El chico suicida y la soledad
La mano que sostenía el cuchillo, a tan solo unos milímetros de mi muñeca, temblaba. ¡Ya no podía más! Quería dejar de pensar, dejar de sentirme solo, dejar de sufrir, pero también me partía el alma imaginar a mi madre llorando la muerte de su único hijo.
—¿De verdad quieres suicidarte? —preguntó una voz triste. El cuchillo se me cayó al suelo, y al mirar hacia atrás quedé paralizado: una sombra humanoide, con ojos blancos y uñas largas, muy afiladas, estaba sentada en el sofá de mi habitación.
Se levantó y caminó hacia mí, su cabeza casi rozaba el techo. De repente, se sentó a mi lado, pero el colchón no se hundió con su peso. Quise gritar, pero no pude. Mis lágrimas se deslizaban sin descanso por mis mejillas, estaba horrorizado.
—No tengas miedo, no te voy a hacer daño —dijo, con un tono tranquilizador, mientras recogía el cuchillo del suelo. Después de mirarlo fijamente por un momento, lo lanzó a la papelera que estaba al lado de mi mesilla de noche.
—¿Eres el demonio? —pregunté con miedo a que respondiera que sí.
—No, los humanos me llamais soledad. Solo aparezco cuando estáis al límite.
—¿Y para qué has venido? —pregunté, incrédulo ante la absurda afirmación.
—Para mantener a mi compañera alejada de ti. —Esa respuesta me provocó un profundo malestar.
—¿Quién es tu compañera? —Sentí una punzada en el estómago.
—La muerte, y si ella viene, ya no hay vuelta atrás—respondió con un tono aún más triste. A pesar de tener un aspecto horrible, su tono de voz me tranquilizaba. Sentía que estaba preocupada por mí.— Eren, si tienes una madre que te ama tanto, ¿por qué quieres suicidarte?
—¿Qué voy a hacer cuando mi madre ya no esté a mi lado? —pregunté, y rompí en llanto. No soportaba imaginarme una vida sin ella.
—Pues..., supongo que volveré a visitarte, pero no solo tu madre te ama de verdad. ¿Tu mejor amigo? ¿Tu novio? ¿Tus otros amigos y amigas?
—¿De verdad me quieren? Entonces, ¿por qué siento que solo están conmigo cuando no tienen nada mejor que hacer?—dije decaído, no podía confiar en ellos. Sabía que mucha gente se juntaba a otra solo por aburrimiento o soledad.
— ¿De verdad crees eso de ellos? Está claro que nadie te podrá amar como lo hace tu madre, pero tienes más cualidades para ser amado de las que crees. ¿Por qué no le escribes a tu mejor amigo y le dices que te sientes solo?
—No sé, no quiero molestarle. Seguro ha quedado con gente —respondí entristecido, no me había invitado.
—Yo creo que se alegraría y vendría a visitarte. Ya ha estado a tu lado en momentos malos—respondió y automáticamente sonreí: recordé todos esos momentos.
—¿Por qué apareces solo cuando la gente está al límite? Me hubiera gustado conocerte antes—dije al sentirme comprendido por primera vez.
— Porque solo cuando la gente está hundida y no puede más se plantea realmente si amarme o rechazarme.
—Me gusta tu compañía, aunque tu físico me aterra un poco—respondí, acercándome más, sin embargo, me preocupaba un poco arrepentirme de haber bajado la guardia. Miré hacia arriba y sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo, su sonrisa era terrorífica: tenía dientes muy grandes y afilados.
—Nunca juzgues un libro solo por su portada—respondió y me abrazó con sus largos y delgados brazos.
Cerré los ojos y por primera vez en muchos años, me dormí con una sonrisa en el rostro.
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Y tú, ¿serías amigo de la soledad?


