A.

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Summary

Versos de mi alma.

Genre
Poetry
Author
Hancock
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

1

Habían pasado años desde la última vez que la vi. Años que me parecían un parpadeo cuando recordaba nuestra infancia juntas pero que al mismo tiempo pesaban como siglos cuando pensaba en todo lo que nos habíamos perdido. Esa mañana mientras caminaba hacia nuestro reencuentro me repetía una y otra vez que no debía sentirme nerviosa, que todo sería simple, ligero y natural… como cuando dos amigas se encuentran después de mucho tiempo. Confieso que el reencuentro no había surgido de manera natural, ambas queríamos verlo pero al estar tan ocupada se me complicaba pero puse un secreto banal en mis palabras, al hablar de mi moto de un detalle sin importancia ya que el taller estaba alado de donde vivia pero en realidad todo era un pretexto. La verdad era que solo quería verla.

Pero mi cuerpo no pensaba igual.

Mis manos sudaban dentro de los bolsillos, mi respiración se aceleraba con cada paso. Llegué a una esquina antes del lugar en el que habíamos quedado y tuve que detenerme. Puse mi mano en mi pecho y respiré hondo.

“Contrólate, no puedes llegar así. Solo es una plática entre amigas, nada más.”

Inspiré profundo y solté el aire con lentitud, intentando que mi pecho dejara de temblar. No quería que ella notara nada raro, no quería que mi nerviosismo me traicionara. Caminé con paso firme, fingiendo neutralidad.

Y entonces la vi.

El mundo se me detuvo en seco.

Allí estaba de pie, acercandose. Su cabello largo y suelto brillaba como si hubiera robado el brillo del sol y lo llevara prendido en cada hebra. Me quedé estática, clavada en el suelo. No pude moverme, ni siquiera tragar saliva. Era como si mi corazón hubiera olvidado latir.

Ella me reconoció al instante y sonrió con ese gesto que arrastraba mi infancia entera, las discusiones y risas del pasado, con ese pequeño hoyuelo que aparecía bajo su labio y que me encontraba mirando en silencio sin atreverme a decir cuánto me gustaba. Caminó hacia mí con naturalidad, como si el tiempo no hubiese pasado.

—¡Hola! —dijo con una alegría desbordante, antes de rodearme con sus brazos.

Sentí su abrazo como un incendio. Mi cuerpo, sin embargo se quedó rígido. No pude corresponderle como debía apenas levanté los brazos de manera torpe. Yo estaba demasiado inmersa en la cercanía de su rostro, en la suavidad de su piel, en lo hermosa que se veía tan de cerca. Me odié un poco por no poder actuar con naturalidad, por no ser capaz de devolverle todo el calor que me regalaba en un gesto tan simple.

Nos sentamos a platicar en una banca cercana. El mundo continuaba su rutina pero dentro de mí había un caos imposible de ordenar. Intentaba mantener la compostura, pero mis pies no me ayudaban, golpeaban el suelo con un ritmo nervioso que me delataba, mi mala costumbre. Ella hablaba y yo la escuchaba, pero mi voz no intervenía tanto como debería. Me quedaba callada, como si cada palabra mía pudiera romper aquel instante.

No era silencio por falta de interés. Todo lo contrario. La verdad era que no podía dejar de mirarla. Me sorprendía lo mucho que había crecido, lo madura que se veía y al mismo tiempo lo intacta que estaba la ternura en su sonrisa. Ese hoyuelo me partía en dos, me hacía querer detener el tiempo solo para contemplarlo.

Pero entonces llegó el extraño sentimiento.

Comenzó a contarme sobre la chica que ella quería, de lo mal que la trataba, de lo poco que recibía a cambio de tanto amor. Yo asentia, impotente. La frustración me llenaba de incredulidad y molestia. ¿Cómo podía alguien tan valiosa entregarse de esa manera y recibir tan poco? ¿Cómo podía alguien mirar esos ojos cafés y no ver el torbellino queriendose desbordar?

Me sentía confusa. La quería arrebatar de esas manos que no la merecían, sacarla de ese amor mediocre que apenas le dejaba migajas. Pero yo no tenía derecho, no era la dueña de sus sentimientos.

De pronto planeamos algo y puso su mano sobre la mía.

Fue un gesto breve, ligero, casi casual, solo para una foto, plan torpe mío. Era irónico pues no sabía que eso en mi interior provocaría un terremoto. Un escalofrío me recorrió el brazo, subió a mi pecho y me dejó sin aliento. Mi piel ardió como si me hubieran marcado con fuego. Sentí algo prohibido, el deseo de que ese contacto se repitiera.

Yo, que siempre había detestado el acercamiento físico, descubrí que por primera no se sentía incómodo.

Me limité a dejar que su mano descansara sobre la mía, como si ese instante pudiera guardarse en un rincón secreto de mi corazón.

Ella siguió hablando, y por primera vez yo escuché sin interrumpir, sin desviar la atención, sin querer imponer mi voz incluso sin disociar. Todo en mí estaba concentrado en ella, en sus palabras, en sus gestos, en la forma en que fruncía un poco el ceño cuando se lamentaba de algo. Nunca había escuchado con tanta entrega.

Mi mente, en silencio, deseaba gritarle que merecía más. Que no debía conformarse con tan poco. Que yo podía arrancarla de ese lugar de abandono y darle lo que otros no le daban. Pero mis labios callaron, me limité a escuchar, porque ese momento era de ella, no mío.

En medio de nuestra conversación ocurrió algo inesperado, mi madre pasó por casualidad por el lugar. La vi a lo lejos y me levanté de la banca para saludarla. Cuando lo hice mis ojos volvieron de inmediato a ella.

Observé la manera tan respetuosa en la que saludo a mi madre, mi madre la miró con amabilidad, como si hubiera quedado encantada con su presencia y respondió el saludo con una sonrisa que pocas veces mostraba a alguien de mi círculo social. Yo observando aquel breve intercambio. Mi atención volvió a ella con una fuerza inexplicable. Esa sencillez, esa educación tan genuina, me dejo encantada también.

Después de que mi madre se fuera, llegó el momento de despedirnos, nos separamos, intercambiamos unas palabras finales y vi cómo se alejaba entre la gente. Y yo en silencio me descubrí deseando con todas mis fuerzas volver a verla.

Tu cabello,

dorado como fuego suave,

ilumina cada recuerdo

y me obliga a detener la mirada.

Tus ojos cafés,

profundos y sinceros,

contienen mundos enteros

que quisiera recorrer sin descanso.

Tus manos,

tan pequeñas sobre las mías,

me hicieron sentir gigante y frágil

en un mismo instante.

Quisiera arrebatarte

de las manos que no te merecen,

rescatarte del amor que te deja vacía

y sostenerte en el lugar

donde tu brillo nunca se apague.

Y aunque sé que existe

una gran posibilidad

de terminar con el corazón roto,

no me detendré,

no dudaré en quererte.


Si en un futuro me rompes,

no me molestaré,

acepto cada riesgo,

porque incluso en el dolor

seguirás siendo la razón

por la que valió la pena sentir.


No tengo miedo a un corazón roto,

porque enamorarse

significa entregar el alma.