprete.

—¿Intérprete? —preguntó el fiscal.

—Sí —confirmó Kendra—. Hablo varios idiomas, y algunos de los empresarios no dominaban el español. Ayudé a traducir y facilitar la comunicación.

Emma observaba atentamente. Kendra explicaba su historia con una serenidad cuidadosa, midiendo las palabras. La jueza podía intuir la intención de la fiscalía: mostrar a Kendra como una simple facilitadora de reuniones, restando importancia a su oficio para enfocarse en la información que podía aportar. Pero la defensa no se quedaría de brazos cruzados.

En efecto, el abogado defensor se levantó en cuanto el fiscal le cedió el turno para el contrainterrogatorio. Era un hombre de bigote cano y traje impecable, con modales corteses pero filo en la voz:

—Señorita Lombardo —dijo acercándose al estrado con las manos enlazadas a la espalda—, usted se presenta como dueña de un club yanfitriona. ¿Sería justo decir que, en realidad, usted es una prostituta de lujo?

Un murmullo escandalizado recorrió la sala. Emma entrecerró los ojos y estaba a punto de reprender al abogado por la falta de respeto, pero Kendra se le adelantó. La joven no perdió la compostura; solo arqueó una ceja y sonrió apenas.

—Prefiero el término “escort de lujo”, como bien señaló el fiscal —replicó Kendra con voz suave pero firme—. Y dueña de un club exclusivo, sí.

—Como guste —el defensor fingió una sonrisa—. El punto es, ¿espera que este tribunal tome en serio el testimonio de alguien en su... profesión? Quizá esté habituada a contarle cuentos a sus clientes, señorita.

Un siseo de indignación sonó entre algunos presentes ante el ataque personal. Emma sintió que algo se encendía en su interior, una suerte de indignación protectora que la tomó por sorpresa en su intensidad. Golpeó el mazo con autoridad.

—¡Orden! —exclamó, clavando la mirada en el abogado defensor—. Le recuerdo que se dirija con respeto a la testigo. Sus comentarios están fuera de lugar. Formule preguntas relevantes al caso o concluya el interrogatorio.

El hombre se aclaró la garganta, algo cohibido tras la reprimenda de la jueza. Sin embargo, perseveró con su línea:

—Señorita Lombardo, ¿podría decirnos si recibió algún pago o beneficio por parte de la fiscalía o de terceros a cambio de su testimonio contra mi cliente?

La insidia en la pregunta era clara, insinuar que Kendra podría estar vendiendo un testimonio falso, como vendía su compañía. Emma contuvo la respiración un segundo, atenta a la respuesta. No obstante, la testigo mantuvo la barbilla en alto, proyectando dignidad.

—No he recibido pago alguno por testificar —dijo con serenidad—. Mi motivación es colaborar con la justicia. Lo que vi y oí en esas reuniones puede arrojar luz sobre la verdad, y considero mi deber contarlo.

—¿Deber? —se mofó el abogado—. Interesante sentido del deber el suyo. ¿Puede explicarnos por qué decidió colaborar? Alguien en su posición suele valorar ladiscreción, ¿no es así? ¿Por qué arriesgar su negocio y su reputación entrando en este torbellino mediático?

Una pregunta astuta, pensó Emma. Incluso ella tenía curiosidad por la respuesta. La mirada de la jueza pasó de la sagaz expresión del abogado al rostro de la testigo. Por un instante, creyó ver una sombra en los ojos de Kendra, algo parecido a una herida asomando desde el fondo. Pero la mujer parpadeó y esa fragilidad desapareció tras una máscara de convicción.

—Porque es lo correcto —respondió Kendra, sin más.

El defensor soltó una risa breve, incrédula.

—¿Lo correcto? Me disculpará, señorita, pero me cuesta creer que una persona que dirige un negocio como el suyo de repente desarrolle un fervor por la justicia desinteresado.

—Quizá le cueste creerlo porque no me conoce —replicó Kendra de inmediato, con cortesía cortante—. En mi club ofrezco discreción, sí, pero no encubro crímenes. Cuando entendí que esas reuniones en las que participé podrían ser parte de algo ilegal, supe que tarde o temprano saldría a la luz. Preferí estar del lado correcto cuando eso sucediera.

La respuesta, dicha con convicción y un matiz orgulloso, provocó algunos asentimientos entre el jurado de periodistas y público. El abogado frunció el ceño, insatisfecho.

—Hablemos de esas reuniones, entonces —dijo cambiando de táctica—. ¿Podría describir alguna en particular en que estuviera presente mi cliente?

Kendra asintió despacio, repasando mentalmente.

—Hubo varias, en un salón privado de mi club. Recuerdo una en especial, hace unos ocho meses. El señor Santoro se reunió con dos empresarios extranjeros y un político local —dijo, y luego añadió—: Si mal no recuerdo, ese político hoy ocupa un escaño en el Senado.

Un rumor nuevo se extendió. Emma enderezó la espalda, sorprendida. Aquello no estaba en el resumen inicial.

—Hablaban de contratos de infraestructura. Los empresarios ofrecían financiar una obra pública a cambio de concesiones especiales. Yo servía las copas y traducía fragmentos, pero entendí lo suficiente. Se mencionaron sumas de dinero muy elevadas, en dólares, destinados para agilizar los permisos gubernamentales.

—¿Insinúa que el señor Santoro aceptó un soborno en su presencia? —inquirió el abogado, con tono incrédulo.

—No solo lo insinúo —respondió Kendra, mirando fugazmente hacia Emma antes de regresar al abogado—. Lo afirmo. Vi cómo le entregaban un maletín. Después de la reunión, uno de los empresarios me comentó, eufórico por la velada, que “así se hacen negocios aquí“, refiriéndose al soborno entregado.

El revuelo fue inmediato. Algunas personas exhalaron audiblemente; los periodistas parecían abejas agitadas, provocando que Emma alzara una mano.

—¡Silencio en la sala! —ordenó.

La gravedad de ese testimonio era inmensa porque implicaba a un senador además del exministro, y confirmaba un cohecho con testigo presencial. El abogado defensor parecía descolocado; claramente no esperaba que la testigo fuese tan directa y contundente.

—¿Tiene pruebas de lo que afirma? —insistió, tratando de minar la declaración—. ¿Alguna grabación, documento, algo que respalde su palabra?

Kendra negó con la cabeza ligeramente.

—En ese momento no podía grabar nada. Los teléfonos estaban prohibidos en esa sala por seguridad de los asistentes, y yo no iba preparada para recolectar pruebas. Mi club valora la confidencialidad, como imaginará. —Hizo una pausa, y luego añadió—: Sin embargo, con posterioridad a esas reuniones, guardé ciertos registros: notas de fechas, nombres de los asistentes, copias de reservas y pagos realizados. Entregué todo eso a la fiscalía cuando decidí testificar.

El fiscal asintió confirmando desde su mesa que habían recibido esa documentación. Emma tomó nota mental de revisar esos anexos con detalle. La testigo estaba resultando más cooperativa y preparada de lo previsto.

El contrainterrogatorio continuó unos minutos más, pero el defensor no logró hacer tambalear a Kendra. Cada pregunta capciosa era respondida con firme educación. Cuando insinuó que su testimonio podía deberse a un despecho amoroso o venganza personal contra Santoro, Kendra solo sonrió con frialdad:“No existe tal drama, letrado. Mis motivos ya los he expresado”, dijo, cerrando el paso a chismes sensacionalistas.

Emma siguió toda la interacción con atención aguda. Sentía, con cada respuesta de Kendra, una extraña mezcla de admiración y alerta. Admiración porque la joven se desenvolvía con aplomo, sin perder la elegancia ni la calma ante los ataques. Y alerta porque percibía bajo esa calma una pasión latente, algo indomable. Como un fuego bajo el mármol pulido.

Finalmente, la defensa dio por terminadas sus preguntas con visible frustración. El fiscal no tuvo repreguntas.

—Puede retirarse, señorita Lombardo —indicó Emma.

Kendra asintió y se levantó del asiento del testigo. Antes de girarse para salir, sus ojos buscaron los de Emma una vez más. La jueza, sorprendida por ese impulso de la testigo, sostuvo la mirada quizás un segundo de más. En esos ojos avellana, ahora había un destello distinto, que podría haber sido gratitud... ¿o era complicidad? Fuera lo que fuese, a Emma le aceleró imperceptiblemente el pulso.

Kendra bajó del estrado. Al pasar junto a la mesa del acusado, sintió la mirada furiosa del exministro y la altiva del abogado defensor, pero no se amilanó. Siguió adelante con la espalda recta y la cabeza erguida, hasta salir por la puerta escoltada por el ujier.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Emma respiró profundo. Una sutil fragancia quedó en el aire, algo cálido y embriagador que tardó en disiparse, como un eco de la presencia de la señorita Lombardo. ¿Sería su perfume? Emma se descubrió inhalando ese vestigio, antes de volver bruscamente al presente. Se reprendió internamente, obligándose a concentrar. Aún quedaban testigos por escuchar.

No obstante, mientras el siguiente testigo tomaba juramento, Emma sintió que el control férreo que siempre había tenido sobre sí misma había sufrido una ligera grieta. Una fisura a través de la cual se colaba la imagen de esa mujer de cabello castaño ondulado y porte de reina. ¿Por qué le afectaba? Quizá porque representaba todo lo opuesto a ella. Kendra emanaba una sensualidad y una seguridad en su cuerpo que a Emma le resultaban casi subversivas en aquel sacrosanto recinto legal. Y, sin embargo, bajo esa apariencia brava, Emma había creído percibir también vulnerabilidad, un coraje nacido del miedo tal vez, o de la soledad.

Sacudió la cabeza discretamente, intentando liberar esas impresiones. Tenía que centrarse en la justicia, en los hechos. Apartar cualquier distracción personal. Así lo había hecho toda su carrera.

El resto de la jornada transcurrió sin mayores sobresaltos, pero la presencia de Kendra Lombardo persistió en la mente de Emma como un perfume indeleble. En un rincón de su mente recordaba unos ojos color avellana y una media sonrisa desafiante que la habían mirado como nadie la había mirado en años. Al terminar la sesión, Emma ordenó un receso hasta el día siguiente; aún quedaban testimonios y deliberaciones por escuchar. Mientras recogía sus notas y expedientes, advirtió que su pulso seguía algo más acelerado de lo normal. Inspiró profundamente, intentando disipar aquel raro vestigio de emociones.

En el despacho privado de la jueza, un espacio amplio y elegantemente amueblado en la planta superior del Palacio de Justicia, la luz del atardecer entraba tamizada por cortinas de seda color marfil. Emma se quitó la toga y la dejó cuidadosamente doblada sobre un perchero. Se quedó con su traje sastre gris, cuya chaqueta desabrochó para aliviar la tensión que sentía en el pecho. Se frotó suavemente el puente de la nariz. ¿Qué te sucede? Se preguntaba en silencio. Nunca, en sus años de carrera, un testigo le había provocado tal desasosiego.

Sobre su escritorio de caoba pulida reposaba una fotografía enmarcada de ella con su esposo, el doctor Marcos Esquivel, tomada en la gala anual del Hospital Central el año anterior. Ambos sonreían a la cámara, impecables y felices en apariencia. Emma posó la mirada en la foto un instante, como buscándose a sí misma en esa imagen pública tan ordenada. Conocía a Marcos desde hacía veinte años; llevaban quince casados. Él era un hombre brillante, cariñoso a su manera sobria, y siempre había apoyado la carrera de ella con orgullo. Formaban un equipo perfecto a los ojos de todos.

Nada que objetar, nada que cambiar, ese fue su pensamiento por años, algo que se repetía casi mecánicamente. Sin embargo, en ese instante se dio cuenta de que sus manos jugaban con un pequeño papel entre sus dedos sin que ella lo notase, la tarjeta con los datos de contacto de Kendra Lombardo, misma que la joven había dejado junto a sus documentos cuando finalizó su declaración.

Emma examinó la tarjeta, notando su diseño minimalista, solo un número de teléfono y un correo electrónico, bajo el nombre “Kendra L. – Executive Hostess”. Ni una mención a su más controvertida ocupación, solo un título elegante que podía significar muchas cosas.Anfitriona Ejecutiva, leyó Emma en su mente con una mezcla de ironía y curiosidad.

La jueza apretó los labios. Aquel papel debía ir al expediente como parte de los contactos de los testigos, pero por alguna razón no lo había entregado a su asistente. En cambio, lo sostenía indecisa. ¿Debería llamarla? Había algo en su testimonio, especialmente cuando mencionó a un senador no imputado aún, que abría interrogantes legales. Técnicamente, si Kendra poseía información sobre otros delitos, eso escapaba al caso actual. Pero Emma podía tener la prerrogativa, como jueza suprema, de impulsar una investigación paralela o al menos de recomendar medidas de protección para la testigo. Sí, protección, esa era una preocupación legítima. Kendra se había expuesto al declarar contra hombres muy poderosos. ¿Habrían previsto garantizar su seguridad?

Decidida, Emma marcó un número en el teléfono fijo de su despacho, llamando a su secretaria personal.

—Irene, por favor, localiza a la señorita Kendra Lombardo, la testigo de hoy.

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