PROLOGO
Vitae, año 1001 del calendario mágico
En algún lugar del océano Pacífico.
PLAC. PLAC. PLAC.
El sonido del garrote golpeando una estaca se mezclaba con las olas y el graznido de las gaviotas.
Frente al mar, un pequeño Pitake dejaba caer la herramienta, mientras el viento agitaba la hoja marchita sobre su cabeza de nuez de roble.
—La muerte es solo volver a donde empezamos, hermano… —dijo con voz de madera vieja—. Más pronto que tarde volveré a la tierra, y estaremos juntos.
Se alejó de la costa.
Cada paso sobre la arena seca sonaba a crujido, a eco.
La sombra del bosque lo envolvió, y con ella vino el silencio.
—No sé qué haré sin ti, Krills —susurró—. Solo me queda esperar en esta isla hasta el último de mis días.
Tomó frutas de un arbusto, comió algunas, guardó otras, y avanzó.
El sendero lo llevó a un claro donde el sol caía sobre una mansión en ruinas: muros corroídos, hierro oxidado y columnas que parecían sostener la memoria del lugar.
Jinx empujó la verja; el chirrido del metal fue un lamento.
Pasó la corteza de la mano por una de las columnas grises, todavía intacta, y recordó las últimas palabras de su hermano:
"Vivimos en los recuerdos de quienes deciden llevar nuestras historias."
—Yo llevaré la tuya… y la de Arnold —susurró—. Lo prometo.
Cruzó el patio, y una bandada de aves escapó entre las tablas rotas. Una, rezagada, se posó sobre la cáscara en su cabeza.
—¿Tú también estás sola, pequeña? —le dijo con ternura—. ¿Quieres acompañarme?. Yo… odio estar solo.
Subió las escaleras que se mantenían más por fe que por madera.
Los pasillos dejaban ver los pisos inferiores y la luz que se filtraba por los huecos de las termitas.
En la última habitación, lo esperaban los restos del tiempo.
Sobre un montón de sábanas, Arnold respiraba débilmente.
Su mirada estaba fija, vacía.
Vivía, pero no estaba allí.
—Hoy cumples años —murmuró Jinx con una sonrisa temblorosa—. Traje fruta, ¿recuerdas? Es la que te gustaba.
No hubo respuesta.
—Solías reaccionar cuando hablaba de tu vida… ya ni eso puedes —se le quebró la voz—. Sufrimos demasiado, Arnold. Y no puedo germinar en un árbol si sigues vivo…—, limpio el hilo de baba que brotaba—Era lo que querías, ¿no? Descansar.
Puso su mano sobre el cuello del humano buscando cortar su respiración.
El pulso era leve, irregular, como una brasa en su último aliento.
—Déjame acompañarte —susurró.
De sus dedos astillosos brotó una savia luminosa que recorrió el aire y se hundió en la piel de Arnold.
El mundo se disolvió.
Y con el uso de su habilidad entró en la mente del joven inerte.
Dentro de la mente de Arnold.
Oscuridad líquida.
Un silencio espeso, sin tiempo.
Jinx abrió los ojos y solo vio vacío, un océano hecho de recuerdos rotos.
—¿Arnold…? —su voz resonó en el vacío.
Avanzó entre destellos: fragmentos flotando en el aire, cada uno mostrando escenas que se apagaban al instante.
El niño en Meridia.
Una madre perdida.
Un ejército que lo aclamaba.
Una fosa sin luz.
Y en medio del vacío, un corredor lleno de puertas. Cada una con una runa diferente.
Jinx abrió una.
El calor lo envolvió.
La fosa de los mil lamentos se alzó ante él.
Arnold flotaba sobre la nada, exhausto, creando comida con magia, consumiendo su propia esencia.
A su lado, el cuerpo del cambiaformas yacía inerte.
Hasta que lo vio hacerlo:
Grabó runas con su sangre, habló palabras prohibidas, y del cadáver surgió Malphas, sin rostro ni piel, hecho de fibras rojas y poder puro.
El eco de los gritos llenó el aire.
Jinx retrocedió, pero la escena lo absorbió: la batalla, el sello, los Sucubus drenando su mente, la huida, la pérdida.
Todo en una sucesión de memorias que se fundían y renacían.
Hasta que, al final del corredor, algo brilló.
Una pequeña puerta, de madera viva, con una hoja verde clavada al centro.
Jinx se acercó. La hoja se movió, invitándolo.
Abrió la puerta.
Dentro, un cofre reposaba en soledad, cubierto de polvo y savia seca.
Se arrodilló y lo tocó.
El cofre se encendió, y de su interior estalló la luz.
Miles de imágenes giraron a su alrededor: risas, cielos, amigos, batallas, el primer fuego, la promesa bajo las estrellas.
Los recuerdos de Arnold.
Todos.
Guardados, intactos.
—Aquí estabas… —susurró Jinx, sonriendo entre lágrimas de savia—. Siempre estuviste aquí.
Lo abrazó.
El cofre se deshizo en luz.
Y de esa luz emergió una silueta humana, brillante, sin peso, sonriendo con paz.
Era Arnold… o lo que quedaba de él.
—¿Y si me cuentas mi historia una última vez? —dijo, con voz serena—
Jinx lo miró, temblando.
—Con gusto… —respondió entre lágrimas.
Y mientras la luz los envolvía, todo se desvaneció.