Capítulo 1. El cumpleaños de la princesa
Cuatro imperios dividían el mundo, cada uno marcado por su esencia y su poder.
Aetherya, la fortaleza dorada, brillaba como un sol eterno: disciplinada, imponente, un lugar donde los ejércitos marchaban con la precisión de un solo corazón.Drevanor, la ambición hecha acero, se alzaba con torres que rozaban el cielo, donde la gloria era ley y la compasión, un lujo olvidado.Myrnath, el imperio de lo místico, ocultaba secretos antiguos en sus bosques infinitos y montañas cubiertas de niebla, donde la magia respiraba en cada rincón.Y Tharagon, la tierra forjada en fuego y piedra, era un reino salvaje, nacido de volcanes, donde solo los más fuertes sobrevivían.Durante siglos, los cuatro imperios se sostuvieron en un frágil equilibrio… hasta que una profecía lo cambió todo.Se decía que una heredera, nacida bajo la luna plateada, uniría lo que estaba destinado a enfrentarse. Su nombre sería Seraphine.En los pasillos de mármol del palacio de Aetherya, bajo estandartes dorados y cortinas que danzaban con el viento, el llanto de una recién nacida resonó como un presagio. Sus ojos violetas, imposibles de ignorar, brillaban con una intensidad que nadie pudo olvidar. Muchos vieron en ella a una princesa. Nadie sospechaba que, en ese frágil cuerpo, habitaba un alma que ya había conocido la muerte.
Ahora tengo dos años.Mi madre, la emperatriz Elyana, es la gracia hecha carne. Su figura esbelta y elegante parece flotar al caminar; sus facciones suaves, casi etéreas, reflejan una belleza que trasciende lo humano. Sus ojos, verdes como esmeraldas bajo la luz, parecen ver más allá de las apariencias. Su cabello, largo hasta la cintura, es un río plateado con destellos dorados que brilla como si la luna la hubiera bendecido. Aunque viste coronas y seda, su corazón es cálido y humilde. Tiene apenas veintidós años, y aun así sus brazos son el refugio más seguro que conozco.Mi padre, el emperador Valeriun, es todo lo contrario: imponente, forjado por la guerra. Alto, de hombros anchos y musculatura firme, su sola presencia inspira respeto. Sus ojos grises con un matiz violeta poseen la dureza del acero, y su cabello negro, con hebras plateadas en las sienes, le otorgan un aire majestuoso. Cicatrices cruzan sus brazos y cuello, huellas de antiguas batallas. Ante los demás, su voz retumba con autoridad; sus órdenes no se discuten. Pero cuando está conmigo y con mamá, su coraza se quiebra: sonríe, me carga entre risas torpes y se permite ser simplemente un hombre.Tengo también tres hermanos mayores. Cada uno distinto, cada uno con una mirada que me recuerda que yo no soy una niña cualquiera.Pese a mi corta edad, ya siento el peso de una vigilancia constante. Todos me llaman “joya valiosa”, y sus ojos nunca me dejan sola. No puedo correr como quiero ni ensuciarme como los demás niños. Todo debe ser perfecto, como si fuera de cristal.Aquel día estaba sentada en mi habitación, rodeada de cojines mullidos y juguetes alineados con precisión por las sirvientas. Mamá escribía cartas en su pequeño escritorio, organizando cada detalle para la fiesta de mi tercer cumpleaños. Dos doncellas me observaban, atentas a cualquier movimiento, como si un gesto en falso pudiera quebrarme.
La puerta se abrió con firmeza. La figura de mi padre llenó la estancia como una sombra poderosa. Tras él entraron Kael, mi hermano menor, y su madre, Althena.El emperador caminó hacia mí sin vacilar. Sus brazos me alzaron con una ternura que contrastaba con la dureza que mostraba al mundo. Me dio un beso en la mejilla antes de dejarme en el suelo, y luego se volvió hacia mamá.
—Elyana —dijo con voz grave, aunque suavizada por la intimidad.—Mi señor —respondió ella, con una ligera inclinación, aunque sus ojos lo miraban con la calidez del amor.Althena avanzó con gracia estudiada. Su sonrisa encantadora parecía perfecta, demasiado perfecta. Sus ojos color miel escondían un brillo calculador tras una máscara de dulzura. Su cabello castaño con reflejos cobrizos caía en ondas suaves, adornado con flores que le daban un aire juvenil. Con su vestido verde turquesa parecía inocente, pero en el palacio nadie ignoraba que su sonrisa era la de una actriz que nunca dejaba caer el telón.—Mi princesa —me saludó con dulzura.Kael, apenas dos años mayor que yo, era pura energía contenida. Sus cabellos revueltos y sus ojos color miel brillaban de emoción. Con el rostro encendido, se acercó y me extendió una pequeña caja que había guardado con gran cuidado.—Esto… es para ti —susurró, sonrojado.Mis manos temblaban de emoción cuando abrí el regalo. Dentro había un pequeño panda de las nieves, una criatura rara de nuestra región: algo entre un panda rojo, un mapache y un oso diminuto. Su pelaje era completamente blanco, y en lugar de los ojos azules de su especie, este me miraba con dos brillantes diamantes violetas, idénticos a los míos.Lo abracé con fuerza.—¡Gracias, Kael! —exclamé radiante.Él solo asintió, escondiéndose detrás de la túnica de su madre.Los adultos conversaban cerca, convencidos de que no escuchábamos.—Todo debe estar listo para el tercer aniversario de nuestra hija —dijo mamá, con firmeza suave.—Será un evento digno de su nombre —respondió papá, cruzando los brazos—. Los cuatro imperios estarán atentos, y Aetherya debe mostrarse fuerte.—Más que una fiesta, será un mensaje de unidad para la familia imperial —añadió Althena, sonriendo con esa perfección ensayada.Papá asintió, y su voz bajó un tono:—Seraphine es más que una niña… es nuestro tesoro.Sentí sus miradas sobre mí. Fingí jugar con Kael, pero esas palabras me envolvieron como una promesa y una carga.La fiesta no sería solo un cumpleaños. Sería mi presentación oficial como la primera princesa nacida en generaciones. Un acontecimiento que los cuatro imperios no podrían ignorar.Althena y Kael se retiraron con una reverencia impecable. La puerta se cerró tras ellos, y el silencio llenó la habitación. Fue entonces cuando papá me levantó de nuevo. Sus brazos fuertes me acunaron con ternura, y su máscara de emperador se deshizo. Mamá lo miraba con un amor tan puro que los rumores del palacio parecían quedarse cortos: decían que Valeriun la amaba más que a nada, y en ese instante era imposible dudarlo.Él la atrajo hacia sí, rodeándonos a las dos. La intimidad del momento hizo que hasta las sirvientas bajaran la mirada. Yo fingí entretenerme con mi panda de las nieves, aunque no dejé de sentir el calor de esa unión.Finalmente, me cambiaron la ropa y me arroparon con delicadeza. Mamá susurró palabras de amor, papá nos abrazó a ambas con fuerza.Y entonces lo entendí: no era solo una princesa ni un símbolo de profecía. Para ellos, yo era su hija.