ʙᴀᴊᴏ ᴇʟ ᴍɪꜱᴍᴏ ɪɴꜰɪᴇʀɴᴏ - ᴄᴀʀʟ ɢᴀʟʟᴀɢʜᴇʀ

Summary

En el corazón del South Side, Carl Gallagher está atrapado en un torbellino de pasión y caos. Su relación con Amaia Milkovich es una montaña rusa de deseo, traiciones y peleas que sacuden las paredes de la casa Gallagher. Entre noches robadas, promesas rotas y enfrentamientos con rivales que amenazan con separarlos, Carl lucha por mantener el control en un mundo donde el amor duele tanto como las heridas de la calle. ¿Podrán sobrevivir a los secretos, las tentaciones y el drama que los rodea, o su romance tóxico los consumirá como el fuego que nunca deja de arder en Chicago?

Genre
Drama
Author
urfavv_luu
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝐶𝑎𝑝𝑖𝑡𝑢𝑙𝑜 𝟷

El autobús que llevaba a Carl Gallagher de vuelta al South Side era un desastre rodante. Olía a sudor rancio, a plástico quemado y a ese desinfectante barato que nunca limpia nada de verdad. Carl, sentado en un asiento desgarrado cerca de la ventana, tamborileaba los dedos contra su mochila vieja, una cosa negra y raída que había sobrevivido más peleas que él mismo. Afuera, Chicago pasaba como una película de bajo presupuesto: casas con ventanas tapiadas, grafitis que gritaban nombres de pandillas, y un par de tipos discutiendo en una esquina sobre quién le debía a quién una cerveza. Carl casi sonrió. Casi un año encerrado en el reformatorio, y el South Side seguía siendo el mismo circo de mierda.

Tenía dieciséis años, pero se sentía más viejo. El reformatorio no era como las películas; no había grandes escapes ni amistades épicas. Era solo una rutina de guardias gritones, comida que sabía a cartón, y noches donde el silencio te obligaba a pensar en todo lo que habías jodido. Carl no era de los que se ponían a filosofar, pero estar encerrado le había dado tiempo para preguntarse quién carajos era ahora. ¿El pandillero que quiso ser el rey del South Side? ¿El idiota que terminó atrapado por vender mierda en la calle? ¿O algo más? No tenía respuestas, y eso lo ponía nervioso, aunque jamás lo admitiría.

El autobús frenó con un chirrido que hizo rechinar los dientes. Carl se bajó, ajustándose la capucha de su sudadera gris. El aire del South Side lo golpeó: una mezcla de asfalto caliente, basura y algo vagamente quemado, como si alguien hubiera intentado cocinar un neumático. Caminó las pocas cuadras hasta la casa Gallagher, esquivando charcos de quién sabe qué y a un par de pandilleros que lo miraron de reojo. Uno de ellos, un tipo con una cicatriz en la mejilla, levantó la barbilla como si quisiera decir algo. Carl lo ignoró, pero sintió ese cosquilleo familiar en la nuca, el que te avisa que el peligro nunca está lejos.

—Tranquilos, ya no estoy en el juego —murmuró para sí, aunque una parte de él extrañaba la adrenalina, el peso de una pistola en la cintura, el respeto que venía con el miedo. Pero eso era el viejo Carl, ¿no? El nuevo Carl… bueno, todavía estaba trabajando en eso.

La casa Gallagher apareció al doblar la esquina, tan destartalada como siempre. La pintura descascarada, el porche torcido, y la puerta principal entreabierta porque, ¿para qué cerrar con llave si no hay nada que robar? Carl empujó la puerta y el caos lo recibió como un abrazo demasiado apretado.

—¡Carl, maldito delincuente, llegaste! —gritó Fiona desde la cocina. Estaba de pie frente a la estufa, sosteniendo una sartén donde algo que parecía huevo intentaba no convertirse en carbón. Llevaba una camiseta vieja de los Bulls, unos jeans rotos y el cabello castaño recogido en una coleta que parecía a punto de rendirse. Sus ojeras decían que no había dormido bien en días, pero su sonrisa era genuina.

—Bonita bienvenida, hermanita —respondió Carl, dejando caer su mochila en el sofá, que crujió bajo el peso como si estuviera pidiendo clemencia. Antes de que pudiera decir algo más, Liam salió disparado desde el comedor y se lanzó contra sus piernas como un misil pequeño y pegajoso.

—¡Carl! ¡Carl! ¿Trajiste cuchillos de la cárcel? —preguntó Liam, sus ojos enormes brillando de emoción.

Carl se rió, revolviéndole el pelo. —Nada de cuchillos, pequeño. Solo mi cara bonita.

Lip bajó las escaleras con un cigarrillo colgando de la boca y un libro de mierda pretenciosa bajo el brazo. Típico Lip, siempre atrapado entre querer ser un genio y no poder dejar de ser un Gallagher. —Oye, pequeño gángster, ¿te dieron un diploma por buen comportamiento o solo un par de tatuajes feos?

—Ja, ja, muy gracioso, universitario —respondió Carl, dándole un empujón amistoso—. ¿Qué tal tú? ¿Ya te expulsaron de la escuela por emborracharte en clase?

—No todavía, pero estoy trabajando en ello —dijo Lip, apagando el cigarrillo en un cenicero improvisado (una lata de cerveza cortada por la mitad).

Debbie entró desde el comedor, con Franny en brazos, mirándolo como si estuviera decidiendo si darle un abrazo o un puñetazo. —No vuelvas a joderla, Carl —dijo, su voz afilada—. Ya tenemos suficiente con los líos de Fiona y el drama de Ian con Mickey.

—Relájate, Debs. Soy un hombre nuevo. —Carl guiñó un ojo, pero la mirada de Debbie decía que no le creía ni un poquito.

La tarde se convirtió en un borrón de caos Gallagher. Fiona intentó cocinar una “cena de bienvenida”, pero los huevos quemados terminaron en la basura y alguien pidió pizza de la pizzería barata de la esquina. Ian llegó tarde, con el cabello revuelto y una sonrisa que gritaba que había pasado la noche con Mickey. Contó una historia sobre una pelea en un bar que terminó con él y Mickey corriendo de la policía, y todos rieron como si fuera lo más normal del mundo. Liam seguía preguntando si Carl había aprendido a pelear en la cárcel, y Debbie no paraba de quejarse de que Franny no dejaba de llorar por la noche. Era el tipo de caos que Carl había extrañado, pero también le recordaba por qué siempre había querido escapar.

Sin embargo, algo no encajaba. Sentado en el sofá, con una pizza grasosa en la mano y el ruido de sus hermanos peleando por la última cerveza, Carl sintió un vacío. No era solo el reformatorio o el año perdido. Era como si el South Side ya no fuera suficiente, como si él ya no encajara en el molde que había dejado atrás. Necesitaba aire, espacio, algo que no fuera el mismo drama de siempre.

—Voy a dar una vuelta —anunció, levantándose y esquivando la mirada de Fiona, que ya estaba abriendo la boca para soltarle un sermón.

—No hagas nada estúpido, Carl —dijo ella, pero su voz tenía más cansancio que autoridad. Había estado lidiando con los Gallagher toda su vida; ya no tenía energía para controlarlos a todos.

—Tranquila, Fi. Solo voy a caminar. —Agarró su sudadera y salió, dejando atrás el bullicio.

El atardecer pintaba el cielo de un naranja sucio, como si alguien hubiera derramado jugo de naranja barato sobre el horizonte. Carl caminó sin rumbo, pateando latas vacías y esquivando charcos de quién sabe qué. El South Side estaba vivo: un tipo gritando desde un balcón, un coche con el escape roto rugiendo por la calle, y el olor constante a marihuana flotando en el aire. Terminó frente al bar de Kev y V, el único lugar en el vecindario donde podías comprar desde cerveza hasta papel higiénico robado. La campana oxidada sonó cuando empujó la puerta.

—¡Mira quién salió de la jaula! —gritó Kev desde el mostrador, limpiando una botella de licor con un trapo que parecía más sucio que la botella misma—. ¿Quieres una cerveza, pequeño gángster?

—Estoy en libertad condicional, Kev. Nada de alcohol —dijo Carl, aunque su sonrisa decía que no le importaría romper las reglas un poquito—. ¿Dónde está V?

—Arriba, peleando con las gemelas. Esas niñas son más locas que tú en tu peor día —respondió Kev, riendo.

Carl deambuló por los pasillos, buscando algo para comer que no costara más de los dos dólares que traía en el bolsillo.

Estaba revisando un paquete de papas fritas cuando algo o alguien lo hizo detenerse en seco. En el pasillo de los dulces, una chica metía un Snickers en su chaqueta de cuero como si fuera la cosa más natural del mundo. Tenía el cabello negro azabache, semi ondulado y largo, con unos ojos marrones que parecía gritar “no me jodas”. Sus jeans rotos abrazaban sus piernas, y las botas gastadas tenían manchas de lo que parecía pintura o sangre (conociendo el South Side, podía ser cualquiera de las dos). Un tatuaje pequeño de una estrella asomaba en su muñeca, y sus movimientos eran rápidos, seguros, como si hubiera robado mil veces antes.

Carl no la reconoció, y eso era raro. En el South Side, todos conocían a todos, especialmente a los que tenían pinta de causar problemas. Y esta chica definitivamente tenía pinta de problemas.

—Oye, el Snickers no es gratis, ¿sabes? —dijo Carl, apoyándose en una estantería con una sonrisa torcida, tratando de sonar casual.

Ella lo miró, y Carl sintió un escalofrío. Sus ojos marrones eran afilados, como si pudieran cortarte con solo parpadear. —Y tú no eres la policía, así que relaja el culo, Gallagher —respondió, su voz baja pero cargada de sarcasmo.

Carl parpadeó, sorprendido. ¿Cómo carajos sabía su nombre? Antes de que pudiera preguntar, ella siguió, sin inmutarse: —Amaia Milkovich. Hermana menor de Mandy y Mickey. Y sí, sé quién eres. El idiota que pensó que podía ser el Pablo Escobar del South Side y terminó en un reformatorio.

Carl soltó una carcajada, más por la sorpresa que por diversión. No estaba acostumbrado a que lo pusieran en su lugar tan rápido, y menos por una chica que apenas le llegaba al hombro. —Vaya, qué reputación. ¿Y tú? ¿La Robin Hood de los dulces?

Amaia sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era de las que decían “prueba a joderme y te clavo un tenedor en la mano”.

—Algo así. ¿Qué tal el reformatorio? ¿Te dieron un diploma por buen comportamiento o solo un par de moretones?

—Nah, solo una paliza ocasional y comida que sabía a cartón mojado —respondió Carl, acercándose un paso. Notó el olor leve a cigarrillo que desprendía su chaqueta—. ¿Y tú? ¿Siempre robas o solo cuando quieres impresionar a los chicos recién salidos de la cárcel?

Ella se rió, un sonido corto y cortante que no invitaba a seguir bromeando. —No necesito impresionar a nadie, Gallagher. Menos a un chico como tú. —Metió otro Snickers en su chaqueta, como si quisiera provocarlo, y se giró hacia la salida.

Carl no supo por qué, pero dio un paso hacia ella. Había algo en Amaia, algo más allá de la actitud de mierda y el aire de Milkovich. Era como si estuviera viendo una versión de sí mismo, alguien que también vivía al borde del desastre y lo disfrutaba. Sus ojos se encontraron por un segundo, y ahí estaba: una chispa, no de amor cursi de película, sino de reconocimiento. Dos almas rotas que sabían lo que era pelear por sobrevivir en un lugar como este.

—Oye, Milkovich —dijo Carl, justo cuando ella estaba a punto de salir—. Si vas a robar, al menos hazlo con estilo. Ese Snickers es de la semana pasada.

Amaia se detuvo, giró la cabeza y lo miró con una ceja arqueada. —Y tú, Gallagher, si vas a coquetear, al menos no seas tan obvio. —Le guiñó un ojo, y antes de que Carl pudiera responder, salió de la tienda, dejando la campana sonando detrás de ella.

Carl se quedó ahí, con las papas fritas en la mano, el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. No sabía quién era Amaia Milkovich, no realmente. Pero algo le decía que iba a averiguarlo, y que eso iba a cambiarlo todo...