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Bloomverse

Summary

Toda persona contaba con un jardín, pero no era cualquier jardín, era su vida, su alma, su todo. De sus cuerpos brotaban flores, plantas u hojas. Son diferentes para cada persona, diferente especie pero todos contaban con una, ya sea solo las raices o pequeños brotes que al plantarlos estos crecían y se volvían robles enormes.

Genre
Romance
Author
Eburin
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Jardines del alma.

Título: Jardines del alma

Shipp: SeroXJoro

Flores: Lavanda y Gladiolos

Para: Evee CM 💕

#semillasderealidades #SeroxJoro #bloomverse

🪻✧🌺✧🪻─・♡・─ 🪻✧🌺✧🪻

🌺 Gladiolo: Pertenece al género Gladiolus, de la familia Iridaceae. Su nombre proviene del latín "gladius" que significa espada, por la forma de sus hojas. Representa la fuerza del carácter y la integridad. Es la flor de quienes, con un corazón valiente, se levantan con honor y protegen lo que aman, como una espada floral que cuida el jardín del corazón.

🪻 Lavanda: Pertenece al género Lavandula. Su aceite esencial, el linalool, es responsable de su aroma único y de sus propiedades calmantes y antisépticas. Simboliza la calma, la serenidad y la devoción. Su aroma no solo ahuyenta las plagas, sino también la ansiedad, creando un espacio de paz y cuidado constante donde otras flores pueden florecer sin miedo.

Toda persona contaba con un jardín, pero no era cualquier jardín, era su vida, su alma, su todo. De sus cuerpos brotaban flores, plantas u hojas. Son diferentes para cada persona, diferente especie pero todos contaban con una, ya sea solo las raices o pequeños brotes que al plantarlos estos crecían y se volvían robles enormes.

🪻✧🌺✧🪻─・♡・─ 🪻✧🌺✧🪻

Joro creció cuidando de su familia, siempre velando por ellos y eso la motivó a tomar ese camino, ser maestra de preescolar. Sus niños siempre felices e inquietos la mantenían ocupada. Aprendió sola a sacar sus flores cuando apenas eran unos capullos floreciendo en su blanquecina piel, nadie le explicó, nadie la guío, solo sabía que sacarlas con delicadeza y plantandolas en tierra fértil era suficiente, más no sabía cómo cuidarlas, solo les hecha agua regularmente y las dejaba en el sol.

Pero como toda planta, esta tiene sus propios cuidados y Joro lo aprendió, más no lo aplicó.

~

Las calles estaban inundadas de gente que quería ver el espectáculo, los héroes Red Riot y Cellophane estaban ahí conteniendo a un villano enorme que empezó a destruir todo a su paso,

—¡Por favor, dejen pasar! ¡Tengo prisa! —suplicó Joro, intentando abrirse paso entre el muro de perdonas que se negaba a ceder. Sus palabras se ahogaban entre todos los gritos y aplausos.

Ahí arapada, sintió cómo la ansiedad se atoraba en su garganta. Sus niños la esperaban, y la directora era demaciado estricta con la puntualidad.

Las emociones eran lo que hacía que los retoños salieran de sus cuerpos, ya sea felicidad o enojo, un retoño siempre sale para ser plantado.

De su muñeca, nació un pequeño brote de gladiolo, una reacción a su estrés, pálido y débil como ella se sentía.

Pero, en el centro del caos, Sero y Kirishima coordinaban sus ataques que solo los de años de amistad podían dar.

—¡Red, por la izquierda! —gritó Sero, lanzando una cinta de su codo que se enredó como un lazo en el brazo del villano, inmovilizándolo por un precioso instante y obteniendo toda su atención.

—¡VOY! —rugió Kirishima, su piel endureciéndose mientras corría hacia el villano y chocaba contra él con una fuerza asombrosa.

Fue un movimiento final y sencillo, Pero uno que nunca falla. La combinación derribó al villano con un golpe sordo que hizo vibrar el suelo. La multitud estalló en gritos, y los flashes de las cámaras iluminaron a los héroes victoriosos.

Kirishima alzó un puño triunfal, sonriendo a la gente. Sero, tranquilo como siempre comenzó a saludar. Pero entonces, captó algo más que llamó su atención, algo entre el olor a polvo.

Era tenue, delicado y triste, algo no a lirio o fresias. Empezó a ver a su alrededor hasta que la notó, gladiolos, si, eso eran.

Pero no gladiolos frescos y llenos de vida, aquellos que según su madre le dijo son de personas fuertes y asombrosas, estos gladiolos olían marchitos, ahogados en preocupación.

Allí, atrapada en entre tanta gente, una joven de hermosos cabellos blancos, mirada violeta y con el rostro lleno de la angustia, intentaba inútilmente atravesar el mar de gente.

Para los el resto era solo una chica en la multitud, algo muy común en su día a día. Para Sero, cuyo jardín de lavanda le daba la calma que siempre lo caracterizó, ver a aquella linda chica con ese leve aroma a gladiolos y su bello rostro a punto de llorar, fue lo que lo hizo moverse sin darse cuanta.

—Oye, Red Riot, ya tienes esto controlado ¿verdad? —preguntó Sero sin apartar los ojos de ella.

—¡Claro! ¿Qué pasa?

—Algo que atender —dijo, y antes de que su amigo pudiera responder, Sero se encontraba caminando hacia ella sin esfuerzo alguno, pues la gente a su alrededor lo miraba con respeto y les cedian el paso. Vio a la chica saltar en su lugar al ver qué el héroe se encontraba frente a ella, viendola con la misma intensidad del sol.

—Señorita —dijo con su voz más suave de lo que ella esperaba de un héroe que acababa de derrotar a un enorme villano—. Parece que tiene prisa. ¿Necesita pasar?

Joro, demasiado conmocionada para hablar, solo asintió con la cabeza. Viendo cómo la sonrisa de Cellophane se agrandaba.

—Vamos —dijo ofreciéndole la mano.

Ella la tomó y pronto el brazo de él la rodeo de la cintura para poco después sentir como sus pies abandonaban el piso.

Casi pega un grito y se aferró al cuello del héroe que la sostenía firmemente mientras se balanceaban entre los edificios. —Oh pero que descuidado, no le pregunté a dónde se dirigía, señorita.

Joro con la voz quedita y temblorosa por el viaje alcanzó a hablar —Preescolar Rayo de Sol.

Sero sonrió y cambió de dirección, llegando rápido y bajando a Joro de su agarre si apartarla. Vio el prescolar aún abierto recibiendo a los niños, los cuales se emocionaron al ver al héroe Cellophane ahí, el héroe saludo y sonrió a todos y volvió su vista a ella.

El aroma a lavanda, calmante y terroso, la envolvía, neutralizando el dulzón olor de su propia preocupación.

—Aquí está, profesora —dijo Sero, sosteniendo su mirada un momento antes de bajarla a su muñeca dónde había nacido el pequeño brote, este tomó su mano y acarició suavemente el retoño —Cuide su jardín, profesora. Los gladiolos necesitan sol, pero no demasiado. Y más atención a las raíces que a las flores.

Joro se quedó boquiabierta sin saber que decir exactamente —Yo… yo solo les echo agua y las dejo afuera —confesó en un susurro, avergonzada.

Sero se rio, un sonido cálido y relajante. —Todos creen que con agua basta, pero necesita poda, necesita cuidado, oírte hablar, sentir tu cariño. Es la única forma de que florezca de verdad

Vio la vergüenza pintada en ese bello y blanquecino rostro y no pudo evitan sentir ternura hacia ella. —No descuide su jardín. Sus niños necesitan a una profesora entera, no una marchita.

Antes de que Joro pudiera encontrar las palabras para agradecerle, para preguntarle como sabía tanto, Sero dio un paso atrás. —¡Que tenga un buen día, sensei~! —gritó, lanzando una cinta hacia un edificio cercano y alejándose balanceándose, dejando tras de sí un estela de aroma a lavanda que la hizo sonreír sin preocupación.

~

Los días siguientes, Joro se dió cuenta de una nueva rutina. Casi a la misma hora, justo cuando los padres recogían a los últimos niños, él ya estaba ahí en la entrada.

—¡Mira, es un héroe! —gritaba un niño, señalando al héroe que le saludaba con la mano.

—¡Cellophane!—coreaban otros, corriendo hacia él.

Con una sonrisa despreocupada, Sero siempre se tomaba unos minutos para saludar, firmar autógrafos diminutos en hojas de colores y dejar que los pequeños tocaran su traje.

Joro se ruborizaba cada vez que lo veía. Le entregaba una taza de té como agradecimiento por la visita, y conversaban brevemente sobre como trataba a los niños cada que iba de visita.

Él siempre encontraba una excusa para estar ahí casi todos los días: Pasaba por la zona, Venía de una patrulla, Kirishima quería saludar pero tuvo que irse, lo cual era cierto... A medias.

~

Aquella tarde, Sero llegó con las manos detrás de la espalda y una enorme sonrisa que inevitablemente era contagiosa.

—Hoy traigo algo para usted, profesora

Sero sacó con cuidado una pequeña maceta de barro. En ella, un brote de lavanda crecía, pues a pesar de ser pequeño, tenía un aroma fuerte y relajante —Pensé que le gustaría para... Dejarlo en su casa... —dijo ya empezando a sonreír con pena

Joro tomó la maceta con cuidado, sus dedos rozando los de él por un instante, pero lo suficiente como para que Sero se sientiers absurdamente feliz.

Un leve aroma a lavanda fresco emanaba de la planta haciéndola sonreír —Es preciosa. Muchas gracias, Hanta —dijo por primera vez su nombre y no el de héroe. Él solo sonrió y la visita continuó.

Esa noche, Joro colocó la lavanda en el centro de la mesa de su pequeño departamento. La observaba mientras cenaba. La regaba con precisión, le hablaba en voz baja tal como una vez le dijo el pelinegro. La lavanda de Hanta florecía, fuerte y serena. Fue entonces cuando su mirada se desvió hacia su propio balcón.

Allí, en varias macetas, su jardín parecía. Los gladiolos que deberían levantarse con orgullo, se doblaban tristes. Sus pétalos estaban secos en los bordes, los tallos débiles. Algunos se habían muerto, dejando solo tierra seca y una madera vacía.

Era un reflejo físico de su agotamiento, siempre cuidando de los demás, regando las plantas de otros, mientras las suyas se secaban de sed.

Se sintió tan irresponsable que no sabía que hacer para salvarlo. Él le había regado una parte de su jardín, y ella había dejado que el suyo muriera.

Al día siguiente, cuando Hanta apareció, encontró a una Joro más callada. —¿Está todo bien Joro? —preguntó, su voz llena de preocupación.

Ella mordió su labio, jugueteando con el borde de su suéter —Hanta... Esa lavanda que me diste… Está preciosa, al cuidarla ayer me dí cuenta que... —Hizo una pausa, buscando valor. —Mis gladiolos… no están bien, le doy agua y los saco al sol, no sé qué hago mal. —La confesión salió en un susurro casi quebrado. —Se están muriendo, y yo… no sé cómo salvarlos.

Hanta la miró con una pequeña sonrisa, acaricio su mano y sin juzgarla, hablo, sintiendo la misma sensación de tranquilidad que cuando huele la lavanda —A veces necesitamos que alguien más nos ayude a podar las hojas secas. ¿Me dejas ver? ¿Puedo ir a tu casa a ayudarte?

El corazón de Joro dio brincó. Asintió, con emoción sonriendo con gratitud.

~

Esa misma tarde, Hanta estaba en el pequeño balcón de Joro con las mangas de su sudadera remangadas. Examinaba cada maceta con una concentración analizando cada una de ellas.

—¡AJÁ! Aquí está el problema —señaló con delicadeza un tallo—Demasiada agua, pero la tierra no drena bien. Se ahogan —Luego tocó otra planta— Esta no tiene suficiente sol, los gladiolos aman la luz, pero no el sol directo de todo el día. Necesitan solo un momento de él.

Joro lo observaba, fascinada. Él no solo veía plantas, veía sus necesidades, sus virtudes, veía su alma.

Con cuidado, tomo la mano de Joro y la acercó —Ven, te enseñaré —Dijo sonriendo, ambos trasplantaron los gladiolos más débiles a una tierra nueva y más fértil, le enseñó a podar sin miedo las hojas muertas que terminarían matando al resti y les mostró cómo orientarlas hacia la luz de la tarde.

—No solo es regarlas y ya... —explicó, mientras sus manos trabajaban con ternura en la tierra—. Se trata de entenderlas, escucharlas —La miró con una intensidad que la imhixo vibrar —Así como tú escuchas a tus niños. Cómo nos escuchas a todos.

El ambiente entre ellos era cálido y reconfortante, Hanta acomodo un mechón de cabello detrás de la oreja de Joro la cual se sonrojo enormemente.

Lo único que ella podía ver en ese momento era a Hanta, su calor a su lado, el aroma terroso de la tierra fresca en sus manos y el perfume calmante de su lavanda mezclándose con el leve aroma de los gladiolos de ella.

Joro lo miró, pero no vio al héroe Cellophane, sino a Hanta, Un hombre tranquilo y sonriente que había entrado en su vida para remover la tierra de su alma y ayudarla a crecer. No sólo era gratitud o admiración lo que sentía, era algo más profundo y cálido lo que llenaba su pecho.

—Es fácil escucharte a ti —confesó en un susurro, su voz un poco temblorosa pero clara. Sus ojos violeta estaban fijos en él. —Tu voz... Me calma.

La sonrisa de Hanta se agrandó, llena de ternura y asombro. Su mirada bajó por un instante a sus labios, antes de regresar a sus ojos. El aire se cargó de tensión tan palapable que era imposible negarla.

—Joro... —murmuró su nombre, un sonido suave que se perdió conforme el espacio que los separaba se desvanecía.

Él alzó lentamente la mano, evitando tocar su piel con los dedos aún manchados de tierra, y con el dorso limpio de su muñeca acarició suavemente su mejía.

Fue un roce tan delicado como la suavidad de un pétalo recién nacido, pero tan potente como para que un escalofrío recorriera la espalda de Joro. Ella no se apartó, si no que inclinó levemente la cabeza hacia su toque, cerrando los ojos por un segundo.

Esa fue toda la invitación que Hanta necesitó.

Se inclinó hacia ella con lentitud, dándole tiempo para retroceder si así lo quería. Pero Joro se quedó quieta, conteniendo la respiración mientras su corazón latía con fuerza contra sus costillas como un pájaro intentando escapar.

El beso fue tan suave, tan lento y tan placentero, que se sintió como una corta eternidad.

Cuando se separaron, fue solo para respirar, Hanta recargo su frente junto a la de ella, ambos sonrieron sin apartar la mirada del otro.

Después de un rato, Hanta se percató del pequeño y nuevo gladiolo, vibrante y de un rosa intenso, brotó y floreció instantáneamente en su clavícula, perfumando el aire con una fragancia fresca y llena de vida.

Hanta sonrió al verlo, su pulgar acariciando la flor recién nacida —Mira eso —susurró, su voz ronca de emoción. —Un gladiolo feliz, es el más bonito que he visto.

Joro soltó una risa llena de nerviosismo y felicidad —Es porque estoy muy muy feliz, y nació gracias a ti—respondió con un sonrojo enorme en el rostro, tomando a Hanta de la mano.

—En ese caso... Plantemosla junto a la lavanda, también nació gracias a ti...

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