CAPÍTULO 1
El pitido del microondas me sacó de mi trance. Saqué mi almuerzo y me senté en el comedor de la oficina, donde ya me esperaba Sofia, comiendo a una velocidad preocupante.
—Si sigues así, te vas a ahogar —le dije con una sonrisa cansada.
Ella puso los ojos en blanco ante mi comentario y bajó el ritmo.
—Tengo mucho trabajo.
—Y eso no es excusa para atragantarte.
—Con todo este cambio de gerencia, me tiene los pelos de punta—comentó Sofía, mientras dejaba su plato aun lado y fijaba sus ojos en mi.
—Ni que me lo digas, han pospuesto mi proceso para el ascenso otra vez. —dije mientras me llevaba las manos a la cara. — Creo que es la tercera vez en estos dos años.
—Han pasado muchas cosas, Rory. No desanimes.
Baje mis manos y la observé fijamente.
—¿No me desanime? ya hasta creo que es una señal. —murmuré—me quedaré como asesora ventas toda mi vida.
—Eso no es cierto.
No dije nada, sin embargo lo pensaba, llevaba en esta empresa hace nueve años, un día cualquiera tome la decisión de estudiar lo que más me apasionaba; psicología y talento humano y cuando por fin me gradué y quise ascender las cosas no se dan.
—Los planes no salen como tú quieres, debes esperar. No sabes qué puede pasar mañana.
—Touche.
Tomé mi celular, las notificaciones de correo de proveedores abundaban ahí, sin embargo me llamaba mas la atención el mensaje de él, una leve chispa apareció en mi estomago al verlo, pero no más.
Miguel🖤: ¿Ya estás almorzando? Espero que si, luego te llamo, voy a ingresar a una reunión.
No respondí, no valía la pena. Llevaba toda una mañana esperando hablar con él, así sea solo cinco minutos, pero siempre estaba ocupado.
Una parte de mí todavía esperaba que me escribiera para salir a almorzar juntos. Como antes. Como cuando todo era diferente.
Sofia me observaba fijamente, no decía nada. Pero al tener la historia completa ya sabía porque mi gesto de cara larga.
—¿Estás bien, Rory? —preguntó ella, en sus ojos podía ver la simpatía y la pena por mi.
Asentí y me dispuse a comer.
El ambiente en la oficina era tenso, todos estaban corriendo de un lado a otro y las llamadas de los proveedores no paraban, actualmente me encontraba trabajando en una compañía nacional como comercial, sin embargo mi sueño siempre fue aspirar un cargo más alto.
La jornada laboral pasó más rápido de lo que esperaba, y agradecí al de arriba por eso. Solo quería llegar a casa y dormir..
—Recuerda, mañana hay reunión—Mencionó brevemente Sofía mientras empacaba sus cosas.
Asentí sin más y me despedí de todos en la oficina con el eco de la voz de un compañero mencionando brevemente que mañana había reunión otra vez. Salí corriendo a tomar el transporte. Me esperaba una hora tediosa atrapada en el tráfico. No tener vehículo propio era un castigo autoimpuesto; me daba miedo conducir, y sin nadie que me llevara, esta era mi única opción.
El reloj marcaba las 8:43 p. m. cuando entré al apartamento. El ruido del tráfico aún zumbaba en mis oídos, como si no quisiera soltarme del todo. Dejé las llaves en la mesa de entrada, me quité los tacones y caminé directo a la cocina, donde el fregadero parecía haberse confabulado con el caos del día.
Platos sucios. Otra vez.
Suspiré. No era gran cosa, en realidad. Pero después de una jornada de nueve horas, con tres de ellas peleando con proveedores por correo, una hora atrapada en un trancón infernal, y con un dolor de cabeza… los platos eran la gota.
Él estaba en el sofá, piernas cruzadas, computador sobre sus piernas. El brillo de la pantalla reflejado en sus pupilas.
—¿Cariño, eres tú? —preguntó, sin apartar la vista del aparato. — Llegas tarde.
—Mucho tráfico. —Respondí.
No dije más, estaba tan cansada que el solo hablar me agotaba.
Dejé mi bolso en la silla del comedor y me fui directo al cuarto. No le pregunté cómo le había ido en el día. No le pedí un abrazo. No quería discutir, ni pensar, ni sentir.
Solo quería quitarme el peso de encima… aunque fuera por unos minutos.
Cerré la puerta con cuidado, como si no hacer ruido significara no tener que enfrentar la realidad. Me quité la blusa y me solté el cabello. Frente al espejo, la versión de mí que me devolvía la mirada parecía un reflejo a medias.
Cansada, ojerosa, opaca y ausente.
Me senté al borde de la cama, en silencio, con el celular aún en la mano. Abrí la conversación con Miguel. Vi nuestros últimos mensajes. Todos prácticos. Todos vacíos. Ni un “te extraño”. Ni un “¿cómo estás?” real.
Y sin embargo… ahí seguíamos. Conviviendo, coexistiendo. Como dos desconocidos que se saben de memoria.
Me lavé la cara, respiré hondo y volví a la sala.
Él seguía en el mismo lugar, misma postura, misma pantalla.
—¿Miguel? —pregunté, con la voz más suave de lo que esperaba.
—¿Sí?
—Estaba pensando… ¿y si el domingo salimos tú y yo? Hace mucho que no hacemos algo juntos.
Él ni siquiera levantó la cabeza.
—Este domingo no puedo. Quedé de ir al partido con los muchachos.
Me quedé en silencio. La rabia no llegó de golpe. Fue más como un frío sutil deslizándose por la espalda.
—¿Otro domingo por fuera? —pregunté. Esta vez, mi voz tembló sin que yo lo quisiera—. Es el cuarto seguido que no estás.
Él suspiró, como si mi comentario le incomodara más que la situación misma.
—Rory… últimamente estoy ocupado. Solo quiero un rato para mí, hace mucho no juego.
Entendia completamente que quería su tiempo, pero ya no mantenía en casa, siempre estaba por fuera, ya sea por trabajo, viajes del mismo trabajo o salidas con sus amigos de las cuales yo no era invitada.
—¿Y yo? —pregunté, y fue lo único que pude decir antes de que el nudo en la garganta me ganara.
Miguel por fin subió la vista de su computador. Me miró por unos segundos, y en su rostro apareció una expresión que no supe descifrar del todo. ¿Culpa? ¿Fastidio? ¿Incomodidad?
—Lo siento, Amor. ¿Te parece si el próximo domingo salimos?
Asentí.
Pero no dije nada más.
Porque ya me sabía esa promesa. Ya había escuchado ese “el próximo domingo” más veces de las que podía contar.
Me di la vuelta sin agregar una palabra, caminé a la cocina, lave los platos sucios que había dejado en la mañana y al terminar me encerré en el único lugar donde aún podía respirar tranquila: mi pequeño refugio dentro del apartamento.
La biblioteca.
La había armado poco a poco, con muebles reciclados, estantes que yo misma pinté, una alfombra suave en el suelo, y una lámpara de luz cálida que colgaba justo encima del sillón en el que podía perderme por horas.
Era el único rincón que aún me pertenecía por completo. Donde Miguel nunca entraba. Donde aún me sentía yo.
Me dejé caer en el sillón y abracé mis rodillas, sintiendo cómo el silencio era más amable que cualquier palabra rota.
Tomé un libro al azar, no para leerlo, sino para tener algo en las manos. Algo que no se sintiera tan lejano. Tan vacío.
Mi vista se nubló, pero no lloré. No podía. Era como si incluso mis lágrimas se hubieran rendido.
Tal vez no era culpa suya. Tal vez sí estaba pidiendo mucho.
No se cuanto tiempo pasó, pero él nunca vino a buscarme, ni cuando el reloj marcó las 12, así que decidí quedarme a dormir ahí.
Al siguiente día, cuando él se levantó, yo ya estaba lista, con su almuerzo empacado y mi bolso preparado.
—¿A qué horas te levantaste? —murmuró, restregándose el rostro—. Es muy temprano.
—Tengo reunión —contesté mientras metía un par de cosas más al bolso.
—¿Te llevo?
—No alcanzas —me acerqué a él y le di un beso rápido en los labios—. Nos vemos por la noche.
—Estamos hablando —dice él con voz adormilada.
Lo miré una última vez y asentí, sin más. Sabía que no hablariamos, como siempre. Ya no teníamos tiempo para eso. Pero discutir a las seis de la mañana no valía la pena.
El tráfico estaba peor de lo habitual. Ni siquiera eran las 7:00 a. m. y ya parecía mediodía. Miraba mi reloj constantemente, maldiciendo en silencio a cada persona que se subía con la calma del mundo, como si no estuviéramos todos corriendo contra el reloj.
Hoy era un día importante. La reunión general sobre los nuevos cambios que vendrían con el cambio de gerencia. Yo estaba un poco nerviosa… tenía un proceso adelantado para convertirme en la nueva jefe de recursos humanos. Era mi tercera vez postulando al cargo, siempre pasaba algo que hacía que el proceso se detuviera abruptamente, pero esta vez era diferente, justo cuando el jefe mayor renunció de forma inesperada.
El ambiente en la oficina era tenso. Mucha gente caminando rápido, teléfonos sonando, carpetas apiladas.
Me senté en mi puesto, y desde el cubículo de al lado, Sofía me llamó.
—Oye.
—¿Qué?
—¿Recuerdas la empresa donde trabaja mi prima, Sara.? Aún están buscando a alguien para talento humano. ¿Por qué no mandas tu hoja de vida?
Fruncí el ceño.
—No, Sofía. ¿Para qué? Estoy bien aquí. Además, tú sabes… estoy esperando que reanuden el proceso.
Ella suspiró.
—Solo por tener un plan B, Rory. No pierdes nada.
Me encogí de hombros, pero no respondí. Ella sabía que yo detestaba los cambios, incluso cuando eran necesarios. Y también sabía que si me insistía lo suficiente, lo haría. Así que más tarde, justo antes del almuerzo, terminé enviando el correo. Por si acaso, me dije. Aunque seguía convencida de que no me irían a despedir.
La reunión fue puntual. Todos estábamos en la sala, en completo silencio. El nuevo jefe, un hombre de unos cincuenta años, con una expresión impenetrable y una carpeta gruesa entre las manos, comenzó a hablar de reestructuración, de visión organizacional, de eficiencia… y finalmente, de recortes de personal.
Mi estómago se encogió, pero traté de mantener la calma.
Yo no debería estar en esa lista, pensé. No tengo ni una sola queja, mi desempeño ha sido impecable…
Y entonces abrió la carpeta.
—Las siguientes personas deben acercarse a talento humano a firmar su liquidación —dice con tono frío—. Es una decisión tomada a nivel directivo, no lo tomen personal, realmente se estudió muy bien el personal que llamaremos y han sido —suspiro—buen elemento, Pero, su tiempo aquí terminó.
Comenzó a leer los nombres.
Uno. Dos. Tres.
El quinto nombre me dejó sin aire:
—Aurora Vega.
Todo en mí se detuvo.
Sentí la sangre subir a mi rostro. Miré en dirección a Sofía y desde lejos, ella solo murmuró con los labios: Lo siento.
¿Lo sabía?