Ojos Rojos

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Summary

Un ingeniero dueño de un taller mecánico arrastra un miedo infantil que despierta cada noche con un tic tic tic en su ventana del cuarto piso. Algo imposible, según su médico, que insiste en que todo es un sueño. La historia explora cómo el terror que creemos superado puede regresar para reclamar lo que dejamos sin enfrentar.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Ojos Rojos

Entonces, entré a mi habitación. Ya había cenado y echado el seguro a todas las puertas de la casa. Admito ser un poco paranoico en ese sentido.

Encendí la luz y cerré la puerta con llave.

Había sido un día largo y estaba cansado, pero no tenía aún sueño, así que me puse la pijama y me acosté. Encendí el televisor y estuve un rato buscando algún programa, sin decidirme por ninguno.

Luego de un momento, miré el reloj y me sorprendió que había pasado hora y media. Apagué el televisor e intenté forzarme a dormir. Mañana tendría otro largo y pesado día en el trabajo.

Así que me encontré en la oscuridad de mi habitación, acostado sobre mi lado derecho, de espaldas a la ventana. En la pared se proyectaba la luz que entraba del farol de la calle y, de rato en rato, de algún vehículo que pasaba por ahí. Había olvidado cerrar las cortinas, pero la flojera y el frío me tenían prisionero de mi cama.

Pero había algo más, miedo. Un miedo tonto e irracional para una persona de mi edad, de mi nivel de educación, incluso de mi contextura física. Pero estaba ahí. Siempre se presentaba cuando me encontraba solo en la oscuridad de mi habitación y no podía dormir.

Me forcé a mí mismo, como hacía todas las veces que caía en este turbulento mar de mi memoria, a pensar en mis actividades del día. Recordar todo el trabajo que hubo en el taller, y recordar a los clientes siempre molestos que llegaban preguntando por el dueño. Al verme con mi ropa de trabajo, cubierta de pies a cabeza con grasa de motor, me lanzaban la fugaz mirada despectiva y algunos incluso se atrevían a disparar la cuestión:

—Si usted es ingeniero y el dueño del taller, ¿qué hace debajo de los autos apretando tuercas? ¿No es trabajo para sus empleados?

¿Pues, porque me da la gana? Me gusta mi trabajo y me encantan los autos, no veo ningún problema en eso.

Pero ya estoy acostumbrado a la pregunta, así que simplemente contesto:

—¿Mucho gusto, en qué puedo ayudarle?

Y luego vienen la cháchara de siempre

… Si a penas lo conduzco… no sé cómo se dañó… a penas vi el poste, es solo un rasguño… yo sé de mecánica, no me va a engañar… eso es un asalto, me está cobrando de más…

Tic tic tic

Ahí estaba de nuevo.

El sonido se escuchó afuera de mi ventana, ¿o en mi ventana? Me arrancó de golpe de mis pensamientos y me arrastró de nuevo a ese rincón de mi mente, muchos años atrás.

Podía sentirme corriendo en mi cuerpo de niño, en medio del bosque, escuchando los pasos que me perseguían y estaban cada vez más cerca.

Casi podía verlos frente a mí, esos ojos rojos mirándome inexpresivos, cada vez más cerca.

Sigo corriendo por las calles hacia el puente. Un grito ahogado en mi garganta imposible de liberar por el terror, hasta que…

Tic tic tic

Cerré los ojos con fuerza, ya no los volvería a abrir. No importa lo que escuchara. No quería ver proyectada en la pared la sombra que acecha en mis pesadillas. Gente afuera de mi ventana, espiando, esperando, acosando.

Sentí el sudor frío correr por mi frente y bañar mis sábanas. Una garra fría recorrió mi columna

Tic tic tic

Está todo en mi cabeza, me repetí a mí mismo. Es imposible, no hay nadie ahí. Debe ser un tonto pájaro perdido, o solo el viento. Pero no puede haber nadie ahí. ¡Es imposible!

Tic tic tic

Soy un hombre adulto. No puedo tenerle miedo a la oscuridad en mi propia habitación.

Tic tic tic

Vivo en un cuarto piso. No puede haber nadie allí afuera. ¡Es imposible!

Tic tic tic.

Cubrí mi cabeza con las frazadas para apagar cualquier sonido y obligarme a dormir. Pero el ruido se escuchaba aún, apagado a través de las cobijas.

Toc toc toc toc

Comenzaba a hacerse más, insistente, más intenso. Esto no había pasado nunca. Normalmente, cesaba de golpe después de unos minutos, pero no esta vez.

Toc toc toc toc

Toc toc toc toc

No aguanté más. Me quité las frazadas de golpe.

Tic tic tic

Me levanté de la cama de un salto y agarré un zapato del suelo, dispuesto a ahuyentar a cualquier maldito animal que se hubiera propuesto reventar mis nervios esa noche.

Tic tic tic

Me di la vuelta, sosteniendo mi arma improvisada en alto, dispuesto a arrojarla sin importar si despedazaba el vidrio.

Tic tic tic

Pero no pude moverme. Lo vi claramente afuera de mi ventana, aunque fue por un breve instante.

Era más una sombra que una figura definida. Grande, más alta que yo, aunque no había forma de saber su estatura real. Lo único que pude distinguir eran aquellos ojos rojos brillantes que me miraban fijamente, sin parpadear.

Mi brazo se adormecía aun sosteniendo el zapato sobre mi cabeza. No podía respirar y empecé a perder el conocimiento. Me desplomé al suelo, aunque no sentí la caída, y lo último que vi, antes de que todo se vuelva oscuro, fue a esa sombra afuera de mi ventana, levantar el brazo y apoyar su mano en el vidrio.

Luego perdí el conocimiento. Tuve esos sueños extraños otra vez. Casi no los recuerdo ya, pero sé que ese sentimiento de terror continuó durante todos ellos.

Desperté en la mañana con la luz del sol entrando por la ventana. Ya no estaba ahí, por supuesto. Debió haberse ido cuando me desmayé.

—No, señor Montero. Ya no estaba ahí porque en realidad nunca estuvo ahí. “Eso” también fue un sueño —el doctor Torres irrumpió mi relato con un tono cansado y aburrido—. Debe comprenderlo, fue solo un sueño. Y por más recurrente y vívido que fuera, no es la realidad. Tiene que aceptarlo para que podamos avanzar.

—No se sintió como un sueño. Creo que podría notar la diferencia. Pero también entiendo que no puede ser posible.

—Desde luego que no puede ser posible. Temo que esté empeorando y si sigue así deberé prescribirle medicación o quizás considerar internarlo por unos días. Quizás solo necesite descanso. ¿Ha estado teniendo mucho estrés, señor Montero?

—No. Todo normal. Mucho trabajo sí, pero me encanta mi trabajo. Me siento mejor ahí. Quizás si intento dormir en el taller, ¿no tenga el mismo problema? No sé si es algo que solo ocurre en mi habitación.

El doctor suspiró y, mientras se frotaba la sien con los dedos y con los ojos cerrados, me repitió pacientemente:

—No es algo que ocurra realmente, señor Montero. Debe comprender que es un sueño solamente, algo imposible. Usted vive en un cuarto piso. Nadie puede caminar suspendido en el aire a una altura de cuatro pisos para pasearse por fuera de su ventana y observarlo.

Me miró fijamente con sus ojos verdes detrás de sus anteojos de marco dorado.

—Es como que alguien, en este momento, en esta oficina, en un décimo piso, viniera a buscarlo, caminara por fuera de la ventana y se parara ahí a ver…

Las palabras murieron en su garganta y se volvieron inaudibles. Levanté la mirada y su rostro frente a mí se distorsionaba en una mueca de terror. Sus ojos, abiertos de par en par, miraban directamente a la ventana que estaba detrás de mí.

Pude verlos reflejados en aquellos anteojos ridículos, a medida que se deslizaban lentamente por su nariz. Dos puntos rojos brillantes y una sombra con forma humana, levantando la mano y apoyándose en el vidrio.

Mi corazón quería escapar de mi pecho. No me atreví ni siquiera a respirar. Sentí una gota de sudor frío resbalar por mi sien.

Y luego lo escuché.

Fuerte y claro

Inevitable…

Tic tic tic