Hera: monstruos, reyes y flores

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Summary

En el cuarto mas oscura alumbrado por la lámpara mas brillante cuando la lámpara se apaga solo queda la nada

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

El sol comenzaba a desvanecerse en el horizonte, pintando el cielo con una paleta de ámbar y lavanda que parecía sacada de un sueño. Las nubes, tenues y etéreas, se disolvían suavemente como si el cielo mismo estuviera conteniendo la respiración. El viento acariciaba los campos de Eolia con una ternura casi maternal, como si el reino quisiera ofrecer un último y sereno adiós a su princesa. Isabella Orkan viajaba en un carruaje adornado con emblemas de plata y estandartes celestes que brillaban con los últimos rayos del día, escoltada por caballeros de su reino y soldados enviados por Solen. Su destino estaba escrito en los acuerdos de estado: un matrimonio pactado con el príncipe Dionicio de Solen, una alianza diseñada para evitar una guerra que ya susurraba su nombre en las fronteras.

Dentro del carruaje, Isabella observaba el paisaje con una mezcla de resignación y tenue esperanza. Su vestido de viaje, de líneas sencillas pero impecablemente elegante, se mecía al compás del traqueteo de las ruedas. En su regazo, sostenía una pequeña caja de madera tallada que guardaba preciosos pétalos secos: frágiles recuerdos de su jardín, de su infancia, de una vida que se desvanecía con cada kilómetro recorrido. Cada pétalo tenía para ella un nombre, una fecha, una emoción congelada en el tiempo. Era su talismán contra el olvido, una forma de aferrarse a quién había sido antes de convertirse en moneda de cambio entre reinos.

El carruaje se detuvo de manera inesperada. A un costado del camino, entre piedras musgosas y arbustos silvestres, un joven atendía una modesta carreta llena de flores. Isabella, movida por un impulso que no pudo explicar, pidió que abrieran la puerta. Bajó con una gracia casi etérea, como si sus pies apenas tocaran la tierra que pronto dejaría atrás. Se acercó al vendedor.

Era joven, probablemente no mucho mayor que ella. Su cabello negro como el azabache caía en ondas desordenadas hasta sus hombros, enmarcando un rostro marcado por una barba de tres días que le daba un aire entre descuidado e intrigantemente salvaje. Pero eran sus ojos lo que capturó su atención: de un gris profundo y tempestuoso, cargados de una melancolía tan intensa que parecían mirar más allá del presente, hacia algo que solo él podía ver. Isabella lo observó en un silencio cargado de curiosidad. Él no dijo una palabra; simplemente le tendió un ramo de lirios rojos, sus pétalos casi sangrientos contra el verde oscuro de su follaje.

—Son flores del viento —dijo él, su voz un susurro grave que casi se lo llevaba la brisa—. Crecen donde nadie las espera.

Isabella extendió una moneda de plata, tomó el ramo con dedos que apenas temblaban, y regresó al carruaje sin pronunciar palabra. No había tiempo para preguntas, ni para sueños imposibles. El deber la llamaba con urgencia. Mientras el carruaje se ponía en marcha, el joven la siguió con la mirada, y en sus ojos no había deseo, ni tampoco tristeza… solo una vacuidad casi aterradora, como si ya conociera el final de una historia que ella apenas comenzaba a vivir.

Detrás del carruaje, cabalgaba con actitud vigilante un joven caballero de cabello castaño y ojos negros penetrantes: Edward Golondrinas. A sus 21 años, ya era uno de los paladines más prometedores de Solen. Graduado a los 19, discípulo del legendario duque Lucian Infinix, Edward había sido asignado como escolta personal de la princesa. No solo por su habilidad con la espada, sino porque el rey de Solen sabía que este viaje era mucho más que diplomacia: era una jugada arriesgada en el tablero de la guerra contra Nivaria.

Edward escrutaba el entorno con ojos de halcón. El terreno, los cielos, los rostros de los campesinos… nada escapaba a su atención. A pesar de estar lejos de las fronteras de Nivaria, una inquietud profunda anidaba en su pecho. Sabía que Nivaria no se quedaría de brazos cruzados ante una alianza que podía significar su derrota.

Al adentrarse en un paso estrecho entre riscos elevados, el grupo se detuvo en seco. El silencio que los envolvió fue súbito y opresivo, como si el aire mismo hubiera enrarecido. Allí, bloqueando el camino, se erguía una figura. Alto, envuelto en una capa negra que parecía devorar la poca luz restante, su rostro oculto tras una máscara metálica que solo dejaba al descubierto unos ojos que ardían con un fulgor carmesí. A su espalda, la empuñadura de una espada pulsaba con una luz siniestra.

—¡Alto! —ordenó el capitán de la guardia, su voz quebrando la tensión.

La figura no respondió. Solo inclinó ligeramente la cabeza.

Los caballeros desenvainaron sus espadas al unísono. Edward bajó del caballo con agilidad felina, colocándose como un muro entre la amenaza y el carruaje de la princesa.

—¿Quién eres? —exigió, aunque en su interior ya sabía la respuesta. Solo un hombre tenía esa aura de muerte.

El hombre desenvainó su espada—Ala de Fénix—y la hoja se encendió en llamas oscuras que crepitaban con energía corrupta, emitiendo un calor que ondulaba el aire alrededor de ellos. En un instante, se abalanzó sobre los escoltas. Cada movimiento suyo era una explosión de violencia controlada; cada esquivar, un paso en una danza mortal coreografiada. Los caballeros de Eolia y Solen, aunque valientes, fueron barridos como hojas secas ante un vendaval.

En medio del caos, un grupo de jinetes con emblemas de Nivaria emergió de un flanco oculto entre las rocas. Isabella lanzó un grito ahogado que fue sofocado por un paño contra su boca mientras manos expertas la sacaban del carruaje con precisión quirúrgica. Desaparecieron entre los riscos antes de que nadiera pudiera reaccionar.

—¡Isabella! —gritó Edward, su voz desgarrada por la impotencia.

Se giró hacia la figura en llamas, una rabia pura ardiendo en su pecho. —¡Fénix!—rugió, desenvainando su propia espada—. ¡Hoy será el día en el que le pondré fin a tu miserable vida!

El Fénix se volvió lentamente, su máscara reflejando las llamas de su espada como un espejo del infierno. —¿Eso crees?—preguntó, su voz distorsionada y fría como el acero invernal.

Edward cargó contra él, gritando los nombres de su maestro, Lucian Infinix, y de su amigo caído, Etmmundo de Flores. Cada golpe suyo era desesperado, impulsado por el dolor y la furia. Pero el Fénix no desenvainó siquiera su espada; esquivaba cada ataque con una elegancia cruel y sobrenatural, como si ya conociera cada movimiento de Edward antes de que ocurriera. Finalmente, atrapó la hoja de Edward con una mano enguantada, y con la otra lo golpeó en el pecho con una fuerza que lo lanzó contra el suelo, haciéndole perder el aliento.

Los soldados sobrevivientes observaban paralizados por el terror. —¿Eso es humano?—susurró uno, temblando. —Es un demonio—afirmó otro con voz quebrada. —No puede ser…los demonios no controlan energía elemental… —Entonces…¿qué es?

El Fénix alzó la mirada hacia el horizonte donde Isabella había desaparecido. El carruaje real ardía, iluminando la escena con un resplandor funesto. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito.

Edward, tendido en el suelo con el costillo agonizante, comprendió la amarga verdad: él solo había sido la distracción. Un peón en un juego mucho mayor.