Mirko Futanari.

Summary

(Este podría considerarse como un remake de mis one-shots conocidos como "Una familia feliz". Genuinamente no entiendo el porqué, pero la idea de Izuku e Inko siendo corrompidos por Mirko es una idea que me encanta). Rumi Usagiyama, mejor conocida como la heroína conejo Mirko, una mujer admirada por cientos de personas y vista como un ejemplo a seguir. Alguien con una vida increíble llena de acción, éxito y felicidad. Eso era lo que las personas sabían sobre ella en papel, pero la realidad era diferente: ella era infeliz por un simple motivo que para muchos sería una estupidez, pero para su condición era algo importante. Ella nunca estaba sexualmente satisfecha, y todo era por ser una futanari; ella había nacido con una polla ENORME y con un par de testículos colosales. Día tras día, sin importar cuánto lo intentara, era incapaz de estar satisfecha, y eso la volvía infeliz. Sin embargo, un día conocería a una pequeña familia que tal vez le ayudaría a encontrar la felicidad que tanto deseaba, incluso si eso significaba tener que corromper a esa pequeña y linda familia.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1. Conociendo a la zorra de Inko.

RIIIIIINNNNGGGGGGG.

El despertador barato vibró con violencia sobre la mesita de noche improvisada —un cajón volteado cubierto de costras secas de semen— antes de que un puño negro y musculoso lo hiciera pedazos contra la pared. Los restos plásticos cayeron sobre un charco amarillento que ya llevaba días allí.

El apartamento de Rumi Usagiyama era un vertedero.

El suelo del pasillo principal estaba cubierto de una capa pegajosa donde se mezclaban semen seco, condones usados y reventados, latas de cerveza aplastadas, cajas de comida rápida con moho y manchas oscuras de orina que nadie se había molestado en limpiar. El olor era denso, pesado, una combinación ácida de sudor rancio, semen viejo, esmegma fermentado y meados que llevaba semanas acumulándose. Solo dos habitaciones escapaban al desastre: el baño (que usaba poco) y el cuarto de huéspedes (que nunca usaba porque no tenía amigos ni amantes que duraran más de una noche).

En la habitación principal, sobre un colchón desnudo tirado directamente en el suelo, yacía completamente desnuda la heroína de tan solo 25 años número 5 del Japón: Mirko.

Su cuerpo oscuro brillaba ligeramente por el sudor nocturno. Piernas gruesas como troncos de árbol, muslos que parecían tallados en acero puro, y un culo enorme, redondo y duro como piedra que se aplastaba contra el colchón. Más arriba, un abdomen marcado con abdominales visibles incluso en reposo. Sus tetas, copas G firmes y pesadas, coronadas por pezones cafés oscuros que ya estaban duros por la temperatura del cuarto. Y entre sus piernas, descansando pesado y grueso sobre su muslo izquierdo, el origen de toda su maldita desgracia.

Una verga negra monstruosa. Incluso flácida medía unos 29 centímetros de largo y casi 10 de ancho. La piel del prepucio era gruesa, oscura, y acumulaba una capa blanquecina de esmegma espeso que llevaba días sin limpiar. Debajo colgaban dos testículos gigantescos, peludos, del tamaño de pelotas de fútbol americanas, pesados y llenos, cubiertos de un vello negro rizado que atrapaba sudor y olor.

Mirko gruñó, abrió los ojos rojos y se sentó en la cama. Su mano bajó automáticamente y rascó con fuerza sus bolas sudadas, sintiendo cómo los huevos pesados se movían bajo sus dedos.

—Aggghhh… qué puta mierda de mañana —masculló con voz ronca.

Se levantó. Su polla flácida se balanceó pesadamente entre sus muslos. Caminó descalza por el pasillo, dejando huellas pegajosas en el suelo sucio. Al llegar a la sala, ni siquiera se molestó en ir al baño. Agarró su verga gruesa con una mano, apuntó a la pared blanca que ya tenía docenas de manchas amarillas secas y soltó un chorro potente y largo de orina caliente.

—Joder… hoy sí que tenía mucha —dijo con una sonrisa torcida mientras el líquido amarillo salpicaba la pared y corría hasta formar un nuevo charco en el suelo. Agitó la polla con fuerza al terminar, lanzando las últimas gotas contra el piso, y se dirigió a la zona de pesas.

El sudor empezó a brotar casi de inmediato. Mirko agarró las pesas de ultra-densidad y comenzó su rutina brutal: sentadillas, peso muerto, press de hombros. Cada repetición hacía que sus músculos se hincharan, que su culo se flexionara con fuerza y que su enorme pene y sus bolas se balancearan violentamente. Gotas de sudor salado caían de sus axilas, de su espalda, de sus tetas y especialmente de su entrepierna. El olor a coneja sudada y cachonda llenaba el aire.

Después de casi una hora, terminó con una serie de sentadillas profundas. Al bajar, sus testículos gigantes se aplastaron contra el suelo sucio, recogiendo polvo y pelos viejos. Al subir, la polla semierecta azotó su abdomen con un sonido húmedo.

—Hora de comer algo… —gruñó.

La cocina era peor que el resto. El fregadero estaba lleno de platos con restos de comida cubiertos de moho. El suelo tenía costras de semen seco, manchas de orina y huellas de pies descalzos. Mirko abrió la alacena, sacó una barra energética y le dio un mordisco mientras desbloqueaba su teléfono.

En menos de diez segundos ya tenía un video porno reproduciéndose a todo volumen.

En la pantalla, una mujer obesa de culo gigantesco y celulítico era follada brutalmente por un hombre de verga negra mientras gemía como puta en celo. Mirko cambió a otro video: un femboy delgado con tanga rosa siendo usado como onahole, la cara cubierta de semen y esmegma.

Su polla reaccionó al instante.

—Joder… —susurró, sintiendo cómo la sangre bajaba.

La verga negra empezó a hincharse rápidamente. En menos de un minuto ya medía 40 centímetros y seguía creciendo. Las venas palpitaban, el prepucio se retrajo ligeramente dejando ver más esmegma blanco y espeso acumulado bajo la corona. Mirko se sentó en una silla sucia, escupió en su mano y empezó a masturbarse con fuerza.

—Así… putas gordas y maricas… eso es lo que necesito…

Su mano subía y bajaba por la enorme longitud, haciendo que sus bolas pesadas se golpearan contra el asiento. El olor a polla sin lavar y sudor llenaba la cocina. Estaba a punto de correrse, la punta ya goteaba precum espeso, cuando la alarma de su teléfono sonó.

— ¡QUE PUTA MIERDA!

Mirko se levantó furiosa, la verga erecta balanceándose como un bate de béisbol, ahora cerca de los 50 centímetros de largo y 23 de grosor. El glande brillaba, morado oscuro, cubierto de una capa viscosa de esmegma y precum.

—Estas malditas zorras y esos putos femboys ya no aguantan ni tres rondas conmigo… —gruñó mientras caminaba hacia el baño—. Cada vez que meto toda la verga las rompo, las hago sangrar, las dejo llorando… y luego se van corriendo. ¡Cobardes de mierda!

Abrió el botiquín y sacó un frasco grande con la etiqueta:

“Medicina para futanari negras – Control de erección extrema”**

Debajo, en letras rojas:

“Advertencia: Uso excesivo puede provocar pérdida permanente de efecto o disfunción eréctil.”**

Mirko ya se había pasado la dosis docenas de veces. Ya casi no funcionaba. Aun así, abrió el frasco y se echó la mitad de las pastillas en la boca, tragándolas en seco.

Esperó unos minutos. Su polla seguía dura como acero, palpitando, goteando.

—Vamos… maldita sea… bájate…

Poco a poco, muy lentamente, la erección empezó a ceder. No del todo. Seguía semierecta, gruesa y pesada, pero al menos ya no parecía un arma lista para destruir.

— Tengo que buscarme una puta nueva… o dos… o tres… —murmuró mientras entraba a la ducha.

El agua caliente cayó sobre su cuerpo. Mirko se lavó rápido, casi sin prestar atención. Pasó la mano por su verga y recogió un poco de esmegma blanco con los dedos, oliéndolo antes de enjuagarse sin limpiarlo del todo. Se puso su traje de heroína, que por algún milagro de la tecnología ocultaba casi completamente su monstruosidad entre las piernas.

Salió del apartamento saltando con sus poderosas piernas, aterrizando en los techos de los edificios cercanos.

Vivía en una zona olvidada del país. Un distrito donde la ley prácticamente no existía, donde los crímenes eran diarios y nadie se atrevía a quejarse de una heroína que meaba en las paredes o dejaba su apartamento oliendo a burdel abandonado. Si alguien se quejaba, Mirko lo golpeaba y lo entregaba a la policía… o peor.

Durante su patrulla del día, mientras golpeaba villanos y saltaba entre edificios, una idea no dejaba de rondarle la cabeza.

Había escuchado hablar de una app nueva.

**Sexcall.**

Una aplicación diseñada para gente desesperada por sexo. Perfiles anónimos donde solo se mostraban partes del cuerpo, sin rostro, sin nombre. Citas a ciegas. Perfecto para alguien como ella, cuya fama de “rompe coños y rompe culos” ya había corrido entre las prostitutas y los femboys de la ciudad.

Al terminar su turno, volvió a su apartamento apestoso, se quitó el traje y se tiró desnuda en el colchón. Su polla semierecta descansaba sobre su abdomen.

Abrió la tienda de aplicaciones y descargó Sexcall.

La interfaz era sencilla y directa: dos modos principales.

**Perfiles anónimos** (solo fotos de polla, coño, culo, tetas, sin cara).

**Perfiles públicos** (con rostro y nombre real, para los que buscaban algo más “serio”).

Mirko eligió el modo anónimo.

Creó su perfil rápidamente.

Foto principal: tomó su teléfono, se puso en cuatro patas sobre el colchón sucio y apuntó la cámara hacia atrás. Capturó su culo musculoso, negro, redondo y poderoso, con las bolas colgando pesadas entre sus muslos gruesos. La foto mostraba claramente la base de su verga gruesa y parte de sus testículos peludos.

Descripción:

“Coneja negra buscando putas o putos que aguanten de verdad. Sin límites. Sin quejas. Solo ven y abre las piernas o el culo. Mujer buscando diversión intensa.”

Subió la foto y activó el perfil.

Empezó a navegar.

Pasó decenas de perfiles. Coños gordos, pollas pequeñas, culos flacos, tetas operadas… nada que realmente la encendiera. Su mano bajó distraídamente y empezó a acariciar su verga semierecta.

Hasta que apareció ese perfil.

Usuario: “Inko_40”

Modo: Público.

La foto era de una mujer de unos 40 años, bajita, con cabello verde oscuro atado en una cola de caballo. Cara redonda y suave, ojos grandes y un poco tímidos. Pero lo que realmente hizo que la verga de Mirko diera un salto violento fue el cuerpo.

Caderas anchísimas.

Un culo masivo, redondo, lleno de celulitis y estrías que se veía increíblemente suave y pesado.

Muslos gordos como troncos, obesos, que se rozaban entre sí.

Una panza gorda y blanda que colgaba ligeramente sobre su gordo coño.

Tetas gigantes, pesadas, que descansaban sobre esa panza, con pezones grandes, oscuros y gruesos visibles incluso a través de la blusa ajustada que llevaba en la foto.

Entre sus piernas, se adivinaba una vagina carnosa, gruesa, de labios mayores prominentes. Sin mencionar porsupuesto que la zorra había posado como una puta.

Mirko sintió cómo su polla se hinchaba de golpe, rompiendo los últimos efectos de las pastillas. En menos de diez segundos ya estaba completamente erecta, palpitando, goteando precum sobre su abdomen.

—Joder… mira esa vaca gorda… —gruñó, lamiéndose los labios—. Esas tetas… ese culo celulítico… esa panza… esa puta vagina carnosa…

Su mano empezó a masturbarse lentamente mientras seguía mirando la foto. Imaginó enterrar su cara entre esos muslos obesos, lamer esa vagina gorda, morder esos pezones oscuros, y luego abrir ese culo masivo y meter toda su verga negra hasta el fondo.

No lo pensó dos veces.

Envió la solicitud de cita.

Mensaje adjunto:

“Vi tu perfil. Me gustas mucho. Te invito a cenar en un lugar caro esta semana. Sin compromiso. Solo quiero conocerte. ¿Aceptas?”

Mirko se recostó, todavía masturbándose con fuerza, mirando la foto de Inko Midoriya una y otra vez.

Por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa fue genuina y peligrosa.

—Vas a ser mía, cerda gorda…

Al otro lado de la ciudad, en un departamento pequeño pero limpio y ordenado en un barrio tranquilo, Inko Midoriya terminaba de lavar los platos del almuerzo. El apartamento estaba en silencio absoluto, salvo por el zumbido suave del refrigerador y el tic-tac del reloj de pared.

Tenía 40 años recién cumplidos y se sentía como si tuviera sesenta.

Su cuerpo ya no era el de la joven madre que crió a Izuku con esfuerzo y amor. Ahora era una mujer bajita, de curvas exageradas que ella misma consideraba un lastre. Sus caderas eran anchísimas, sus nalgas enormes, redondas y pesadas, cubiertas de celulitis y estrías que se marcaban claramente bajo la piel suave. Sus muslos eran gruesos, obesos, se rozaban constantemente al caminar y dejaban marcas rojas en la piel. Tenía una panza blanda y gorda que colgaba ligeramente sobre el encaje de su cuerpo, y unas tetas gigantescas, pesadas como melones maduros, que descansaban sobre esa misma panza. Los pezones eran grandes, oscuros y sensibles, siempre visibles bajo la ropa si no usaba sujetador adecuado.

Se miró en el espejo del pasillo mientras se secaba las manos. S sus ojos reflejaban un cansancio profundo.

—Otra vez sola… —susurró.

Izuku ya estaba en la universidad. Se había ido hacía unos meses a estudiar quirks en una institución normal, lejos de la vida heroica que ella tanto temió. El departamento, que antes estaba lleno de ruido, risas y preocupación materna, ahora era un mausoleo. Trabajaba de forma remota como asistente administrativa, así que pasaba casi todo el día encerrada entre estas cuatro paredes. No tenía amigos cercanos. Su exmarido se había ido hacía años, y desde entonces… nada. Ni una cita. Ni un toque. Ni una palabra cariñosa.

Se sentía vieja. Gorda. Inútil.

Sus tetas pesadas se movían con cada paso, su culo se balanceaba de forma casi obscena cuando caminaba por la casa en pijama. A veces, cuando se agachaba a recoger algo, sentía cómo sus nalgas se abrían ligeramente y el aire rozaba su vagina carnosa, gruesa, de labios mayores prominentes que ya no recibían atención desde hacía más de una década.

Se sentó en el sofá, encendió la televisión y se quedó mirando la pantalla sin realmente verla. Sus manos descansaron sobre su panza. Bajó un poco los dedos y rozó distraídamente la parte superior de su monte de Venus por encima de la tela. Un pequeño escalofrío la recorrió, pero lo reprimió inmediatamente.

—No… simplemente no—se dijo en voz baja, retirando la mano como si se hubiera quemado.

El timbre sonó.

Inko se levantó con esfuerzo, sintiendo cómo sus muslos se rozaban y sus tetas rebotaban. Abrió la puerta y se encontró con Mitsuki Bakugou, tan explosiva y guapa como siempre, con una sonrisa confiada y una bolsa de pasteles en la mano.

—¡Inko-chan! ¡Cuánto tiempo! —saludó Mitsuki entrando sin esperar invitación—. Traje algo dulce. ¿Cómo estás, cariño?

Inko sonrió débilmente y cerró la puerta.

—Bien… supongo. Izuku ya está en la universidad, así que… la casa está muy callada.

Mitsuki se sentó en el sofá y miró a su amiga con ojo crítico.

—Te ves cansada. Y triste. ¿Cuándo fue la última vez que saliste a divertirte? ¿O que alguien te miró como mujer y no como “señora amable”?

Inko se sonrojó y bajó la mirada, sus mejillas gordas tiñéndose de rojo.

—Hace… muchos años. Desde el divorcio. Nadie quiere a una mujer de cuarenta con este cuerpo… —dijo tocándose la panza y luego sus enormes tetas—. Estoy gorda, vieja y… no creo que exista alguien que me desee.

Mitsuki soltó una carcajada.

—¡Tonterías! Tienes un cuerpo que muchas pagarían por tener. Esas tetas son una maravilla, ese culo es enorme y jugoso, y esa panza… a algunos les encanta. Solo necesitas dejar de esconderte.

Sacó su teléfono y se lo mostró a Inko.

—Mira, descargué esta app la semana pasada. Se llama **Sexcall**. Hay dos modos: uno anónimo donde solo muestras partes del cuerpo, y otro público con foto y nombre. La gente va directo al grano. Sexo sin compromiso, citas a ciegas… es perfecto para desahogarte un poco.

Inko miró la pantalla con los ojos muy abiertos, entre horrorizada y curiosa.

—¿Sexo? ¿Yo? Mitsuki, soy demasiado vieja… no puedo…

—Puedes y debes —la interrumpió Mitsuki—. Tu hijo ya es adulto. Tú también tienes derecho a sentirte deseada. Descárgala. Solo prueba. Si no te gusta, la borras.

Inko dudó durante casi diez minutos. Mitsuki insistió, bromeó, la animó. Al final, en un pequeño arranque de valentía mezclado con desesperación, Inko descargó la aplicación.

Creó su perfil en modo público. Tomó una foto rápida en su habitación: se puso de pie frente al espejo, talvez por el terror o los nervios que sentía terminó estando prácticamente desnuda en la foto usando un conjunto de lencería que alguna vez soño con motrar a su esposo. Sonrió mucho, solo una expresión tímida y un poco avergonzada. Escribió como nombre “Inko_40” y una descripción corta y honesta:

“Mujer de 40 años, madre soltera. Busco compañía y alguien que me haga sentir deseada de nuevo. Sin presiones.”

Subió la foto y activó el perfil.

Mitsuki aplaudió.

—¡Perfecto! Ahora solo espera. Vas a recibir mensajes, ya verás.

Inko se sintió inmediatamente arrepentida. Sus manos temblaban mientras miraba la pantalla.

—Esto es una locura… ¿qué estoy haciendo? Soy gorda, vieja… nadie se va a fijar en mí.

Mitsuki se quedó un rato más, charlando y comiendo pasteles, pero luego se fue. Inko se quedó sola otra vez.

Durante las siguientes horas no dejó de mirar el teléfono. Recibió varios “likes” y mensajes de hombres jóvenes que solo querían fotos explícitas o que la llamaban “mamita”. Se sintió sucia y patética. Con lágrimas en los ojos decidió borrar el perfil.

Estaba a punto de confirmar la eliminación cuando llegó una notificación nueva.

**Solicitud de cita de “Rabbit_Anonymous”**

El perfil era anónimo. Solo mostraba una foto: un culo negro, musculoso, redondo y poderoso, con un par de testículos enormes y peludos colgando entre unos muslos gruesos. La descripción decía “Coneja negra buscando putas o putos que aguanten de verdad. Sin límites.”

El mensaje adjunto era directo:

“Vi tu perfil. Me gustas mucho. Te invito a cenar en un lugar caro esta semana. Sin compromiso. Solo quiero conocerte. ¿Aceptas?”

Inko se quedó mirando la foto del culo musculoso durante casi un minuto. Sintió un calor extraño subir por su vientre. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa. Su vagina carnosa dio un pequeño pulso de humedad que no sentía desde hacía años.

—Es una mujer… —se dijo en voz baja, tratando de calmarse. Debido a su mar de nervios no pudo ver la foto completa.—. Solo es una mujer… no pasará nada malo. Es solo una cena. Nadie se enterará.

Sus dedos temblaron sobre la pantalla. La vergüenza, la soledad y un deseo reprimido durante más de una década lucharon dentro de ella.

Finalmente, con el corazón latiéndole con fuerza, presionó “Aceptar”.

Inmediatamente apareció un mensaje de confirmación y la otra usuaria respondió casi al instante:

“Genial. Te paso la dirección del restaurante. Nos vemos el viernes a las 8 pm. Ponte algo bonito… quiero verte toda.”

Inko cerró el teléfono y se dejó caer en el sofá, respirando agitada. Sus tetas subían y bajaban con cada respiración. Bajó una mano y rozó suavemente su panza, luego más abajo, sintiendo el calor entre sus muslos gordos.

—¿Qué acabo de hacer…? —susurró, pero no borró el perfil.

Se quedó allí sentada, con la cara roja, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que alguien —aunque fuera una extraña anónima— la había mirado y deseado.

Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, en su apartamento apestoso, Mirko sonreía con los dientes afilados mientras miraba la foto de Inko una y otra vez, su enorme verga negra completamente erecta y goteando precum sobre su abdomen.

—Buena chica… —gruñó—. Vas a ser mía.

Mirko tiró el teléfono sobre el colchón sucio y soltó una carcajada ronca que resonó en el apartamento apestoso. Su verga negra, ya completamente erecta, palpitaba con fuerza sobre su abdomen marcado, goteando hilos espesos de precum que se deslizaban por los surcos de sus abdominales y caían sobre el vello púbico rizado.

— ¡Aceptó! La puta gorda aceptó… —gruñó con los ojos rojos brillando de pura hambre.

Se levantó de un salto, su enorme polla balanceándose como un péndulo pesado, golpeando sus muslos musculosos con sonidos húmedos. Las bolas gigantescas se mecían entre sus piernas, sudadas y peludas, cargadas de semen espeso que llevaba días acumulándose. Caminó hasta la pared donde había meado esa mañana y se apoyó con una mano, mientras con la otra empezaba a masturbarse con movimientos brutales.

—Joder… mira ese culo celulítico… esas tetas que casi le tapan la panza… esos pezones oscuros tan grandes… —jadeaba mientras su mano subía y bajaba por los 50 centímetros de verga negra venosa—. Imagina abrirle esos muslos gordos y meterle toda la polla hasta que grite como una cerda…

El prepucio se movía con fuerza, arrastrando la capa blanca y espesa de esmegma que se había acumulado bajo la corona. Cada jalada producía un sonido húmedo y obsceno. Mirko escupió en su palma y siguió, más rápido, más violento. Recordó a las últimas zorras que había intentado follar: una heroína novata que huyó llorando después de que Mirko le rompiera el coño en menos de cinco minutos, un femboy que terminó vomitando semen y sangre después de que ella le metiera todo sin piedad. Todas huían. Todas la dejaban con la verga dura y las bolas doloridas.

—Esta vez no… esta vaca gorda va a aguantar o la obligaré a que aguante … —gruñó.

Su orgasmo llegó como un tren de carga. Mirko echó la cabeza hacia atrás y rugió mientras su polla explotaba. Chorros gruesos y blancos de semen salieron disparados con fuerza, golpeando la pared ya manchada, cayendo en el suelo en charcos densos y pegajosos. Siguió corriéndose durante casi diez minutos, las bolas contrayéndose con fuerza, hasta que el último chorro salió débil y cayó directamente sobre sus propios pies descalzos.

Aun así, su verga no bajó del todo. Seguía semierecta, brillante de semen y esmegma, palpitando con frustración residual.

Mirko se dejó caer de nuevo en el colchón, respirando pesado.

—Viernes… solo faltan dos días. Voy a destrozarte, Inko Midoriya… y ni siquiera sabes lo que te espera.

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En el departamento de los Midoriya, la tarde caía tranquila.

Inko estaba en su habitación, todavía con la bata de baño puesta después de una ducha larga. El agua caliente no había calmado el calor extraño que sentía entre las piernas desde que aceptó la cita. Sus manos temblaban ligeramente mientras se miraba en el espejo de cuerpo entero.

—Solo es una cena… con una mujer… no va a pasar nada —se repetía en voz baja, pero su cuerpo no le creía.

Debido a los nervios, había dejado la bata abierta sin darse cuenta. La tela se separaba ampliamente, dejando al descubierto sus masivas tetas G, pesadas y suaves, que descansaban sobre su gran panza gorda y blanda. Más abajo, su vagina carnosa quedaba completamente expuesta: labios mayores gruesos y prominentes, ligeramente hinchados, con un pequeño brillo de humedad que no podía negar. El vello púbico verde oscuro estaba recortado de forma descuidada, y sus muslos obesos se rozaban, haciendo que su coño se viera aún más gordo y jugoso.

Inko se tocó la panza con una mano, luego subió a una de sus tetas, apretándola suavemente. Un gemido bajo escapó de sus labios.

—Dios… ¿por qué estoy así? —susurró, sintiendo cómo sus pezones grandes y oscuros se endurecían al instante.

No sabía que, desde la puerta entreabierta de su habitación al final del pasillo, Izuku Midoriya la estaba mirando fijamente.

El joven de 19 años había llegado temprano de la universidad ese día. Estaba en su cuarto supuestamente estudiando, pero al oír a su madre moverse por la casa, se había asomado. Ahora sus ojos verdes estaban clavados en el cuerpo desnudo de Inko. Veía cómo sus tetas gigantes se movían con cada respiración, cómo la panza gorda temblaba ligeramente, y cómo esa vagina carnosa y gruesa quedaba completamente a la vista.

Su pequeño pene, de apenas 10 centímetros cuando estaba duro, se hinchó dolorosamente dentro de sus shorts. Sintió vergüenza inmediata, asco de sí mismo, pero no pudo apartar la mirada. Su mano bajó lentamente y empezó a frotarse por encima de la tela, sintiendo cómo su polla pequeña palpitaba al ver las curvas obscenas de su propia madre.

—Kaa-san… —susurró casi sin voz, mordiéndose el labio.

Inko, ajena a todo, cerró los ojos y dejó que sus dedos bajaran un poco más, rozando apenas la parte superior de su monte de Venus. Un escalofrío de placer la recorrió. Se imaginó sentada frente a esa mujer anónima, sintiendo su mirada sobre su cuerpo. Por primera vez en años, alguien la había invitado a salir. Alguien la deseaba, aunque fuera una extraña.

Su vagina dio otro pulso de humedad. Inko apretó los muslos, sintiendo cómo los labios gordos se rozaban entre sí.

—Solo… solo una cena… —se dijo, pero su voz sonó temblorosa y excitada.

Cerró la bata con torpeza, sin notar que había dejado una mancha húmeda en la tela interior. Se sentó en la cama, respirando agitada, y abrió de nuevo la aplicación Sexcall. Volvió a mirar la foto del culo musculoso y negro de Mirko. Sus dedos temblaron sobre la pantalla.

—Qué cuerpo tan… fuerte —murmuró, mordiéndose el labio inferior.

El calor entre sus piernas no desaparecía. Se recostó, abrió ligeramente la bata otra vez y dejó que su mano bajara hasta su vagina carnosa. Solo un roce suave, solo para calmarse. Sus dedos gorditos separaron los labios gruesos y encontraron su clítoris hinchado. Un gemido ahogado escapó de su garganta.

Mientras tanto, Izuku seguía espiando desde su cuarto, con la mano dentro de los shorts, masturbándose lentamente con su pequeño pene flácido, los ojos fijos en las curvas de su madre y el corazón latiéndole con fuerza y culpa.

Ninguno de los dos sabía que esa cita del viernes iba a cambiar sus vidas para siempre… y que la coneja negra ya tenía planes mucho más sucios de los que cualquiera podía imaginar.