Cárcel de Carne

All Rights Reserved ©

Summary

Oliver ha sido mordido, pero aún conserva algo peor que la conciencia: los recuerdos. Sabe quién es, quién fue y, sobre todo, quién es Valentina, su hija. Pero su cuerpo ya no le obedece: cada músculo se convierte en un verdugo, cada impulso en una orden para devorar. En medio de un bosque asediado por los muertos, Oliver es testigo de su propia transformación. Encerrado en una cárcel de carne, observa cómo sus manos desgarran, cómo su boca se llena de sangre, mientras una parte de él grita desde dentro que no, que todavía puede resistir. Pero la resistencia es débil. La horda avanza. Y lo que antes fue un padre dispuesto a proteger, ahora se convierte en la amenaza más aterradora para la única persona que aún le importa. Una historia corta de horror visceral y desesperanza, donde la línea entre amor y condena se rompe con cada latido.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Grieta

El silencio no cayó: se metió en mí. Lo sentí como un líquido frío que se me derramaba por dentro, ocupando huecos que no sabía que tenía. El barro olía a hierro y a hoja triturada. Abrí los ojos y el mundo estaba ladeado, torcido, como si me hubieran girado la cabeza a la fuerza y la hubieran dejado mal puesta. Respiré, o creí respirar; el aire entró, pero no trajo alivio.

El hombro ardía. No era un dolor limpio, de esos que puedes señalar con el dedo. Era una llamarada que corría por cables invisibles: clavícula, cuello, pecho, brazo. Cada latido era un golpe de martillo en la herida. Me toqué sin mirarme y sentí bordes rasposos, piel levantada, un borde viscoso que pegaba los dedos. Aparté la mano y la vi oscura, demasiado oscura.

—Papá.

La voz cruzó el silencio como una cuerda tensada. No tuvo que decir mi nombre. Yo habría reconocido ese hilo de sonido aunque lo hubieran disfrazado con mil ruidos. Valentina. La busqué girando, y el suelo me escupió hojas y agua a la cara. Me arrastré hasta un charco inmóvil. Vi una cara que conocía y no. Pómulos afilados, labios agrietados, venas marcándose como raíces bajo la piel. Los ojos… mis ojos se habían ido a un lugar más profundo y no encontraban el regreso.

Intenté hablar. La palabra estaba completa en la boca, redonda, lista: Va-len-ti-na. Cuando empujé el sonido, lo que salió fue una piedra. Un gruñido bajo, áspero, que vibró en mis dientes y me dejó un sabor a óxido. Fue como morder una moneda. Tragué el ruido y la vergüenza.

—No te acerques —dijo ella, apenas un susurro, sin moverse—. Por favor.

Quise levantar una mano con la palma abierta, mostrarle que yo seguía aquí, que podía controlar mis dedos, que no era peligro. La mano subió como si estuviera jalando un saco mojado. Tembló a medio camino, la muñeca vencida. La palma se me arqueó sola, los dedos se cerraron. Un gesto simple, torcido, convertido de pronto en amenaza.

El bosque respiraba alrededor: ramas frotándose, un pajarillo con un grito corto, algo que goteaba muy despacio. Más allá había restos de una cerca caída, tablas rotas, una mochila verde con un cierre abierto como una boca. Los días anteriores me cayeron encima en fragmentos: la carrera por la avenida, el supermercado saqueado, el hombre con la camisa de cuadros tirando patadas a una puerta, la mujer que lloraba sin lágrimas, los altavoces gritando palabras que ya no importaban. Y la mordida. Sobre todo la mordida, esa presión sucia clavándose y arrancando. Recordé el olor: no a muerte, sino a casa vieja cerrada durante años, a humedad sin ventanas. Recordé la rapidez con que me separaron de Valentina, cómo una mano —¿la mía?— la empujó hacia un rincón, cómo grité su nombre sin sonido.

Me arrodillé. El barro me abrazó las rodillas y las dejó frías. Ella dio un paso atrás. Su peluche —el zorro deshilachado, el de la oreja cosida con hilo negro— colgaba de su brazo. Lo sostenía como un asa de puerta, como si de ahí dependiera no caer. Se pasó el dorso de la mano por la nariz. Tenía los ojos demasiado abiertos, tanto que se le veía un círculo de blanco alrededor del iris. Era una cosa pequeña con una valentía que me desarma­ba siempre.

—Estoy bien —quise decir. “Estoy bien” es lo que dicen los adultos cuando no tienen nada que ofrecer. De mi garganta salió otra cosa, un ronquido que hizo vibrar el aire entre nosotros. Sentí cómo mi lengua se pegaba al paladar y se negaba a obedecer. La mandíbula crujió al cerrar; ese sonido es mío, pensé con terror, ese chasquido soy yo.

El hambre llegó como una mordida del vacío. No fue una señal desde el estómago; fue un tirón que venía de todas partes a la vez, como si cada célula pidiera una cosa única, espesa, caliente. Tuve sed de pulso. Lo supe con la certeza con la que uno reconoce la voz de su hijo en un patio lleno de niños: quería el latido. La idea me atravesó tan clara que me dio náusea. Quise vomitar y mi cuerpo decidió hacer otra cosa. Abrí la boca y respiré por ella, un aliento frío que parecía entrar y salir sin que importara.

Alcé la vista y la vi mirarme las manos, la herida del hombro, la línea de barro en mi mejilla. Se mordía el labio inferior. Quise recordar una tarde sin miedo: Valentina con crayones en la mesa, yo cocinando pasta, la radio contando noticias sobre un tráfico endemoniado, el sol entrando por las persianas dibujando rayas. Pude oler el sofrito, la cebolla dulce, el crujido del aceite. Me aferré a esa imagen como un clavo ardiendo. “Sujétate a eso”, me dije. “Sujétate a lo que te hace ser tú.”

—¿Te duele? —preguntó.

Debería haber respondido “sí” y después “no te preocupes”, como hacen los padres que todavía pueden mentir para proteger. Me empujé un sonido que se parecía a un “sí”, y salió un quejido animal. Valentina tragó saliva. Su barbilla tembló apenas.

Quise acercarme, despacio, con cuidado, como uno se acerca a un pájaro que ha caído del nido. Di un paso. El pie resbaló, el peso del cuerpo hizo un movimiento de caída que no era caída del todo. Me sostuve en un tronco, los dedos se clavaron en la corteza con demasiada fuerza. La madera se astilló bajo las uñas. Sentí satisfacción por un instante. No mía. Un reflejo de otra cosa que usa mis nervios como cables.

“Detente”, pensé, y por un segundo el cuerpo obedeció. Fue una pausa pequeña, un parpadeo en la maquinaria. Respiré. La vi a ella hacer lo mismo, como si hubiéramos ensayado esa coreografía.

—Tengo miedo —dijo.

La frase me golpeó más fuerte que cualquier cosa. En casa, cuando tenía miedo a los monstruos del armario, yo le enseñaba a nombrar lo que la asustaba, a decirlo en voz alta para que perdiera tamaño. “Los monstruos no resisten la luz y los nombres”, le repetía, sabio barato de padre primerizo. La noche del primer apagón, la llevé a la ventana y contamos juntos los departamentos a oscuras. “Mira —le dije—, todos estos vecinos están allí, justo ahora, respirando como nosotros.” Ella se calmó. Ahora no había vecinos, no había luz, y yo era el monstruo que no resiste luz ni nombre.

—Yo también —quise decir. La oración se cortó en el esófago y lo que salió fue un sonido de sierra vieja, un aire que raspa.

Me miré el hombro con la obediencia de quien firma un papel sin leer. La carne alrededor de la mordida tenía un borde violáceo que se expandía como tinta en agua. Un hilo oscuro bajaba hacia el bíceps. Noté que no sangraba como debería. O tal vez sí y ya no sé cómo “debería” nada. Toqué de nuevo. No dolió igual. Era como tocar otro cuerpo.

Pensé en correr. No hacia ella, sino lejos. Huir de su mirada, de su miedo, de mi hambre. Pero mis piernas estaban llenas de barro y de órdenes contradictorias. Di dos pasos hacia atrás y algo en mis tobillos gritó que avanzara. La cabeza me zumbó como un poste eléctrico. Cerré los ojos un segundo. En la oscuridad, Valentina tenía seis años otra vez y pintaba un sol verde “porque el pasto también merece su cielo”, decía. Reí. En la oscuridad todavía sabía reír.

Abrí los ojos y un ruido cortó el bosque: un lamento largo, no humano. Vino de la izquierda. Otro respondió más lejos. Eran dos, tres, cuatro. El coro de los que no duermen. Valentina giró la cabeza y yo seguí su mirada. Entre los troncos, sombras con piernas, con brazos extendidos en un gesto que siempre es el mismo en todas partes: alcanzar.

—Tenemos que movernos —dijo ella, y su voz volvió a tener esa firmeza que me salva. Tenía once, pero de pronto parecía mayor. No mayor de edad: mayor de mundo.

Asentí. O creí asentir; el cuello obedeció a medias y lanzó ese crujido que ahora reconozco como mío. Valentina dio un paso hacia la derecha, bordeando el charco. Yo traté de seguirla. Algo en mí se inclinó hacia el sonido de su respiración, exacta, contada, valiente. Otro algo —más nuevo, más amplio— se inclinó hacia el ritmo que corría por sus muñecas. Me detuve. El cuerpo se me llenó de órdenes opuestas y por un momento sentí que iba a partirme en dos.

Ella me tendió la mano. No buscó mi herida, ni mi hombro, ni mi cara: me ofreció la palma limpia, abierta, como lo hacen los niños cuando proponen paz sin palabras. Yo miré su mano como si fuese la primera del mundo. La mía subió con un esfuerzo que me vació. Cuando nuestros dedos estuvieron a un suspiro de tocarse, mi palma giró por su cuenta. La uña del índice rozó su muñeca y el latido me golpeó el cráneo con un entusiasmo indecente. Tiré la mano hacia atrás como quien retira un cuchillo del borde de una mesa para que no caiga. Ella no se movió. Solo apretó la mandíbula.

—Estoy aquí —dijo, y yo creí ese “aquí” más que cualquier mapa.

Un viento breve agitó las hojas. Traía un olor a moho nuevo, a madera mojada, a tela sucia. Traía, también, un mensaje que mi cuerpo ahora sabe leer: cerca. Giré la cabeza. Las sombras entre los troncos no avanzaban: se balanceaban, probando el aire. Uno de ellos tenía la camisa rasgada y una corbata de rayas. Por un instante absurdo pensé que quizá venían de la oficina. Pensé en el café de máquina, en el pitido del microondas, en la luz pestosa de los fluorescentes. Pensé en mi mesa, en los papeles. Pensé en Valentina el día que vino a verme al trabajo y pegó una calcomanía de su zorro en mi computadora para que “no te sientas solo, papá”. Se me aflojaron los dedos ante un recuerdo tan libre de muerte que me dolió más que la herida.

—Vamos —insistió ella, y el zorro colgó, mirándome con su ojo cosido.

Di tres pasos, torpes pero hacia adelante. El cuarto se me fue de lado y me pegué al tronco; la corteza me raspó la mejilla y me dejó una textura áspera que me gustó de un modo que me avergüenza. Me obligué a soltarla. En la línea de mi visión apareció una lata abollada. Había arroz pegado. Lo olí sin querer. Mi estómago no reaccionó. Fue otra parte de mí la que se agitó, una red distinta que va por debajo del hambre de antes y reclama otra cosa.

La cerca caída nos dio un pasillo improvisado entre arbustos. Valentina iba adelante, ligera, midiendo dónde ponía el pie para no hacer ruido. Yo la seguí, midiendo dónde poner mi necesidad para no destruirla. Cada tanto volteaba para comprobar que yo seguía detrás. Me regalaba un segundo de ojos y luego retomaba el paso. Ese permiso me mantenía, me amarraba a la idea de todavía.

—¿Te acuerdas de la playa? —le dije en mi cabeza, como si el pensamiento pudiera atravesar la carne y llegarle limpio. La playa al amanecer, cuando el viento levanta el olor a sal y la ciudad todavía no ha decidido ser ruidosa. Ella hacía torres de arena y yo las fotografiaba como si fueran catedrales. “No tomes tantas fotos”, me dijo una vez. “Si no, vamos a vivir adentro de la pantalla.” Ahora no había pantallas. Tal vez eso era una misericordia.

El coro de lamentos volvió, más cerca, y dejó de ser un fondo. Valentina se detuvo. Delante, el pasillo de arbustos terminaba en una zona abierta, una especie de claro con piedras grandes. A la derecha, una caseta de madera con las paredes grafiteadas, puerta a medio abrir. En el borde del claro, dos figuras se separaron del gris. Uno caminaba torcido, como si llevara un peso atado al tobillo. El otro avanzaba más derecho, con una cadencia que recordaba demasiado a un paso humano. El segundo olió algo; lo vi levantar la cabeza y oler.

Valentina me miró. “¿Caseta o correr?” preguntaban sus ojos. Correr era ruido, y el ruido es invitación. La caseta era estrecha, madera vieja, quizá otra ratonera. Mi cabeza hizo cuentas que antes solo haría en una oficina: variables, riesgos, margen. Mi cuerpo, sin embargo, tomó una decisión. Avancé hasta ponerme entre ella y el claro. La sensación me sorprendió por su claridad. Me planté como uno se planta en una puerta cuando oye pasos que no quiere dejar pasar. Los músculos obedecieron esa posición. Por un segundo entero volví a ser dueño de mis extremidades.

Los dos del claro nos vieron. El derecho se inclinó hacia nosotros con una especie de alegría torpe. El del tobillo arrastrado parecía rezagado, pero aprendí rápido que la lentitud no es consuelo. Valentina no gritó. No correteó. No me tocó. Entendió que algo en mí estaba de pie por ella. Yo inhalé con la boca abierta y el aire vino con un sabor tan dulce que casi me doblé: el sudor limpio, el miedo, la vida. Mi lengua se pegó al paladar.

—No —dije.

Lo dije. La palabra, exacta. Salió rota pero completa, y su eco me sostuvo. “No.” A ellos. A mí. Al hambre. A la cosa que me abría grietas dentro. “No.”

El del paso humano se lanzó. Pude ver cómo el tobillo le bailaba y cómo eso no importaba. En otro tiempo hubiese calculado distancia, peso, trayectoria. Ahora fue instinto, pero mío, no prestado. Eché el cuerpo hacia adelante y solté un rugido que no me pertenece del todo, pero que usé como se usa un martillo. El intruso vaciló. Ese segundo bastó para que Valentina se escurriera a la izquierda, hacia la caseta. Reculé con ella, como si estuviéramos atados por un cable elástico.

El claro se llenó de sombras nuevas. La corbata de rayas se acercó desde otro ángulo. El coro entero cambió de tono, como si alguien hubiese dado una orden. Yo di un paso atrás, otro, y sentí la madera de la caseta contra la espalda. Valentina empujó la puerta con el hombro y esta se abrió con un quejido. Entró de espaldas, sin perderme de vista. Yo la seguí. Cerró. La tranca no estaba. Buscó con la mano y encontró una pala. Me la tendió. La tomé. Pesaba lo justo.

Dentro olía a madera húmeda y aceite viejo. Había latas vacías y una linterna sin pilas. Afuera, pasos. No eran pasos, me corregí; eran arrastres, tropiezos, manos probando la madera, uñas pidiendo astillas. La pared vibró con una paciencia que da miedo. Puse la pala atravesada en el hueco de la puerta, como si eso fuera a convencer a una multitud de que “no es el momento”.

Valentina se pegó a mi costado sin tocarme. Podía sentir su calor, una burbuja pequeña irradiando contra mi cadera. El latido me llegaba como música a través de una pared delgada. Cerré los ojos. “No”, repetí en silencio, como si la palabra pudiera ser un dique. No sé si sirvió. Sé que durante un minuto larguísimo me quedé quieto, dueño de mí, escuchando el bosque, la caseta, la respiración de mi hija.

La madera volvió a gemir. La pala vibró. La grieta en mi hombro escupió un latido hueco. Pensé que tal vez la noche nos daría una tregua. Pensé que quizá podríamos esperar a que el coro perdiera interés. Pensé muchas cosas que uno piensa cuando quiere fabricar esperanza con pedazos de nada. Entonces, del otro lado de la puerta, muy cerca, sonó un golpe distinto. No era mano. Era cabeza.

—Papá —dijo Valentina, y en su voz había una cuerda nueva. No miedo. Decisión.

Abrí los ojos. La miré. Tenía tierra en la frente y una raya de barro cruzándole la mejilla como pintura de guerra. Estas son las cosas que uno recuerda cuando recuerda de verdad. Apreté más fuerte la pala. Sentí cómo algo dentro de mí sonreía con todos los dientes. Era la sonrisa equivocada y, sin embargo, la usé para afirmarme.

Golpearon otra vez. La madera lloró. Yo respiré. Si esto es una grieta, pensé, entonces yo voy a vivir en el borde. Mientras se pueda. Mientras yo sea yo, aunque sea de a ratos. Mientras Valentina me mire y me encuentre.

—Estoy aquí —conseguí decir, y esta vez la palabra no se rompió.

Afuera, el bosque se inclinó hacia nosotros. Adentro, mi hambre también. Entre ambos, yo, clavado como una estaca. La noche no empezó ni terminó. Simplemente siguió. Y yo, con ella.