Bajo tu cicatriz

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Summary

Madrid nunca duerme y algunos secretos tampoco. Vega Morel pensó que podía empezar de cero. Pero entonces apareció Leandro: magnético, sarcástico, con una sonrisa peligrosa. Y detrás de él, Magnus: reservado, letal, imposible de leer y aún más difícil de olvidar. Ambos ocultan más que cicatrices. Son el tipo de hombres que encienden el alma y apagan la razón. Y juntos arrastran a Vega a un mundo de pasión, secretos, aventura, romance, misterio y drama. Entre tatuajes, tragos dulces y amargos, noches interminables y un secreto tan oscuro que podría destruirlo todo. Incluso a ella. Vega tendrá que decidir si correr... o dejarse caer. El amor no mata. Los secretos sí.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 - Agujas y miradas

En la gran mansión de los Donati, el aire estaba cargado del aroma amargo del tabaco. En su oficina, sentado en un sillón de cuero gastado, Bior Donati exhalaba una nube de humo mientras contemplaba el fuego danzar en la chimenea. Dueño de un imperio de negocios turbios, su figura imponía respeto y temor en igual medida.

A través de la rejilla de la puerta, sus ojos se posaron en Kira. Ella era una de las encargadas de limpieza en la mansión Donati, despreocupada, limpiaba los estantes repletos de libros, moviéndose al ritmo de una melodía imaginaria que tarareaba entre susurros. Su cabello recogido dejaba al descubierto la curva suave de su cuello, y la sonrisa inocente que esbozaba, mientras bailaba encendió en Bior un deseo oscuro, una lujuria que lo devoraba desde dentro, ahogando cualquier rastro de autocontrol.

De pronto, como si un resorte se activara en su interior, Bior se levantó. El crujido del cuero al liberarse de su peso fue apenas audible, dio pasos firmes dirigiéndose a la puerta. Abrió de golpe, haciendo que Kira se sobresaltara. Sin darle tiempo a reaccionar, la sujetó con fuerza del cabello.

—¡Señor Donati! —gritó ella, con la voz quebrada por el miedo—. ¿Por qué me está haciendo esto? ¡Suélteme, por favor!

Pero sus súplicas solo parecían alimentar la furia del hombre. Con brutalidad, la arrastró por los pasillos interminables de la mansión. Cada escalón de la imponente escalera dejó su marca en el cuerpo de Kira, quien intentaba resistirse entre sollozos y gritos desgarradores. El eco de su llanto se perdía entre las paredes frías, indiferentes al sufrimiento.

Finalmente, llegaron al ático. Bior abrió la pesada puerta con una mano, mientras con la otra seguía sujetándola. La arrojó al suelo con violencia, como si fuese un objeto sin valor, cerrando la puerta con un estruendo que pareció sellar la oscuridad del lugar.

En ese instante, la mansión quedó en silencio, salvo por los gemidos ahogados de Kira y la respiración pesada del hombre que, por fin, dejaba salir el monstruo que siempre había intentado contener.

Bior se abalanzó sobre Kira con la brutalidad de una bestia hambrienta. Sin darle tiempo a reaccionar, le dio un golpe en el rostro que la dejó aturdida, sus sentidos desorientados, sus extremidades débiles como si el suelo hubiese desaparecido bajo sus pies. La tela blanca de su vestido crujía bajo los dedos ásperos de Bior mientras él, con ansias, desabrochaba uno a uno los botones, con la respiración entrecortada y ardiente.

El aliento de alcohol y tabaco le golpeaba el rostro a Kira mientras los labios de Bior descendían hasta su cuello, mordiéndola con una ferocidad salvaje que le arrancó un gemido ahogado de dolor. Kira intentaba reunir fuerzas, su mente navegaba entre el miedo y la niebla del aturdimiento.

Con un grito cargado de desesperación y coraje, Kira lanzó un golpe directo entre las piernas del hombre. Bior soltó un gruñido ronco, su cuerpo se desplomó hacia un costado, dejando escapar un gemido de dolor que retumbó en las paredes del ático.

Aprovechando esos segundos, Kira se puso de pie, tambaleándose, buscando con la mirada borrosa algo, cualquier cosa que pudiera usar para defenderse.

Sus ojos se posaron en las herramientas que colgaban de la pared, martillos, llaves, ganchos. Sin pensarlo dos veces, sus dedos rodearon el mango frío de un martillo.

—No... no te acerques —murmuró Kira, aunque su voz apenas fue un susurro.

Bior se revolvía en el suelo, intentando incorporarse, su mirada estaba nublada por la ira y el dolor. Pero no llegó a levantarse.

Kira levantó el martillo con ambas manos, dio un grito, lo dejó caer con toda la fuerza que le quedaba sobre la cabeza de Bior, El sonido fue seco, contundente, un crujido que hizo eco en su propia mente.

Bior abrió los ojos por un instante, sorprendido, como si no pudiera comprender lo que acababa de ocurrir, antes de desplomarse por completo.

Kira entró en shock, sus ojos recorrían la escena frente a ella, era incapaz de asimilar lo que acababa de hacer.


Diecisiete años después...

Lunes 14 de enero del 2020

El zumbido constante de la aguja era lo único que calmaba a Vega. En ese pequeño estudio de tatuajes llamado Tinta Viva, uno de los mejores de Madrid, ella encontraba su refugio. Las luces de neón lanzaban destellos rojos y violetas sobre las paredes, cubiertas de bocetos, dibujos y frases garabateadas.

Afuera, Madrid no dormía: coches que pasaban a toda velocidad, risas ebrias, discusiones de madrugada y amantes que se amaban sin vergüenza. Pero allí dentro, solo existían Vega, la aguja, y la piel que tatuaba.

Para Vega, la piel era un lienzo, y el dolor, una parte inevitable del arte.

—¿Duele? —preguntó ella suavemente, sin apartar la vista de lo que hacía.

—No —respondió él. Su voz era baja, pausada, ronca y varonil.

Fue entonces cuando levantó la vista. El hombre estaba sentado frente a ella, mirándola fijamente. Tenía unos ojos verdes, profundos, casi hipnotizantes, y una cicatriz fina que le cruzaba el pómulo izquierdo.

Con voz dudosa, Vega preguntó.

—¿Puedo saber el significado?—Ve el tatuaje que está terminando de hacer.

Él sonrió, apenas un gesto en la comisura de sus labios.

Finché ho vita, ti porto nel cuore. —Mientras tenga vida, te llevo en el corazón.

Vega se quedó pensativa. Un escalofrío le recorrió la espalda. De inmediato, en su mente apareció la imagen de su madre, la mujer que había perdido por culpa del cáncer. Sintió un nudo en la garganta, pero lo tragó en silencio.

El chico se levantó despacio, miró el tatuaje reflejado en el espejo y girándose hacia ella, dijo.

—Eres mejor de lo que esperaba.—

Sacó un fajo de billetes, dejó el dinero sobre la mesa, mucho más de lo que costaba el tatuaje.

Vega se quitó los guantes de látex, manchados de tinta y lo miró incrédula. Por un momento pensó en rechazarlo, decirle que era demasiado, pero de golpe recordó los gastos de la universidad, los materiales de arte, la renta atrasada...

—Gracias —dijo finalmente Vega, sintiéndose algo incómoda.

—No me lo agradezcas —respondió él, inclinándose un poco hacia ella con una sonrisa ladeada—. Tú te lo ganaste.

Le guiñó un ojo, tomó su chaqueta de cuero colgada en el respaldo de la silla y salió, dejando tras de sí un leve aroma a colonia y misterio. Vega se quedó allí, inmóvil, mirando la puerta. Sentía que algo extraño acababa de ocurrir.