Línea Naranja
—¡Maldita Andrea! Siempre me hace lo mismo.
Javier hablaba solo en la cabina roja del teleférico, mientras esta ingresaba en la estación central.
—Me hace subir en vano. Encima, tan lejos que me queda su casa. Ahora, ¿a qué hora llegaré? Me va a sacar la mierda mi tía.
Salió disparado para poder hacer trasbordo con la línea naranja.
El gran reloj en la pared marcaba las 11:20 de la noche. Le quedaban diez minutos antes de que concluyera el servicio por el día, y no quería caminar o tomar un minibús a esa hora.
Solo le faltaba el último tramo de teleférico hasta la plaza Villarroel y de ahí solo tendría que tomar un mini[1] hasta Villa Fátima y “trepar” tres cuadras el cerro hasta la casa de su tía.
“Si está abierta la panadería, todavía se lo puedo llevar un rollito de queso y ya no se enoja tanto. Aunque también su diabetes le puede hacer mal, ¿no?”, pensó mientras se acercaba a la zona de abordaje de las cabinas.
—Apúrese, joven. Ya es último viaje, ya lo van a parar las cabinas.
—Sí, ya voy. Gracias, buenas noches.
—Buenas noches, buen viaje.
—Maldita Andrea, carajo —continuó su monólogo en voz alta—. Ya nunca más vuelvo a subir. Siempre me hace ayudarle con sus macanas y luego me bota. Ya no le voy a dar bola nunca más.
La cabina se sacudió al soltarse de los rieles y quedar suspendida, solo por un delgado brazo mecánico, del cable de tensión. Javier siempre se mareaba en esa parte.
—Carajo, no sé para qué me subo a esta cosa —respiró hondo—. Solo porque llegó más rápido. Y tan tarde, no quiero que me asalten en la calle.
La cabina comenzó a tomar velocidad al alejarse de la estación.
—Más bien, no está lloviendo, pero ojalá no esté haciendo viento en la plaza Villarroel.
Miró las luces de la plaza Pérez Velasco y la iglesia de San Francisco, iluminada con sus reflectores, pasar por debajo de su cabina.
A lo lejos se veían nubes gruesas que no permitían ver las estrellas y le daban al cielo un tono rojizo pálido. Alcanzo a ver el fugaz destello de un relámpago
—¡Maldita Andrea! Tan tarde me despacha. Ojalá no se enoje mi tía si no otra vez voy a tener que ir a buscar un ”aloja”[2]. Aunque ya también debería buscarme mi propio lugar, ¿no? Muy viejo, ya estoy para seguir viviendo con mi tía.
La cabina se sacudió al llegar a la estación de la plaza Riosinho y Javier soltó otra maldición.
La puerta se abrió y el fuerte olor a humedad lo golpeó de inmediato.
—Encima eso. Ahorita va a empezar a llover seguro, ojalá consiga mini rápido en la Villarroel, no me quiero mojar.
La cabina se arrastraba angustiosamente por la estación y el aire frío que entraba por la puerta abierta le congelaba los huesos.
—Y ni una chamarra me he llevado, ¡maldita Andrea!, ¡carajo!
Por fin su cabina llegó al otro extremo, las puertas se cerraron de nuevo y comenzó a acelerar para quedar suspendido del cable una vez más, no sin antes tambalearse hasta estabilizarse.
—¡Qué frío de mierda! —protestó llevando la mano a su espalda para aliviar un fuerte espasmo—. ¿No me habré hecho algo? Esa Andrea, tan pesado me ha hecho mover sus muebles todo el día. Creo que me va a salir una hernia.
El viento comenzó a silbar pasando por las rejillas en la ventana abierta de las puertas. Javier intentó cerrarla, pero no sabía de dónde agarrarla para que se deslice hacia arriba
—¿Cómo se hará esta huevada? ¡Qué frío!
El esfuerzo lo hizo levantarse del asiento y la cabina comenzó a tambalearse por su movimiento. Se sentó de golpe cuando escuchó un fuerte pitido que venía del intercomunicador de la cabina, seguido de una voz muy distorsionada.
—Estimados usuarios, les recordamos mantenerse sentados durante el viaje en todo momento, gracias.
Javier se mantuvo quieto, pero la cabina se movía demasiado, comenzó a marearse y volvió a maldecir.
La lluvia comenzó a golpear suavemente los vidrios y el silbido del viento se convirtió en un aullido ensordecedor. La cabina se seguía tambaleando, pero por fin llegó a la estación “Apachita”[3], la última antes de su parada en la plaza Villarroel.
—Por fin, carajo.
—Buenas noches —le saludó el empleado del teleférico.
—Buenas, ¿puede cerrar esta ventana, por favor? ¡Está haciendo mucho frío!
—Claro que sí —respondió, cansado y ansioso de terminar su turno e irse a casa, pero siempre educado.
Tomó las ventanas de la puerta por fuera y tiró hacia arriba para cerrarlas. Se apuró a subir a la cabina y cerró también la pequeña ventana sobre la cabeza del muchacho.
—Gracias —respondió Javier, mientras se ceñía más la delgada chaqueta de jean al cuerpo.
—Buenas noches, buen viaje —respondió el empleado y se bajó de la cabina justo antes de que las puertas se cerraran para emprender el último tramo.
—Ya, solo un rato más, ¡que no llueva, pues!
La cabina tomaba velocidad, salía de la estación, quedaba suspendida de los cables y se tambaleaba de manera más pronunciada que en los anteriores tramos.
—¿Qué ha pasado ahora?
El viento arremetió contra la cabina, silbando con fuerza, a pesar de las ventanas cerradas. Esta vez la cabina no logró estabilizarse por completo y siguió balanceándose de lado a lado mientras su avance se hacía cada vez más lento hasta detenerse por completo.
—¡Carajo! ¡No, pues! —protestó Javier mientras volvía a sonar el pitido del intercomunicador.
—Señores pasajeros, estamos sufriendo fuertes vientos en nuestra línea, por lo que reduciremos la velocidad de las cabinas, el tramo se reiniciará en breves instantes.
Los “breves instantes” se le hicieron eternos a Javier, mientras juraba por la tumba de sus padres que no volvería a subirse al teleférico, sobre todo de noche, y que nunca volvería a casa de Andrea.
La cabina seguía bamboleándose como un péndulo. Trató de concentrarse en un punto fijo, las luces de los edificios de la avenida Saavedra a la distancia para no marearse.
Y de pronto lo vio.
No estaba muy seguro, fue muy fugaz, pero también fue muy nítido.
Vio un rostro reflejado en el vidrio de la puerta, sentado justo frente a él, en diagonal hacia el fondo de la cabina. Estaba seguro de que no subió nadie más en ninguna de las estaciones.
Se volteó rápidamente para verlo, pero, no había nadie más con él.
Más allá del vidrio, al fondo de la cabina, estaba la montaña. Por toda la colina descendían las hileras de tumbas del cementerio “La Llamita”, como dedos, tratando de agarrar la cima.
Javier observó todas las tumbas pequeñas y apiñadas colmando cada espacio. Había demasiadas, de distintos colores y tamaños, con cruces ornamentadas, algunas pulidas y con flores frescas, otras sucias y olvidadas.
Obviamente, a esa hora no había nadie, pero buscó por todos lados para ver si encontraba al sereno, al guardia, un visitante clandestino o un “roba tumbas”. Cualquier cosa hubiera servido para calmar sus nervios y convencerse, de algún modo, que solo vio el reflejo de alguien ahí afuera en el vidrio de su cabina. Pero el cementerio estaba vacío, como era de esperar a esa hora de la noche.
El aire en la cabina se hacía cada vez más frío y Javier seguía con la mirada fija en el cementerio hasta que logró ver una pequeña luz, redonda y muy brillante, en medio de las tumbas, muy cerca del frío suelo.
Fue muy rápido, pero juraría que fue cierto, que la vio saltando entre las cruces, y luego desapareció.
—Qué cojudo eres, es el reflejo del vidrio. Seguro hubo otro rayo, o son las luces de las casas, ahí abajo —se dijo a sí mismo, intentando tranquilizarse.
La calma le duró poco y volvió a mirar fijamente las tumbas, buscando la luz que saltaba de nuevo. Estaba tan concentrado que se sobresaltó cuando la cabina volvió a moverse de golpe, zarandeándolo de un lado a otro.
—¡Ay, mierda! —gritó por el susto, pero luego empezó a reírse de sí mismo por haber sido tan tonto de creer que había visto algo en aquel cementerio vacío y oscuro, casi a media noche.
La cabina parecía arrastrarse a un metro por hora. A este paso llegaría demasiado tarde a la plaza Villarroel y su tía no le dejaría entrar a casa.
Su mente intentó desesperadamente volver a encauzarse hacia esos pensamientos y alejarse del cementerio. Volvió a mirar a su derecha buscando las luces de los edificios y respiró lenta y profundamente.
La cabina se balanceaba en grandes arcos, mecida por la mano invisible y desquiciada del viento. El suave golpeteo de las gotas de lluvia contra el vidrio, le resultaba ensordecedor. Javier tensó todos sus músculos y no se atrevía ni a respirar.
Después de un par de metros, la cabina se detuvo nuevamente. Javier cerró los ojos con fuerza, un grito quedó atrapado en su garganta, estrangulada por el miedo, y salió solo como un leve chillido.
Abrió los ojos y miró a ambos lados con desespero. El cementerio seguía a su izquierda. Abrió su boca de par en par al ver aparecer un montón de pequeños destellos que parecían flotar por encima de cada una de las tumbas.
—¡Carajo!... Solo es un reflejo, brillo de la luna o algo —dijo, casi gritando, tratando de convencerse de que no había ninguna luz ahí.
Se obligó a girar la cabeza a su derecha y no voltear de nuevo. Vio dos relámpagos pasar a lo lejos y el viento dio otro fuerte golpe a la cabina. Cerró los ojos con todas sus fuerzas y trató de controlar su respiración.
En medio de todo el estruendo del viento, escuchó nuevamente el pitido del intercomunicador.
—Señores pasajeros, les pedimos un poco de paciencia. El servicio se reiniciará en breves momentos.
—¡Carajo! —volvió a gritar—, ¡sáquenme de aquí!
Seguía con los ojos cerrados, aterrado por su vida en aquella pequeña cabina que amenazaba con desplomarse en cualquier instante. Pero, por encima de todo, tenía aún esa sensación desesperante de que no estaba solo, como si alguien se hubiera sentado a su lado.
Se repetía a sí mismo que era imposible, que no había nadie más en la cabina.
—Nadie ha subido en ninguna estación, estoy yo solo, ¡no hay nadie!
Se obligó a sí mismo a abrir los ojos y mirar a la cabina.
Nada. Estaba vacía.
Respiró profundamente y trató de calmarse. El viento por fin comenzó a disminuir y la cabina ya no se mecía tanto.
Volvió a sobresaltarse con el siguiente movimiento de la cabina que retomó su lento avance. Respiraba aún agitado, pero intentó recuperar la compostura. El aire estaba más frío. Con cada respiración, veía el vapor blanco escapar de su boca.
Miró, a su derecha, clavó los ojos en los edificios a la distancia y se repitió:
—Ya casi, carajo, ya casi. Ahorita llego, no ha pasado nada. Estás imaginando huevadas, Javier.
Pero lo vio, de nuevo, reflejado en el vidrio de la puerta de la cabina, más claro que antes.
Parpadeó varias veces. No. No podía ser.
Ya no era solo un rostro que lo miraba, era todo un cuerpo. Zapatos negros posados en el suelo de la cabina, un pantalón de tela gris bien planchado, un saco largo tipo gabardina, oscuro y muy elegante. Las manos eran negras, probablemente guantes de cuero.
Debajo de un sobrero de ala, del mismo color que el saco, un rostro muy avejentado, blanco como papel, con la nariz torcida, el cabello blanco despeinado, pero bien cortado, no tenía barba, pero sí un bigote blanco como su cabello. Lo vio tan detallada y claramente cómo se veía a él mismo.
Sin duda, lo más aterrador eran sus ojos, profundos y oscuros, como dos pozos sin fondo.
No se había dado cuenta, pero había dejado de respirar por varios segundos. Casi podía jurar que incluso su corazón se había olvidado de latir. Su garganta se había cerrado como un fuerte puño y no le permitía emitir ningún sonido, aunque sentía un grito creciendo en su pecho, abriéndose paso mientras desgarraba sus cuerdas vocales.
Los ojos brillantes se encontraron con los suyos y pudo ver por un momento, dentro de esas órbitas oscuras y sin vida, las dos luces brillantes al fondo, como carbón encendido que provenía del mismísimo infierno.
Se sintió caer en el abismo de esos profundos ojos negros que lo invitaban a la locura.
La figura oscura inclinó ligeramente la cabeza. Como si lo reconociera. Y entonces, sonrió.
***
—No, mañana me toca la línea verde, la estación de bajo Irpavi. No me gusta, eso me queda muy lejos de casa.
—En Río Seco vives, ¿no? Igual y llegas rápido, si tomas tres líneas, no queda tan lejos.
—Sí, pero a la hora que termino mi turno no llego a volver, tendré que tomar movilidad desde ciudad satélite… Buenas noches.
—¡Buenas noches! —dijo el joven al acercarse a la cabina y entrar rápidamente. Llevaba los zapatos mojados por la lluvia en la calle.
Se ciñó la gruesa chamarra al cuerpo y se preparó para el último tramo del viaje, había trabajado hasta casi las diez de la noche y solo quería volver a casa. Las puertas seguían abiertas y podía seguir escuchando la conversación de los empleados del teleférico.
—Pero ¿sabes? Es mejor que trabajar en la línea naranja. Ya sabes, en la Villarroel, yo ya no quiero que me vuelva a tocar turno ahí.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—¿No has escuchado lo que ha pasado la otra noche de esa tormenta bien fuerte? Esa noche del joven que han encontrado ahí, botado en la cabina, gritando. Se le había parado su cabina largo rato sobre el cementerio y parece que se ha vuelto loco. En ambulancia lo han llevado directito al psiquiátrico, dice. Imagínate ahí parado de noche con tormenta, ¡qué cosa habrá visto!
En ese instante, la puerta de la cabina se cerró. El joven no alcanzó a escuchar nada más que las gruesas gotas que golpeaban el vidrio de la cabina mientras esta salía tambaleándose de la estación central.
***
[1] Minibús. Auto van utilizando como medio de transporte público.
[2] Alojamiento, motel.
[3] Apachita es un monumento andino, que responde a un concepto andino que en su origen es un montículo de piedras colocadas en forma cónica la una sobre la otra, como ofrenda a la Pachamama (Madre Tierra) y se pueden observar en las cuestas de los caminos difíciles. Se sostiene que se trata de una creencia cimentada en la convicción de la fe indígena que sustenta la existencia de un ser sobrenatural, creador de la tierra, y que instaura un orden en el mismo y un culto que se tributa dentro de un ritual ancestral.