Capítulo 1: Sombras bajo la lluvia
El camión chirrió al detenerse frente a las puertas de hierro forjado. Sobre ellas, un arco con inscripciones antiguas daba la bienvenida: ACADEMIA UMBRALIS.
La llovizna cubría todo con un velo gris, y el bosque que rodeaba el campus parecía susurrar advertencias.
Xavier bajó del camión con su maleta. Sentía que cada gota de lluvia pesaba más que su mochila.
—Genial, internado gótico en medio de la nada. Justo lo que necesito —murmuró, con el tono seco de quien preferiría estar en su cuarto viendo anime.
Un cuervo negro lo observaba desde la reja. Tenía un ojo blanco y el otro rojo. “Bienvenido, forastero”, parecía decir.
La ceremonia de selección se celebraba en un salón que parecía sacado de una pesadilla barroca: vitrales rotos, lámparas colgantes que chisporroteaban y mesas largas con estudiantes en túnicas negras y máscaras. Cada máscara brillaba con un color distinto, como si tuviera vida propia.
El director —un hombre alto con capa oscura y máscara de mariposa— alzó la voz:
—Nuevos Numinares, hoy sus máscaras los elegirán. Recuerden: la máscara no miente.
Xavier tragó saliva. Le entregaron una máscara blanca y fría. Al ponérsela, sintió que algo se colaba en su mente. Su voz interior empezó a resonar como un eco. La máscara tembló y brilló en verde esmeralda con ondas acuáticas.
—Aether —anunció el director.
Un murmullo recorrió el salón. Algunos lo miraron con curiosidad, otros con desdén.
Mientras caminaba hacia la mesa de Aether, se topó con dos figuras que parecían sacadas de mundos opuestos.
La primera era una chica rubia-rosada con pecas, ojos enormes y una sonrisa casi mágica. Su máscara estaba adornada con plumas de colores que cambiaban de tono cada segundo.
—¡Hola! Soy Aine. ¿Sabías que los cuervos de aquí guardan secretos de estudiantes desaparecidos? —dijo alegremente, como si fuera la cosa más normal del mundo.
Xavier apenas alcanzó a asentir, confundido entre si debía agradecer o salir corriendo.
La segunda figura estaba a pocos pasos, apoyada en la sombra de una columna. Tenía cabello negro con mechones morados, ojos gris oscuro y una expresión que podía congelar al más valiente. Su máscara, agrietada en violeta, parecía mirarlo con desprecio aunque no tuviera pupilas.
—Nyx —dijo ella, como quien ofrece un apodo y no una presentación.
Su tono seco contrastaba con la calidez exagerada de Aine.
Xavier intentó responder, pero su voz tembló y la máscara vibró con un pequeño destello verde, casi musical.
—¿Tu poder tiene que ver con cantar? —preguntó Nyx, con media sonrisa torcida—. Vaya, justo lo que nos hacía falta… un karaoke andante.
Algunos estudiantes rieron. Xavier apretó los dientes, incómodo, aunque Aine le dio una palmada en la espalda.
—No te preocupes, ¡yo creo que tu voz debe ser increíble!
El director golpeó su bastón contra el suelo. Las velas se apagaron de golpe, dejando el salón a oscuras. Un murmullo de sombras vivientes reptó entre los muros.
—Numinares —anunció con voz solemne—, recuerden: sus poderes son un don y una maldición. No olviden jamás que, si pierden el control… las Sombras Errantes vendrán por ustedes.
En ese instante, Xavier sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su máscara vibró otra vez, como si respondiera a algo invisible acechando en la penumbra.