Eras Tú

All Rights Reserved ©

Summary

Irania es una mujer soñadora; acostumbrada a luchar por todo lo que quiere, determinada y tenaz cuando se trata de velar por sus principios, y por si fuera poco, gracias a su intelecto ha logrado entrar al abrumador mundo de los negocios. Pero lo que ella no se imagina es que Grupo Baldocchi es, sin lugar a dudas, no solo la más importante y poderosa empresa, sino también la cuna del infierno. Un lugar lleno de demonios que pronto sacarán a relucir antiguos fantasmas y secretos. Que la conducirán a un punto en donde, más temprano que tarde, comenzará a dilucidar la posibilidad de que su realidad no es más que una farsa. Que hasta el sentimiento más apasionante y estremecedor podría estar cargado de mentiras y dolor. Y descubrirá que, muchas veces, incluso los demonios se presentan disfrazados de ángeles.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prefacio: Noche de llantos

San Salvador, El Salvador, 1995

Observó las luces navideñas que iluminaban el camino que guiaba hasta el umbral de aquella enorme casa, de la cual brotaba música, voces y risas. Asimismo, frente a los tempestuosos vientos que se habían desatado en el exterior, decidió terminar el trayecto que lo separaba de su cometido.

Decidió, solo por curiosidad, entrar a aquella pintoresca, cálida y familiar casa. Notando como todos los presentes disfrutaban de la celebración, enfrascados en conversaciones superfluas, ajenos a todo lo que, fuera de eso, se estaba concatenando.

Un corto tiempo después; cuando el remordimiento lo comenzó a acechar, decidió que era el momento para dar continuidad a su plan. Se escabulló de un par de conocidos y colegas del trabajo que lo habían abordado, y comenzó a abrirse paso entre todo ese mar de gente que celebraban la terminación de un año más.

Sin embargo, cuando creyó que nadie más había notado que estaba saliendo, su hermano sí lo hizo.

Santiago, divisó a su hermano, llamado Martín, salir por la puerta de atrás. Tomó de hombros a su mujer y le avisó que saldría a coordinar el espectáculo de fuegos artificiales que se daría en apenas unos minutos. Pero la realidad era que algo en su interior le exigió que saliera en busca de su hermano, una necesidad imperiosa que le dictaba que debía hablar con él.

—Amor, volveré pronto —prometió el anfitrión de la fiesta a su esposa, quién le dedicó una sonrisa conciliadora y un leve asentimiento de cabeza, al tiempo que se movía suavemente de un lado a otro.

—Está bien, pero vuelve pronto porque ya te extrañamos…, verdad qué si preciosa —murmuró, jugando con la mano de la pequeña bebé que llevaba en brazos y observando a su marido por debajo de sus pestañas. El hombre sonrió, se acercó con cuidado y besó la frente de su esposa y luego la mano de la bebé. Entonces se fue.

Santiago anduvo por el salón; deteniéndose apenas unos segundos para saludar a los presentes: empleados de su empresa, amigos y algunos familiares, hasta que por fin llegó a la parte trasera de la casa, encontrando a Martín conversando con el señor encargado de quemar la pólvora. No obstante, no le prestó mayor atención y prosiguió su camino hasta ellos, los cuales se hallaban ajenos de su presencia, ya que estaban enfrascados afinando detalles.

Cuando Martín se percató de que Santiago se acercaba. Sintió una punzada más fuerte de remordimiento, sin embargo, el odio, el desprecio y la envidia que lo carcomía desde mucho tiempo atrás, menguó rápidamente dicho sentir.

―¡Santiago!, ¿qué haces afuera de la fiesta? —le cuestionó, fingiendo tranquilidad, dedicándole una mirada de soslayo al otro hombre y, cómplice, así como le exigió con tan solo ese gesto que guardara silencio.

—Solo vine a ver lo de los fuegos artificiales —respondió Santiago, dirigiendo una mirada rápida al encargado de llevar a cabo el espectáculo pirotécnico, ignorando todo lo que se había estado confabulando casi en sus narices. Entonces añadió—: Ya casi es medianoche, ¿tiene todo listo? —inquirió, de inmediato dicho encargado asintió con la cabeza y se alejó de trompicones, dejando solos al par de parientes—, ¿qué haces acá afuera, Martín? —preguntó de vuelta. Lo observó a su hermano mayor titubear y un tanto ansioso, lo cual lo alertó.

—Quería un poco de aire fresco, ese mar de gente, los problemas del divorcio y la custodia de mi hijo me están agobiando… —confesó, una parte de todo. Pues, en realidad, algo más oscuro, más mezquino lo tenía hecho una bola de nervios y ansiedad, por semanas, desde que aquella idea se incrustó en su corazón. Su hermano menor palmeó su espalda y le dijo un par de palabras de aliento, demostrando su genuina preocupación—…, sí, claro, muchas gracias. —Unos cuantos minutos después, los invitados comenzaron la cuenta en regresiva. Ambos miraron hacia la casa, al mismo tiempo que un viento helado se desató, helándoles los huesos.

—Deberíamos entrar… —sugirió Santiago, sonriendo de lado y deseando que la situación familiar de su hermano se solucionara.

—Ve tú, yo quiero…, llamarle a mi hijo para desearle feliz año… —contestó.

Resignado, Santiago terminó asintiendo y tras observarlo por un par de segundos más, notando oscuridad en su semblante, optó por darle la soledad que quizá necesitaba. Pensando en lo mal que, seguramente, la estaba pasando: lejos de su hijo y con un divorcio a las puertas. Cuando, en realidad, era otra cosa lo que lo tenía en aquel estado.

Santiago entró a su hogar para recibir el nuevo año junto a las dos mujeres de su vida; por quien daría hasta su último suspiro, tal cual, quizá, pronto sucedería.

Cinco, cuatro, tres, dos… ¡Uno! —gritaron todos los presentes, para después desbordarse en abrazos y buenos deseos para el año que acababa de comenzar, todo eso mientras los fuegos artificiales serpenteaban sobre ellos.

Sin embargo, cuando todos estaban tan sumidos en su celebración y como si fuese en cámara lenta, en el momento más inesperado, una fortísima explosión se detonó. La cual dio inicio a una ráfaga de estallidos y gritos que en un principio fueron de júbilo pero seguidamente se tornaron de terror. Ya que esas detonaciones no eran debido a los fuegos pirotécnicos, sino a algo peor, a algo letal.

Otra explosión más.

Más gritos.

Caos.

Los presentes, desesperados por salir de esa casa envuelta en llamas, intentaron salir por todos los medios posibles, rompieron ventanas y se insertaron vidrios en las palmas, para luego llevarse la terrible sorpresa de que estaban atrapados. No había escapatoria.

El fuego comenzó a arrasar con todo en cuestión de segundos, dejando la estancia a oscuras, sumergida en un manto espeso y envolvente que, poco a poco, fue irrumpiendo en sus sistemas, acabando con cualquier vestigio de vida.

Mariana y Santiago, presos del pánico, intentaron huir por un balcón, pero la casa entera ardía en llamas, lo cual había deteriorado casi por completo la infraestructura. Por lo que, sin intenciones de arriesgar la vida de su hija y atrapados en la semiinconsciencia —sintiendo sus pulmones llenos de humo, rodeados de lamentos y gritos que reflejaban sufrimiento—, dieron su último aliento con tal de salvar a la pequeña.

Pero lograrlo era casi imposible.

Cuando la ayuda llegó, ya era demasiado tarde. Los bomberos y paramédicos encontraron una casa prácticamente en escombros, más de un centenar de cadáveres, en un estado casi irreconocible y otros tantos que habían muerto por fallas respiratorias, como Santiago y Mariana.

¿La causa? Un cortocircuito. Esa había sido la fatal falla que había convertido aquella noche en una noche de llanto y amargura.

—Hasta el momento no hay ningún sobreviviente —informó un oficial a Martín, quién había salido de la fiesta, milagrosamente, para tomar su vuelo rumbo a Estados Unidos para encontrarse con su hijo. Pero que, al enterarse del accidente, regresó con la esperanza de que su hermano y familia hubiesen sobrevivido, llevándose la amarga sorpresa que no había sobreviviente alguno.

— ¿Están completamente seguros? ¡Sigan buscando, por favor! —exigió Martín, con voz quebrada y ojos rojos. El oficial dio un leve asentimiento, no obstante, este estaba seguro de que todo esfuerzo sería en vano.

Martín casi saboreaba la victoria, todo lo que ese lamentablemente incidente le traería: poder, riqueza y, aunque intentara negarlo, un gran cargo de consciencia. No obstante, mientras él pensaba en el futuro que se le avecinaba, notó un alboroto entre los bomberos y policías. Fue cuando sucedió…

— ¡Hay un bebé… y vive! —gritó uno de los policías; el cual había subido a lo que quedaba del segundo nivel para buscar más cuerpos, mientras corría hasta una de las ambulancias, trayendo en sus brazos un puño de pañales y una criatura en medio de ellos, que lloraba incansablemente, eso era, irrefutablemente, un milagro.

De inmediato, el semblante de Martín palideció y no fue por la impresión de ese milagro, sino el hecho de que ese bebé podría representar su ruina, truncar sus planes. Entonces, con el terror arraigado en cada uno de sus agarrotados músculos, anduvo a paso pausado hasta la ambulancia, para poder cerciorarse de la identidad del pequeño. Se acercó mientras rogaba hacia sus adentros porque no fuera quién temía. Finalmente, tomó al bebé en brazos y de inmediato su destino se vio revelado.