Valeria
Miércoles, 21:30.
Abre los ojos lentamente. Un frío que cala hasta los huesos la invade, junto al penetrante olor a antiséptico. Las paredes blancas y el silencio cortante del lugar le provocan un escalofrío. Con voz apenas audible susurra:
—¿Q-qué pasó...?
Comienza a agitarse. Mira a su alrededor, desorientada, sin entender qué ocurre. El llanto la desborda mientras repite una y otra vez:
—¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? ¿Por qué no recuerdo nada...?
Las máquinas a su alrededor emiten pitidos estridentes, como si compartieran su ansiedad. De pronto, un agudo chirrido irrumpe en la habitación: la puerta se abre lentamente. Una mujer alta, vestida con un uniforme azul oscuro, entra con paso sereno. Su voz, suave y tranquilizadora, corta la tensión del aire:
—Tranquila... sigue mi respiración.
Valeria, aún temblando, intenta imitarla. Poco a poco, el ritmo de su pecho se regula.
—Estás a salvo —dice la enfermera con una sonrisa cálida—. Tu familia ya viene. Ahora trata de descansar...
El tiempo parece haberse detenido cuando la puerta se abre. Entran los familiares de Valeria, con miradas confusas y cargadas de tristeza. Ella se incorpora lentamente en la cama, los observa uno a uno, y con un suspiro entrecortado pregunta:
—¿Qué me pasó? No entiendo nada... Ayer estaba en mi casa, ¿y hoy estoy aquí?
Un silencio denso recorre la habitación. Pasan unos segundos hasta que su madre se acerca, le toma la mano con delicadeza y, con lágrimas contenidas, murmura:
—Hija... pensé que te perdía.
Valeria la mira con incertidumbre, sus ojos llenos de preguntas. En ese momento, su mejor amiga se aproxima, respira hondo y le dice con voz temblorosa:
—Valeria cariño... ha pasado un mes desde que ingresaste aquí. ¿De verdad no recuerdas nada?
Ella la observa, escéptica, confundida:
—Cami, no sé de qué me hablas. Recuerdo llegar a casa del trabajo, cenar... y nada más.
De pronto, algo extraño le oprime el pecho. Su respiración se acelera, los ojos se abren desmesuradamente, y con angustia mira a su alrededor:
—¿Dónde está? ¿Por qué no ha venido? ¡Kira! ¿Dónde está, mamá? ¿Le pasó algo a mi esposa? ¿Por qué no está a mi lado?
Las máquinas comienzan a sonar con intensidad, cada pitido más estridente que el anterior. Siente que el corazón le golpea el pecho con violencia, su desesperación se desborda. Los llamados del personal se mezclan con voces confusas. La puerta se abre de golpe: el doctor y la enfermera irrumpen en la habitación.
El médico le pide que se calme, pero sus palabras no logran alcanzarla. La angustia la consume, su cuerpo se agita cada vez más... hasta que, de pronto, todo se desvanece. El ruido se apaga. El mundo entero se convierte en un profundo sueño.
Valeria, sumida en su sueño, comienza a recordar quién es.
Alta, de cabello rizado y ojos color marrón, su piel marcada por tatuajes que cuentan historias, y una risa mágica que iluminaba cada espacio. A sus treinta y tres años, siempre llevaba consigo una sonrisa franca, el amor de los suyos y la pasión por sus deportes favoritos.
La memoria le devuelve su andar ligero, despreocupado, lleno de paz y alegría. Vuelve a escucharse cantando a todo volumen en el auto, como si el mundo fuera suyo por unos instantes.
Ella es Valeria: enfermera especialista en anestesia, respetada y querida por su equipo de trabajo, una mujer que dejaba huellas en quienes la rodeaban.
Flashback
Nueve años atrás
—Hola... ¿me puedo sentar junto a ti? —preguntó Valeria.
En una reposera, sobre las playas doradas de Cartagena de Indias, una chica sostenía un libro. Alzó la mirada y, con una sonrisa ladeada, asintió en silencio.
Valeria se sentó a su lado. Sus ojos se encontraron, y con voz firme pero temblorosa dijo:
—Me llamo Valeria, un gusto.
—Kiara —respondió ella, sin apartar la mirada—. Un placer conocerte.
En ese instante, Valeria sintió un cosquilleo en el pecho, un corazón desbocado que no lograba controlar. La conversación fluyó con naturalidad, ligera como la brisa. Entre risas y confidencias, Valeria se armó de valor:
—¿Te gustaría salir a cenar esta noche?
Kiara la observó con expresión confusa, intrigante. Guardó silencio mientras recogía sus cosas y, antes de marcharse, lanzó una mirada intensa:
—Si me alcanzas... cenaré contigo.
Sin más, salió corriendo, dejando a Valeria atónita. Tardó apenas unos segundos en comprender el juego. Se levantó apresurada y gritó, riendo:
—¡Kira, te alcanzaré!
Las carcajadas de ambas se mezclaban con el rugido de las olas. Kiara, bajando el paso, chocó suavemente contra Valeria. El mundo pareció detenerse. Con una sonrisa coqueta, susurró:
—A las ocho, en el puerto. Te esperaré.
Le guiñó un ojo y se alejó, dejando a Valeria con la sonrisa tatuada en el rostro.
Cuando regresó a recoger sus cosas, Camila —su mejor amiga— la esperaba con las cejas arqueadas y una mirada de interrogación. Apenas llegó, ambas soltaron una carcajada.
—Parece que conseguiste una cita —bromeó Camila.
Al llegar a la habitación del hotel, Valeria se detuvo frente a Camila, como si necesitara tomar aliento antes de hablar.
—Cami… —susurró apenas, temiendo romper el silencio—. ¿Crees que hago lo correcto? Conoces mi historia, sabes por todo lo que pasé… y no sé si de verdad sea bueno arriesgarme a una cita.
Camila sostuvo su mirada con ternura y, tras un instante de pausa, respondió con serenidad:
—Valeria, el pasado es un lugar en el que no debes quedarte. Eso que viviste no tiene que acompañarte en tu nuevo comienzo. Permítete sentir, déjate llevar. Disfruta esta cena… si resulta algo hermoso, lo será. Y si no, al menos habrás tenido el valor de intentarlo.
Los ojos negros de Camila, profundos y tranquilos, se posaron sobre ella con un afecto que la envolvía como un refugio.
Valeria revolvía su maleta con la ligereza de quien busca más que un atuendo: buscaba seguridad, un amuleto para la noche. Entre risas cómplices con su amiga, fue descartando vestidos y colores hasta que la elección se reveló clara: una camisa blanca de lino, amplia y fresca; unos jeans azul oscuro que abrazaban su silueta con sencillez; y sus deportivos favoritos, tan fieles como su propia historia.
La ducha fue un rito breve, pero suficiente para despertar la determinación que escondía en la piel. Dejó que sus rizos respiraran libres, perfumó su cuello con un aroma suave y, frente al espejo, se regaló una sonrisa que era mitad temblor y mitad coraje. Esa noche no iba solo al puerto; iba a buscar a la mujer que le había incendiado la memoria con un solo vistazo: Kira.
El taxi avanzaba lento entre las calles iluminadas, mientras en su interior el tiempo se comprimía. Los nervios eran un oleaje constante, pero el reloj en su muñeca le recordó que faltaban apenas diez minutos. Cuando descendió, el aire marino la envolvió con un frescor que mezclaba sal y promesa.
El puerto resplandecía en reflejos: las luces se mecían sobre el agua, los barcos y veleros parecían espectros pacientes aguardando la marea. Y allí, entre todo, estaba ella. Kira. Una silueta vestida de blanco, sencilla y luminosa. Su cabello negro, largo y liso, caía como un río nocturno, domado solo por un listón amarillo que parecía atrapar la luz.
Valeria sintió que cada paso era un latido, y que cada latido la acercaba a un destino inevitable. Entonces, sus ojos se encontraron. En ese instante, el mundo alrededor se apagó: ni ruido, ni gente, ni luces. Solo dos miradas que se reconocían, que se buscaban, que se abrazaban sin tocarse todavía. Como si el universo, cómplice, hubiera decidido que solo ellas existieran.
Fin del Flashback
Valeria abrió los ojos lentamente. El blanco del hospital la recibió con frialdad, pero al girar la cabeza distinguió a Camila dormida en un sillón, vencida por el cansancio.
—Cami… —susurró apenas, con un hilo de voz, temiendo despertarla de golpe—. Amiga, ¿qué pasó? Por favor… despierta, cuéntame qué ocurre.
Camila abrió los ojos con suavidad y, al verla consciente, una sonrisa le iluminó el rostro. Se estiró con pereza antes de acercarse al borde de la cama, donde Valeria la observaba con una mezcla de incertidumbre y ansiedad.
—Amiga… ¿cómo te sientes? ¿Descansaste un poco? —preguntó con ternura.
Valeria sonrió débilmente, pero su primera pregunta fue un susurro cargado de inquietud:
—¿Dónde está Kira?
Camila tomó aire hondo, buscando las palabras correctas. Finalmente, le acarició la mano y respondió con calma:
—No me corresponde contarte todo lo que pasó… pero quiero que sepas que ahora todo está bien. Dale tiempo a los días, y a medida que te recuperes, hablaremos de todo.
Valeria cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro. Después, volvió a mirarla con una chispa de nostalgia.
—¿Sabes, Camila? Soñé con aquellas vacaciones en Colombia… hace ya nueve años. ¿Las recuerdas?
Los ojos de Camila se humedecieron de inmediato. Hubo un segundo en el que quiso revelar la verdad, abrir de golpe las puertas del silencio, pero en lugar de eso solo sonrió, inclinándose para dejarle un beso en la frente.
—Claro que lo recuerdo… —murmuró con la voz quebrada—. Recuerdo todas las locuras que vivimos juntas.