Chapter 1
Celeste nunca fue alguien que llamara la atención.
En el colegio se sentaba en la última fila, respondía apenas en voz baja y pasaba inadvertida en las fotos grupales. Sus compañeros la confundían con otras chicas, y más de un profesor olvidaba su nombre en medio de la lista. En su propia casa, con hermanos mayores ruidosos y padres siempre ocupados, se había convertido en una sombra que nadie buscaba.
Aquella tarde de otoño, mientras regresaba a casa, lo pensó con una mezcla de cansancio y resignación:
Ojalá pudiera detenerlo todo, aunque fuera por un instante.
Y entonces, todo se detuvo.
El viento se congeló en el aire, las hojas quedaron suspendidas a mitad de su caída, los autos se paralizaron en plena marcha. El zumbido eléctrico de los postes se apagó como si alguien hubiera desenchufado el mundo. Celeste parpadeó varias veces, con el corazón golpeándole el pecho.
Y lo vio.
Un escritorio.
Justo en medio de la calle. Gris, pesado, repleto de carpetas que parecían a punto de desbordarse, un tazón de café humeante al borde y un hombre sentado detrás, escribiendo con gesto aburrido.
Celeste se quedó inmóvil. No era una visión gloriosa ni un espectro aterrador: era simplemente… extraño. Un funcionario cualquiera en el lugar equivocado. Llevaba un traje gris arrugado, la corbata torcida, lentes rectangulares y unas ojeras profundas, como si llevara días sin dormir.
El hombre pasó una hoja, murmurando para sí:
—Ajá… Sujeto 2319-B, receptora temporal de la potestad divina. Sí, eres tú.
Celeste dio un paso atrás, con la voz temblorosa:
—¿Qué… qué significa eso?
El hombre levantó la vista por primera vez. La observó como quien confirma un dato en una planilla.
—Tranquila, niña. No soy Dios. Ni un arcángel, si eso estabas pensando. —Dejó el bolígrafo y suspiró—. Soy el Señor Gómez.
—¿Gómez? —repitió Celeste, incrédula.
—Sí, ridículo, lo sé. Mi nombre real es impronunciable para una lengua humana. Hubo un intento de traducirlo en 1823 y alguien terminó perdiendo la mandíbula. Así que el Departamento de Recursos Celestiales decidió simplificar las cosas. Ahora soy Gómez. Señor Gómez. Qué más da.
Celeste miró alrededor. El mundo seguía detenido: una paloma flotaba inmóvil frente a sus ojos, y hasta el vapor del café se mantenía rígido en el aire.
—¿Qué está… pasando? —susurró.
Gómez levantó un formulario con símbolos que parecían brillar y desvanecerse, vivos como insectos atrapados en la página.
—Lo básico: desde hace unas horas, eres la portadora de los poderes de Dios. Felicitaciones, supongo.
Celeste sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Los poderes… de Dios?
—Sí. Crear, destruir, sostener el tejido del universo. Esas pequeñeces. —Se acomodó los lentes y miró su reloj, como si aquello fuera solo otra reunión más en su agenda—. Y antes de que preguntes: no hay manual de instrucciones. Solo me tienes a mí, un funcionario de quinta categoría con úlceras y demasiadas horas extras.
Celeste negó con la cabeza, pálida.
—No… no quiero esto.
—Nadie lo quiere, niña —contestó Gómez con un bostezo cansado—. Pero aquí estamos. Tú respiras, la realidad sigue. Ese es tu trabajo ahora: mantener la cinta transportadora en movimiento.
El escritorio vibró, como si la realidad se impacientara.
Gómez la miró fijamente, con ojos apagados pero serios:
—Y recuerda lo más importante: cualquier pensamiento tuyo puede materializarse. Así que evita pensar en cosas estúpidas.
Celeste abrió la boca para protestar. Pero justo entonces, en un destello de enojo reprimido, pensó en los chicos que la molestaban en el colegio. Imaginó fugazmente un dragón, rojo y enorme, devorando mochilas en medio del patio.
El cielo rugió.
Un eco profundo atravesó las nubes, y durante un instante pareció que el aire ardía.
Gómez cerró los ojos, masajeándose la frente como quien lidia con una migraña eterna.
—Excelente —dijo en tono seco—. Diez minutos con los poderes y ya invocaste un desastre. Bienvenida al turno más largo de tu vida.