Una Noche con los Siete
Las luces de la ciudad no podĂan competir con el brillo dorado que se escapaba por los ventanales de âThe Seven Knightsâ. Un club nocturno exclusivo, oculto entre callejones y neones, donde cada noche parecĂa escrita por una mano mĂĄgica. Era un rincĂłn donde lo real y lo irreal se confundĂan con tragos caros, cuerpos en movimiento y mĂșsica que vibraba en la piel.
Naz no estaba del todo convencida de entrar.
âÂĄEsta noche no te puedes echar para atrĂĄs, Naz! âle dijo Angie, ajustĂĄndose el escote frente al espejo retrovisor del Uberâ. No acepto un ânoâ, ni un âme da vergĂŒenzaâ.
âVamos, Naz âdijo Ari, retocĂĄndose los labios frente a un espejo de bolsilloâ. No puedes vivir en Nueva York sin haber pisado este lugar.
Tasha suspirĂł desde su lugar, sacando brillo a su delineadoâ: Yo solo necesito que ese hombre me mire, y caiga. Esta noche lo amarro.
âEs... demasiado âmurmurĂł ella, mirando la fachada. El letrero era sobrio, âThe Seven Knightsâ, grabado en acero negro con luces suaves que pulsaban como un latido. Ya habĂa una fila de gente bien vestida esperando entrar.
âDemasiado perfecto, querrĂĄs decir âañadiĂł Tasha con una sonrisa pĂcaraâ. Nos lo vas a agradecer.
Y Naz, con su vestido negro sencillo y esa fragancia suave que apenas decĂa âestoy aquĂâ, cruzĂł la puerta detrĂĄs de ellas.
âThe Seven Knightsâ no era cualquier club. Era el club. Y esa noche serĂa su primera vez dentro.
Lo primero que la golpeĂł fue el aroma. No a alcohol, sino a madera noble, especias exĂłticas y algo floral que no supo identificar. Las paredes eran de piedra oscura con detalles dorados, el techo abovedado con lĂĄmparas colgantes en forma de antorchas de cristal. Al fondo, la pista iluminada por luces violetas pulsaba al ritmo de una mĂșsica envolvente, una mezcla de lo tribal y lo electrĂłnico, como si el alma del lugar tuviera su propio DJ interno.
Y ahĂ estaban ellos.
Los siete.
DetrĂĄs de la barra, Kim NamJoon servĂa tragos con una precisiĂłn quirĂșrgica. Impecable en camisa blanca arremangada, con gafas redondas que no disimulaban unos brazos fuertes ni una sonrisa que prometĂa pecados con erudiciĂłn. A su lado, Jeon JungKook hacĂa malabares con una botella, robĂĄndose miradas con ese estilo entre niño rebelde y dios griego de barrio. JiMin servĂa tragos con destreza.
Naz no alcanzĂł a seguir el ritmo de sus amigas. Cada una ya tenĂa su objetivo claro:
Angie coqueteaba sin vergĂŒenza con NamJoon y JungKook, bailando entre ambos como si estuviera eligiendo entre dos sabores de helado.
MĂĄs allĂĄ, Jung HoSeok estaba ya en la pista, moviendo la cadera con una camiseta negra ajustada y una chaqueta suelta que volaba con sus pasos. Su cuerpo era una declaraciĂłn de guerra a cualquier sentido del equilibrio emocional.
Ari le lanzĂł una mirada como quien escoge postre.
âMĂo âsusurrĂłâ. Aunque... âmirĂł hacia una esquina del escenario, donde Kim TaeHyung afinaba la guitarra para el live set de medianocheâ. QuĂ© difĂcil.
Tasha, en cambio, ya tenĂa los ojos sobre un rincĂłn mĂĄs oscuro. Min YoonGi, con camisa negra desabrochada en los primeros botones, tocaba el teclado mientras encendĂa un cigarro. Su mirada era puro hielo⊠y fuego si te atrevĂas a acercarte.
âIndiscutible âdijo ella. Se entendĂan sin hablar. Era como si cada nota que tocaba fuera una caricia para ella.
Naz los miraba, sobrepasada. ¿Quiénes eran esos tipos?
Entonces lo vio.
Kim SeokJin.
VestĂa un traje vino tinto, camisa negra, sin corbata. Alto, seguro, con ese andar como si la pista fuera su reino. Su rostro era perfecto, pero no de una forma lejana, sino como si la belleza se hubiera vuelto traviesa. Estaba charlando con unas chicas, pero cuando levantĂł la vista... la mirĂł.
A ella.
Naz.
Y sonriĂł.
Un segundo.
Dos.
Y caminĂł hacia ella.
âPrimera vez, Âżno? âdijo, su voz grave como un susurro que alguien dirĂa en la oscuridad de una camaâ. Se nota. El lugar te estĂĄ mirando.
Naz tragĂł saliva.
âÂżYo estoy mirando al lugar o el lugar me mira a mĂ?
Ăl riĂł. Una risa rica, profunda. TomĂł su mano con suavidad, pero con firmeza.
âVen. No se disfruta âThe Seven Knightsâ desde las mesas.
Y la condujo al corazĂłn del lugar: la pista privada, la zona reservada solo para quienes el club elegĂa.
Las luces bajaron. La mĂșsica se volviĂł mĂĄs lenta, mĂĄs cruda. Un ritmo tribal, sensual.
Bailaron.
Al principio, ella apenas sabĂa dĂłnde poner las manos. Pero Ă©l la guiaba. Se movĂa con una precisiĂłn salvaje, sin romper jamĂĄs la elegancia. Sus cuerpos empezaron a hablar ese lenguaje que va mĂĄs allĂĄ del habla, del pensamiento, de lo correcto.
Cuando Ă©l la tomĂł por la cintura, y bajĂł por su espalda hasta el borde de la cadera, Naz sintiĂł cĂłmo se abrĂa una puerta en ella que habĂa tenido cerrada por mucho tiempo.
SeokJin la girĂł, la pegĂł a su pecho, su aliento contra su cuello.
âEstĂĄs temblando.
âNo estoy asustada.
âLo sĂ©. EstĂĄs viva.
La llevĂł por pasillos escondidos del club, donde cortinas de terciopelo rojo ocultaban pequeños salones privados. El suyo estaba iluminado solo por velas. HabĂa una cama baja, cojines por doquier, y en el aire flotaba incienso de sĂĄndalo.
Ăl cerrĂł la puerta. CaminĂł hacia ella. Le quitĂł el abrigo sin decir nada. Se acercĂł mĂĄs. Muy cerca.
âSi me dices que me detenga, lo hago. Pero si no me dices nadaâŠ
Naz no respondiĂł.
Ăl sonriĂł, y la besĂł.
No fue un beso tierno. Fue uno con hambre. De esos que te dejan sin aire. Sus manos le rodearon la cintura, la atrajeron contra él. Naz sintió su cuerpo firme, su pecho contra sus pechos, su pierna entre las suyas.
SeokJin la hizo girar. La apoyĂł contra la pared. SubiĂł sus brazos por encima de la cabeza y se los sostuvo con una mano. Con la otra, empezĂł a acariciar desde su muslo hacia arriba, lento. SubiĂł por el tajo del vestido hasta colarse por debajo. Su dedo rozĂł la parte interna del muslo, provocando que Naz cerrara los ojos y soltara un gemido suave.
âEstĂĄs temblando âle susurrĂł cerca del oĂdo.
âQuiero que sigas.
La soltĂł. El vestido cayĂł al suelo. La dejĂł solo en ropa interior: encaje negro. A SeokJin le brillaron los ojos.
âPerfecta âdijo, y se quitĂł la chaqueta. Luego la camisa. Luego todo lo demĂĄs. Su cuerpo era real, masculino, sĂłlido. No un modelo de revista. Un hombre.
La empujĂł suavemente hacia la cama. Ella cayĂł de espaldas entre las sĂĄbanas, jadeando.
Se arrodillĂł entre sus piernas. Le quitĂł la ropa interior con una calma que contrastaba con el fuego de su mirada. No decĂa mucho. Actuaba. Tocaba. Probaba. Exploraba.
Primero con los dedos. Con lentitud. Con precisiĂłn. Acariciando su centro hĂșmedo mientras la miraba directo a los ojos. Le gustaba verla morderse el labio. Gemir. Retorcerse. Cuando ella estaba al borde del orgasmo, se detuvo.
âTodavĂa no âdijo, y se subiĂł sobre ella.
La penetrĂł de una sola vez.
Naz ahogĂł un grito. Ăl soltĂł un gruñido contra su cuello.
Se moviĂł con fuerza. RĂtmico. Sin prisa pero sin pausas. Cada embestida la hacĂa arquearse, gemir, gritar su nombre. Ăl no dejaba de mirarla. Le sujetaba el rostro, los muslos, la cintura. Dominante, pero atento. Fuerte, pero sensual.
Cambió de posición. La puso encima. Naz se dejó llevar. Se movió sobre él con torpeza al principio, pero SeokJin la guió, tomåndola de las caderas, marcando el ritmo. Y cuando ella se vino, se vino gritando su nombre. Fuerte. Desinhibida. Sintiéndose viva como nunca antes.
Ăl la abrazĂł, la girĂł y terminĂł dentro de ella con una intensidad que la dejĂł sin aliento.
Las manos de SeokJin eran artistas. El lenguaje de su cuerpo era poesĂa sucia.
Y cuando Naz, aĂșn jadeando, se atreviĂł a mirarlo a los ojos y sonreĂrle con complicidad, Ă©l acariciĂł su mejilla con el dorso de los dedos.
âÂżSabes? âsusurrĂłâ. El club elige a quiĂ©n quiere. No tĂș al club.
Ella riĂł, acurrucĂĄndose en su pecho.
âÂżY tĂș? ÂżQuiĂ©n te eligiĂł a ti?
âLas noches solas. El deseo de hacer que alguien tiemble. Como tĂș.
Pero no habĂa terminado.
Ăl se incorporĂł. TenĂa el cuerpo de un dios griego y el hambre de un hombre que habĂa esperado demasiado.
Y cuando se metiĂł en la cama con ella, la besĂł de nuevo.
âÂżEstĂĄs bien?
âEstoy⊠âjadeĂłâ. No sĂ© ni dĂłnde estoy.
âEstĂĄs conmigo.
Y entrĂł en ella.
Lento.
Profundo.
Perfecto.
Ambos gemĂan.
Ella no sabĂa si llorar o reĂr.
Ăl la abrazaba, le hablaba al oĂdo:
âEres mĂa ahora⊠¿lo sabes?
Ella asintiĂł.
El segundo orgasmo casi la dejĂł inconsciente.
Después, estaban entrelazados.
SeokJin le acariciaba el cabello.
Naz temblaba todavĂa.
âÂżEsto fue real?
âMuy real âdijo Ă©l, besĂĄndole la frente.
Y justo cuando ella cerraba los ojosâŠ
âMañana âdijo Ă©lâ. Te espero de nuevo.
âÂżMañana?
âNo he terminado contigo, Naz.
Ella sonriĂł.
Y entendiĂł que esa noche, no solo habĂa perdido la ropa⊠habĂa perdido el corazĂłn.
âđ„â
Horas después, al salir, sus amigas la esperaban en la acera, despeinadas, risueñas y sin aliento.
âÂżY tĂș, Naz?
Naz simplemente se acomodó el cabello con una sonrisa de diosa recién ungida.
âNo sĂ© ustedes, pero yo... me enamorĂ© de un caballero.
Y Ari riĂł:
âYa, pero ÂżcuĂĄl de los siete?
Naz mirĂł hacia atrĂĄs, y vio a SeokJin apoyado en la entrada, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que decĂa nos volveremos a ver.
âEl mĂo âdijo, y caminĂł hacia el amanecer.