Capítulo 1 Un Encuentro Casual
Desde niña siento que siempre he estado corriendo una interminable carrera contra reloj. ´Corre, Elena, ¡Corre!´, fue la última orden que mi padre me dio en un eco ensordecedor, mezclado con el frío de la noche, la oscuridad de la calle y los gritos desgarradores de mi hermano.
Mi padre, sujeto por otro hombre con un arma apuntándole a su cabeza frente a nuestro hogar; mi hermano a su lado quien pedía clemencia mientras lo sujetaban con fuerza. Y yo, con mis pequeñas piernas de niña de 8 años, solo obedecí, corriendo por las oscuras calles de Moscú, confundida, asustada, desorientada. Luego, un estallido resonó, seguido de un silencio que quemaba, que pesaba como una losa. El miedo, una garra helada, se aferró a mi corazón, y el sabor metálico del terror inundó mi boca. El viento frío azotaba mi rostro mientras mis pies golpeaban el pavimento, dejando un eco sordo a mi paso. El silencio, un monstruo hambriento, devoró los gritos y el caos que sentía antes de mi padre y hermano. Mis lágrimas, ríos helados que corrían por mis mejillas mientras mis ojos buscaban en la oscuridad, una señal, una voz, algo. El tiempo se volvió lento, distorsionado, como si la realidad se hubiera desvanecido. Esa noche, que empezó tan simple y sencilla, marcó una división en mi vida, dejándome sin un padre, con un hermano marcado por el dolor, una infancia rota.
Mi nombre es Elena Stella Petrova Rivera, como mi nombre lo sugiere soy hija de Pedro, para ser exactos mi padre se llamaba Pedro Ivanovich Petrov, un hombre ruso al cual mi madre, Valentina Cruz Rivera, una mujer latina sencilla conoció en un pequeño restaurante en Moscú por casualidad, ellos se enamoraron muy jóvenes y se casaron, dos años después nació mi hermano Sasha y seguido a él tres años despues naci yo.
Mi infancia empezó plena, llena de diversión y mimos, mi padre era un contador que trabajaba para un empresa muy reconocida y ganaba buen dinero, lo que nos permitió una vida cómoda a mi familia y a mi, todo, hasta que falleció; no, para ser precisos, hasta que fue asesinado frente a nuestra casa.
Tras ese hecho muchas cosas cambiaron, mi madre entró en depresión tras el duelo, dependiendo de medicamentos y con ese estado no podía trabajar o mantenerse. Mi hermano Sasha, se volvió problemático y terminó con malas compañías; casi nunca estaba en casa y cuando volvía solo buscaba quitarle a mi madre el poco dinero que tenía para sus vicios. Yo, desde temprana edad empecé a buscar trabajo, me olvidé de los estudios o una infancia normal, solo procurando ayudar a mi madre y a esta familia, o al menos de los pedazos que quedaron de ella.
Luego de varios trabajos desde niña como ayudante en tiendas, limpiando casas u oficinas, incluso de niñera; entre a una cafetería como mesera, el dueño era muy amable conmigo y me enseñó a preparar las bebidas y cafés que allí hacían, tras meses de aprendizaje y con esfuerzo logre ser la barista de aquel lugar. Con él dinero que ganaba trabajando ahí podía sustentar una vida sencilla con mi madre, los gastos básicos, la renta y la comida; pero fue entonces que lo conocí, Lucian, mi esposo.
Llegó como un cliente en un día normal, pero de inmediato se hizo notar. Poco tiempo después de conocerle me enamoré de él, es un hombre un tanto enigmático, pero atento y cariñoso conmigo; a muchos les parece intimidante, eso lo puedo notar claramente, su altura y aspecto lo hacen lucir un tanto aterrador, pero para mi es diferente, él es el amor de mi vida. Me ayudó cuando más lo necesitaba y se mantuvo a mi lado, él me demostró amor y devoción, un cariño que no había sentido antes; por ello acepté ser su esposa.
Lucian me dio una enorme casa, carros y lujos; no me faltaba nada. Él usualmente salía de viaje y trabajaba mucho, era algo que yo respetaba. Pero nuestra casa siempre estaba custodiada, había guardaespaldas y personal de seguridad por todos lados. Debí haberlo notado en ese momento, eso no era normal, incluso si él era un empresario adinerado como pensaba, tanta seguridad, hombres armados y sus constantes peticiones de que jamás saliera sola, eran un tanto extremas, tanto que debí haberlo sabido, tanto debí haberme alejado cuando pude.
Sin embargo ahora, no hay escape, no hay donde esconderse, no hay lugar donde sus ojos no me lleguen a encontrar.
A la fecha tengo 23 años y trabajo en esta cafetería como barista, este lugar me ofrece tranquilidad y un empleo que aprecio; además tengo la suerte de que el dueño fue tan amable de abrirme las puertas de este lugar aun sin tener experiencia previa.
-Buenos días -sonreía entrando al turno en la cafetería al ver al jefe y dejando el abrigo que traía a un lado - que frío que hace.
-Buenos días, Elenita -respondió el propietario, un señor cercano a los cuarenta y de apariencia sencilla- ¿cómo amaneciste?.
-Estoy muy bien Sr. Ivan, ¿y usted? -camino dejando su bolso en un perchero cerca de la caja.
-Aquí, algo cansado. -señaló recostandose del mostrador- siento que me dormiré en cualquier momento.
-De seguro pasó la noche de nuevo con su novia eh -comento un poco juguetona mientras guardaba las cosas en el casillero.
-Bueno… eso.. -desvió la mirada avergonzada.
-¡Aja! -se burla un poco- el amor y sus cosas, jejejeje. -reía de él en juego.
-No te burles, Elena; además tu también ya estás en edad de tener novio. ¿no? - respondió viéndola de reojo.
-¿Eh?… no gracias -negando con la cabeza, determinada.
-Nunca digas nunca, el amor llega cuando menos lo esperas, Elenita - respondió con una sonrisa juguetona recostandose del mostrador.
-Prefiero mejor enfocarse en esperar mi próxima quincena -dijo encogiendose de hombros riendo desinteresada en el tema- además señor Ivan, ¿recuerda que día es hoy?
-¡Ay no! -se estremeció al recordarlo.
-¡Ay si!, es el día de la semana que debe ir por los insumos del local -riendo, me burlaba un poco sabiendo que estaba algo cansado de hacer.
-¡No!, Dios… ¡ayudame!. -dramático recostado en el mostrador, aferrado a el.
-Le ayudo… pero atendiendo el local -reía malvada queriendo seguir molestando en juego.
-Elenita… ¡Qué cruel!, tan chiquita y malvada - lloriquea en drama ante ella.
Tener que buscar los suministros de la tienda implicaba ir a al menos 5 tiendas a pie por las pesadas compras, pero debíamos hacerlo una vez a la semana al menos. El Sr. Ivan, no teniendo otra opción, va por su bolso y abrigo, luego va hacia la puerta y antes de salir observa a Elena casi en súplica.
-Elenita…-murmuró al verla.
-Si si… vaya con cuidado. -señala hacia la puerta aun burlándose un poco.
Finalmente se va a hacer las compras sin más remedio, sus pasos cansados solo haciendo drama ante la pesada labor que le esperaba. Elena, se enfocó en limpiar las cosas del mostrador, ya que recién abría por hoy y aún no han llegado los clientes. Ella empezó a preparar bocadillos para llenar el mostrador.
Mientras organizaba los entremeses en la vitrina escuchó la campanilla de la puerta que suena cuando esta se abre y giró la mirada sonriente, como es costumbre ante un cliente.
-Buenos días, sea bienvenido -comentó manteniendo una sonrisa tras el mostrador- ¿Qué le ofrezco? -señala el menú en el estante.
La puerta se abrió con un suave golpe, y un hombre que parecía tallado en hielo y oscuridad cruzó el umbral. Su altura era sorprendente, casi intimidante, y su semblante serio transmitía una frialdad que calaba hasta los huesos. Vestía con una elegancia severa, un traje negro impecable cubierto por un abrigo de piel suntuoso, un escudo contra el mundo exterior. Unas gafas negras ocultaban sus ojos, pero no podían velar la intensa mirada que se sentía clavada en cada uno, una inspección silenciosa y autoritaria. Calculé que superaba los dos metros, su piel tan blanca como la nieve recién caída contrastaba con el negro profundo de su cabello, y la luz artificial alcanzaba a revelar destellos de un color ámbar vibrante en sus ojos, una tonalidad exótica y penetrante. A unos pasos estratégicos detrás de él, como sombras leales, lo seguían dos hombres más, vestidos también de traje negro y con una compostura que denotaba entrenamiento. Sus miradas eran rápidas y analíticas, barriendo el local con la precisión de un radar, creando una sensación de control y posible peligro. La llegada de este trío había impuesto un silencio momentáneo, como si el aire mismo contuviera la respiración ante su presencia.
-Un espresso -señaló el cliente. Se quitó las gafas de sol, lanzándole una mirada fría y cortante, pero Elena pudo notar unas marcadas ojeras de cansancio bajo sus ojos.
-Claro, enseguida -anotó ella el pedido-. ¿Desea ordenar algo más?
-No -respondió él secamente para luego girarse y dirigirse a una mesa donde se sentó. Los dos hombres que lo acompañaban lo atendieron con una deferencia casi reverencial: uno le retiró el abrigo con delicadeza, mientras el otro desplegaba el periódico y lo colocaba frente a él sobre la mesa.
Elena lo observó por un instante, preguntándose si se trataba de algún empresario o político adinerado. Luego continuó preparando su orden. Más allá de su expresión fría e intimidante, notó que el hombre parecía muy cansado. Sirvió el espresso en la taza más elegante que encontró y lo llevó a su mesa, deseando causar una buena impresión en un posible cliente importante. Además, colocó un muffin de zanahoria y nueces junto al café, como cortesía de la casa. Se acerco dejando los platos con el pedido en la mesa frente a él.
-No ordené esto -señaló el muffin con desdén, apartando el periódico brevemente y fijando en Elena una mirada tan profunda y aterradora que provocó un leve vuelco en su corazón- Solo pedí el café, llévate eso, no lo comeré.
-Es un muffin, solo es una cortesía de la casa -señaló Elena con una sonrisa, tratando de ocultar cualquier nerviosismo o temor- Es bueno para tener más energía cuando no se logra descansar bien y le aseguro que está hecho con pocos azúcares, además de que es delicioso.
Él tomó su café, luego miró el muffin sobre la mesa por unos segundos, pensativo. Después dirigió su mirada hacia Elena, examinando cada rasgo de su rostro con una intensidad palpable. Elena sintió su mirada aterradora y profunda, luego él volvió a mirar el muffin.
-Si le molesta, lo retiraré -extendió su mano para tomar el plato con el muffin- Disculpe mi atrevimiento.
De repente, él sujetó la mano de Elena, quien se estremeció ante la inesperada acción. Al mirarlo, pudo percibir también un atisbo de sorpresa en su rostro, una reacción tan intensa que incluso hizo temblar ligeramente la mesa.
-¿De dónde sacaste eso? -señaló su delantal. Allí, prendido a una tira, había un pequeño peluche.
-¿Eh?, ah… bueno, es un viejo peluche que tengo como llavero desde hace mucho -comentó Elena, confundida sin entender el interés en algo tan insignificante- ¿Le molesta? Si es así, puedo quitarlo.
Él la observó por un instante, intercambiando miradas entre el pequeño peluche y su rostro, como si estuviera asimilando un pensamiento importante.
-¿Señor?, ¿está todo bien? -nerviosa, Elena no sabía qué hacer y él aún sostenía su mano.
-Nombre
-¿Eh? -respondió ella, aún más confundida.
-¿Cuál es tu nombre? -preguntó él, sin soltar su mano y mirándola con seriedad.
-Ah, E-Elena -sintió su corazón latiendo con fuerza en su pecho, presa de los nervios y la confusión.
Elena -murmuró él, viéndola fijamente. Su mirada fría se había desvanecido, reemplazada por una sorpresa extraña, y el agarre en su mano se intensificó ligeramente.
-Señor, ¿puede soltar mi mano, por favor? -comentó Elena, su voz temblaba ligeramente.
Él pareció dudar por un instante, y luego de unos segundos finalmente soltó su mano. Elena solo pudo dejar escapar un breve suspiro de alivio. Miró de nuevo la mesa e intentó recoger el muffin.
-Déjalo -comentó él con voz firme.
Elena lo miró algo confundida y asintió con la cabeza, dejando el muffin en su lugar.
-Entonces, con permiso. Si necesita algo más, no dude en llamarme. -se incorporó e hizo un leve gesto de cabeza en forma de saludo respetuoso antes de regresar al mostrador a trabajar.
Él permaneció en silencio, absorto en sus pensamientos mientras miraba el muffin. Finalmente, lo tomó y le dio un bocado. Mientras lo comía, una leve sonrisa ladeada apareció en sus labios y la expresión de su rostro se suavizó.
Elena siguió organizando las cosas tras el mostrador y luego vio que él terminó de comer el muffin y continuaba leyendo el periódico en silencio, pero sus facciones parecían diferentes, como si estuviera de mejor humor. No pudo evitar sonreír un poco, alegre de que el cliente lo hubiera tomado bien al final.
Al cabo de un rato, notó que los hombres que lo custodiaban se alejaron un poco ante un gesto discreto que él hizo con la mano, saliendo de la cafetería hacia la calle. Además, empezaron a llegar otros clientes, por lo que Elena se enfocó en tomar las órdenes e ir preparando los pedidos de todos.
Pasaron unas horas y aquel extraño primer cliente del día aún permanecía sentado, observando todo de reojo. Parecía relajado y mostraba una sonrisa peculiar, casi divertida. Elena podía sentir su mirada siguiéndola mientras atendía a los demás clientes, una presencia constante aunque discreta. Finalmente, ella se acercó a su mesa, recogió sus platos vacíos y lo miró con una sonrisa amable.
-¿Disfrutó el café? -preguntó, señalando la taza vacía.
-Sí -le devolvió la sonrisa. Elena se sorprendió por el cambio en su expresión, pero siguió la corriente del momento.
-Si quiere ordenar algo más, le recomiendo un Mocha. Es un espresso con chocolate caliente y leche vaporizada, perfecto para tomar lentamente y entrar en calor en este día tan helado.
-De acuerdo -asintió, manteniendo una leve sonrisa- Sírvelo para llevar.
-Claro -sonrió Elena, girando hacia la barra con su plato y taza vacía.
-Una cosa más -señaló él, deteniéndola.
-¿Sí?, claro, ¿qué desea? -Elena se detuvo y volvió a mirarlo.
-¿Trabajas aquí sola? -preguntó, ladeando ligeramente la cabeza.
-Ah, no, mi jefe, el Sr. Iván, trabaja conmigo, pero temo que no se encuentra en este momento. ¿Por qué pregunta?
-Mmmm, no es nada -sacó su teléfono y desvió su atención hacia la pantalla- Espero entonces mi orden -comentó sin mirarla.
-Claro -asintió Elena, dirigiéndose a la barra.
Preparó su Mocha tras el mostrador. De repente, él se acercó y la miró desde el otro lado, su altura haciéndolo parecer aún más intimidante.
-Aquí tiene su orden -Elena le entregó el café en un vaso portátil.
-Ten -dejó varios billetes sobre el mostrador.
-Gracias, ya le doy su cambio -Elena fue a la caja registradora, buscando entre los billetes.
-Una última pregunta, el muffin… ¿tú lo hiciste?
-Sí, señor, nuestros bocadillos son caseros. ¿Quizás hubo algo que no le gustó?
-Solo… estaba delicioso -murmuró con una leve sonrisa, viéndola fijamente con esos ojos profundos.
Elena sintió su atractivo y su aura intimidante, como la de un tigre, hermoso y peligroso. Él tomó su café en el vaso portátil y salió de la cafetería, sonriendo, como si se divirtiera con algo que ella no alcanzaba a comprender.
Por un instante, Elena quedó inmóvil, la intensidad de su mirada y esa sonrisa enigmática la dejaron sin palabras y con la mente en blanco. Luego, sus ojos se posaron en su mano, notó el dinero que le había dejado y recordó su tarea.
-¡Señor, su cambio! -gritó, saliendo apresuradamente tras él, con la intención de devolverle el vuelto.
Pero al llegar a la acera, no había rastro de él. Ni su elegante automóvil, ni los hombres que lo acompañaban, ni el propio cliente. Se había desvanecido con una rapidez asombrosa, dejándola sin más opción que detenerse.
-Eso… -murmuró, mirando el billete en su mano- ¡Santo Dios, son diez mil rublos!
-Luca -dijo él, observando el café en sus manos con una expresión relajada mientras se recostaba en el asiento trasero del auto.
-¿Sí, señor? -respondió el conductor, atento al camino.
-Vayamos al siguiente lugar en la agenda -indicó, mirando una carpeta repleta de documentos de diversos negocios que sostenía en su mano.
-Como ordene, señor -asintió el conductor.
Él tomó un sorbo de su café, su mirada perdida en sus pensamientos por un momento. Luego, sus ojos se dirigieron a la carpeta. Entre los documentos, había fotografías de la cafetería, del dueño y de aquella mujer. Su mente divagó, repasando la reciente interacción, hasta que finalmente pareció tomar una decisión.
-Andrey, excluye a esta cafetería de nuestros registros en la mansión. Quiero toda la información solo para mí.
-¿Señor? -respondió el copiloto, Andrey, con una mezcla de confusión y sorpresa ante la inusual orden- Los registros de nuestros negocios son nuestro aval en los tratos.
-Solo haz lo que te digo -sentenció Lucian con sequedad, sin apartar la vista del documento que tenía entre sus manos.
-Sí, Jefe -respondió Andrey con obediencia.
Lucian acarició la carpeta, su mirada fugándose hacia la fotografía de aquella joven. Pensativo, evocaba el aroma del café, el timbre de su voz, el brillo de su cabello, la calidez de sus ojos. Su mente estaba absorta en esos recuerdos, una pregunta antigua comenzando a tomar forma: ‘¿Será posible, después de tantos años?’
Elena continuaba atendiendo a los clientes, limpiando mesas con diligencia, sirviendo bebidas con una sonrisa amable y manejando la caja registradora con eficiencia. Otro día transcurría con la rutina familiar de su vida. Al mediodía, el Sr. Iván llegó con más provisiones para la cafetería. Elena no pudo evitar una leve sonrisa al verlo; parecía agotado, casi un alma en pena, pero cumplía con su deber. Lo ayudó a organizar los suministros y le preparó un almuerzo reconfortante para levantarle el ánimo. Aunque su relación con el Sr. Iván era cercana y las bromas eran habituales entre ellos, él era lo más parecido a un amigo que tenía, y Elena deseaba ayudarlo. Así pasaron las horas hasta el anochecer, atendiendo cliente tras cliente, café tras café. Al caer la noche, limpió la cafetería junto al Sr. Iván, preparándose para cerrar por el día.
-Bueno, ya me voy -dijo Elena, tomando su abrigo del perchero.
-Sí, buenas noches, Elena. Gracias por tu trabajo -respondió el Sr. Iván, dejando escapar un bostezo cansado- Ten cuidado de vuelta a casa, ¿ok?
-Sí, buenas noches, Sr. Iván. Saluda a Natalia de mi parte y dile que venga a vernos, le haré un buen pastel del que le gusta.
-Sí, sí -saludó el Sr. Iván desde el marco de la puerta, despidiéndose-. ¡Ve con cuidado y saluda a tu madre también!
Elena saludó con un movimiento de mano al Sr. Iván, una sonrisa cansada en sus labios, y luego giró su atención hacia la calle. El aire nocturno la golpeó con una punzada helada, erizando los vellos de sus brazos expuestos antes de que pudiera ajustarse el cuello alto de su abrigo raído. La luz amarillenta y temblorosa de las farolas luchaba por penetrar la oscuridad que se cernía sobre la acera, creando sombras danzantes que jugaban con su percepción. Caminó con paso rápido hacia la parada de autobús, el eco solitario de sus botas resonando en el pavimento casi desierto. Apenas vislumbraba siluetas fugaces de otros transeúntes, envueltos en sus propios mundos invernales, pero el rugido constante del tráfico en la avenida cercana era un recordatorio de la vida que continuaba, ajena a su espera.
Al llegar a la parada, se dejó caer en la banca de madera fría, protegida por un pequeño techo que ofrecía escasa defensa contra el viento gélido. Se acurrucó dentro de su abrigo gastado, frotando vigorosamente sus manos entumecidas, la piel áspera contra la tela en un intento desesperado por generar calor. ‘Casi estamos en diciembre, y este frío se mete hasta los huesos’ -pensó, su aliento formando pequeñas nubes blancas en el aire.
Sin embargo, en ese instante, una punzada de incomodidad la invadió. Su mirada comenzó a vagar, escudriñando las sombras que se alargaban desde los edificios cercanos y los coches que pasaban lentamente. Una extraña sensación, fría y punzante como el aire, se apoderó de ella: la inquietante certeza de ser observada. Sus ojos recorrían cada rincón oscuro, cada figura solitaria al otro lado de la calle, pero no lograba identificar ninguna presencia sospechosa. El silencio opresivo de la noche, la oscuridad que parecía engullir los sonidos y la profunda sensación de soledad comenzaron a pesar sobre sus hombros, oprimiendo su pecho con una creciente ansiedad. Un nudo de impaciencia se formó en su garganta, un deseo desesperado de que las luces familiares del autobús rompieran la tensión y la llevaran de vuelta a la relativa seguridad de su hogar.
Diez minutos se estiraron hasta sentirse como una eternidad helada. Cada segundo era un latido ansioso, amplificado por la paranoia que se arraigaba en su mente. El escalofrío que recorría su cuerpo no era solo por el frío; era la respuesta visceral a esa persistente sensación de una mirada invisible clavada en ella, una presencia desconocida acechando en las sombras. El pánico comenzaba a arañar los bordes de su cordura, la angustiosa sensación de ser una presa indefensa, acorralada por un depredador invisible. Este sentimiento se volvía cada vez más insoportable, una opresión en el pecho que dificultaba su respiración, hasta que, finalmente, como una aparición salvadora, divisó las luces amarillentas del autobús acercándose en la distancia. Se levantó de la banca con un movimiento brusco y ansioso, agitando su brazo con desesperación para que el conductor se detuviera. Subió apresuradamente los escalones, sintiendo un alivio casi físico al entrar en el calor rancio y la familiaridad del interior. Era la primera vez en mucho tiempo que experimentaba una sensación tan intensa de ser vigilada… bueno… quizás no era la primera vez. De alguna manera inquietante, esa punzada de temor le resultaba vagamente familiar, como el eco distante de un recuerdo sombrío, uno que su mente había enterrado profundamente, prefiriendo olvidar la oscuridad que lo rodeaba.
Finalmente, el autobús se detuvo en la parada donde debía bajar, a poca distancia de su hogar. Un par de cuadras la separaban de su destino. Mientras caminaba, Elena se esforzaba por disipar la inquietante sensación de ser observada que la había acompañado en el trayecto. Al doblar la esquina y divisar su casa, un pequeño edificio de dos pisos, angosto y sin jardín, con bloques de un color carmesí apagado, un par de ventanas frontales que parecían observar la calle y una puerta marrón sencilla, sintió un ligero alivio. Era su hogar, modesto pero mantenido con su esfuerzo, un refugio para su madre y para ella.
Al girar la llave y abrir la puerta, un estruendo de voces proveniente de la cocina la sobresaltó. Reconoció casi de inmediato el tono elevado y airado de su madre, entrelazado con una voz masculina áspera y familiar: Sasha, su hermano mayor. La discusión escalaba en gritos y golpes sordos. Elena corrió desesperada hacia la cocina, su corazón latiendo con fuerza ante la urgencia de ayudar a su madre. Pero antes de siquiera poder asomarse por el umbral, sintió un fuerte empujón que la lanzó contra el suelo, el impacto resonando en sus huesos. Vio la figura de su hermano salir de la cocina a toda prisa, abrazando algo voluminoso contra su pecho. Su única reacción fue incorporarse tambaleante y entrar en la cocina, su mirada buscando frenéticamente a su madre.
-¡Mamá!, ¿qué pasa? -se acercó a ella con premura. Su madre estaba arrodillada en el suelo de la cocina, sollozando desconsoladamente entre un caos de vidrios rotos y cubiertos esparcidos. El aire aún vibraba con la tensión de la reciente confrontación.
-Se lo llevó -murmuró su madre entre lágrimas, su mirada fija en el suelo y en el desorden dejado tras la violenta discusión con Sasha.
-¿Qué dices? -Elena se acercó con cautela, intentando calmarla y asegurarse de que no estuviera herida- Respira, mamá. Mírame. ¿Estás bien?
-Sasha se llevó el bolso donde había escondido el dinero de la renta que me diste -le dijo su madre entre un mar de lágrimas y una profunda pena.
En ese instante, un recuerdo fugaz cruzó la mente de Elena: la figura de su hermano abrazando algo contra su pecho al chocar con ella en la puerta. Pero en el calor del momento, no había logrado identificar qué era. Respiró hondo, tomando las temblorosas manos de su madre. Estaba completamente desconsolada. Elena acarició su mejilla con suavidad, buscando transmitirle algo de consuelo.
-Todo estará bien, mamá -trató de calmarla, mirando fijamente sus ojos y hablando con una voz lo más serena posible- Tranquila, lo solucionaré. Vamos, debes levantarte de aquí, hay demasiados vidrios en el suelo.
-¿Pero qué haremos, hija? Sin ese dinero, ¿cómo pagaremos la renta, la comida, los servicios? -dijo su madre con desesperación, aferrándose a sus brazos con fuerza-. Además, mis medicinas son caras y...
-Mamá, calma -dijo Elena con un tono firme pero suave-. Confía en mí, ya se me ocurrirá algo, lo resolveré. Tú no te preocupes por nada, mamá -la miró a los ojos, buscando transmitirle seguridad- Sabes que cuentas conmigo, confía en mí, ¿ok?
Su madre la miró con ojos nerviosos y asustados. Solo asintió, aferrándose a Elena mientras se ponía de pie con su ayuda. Una punzada de frustración atravesó a Elena, pero la ahogó de inmediato, concentrándose en calmar a su madre. Ella era su prioridad, su responsabilidad, la única familia que le quedaba.
-Ten cuidado, no te vayas a cortar, mamá -la ayudó a moverse con cuidado entre los fragmentos de vasos y vajilla rotos esparcidos por el suelo-. Subiremos a tu habitación, te darás un baño y descansarás. Yo limpiaré luego todo aquí, ¿está bien? No debes preocuparte por nada.
Después de un rato, Elena logró calmar a su madre, aunque tuvo que darle una pastilla para ayudarla a dormir. Estaba, en cierta manera, acostumbrada a estas situaciones, a estas preocupaciones constantes. Su hermano Sasha, tres años mayor que ella, era adicto tanto a las apuestas como a las drogas. Su vida había caído en un abismo aparentemente sin retorno, precipitándose en malas compañías tras la muerte de su padre. Su padre había sido un hombre cariñoso con su familia, aunque a veces pasaba días fuera de casa por trabajo, siempre que volvía se aseguraba de pasar tiempo de calidad con ellos. Les había brindado una vida llena de comodidades y lujos. Sasha había nacido en esa cuna de oro, pero ahora se encontraba en un profundo abismo del cual ni su madre ni ella habían logrado rescatarlo.
Esa noche, un viejo recuerdo emergió en sus sueños. Se encontraba en una enorme casa y escuchaba la voz de alguien llorando desde un jardín. Era un niño pequeño, su cabello negro azabache contrastaba con la palidez de su piel, marcada por rastros rojizos de sangre, heridas que parecían ser no solo de caídas, sino de golpes intencionales. En el sueño, Elena intentaba consolarlo; él parecía tan triste y a la vez reacio a su ayuda, pero ella no desistía y seguía acariciando su cabello hasta que sus sollozos se atenuaban.
Recordaba la calidez de su pequeña mano y su voz dudosa al dirigirse a ella. Recordaba entregarle algo. Un viejo peluche que su padre le había dado, un regalo, un consuelo para el niño. Entonces, el pequeño le decía algo, pero de alguna manera, las palabras se perdían en el laberinto de su memoria, sin lograr alcanzar sus oídos.
Elena despertó con la vaga sensación de aquel sueño flotando en los bordes de su conciencia, fragmentos de imágenes y emociones que se desvanecieron rápidamente al abrir los ojos. Con un suspiro, se levantó de la cama y fue a la habitación de su madre. Quería hablar con ella, verificar cómo se sentía después del altercado de la noche anterior, y además, debían tomar medidas prácticas: cambiar la cerradura de la casa. Lamentablemente, no podían seguir permitiendo que Sasha irrumpiera en su hogar, sembrando más angustia. Su madre pasaba sus días sumida en una tristeza profunda, atrapada en la constante depresión por su hijo y el duelo persistente por la pérdida de su padre.
Elena hizo los arreglos necesarios para que un cerrajero viniera a cambiar la cerradura de la puerta principal esa misma mañana. También recurrió a la amabilidad de una vecina, una señora mayor que vivía unas casas más adelante. Le ofreció una pequeña compensación económica a cambio de que acompañara a su madre durante el día. Le preocupaba enormemente dejarla sola, reviviendo la angustia de lo sucedido con Sasha. Su madre sufría de un trastorno de duelo prolongado desde la muerte de su padre, un evento ocurrido hacía casi quince años. Un largo tiempo, pero desde aquel día, su madre nunca había vuelto a ser la misma persona. Elena la llevaba a terapia una vez por semana y también tomaba antidepresivos, pero su condición parecía estancada. Cuando el insomnio la azotaba, su médico le había indicado darle un somnífero en casos extremos, pero Elena sentía que solo estaban tratando de extender lo inevitable. Su mayor anhelo era pasar más tiempo con ella, brindarle una oportunidad, aunque tenue, de seguir adelante.
Dejó a su madre en casa de la vecina esa mañana. Para su alivio, parecía estar más tranquila allí que en su propio hogar, donde los recuerdos del caos de la noche anterior aún debían resonar. Elena no la culpaba; su madre debió sentirse terriblemente asustada y enojada por las acciones de Sasha, y sus emociones eran frágiles e inestables debido a su condición. Dejarla sola en ese estado no era una opción viable. Ella debía volver a su trabajo, la cafetería la esperaba. Se despidió de su madre desde una distancia prudente. Notó que su madre tendía a aislarse después de estos eventos, especialmente de ella. Elena creía que, en la mente de su madre, su imagen estaba ahora entrelazada con malos recuerdos, eclipsando los buenos.