Muerte y viaje a otro mundo.
Un estruendo en la lejanía hace vibrar las paredes de mi habitación, despertándome. Intento cerrar mis ojos nuevamente, pero a sabiendas de que después del ruido de la primera sirena casi siempre le sigue otra, a regañadientes me siento al borde de mi cama. Con la mirada perdida y los ojos entrecerrados, estiro mis extremidades y despejo mi mente luego de lavarme el rostro con agua fría.
El silencio sepulcral de mi caravana es interrumpido cuando enciendo mi vieja televisión en el canal de noticias. Mientras busco en mi alacena casi vacía, escucho un reportaje que me revuelca el estómago y hiela mi sangre.
«A la 1:30 a. m., un hombre de cincuenta y un años estaba en el portal de su casa junto a su hijo de dieciséis años cuando sujetos a bordo de una moto llegaron para asesinarlos».
Mi cabeza divaga por unos instantes, pero el vapor que desprende mi pequeña olla toca mi rostro y me devuelve la compostura. Temo decir que conozco a los responsables de ese asesinato y yo podría ser el próximo.
Dejo caer mi trasero en el sofá y mastico un trozo de pan viejo con mantequilla. El café caliente baja por mi garganta y hace que el frío de mi cuerpo desaparezca.
Miro cada rincón de mi casa con desinterés.
Desperté hace poco, pero me siento fatigado. Como si una carga invisible me aplastara el cuerpo. Durante semanas mi cabeza me ha atormentado con una idea que podría darle un final a mis problemas… pero que, por cobardía o algo más, no he llevado a cabo.
Un escaso sentido de responsabilidad me despierta del trance. Poniéndome de pie, abandono mi caravana, dejando mi jarra de café a medio tomar. La brisa marina golpea mi rostro con suavidad mientras mi cabello se mueve al ritmo del viento.
Caminando entre antiguos juegos de feria, el suelo debajo de mis pies cruje con cada paso y las suelas de mis botas resbalan por el moho y la humedad acumulada en la madera. La vieja rueda de la fortuna sigue en pie, torcida, como si esperara el momento exacto para venirse abajo. Al exhalar mi aliento se congela en el aire.
Mirando al cielo, los rayos del sol a duras penas traspasan las densas nubes grisáceas que se extienden por toda la ciudad. Sobre una barandilla miro a las gaviotas acicalándose a conciencia, solo siendo interrumpidas con cuando me ven pasar.
Cuando miro a las personas trajeadas caminando a mi lado, ellas sin devolverme la mirada, me pregunto si yo hubiera estado en su lugar si hubiese tomado mejores decisiones en mi vida. Aunque, a decir verdad, sus expresiones apáticas, casi muertas, no son tan distintas a la mía.
Esquivando a la multitud que avanza para alcanzar el último autobús, de repente siento un fuerte agarre sobre mi hombro izquierdo, queriendo lastimarme más que llamar mi atención.
—Hola, Ethan. Cuánto tiempo.
La muerte me susurra en el oído. Al voltear, un tipo rapado y cubierto por una chaqueta militar me intercepta, arrastrándome con él hacia un callejón oscuro.
Peste a basura rancia inunda el lugar, comprimido por grandes contenedores.
—¿Dónde está lo que nos debes? —pregunta, frunciendo el ceño.
—Tranquilo, Armando… —levanto las manos—. Todavía no lo tengo.
Dos sujetos detrás de él y tatuados hasta la médula me observan como si quisieran aplastar a una rata.
—Ya se te ha dado bastante tiempo —gruñe uno—. ¿Somos tus payasos acaso?
El corazón me golpea el pecho. Llevo la mano al bolsillo. Despacio.
Sus miradas se tensan.
—¿Qué es esto? —Armando acorta su distancia.
—Es todo lo que tengo ahora —bajo la mirada—. Créeme.
—Carajo, Ethan, te he esperado bastante tiempo —escupe—. ¿Qué mierda te pasa?
Armando me empuja el hombro, haciéndome tambalear. Casi resbalo por el moho del piso.
—Dame más tiempo. Te juro que mañana tendré una…
Sus nudillos me golpean en la boca y caigo al piso. Mi brazo amortigua el impacto.
—Hijo de puta, escúchame. Ya se te ha dado bastante tiempo, ¿entiendes?
Mi vista se nubla y las sienes me laten. Armando se agacha para estar a mi altura. Su sombra me cubre casi por completo.
—Esa plata que prestaste me la están cobrando a mí. Última oportunidad que te doy. Si para mañana no me pagas, te cortaré las manos. ¿Entendiste?
—Sí… —asiento. No lo miro.
No me puse de pie hasta que se fueron. El concreto lodoso manchó mi camisa beige. Esta semana iba a comer con esos veinte dólares que ya no tenía.
Maldito maricón. —Pienso. Aprieto la mandíbula.
Pensar que antes era mi amigo…
Sigo caminando a la fábrica, con las encías llenas de sangre y el labio abierto.
El galpón vibra por la fuerza de la maquinaria y la atmósfera sofocante me hace sudar la nuca. Sentado sobre un taburete, el capataz mira su teléfono mientras supervisa al personal.
—Buen día —sacudo mi camisa para echarme aire—. ¿Hay trabajo?
—Allá —señala sin mirarme—. Descarga ese camión y deja las cajas encima de esa plataforma.
Trago saliva. Mis ganas de trabajar se van por el retrete al ver ese muro de cajas que me dobla la altura.
—Es mucho. ¿Habrá algo extra?
—Lo mismo. Si es que quieres. —gruñe.
No pertenezco a la plantilla, pero me gano la vida con lo que sale. Daría media vuelta para buscar algo más, pero tardaría demasiado y necesito recuperar lo perdido.
Tengo que pagarles a esos tipos, pero no sé cómo hacerlo. Robar una tienda no es tan fácil como antes. Ya no guardan mucho dinero en las cajas. Huir es imposible; me encontrarían tarde o temprano.
Al caminar hacia el camión, escucho una voz aguda detrás de mí. Regreso la mirada y exhalo un suspiro al ver a un viejo conocido hablando con el capataz. Quizás pueda ayudarme.
Inhalo profundamente y tenso mis brazos. Siento que cargo con bloques de hierro y el rostro empieza a sudar como un cerdo en verano. Cuido mis pasos para no tropezar; no quisiera terminar con un pie roto.
El viento marino que se cuela por los ventanales casi no refresca el galpón. Al fin he terminado, pero cuando apenas logro sentarme, alguien interrumpe mi descanso.
—Ethan, necesito que lleves estas herramientas al piso de arriba. —ordena el capataz.
—Ya voy. Dame cinco minutos. —Me seco el sudor con la manga.
—Ahora. O no te pago.
Se da la vuelta y se aleja rápido.
Qué hijo de puta…
La boca de mi estómago arde, como si hubiera comido ácido. Mediodía y sigo sin poder hablarle. Aquí hasta las paredes tienen oídos, y tampoco estoy seguro de querer hacerlo.
Los trabajadores se retiran tras el golpe de la campana. Con el lugar más despejado, camino hacia él. Siento las piernas más débiles a cada paso que doy.
Su camisa de tirantes deja al descubierto unos brazos casi esqueléticos.
—Oye, Frank, ¿cómo has estado?
Al escuchar mi voz, deja de pulir una lancha.
—¡Ethan! —estira la mano—. Mierda, ¿cuánto ha pasado?
Respondo su gesto. Su palma llena de serrín hace que se sienta más áspera.
—Meses, supongo— fuerzo una risa—. Pensaba que aún estabas encerrado.
—No, compadre. Salí ayer. Gracias a Dios.
—Escuché que te llevaron preso por secuestrar a alguien.
—Simón, loco —chasquea su lengua y suelta un aliento agrio—. Pero es que también me agarraron porque me quedé cuidando a ese pendejo. La poli tiró la puerta y no tuve chance para irme.
Es difícil fingir normalidad cuando el amarillo negruzco de sus dientes me roba la atención por un segundo. Me sorprende que todavía los mantenga en su sitio.
—Ya dime, ¿para qué me saludas? No me vengas con cuentos.
Bajo la mirada para ordenar las ideas.
—Verás… —susurro—. Necesito plata. No sé si puedas ayudarme.
—Qué pena, loco —sopla—. No tengo nada para prestarte. Estoy seco. —sacude los brazos.
—No te estoy pidiendo prestado —me aprieto la nuca con la mano—, es solo que… ¿no tienes algo que pueda hacer? Ya sabes —asiento.
—Oh, ya te entendí —frunce el ceño y la boca se le retuerce en una sonrisa —. Tal vez pueda presentarte a alguien, pero no sé, loco. No quiero que me hagas quedar mal.
—Tú tranquilo —exhalo— Ya sabes cómo trabajo.
—No es eso.
Frank empieza a mirar alrededor. No me gusta. Cuando ve que nadie nos está prestando atención, me hace una seña para que me acerque.
—Quiero que tuerzas a alguien. —murmura.
La lengua se me bloquea, como si tuviera una piedra en la garganta. Esperaba lo de siempre. No esto.
No digo nada.
Mi espalda suda frío. No quiero hacer esto, pero si me niego, sería el próximo fiambre en el río.
Frank me toca el hombro.
—Oye, tranquilo. Todo bien si no quieres hacerlo.
Me fuerzo a hablar. Mi garganta todavía cerrada.
—¿Por qué lo quieren quebrar?
—No sé, compadre —ríe entre dientes—. Solo escuché que el duro de mi zona lo quiere muerto. Pero el loco vive en otro barrio, ¿me entiendes? —mueve las manos— Si todos van se va a armar un cagadero, pero tú irás solo. Nadie te conoce.
Me froto los párpados y me paso la mano por la cara. Me sobresalto cuando la campana golpea otra vez; me queda poco tiempo para decidir.
Algo habrá hecho para que quieran matarlo…
—Ya… está bien —contesto apenas.
—De una, loco —asiente—. Te voy a dar la dirección y allá te van a decir qué hacer.
Frank me rodea la espalda con el brazo.
—Escucha, hazlo bien. Si la cagas y se entera alguien yo también estaré jodido.
Recojo mi paga y salgo de la fábrica. El hambre que sentía ha desaparecido y las manos me tiemblan. Tengo que matarlo sin que nadie me vea. No sé cómo.
El horizonte se tiñe de naranja y el sol comienza a esconderse entre rascacielos. Sigo caminando, evadiendo a los niños que corretean por el lugar. Cuando los veo mi pecho se aprieta. No sé por qué.
El ruido de los carros me golpea la cabeza. Todos mis planes para no hacer esto terminan igual. No quiero estar aquí. Ojalá y esa persona se lo merezca.
La poca luz que queda desaparece cuando me meto en el callejón. Huele a humedad y agua estancada. Al bajar la escalera me recibe una puerta comida por termitas, un foco tenue iluminando la entrada y bichos revoloteando alrededor. Una campana tintinea encima de mí cuando entro al bar. Intento parecer normal, pero solo consigo llamar más la atención. Cuando me acerco a la barra el olor a cerveza agria se hace más fuerte.
Paseo la mirada, buscando qué hacer. Un tipo de pelo largo y pañuelo en la cabeza me habla desde el otro lado de la barra.
—Qué tal. ¿Qué te sirvo?
—Dame un sándwich de queso y una cerveza.
El apetito regresa de golpe.
De vez en cuando lo miro de reojo, esperando a que dejen de hablarle. Detrás de mí un televisor cuelga del techo. El escándalo no deja oír nada.
Termino mi comida y dejo el plato a un lado.
—Oye, compadre. Vengo por parte de Frank. No sé si ya te avisó.
—¿Frank?
Sin levantar la mirada, sigue limpiando un vaso de cristal.
—Frank… —aclaro mi garganta—. Frank, el Flaco.
—Ah, ya. ¿Te dijo qué ibas a hacer? —pregunta, su voz más seria.
—Simón. —asiento—. Dijo que me darías los datos.
Recorre la sala con los ojos. Nadie nos presta atención; todos demasiados ocupados en el partido.
Con señas me indica que lo siga. Una puerta pesada tras la barra. Huele a cloro y apenas un estante con productos de limpieza.
—Este es. —indica, sacando una foto arrugada del bolsillo.
Pelo corto. Es joven, casi de mi edad. No tiene cara de andar en malos pasos.
—¿Hizo algo para que lo manden a torcer? —se me escapa una risa torpe.
—No sé, compadre —resopla—. Vive en Las Flores, cerca de un parque.
Sigo viendo la foto y mis sentidos se pierden.
—Te voy a dar un número y ahí envías la prueba. —sus palabras me despiertan.
—¿Cuando termine regreso por la plata?
—No, no, no —alza la voz—. Envías la foto y me tienen que informar de que has hecho el trabajo. Mañana puedes venir.
No sé cómo podré venir aquí sin que ellos me encuentren.
—¿Cuánto das? —la garganta me arde.
—Ciento veinte dólares.
Siento como si un caballo me aplastara la cabeza. Es poco. No alcanzo a cubrir ni la mitad de mi deuda. Pero ya es tarde para buscar algo más.
—Está bien…
—Bien, bien. Cuidado, loco. Si te agarran, no vayas a decir nada. —se va, dándome una palmada.
No pensé que usaría este viejo revólver para algo más que asustar a la gente. Lo encontré cuando me metí esa caravana y no me molesté en tirarlo. Cuando termine esto y gane un poco más de tiempo… ¿entonces qué?
El bus traquetea al pasar por los baches y no me deja pensar. Me duele la cabeza.
Cerca de mí, un niño juega con su madre. Lo observo más de lo que debería. Por unos segundos me imagino en su lugar. Dejo de mirarlo. La gente cabecea a mi alrededor. En el vidrio apenas puedo ver mi reflejo.
No hay luna ni estrellas. Las nubes negras tapan todo. Es casi media noche, pero todavía hay gente en el barrio. No mucha. Lo suficiente para incomodarme. Camino por la vereda del parque, teniendo cuidado con las raíces que sobresalen de la tierra. Es imposible no mirar al árbol del centro. Su tronco sigue marcado por agujeros de bala.
La casa del tipo está cerca, pero un auto rojo detenido más adelante me corta el paso. Tres tipos conversando junto a él. No me han visto. Cambio de dirección antes de que me vean.
Saco el pañuelo negro de mi bolsillo. Respiro y el sudor queda atrapado bajo la tela. Estoy frente a su puerta. Casa número sesenta y siete. Miro de lado a lado. Estoy solo. El silencio es tan denso que siento que cualquier ruido mío podría delatarme.
Me muevo por el patio, agachado. Los dedos me tiemblan mientras meto la bala en el tambor.
¿Vive solo?
Soplo con fuerza. Frank no me dijo nada al respecto, o tal vez no quise preguntar. Me pongo de pie como puedo. Las piernas pierden fuerza.
Primero fue el tráfico de drogas. Después el robo. Ahora esto.
La puerta no tiene seguro. No sé por qué esto no me alivia. Su sala apesta a alcohol y crack. Apenas iluminada por la luz de la calle que entra por las cortinas. Me pierdo entre el desorden. Detrás de una puerta escucho su respiración.
Empujo apenas, lo justo para pasar.
Está dormido, tapado con sábanas. Me acerco a él; me cuesta levantar el brazo. Aplasto algo con los zapatos y cruje.
Gira su cabeza y me mira, sin entender. Salta de la cama cuando enfoca el revólver.
—¿¡Quién eres!? —grita.
Retrocedo. La vista se me nubla.
—Tranquilo… —levanta las manos—. Baja eso.
Quiero hablar, pero las palabras no salen.
Se está moviendo. Me rodea. Intento controlar el temblor la mano. No puedo.
—No me hagas nada… —baja la voz.
Se detiene junto a la cómoda y se inclina hacia adelante.
Me ahogo al respirar y parpadeo para despejar el agua en los ojos. Mis brazos caen, un poco.
Salta hacía mí y me agarra la muñeca con fuerza.
—¡¡Cabrón!!
Caemos al piso. Rodamos. Los dedos se me resbalan y pierdo el control.
El revólver estalla.
Dejo de oír.
Me falta el aire y mi cuerpo apenas me responde. Siento algo caliente empapando la camisa.
Por Dios… Por Dios…
Lo aparto de un empujón. Quiero mirar para otro lado, pero no soy capaz. Tengo los ojos mojados y mi nariz gotea.
Me pongo de pie, mareado. No puedo apartar la vista de él, de su cabeza abierta. Escucho gritos afuera. No debo de estar aquí.
No pude dormir. Tenía miedo de que mi puerta cayera en cualquier momento. El ruido del mar apenas lograba tapar el estallido del arma. Siento que debería haber estado en su lugar.
Si hubiera apretado el gatillo en aquel entonces…
Algo golpea la pared desde el otro lado.
Agarro el revólver casi por reflejo y lo escondo detrás.
—¡¡Ethan!! —grita alguien. La puerta recibe otra patada.
No quiero salir. Pienso en esconderme, pero la puerta revienta de un golpe. Armando entra pisando fuerte.
Me agarra del cabello y me arrastra afuera. Caigo boca abajo. Me duelen las muñecas del golpe.
—¿¡Y la plata!? —gruñe. Su ceño fruncido.
Quiero ponerme de pie, pero tropiezo y retrocedo. Armando no está solo.
—No tengo todo el día.
—Oye… no tengo todo —las palabras me cortan al salir—, pero tengo una parte.
—Oh, ¿tienes una parte? ¿¡Dónde está!? —extiende sus brazos.
Mi corazón se detiene por un segundo. Siento que algo taladra mi cabeza.
No envíe la foto. Todo fue tan rápido.
—Ayer hice algo y hoy me van a pagar. Solo tengo que hablar con alguien. —La lengua me tiembla.
Baja su mirada hacia la mancha oscura en mi camisa.
—¿Cuánto te van a dar?
—Ciento veinte dólares.
Armando escupe, caminando de un lado a otro mientras se rasca la nuca.
Cierro los ojos con fuerza y levanto el mentón. Respiro mal. Muy rápido.
—Ya no. —saca una pistola.
—¡¡Espera!! ¡¡Espera!! ¡¡Espera!! —retrocedo más. La voz me quiebra.
—Te dimos mucho tiempo, loco. —alguien habla detrás de él—. No cumpliste.
—Les voy a pagar —veo borroso—. Lo juro…
Me falta el aire. Aprieto la mandíbula y miro al cielo. No sé a quién le estoy pidiendo perdón. Pateo unos barriles para ganar un segundo y trato de correr, pero las piernas no me responden. Los estallidos suenan justo detrás de mí.
Caigo de boca. Siento cuchillos clavándose en mi espalda. El aire se me va.